domingo, 6 de noviembre de 2016

El Gringo

Recuerdo, cierro los ojos y vuelvo a vivir. Llegan a mí, la fragancia que trae el viento, el olor a hierba fresca recién cortada, el calor de la tarde, la risa de mis amigos, los colores del atardecer, el color de nuestras casas y el color de mi cometa.

Estábamos en Agosto y por esta época todos los años llegaban los hijos del gringo Eglinton, un hombre delgado y de eterna sonrisa que vivía con su esposa y la mayor parte del año acompañado de dos enormes perros muy flacos como el dueño, excepto en esta época cuando sus dos hijos llegaban desde Inglaterra a visitarlos. ¿Dónde queda Inglaterra? Pregunté una vez en casa y me dijeron, muy cerca de España…ummm y ¿dónde queda España?, donde nació el abuelo, escuche decir.

Después de almuerzo, el calor era intenso, los mayores hacían la siesta, por lo que era la mejor hora para nosotros. Todo estaba permitido, nuestras casas nunca se cerraban y todos entrabamos y salíamos a la que quisiéramos. Sentado en el suelo el “gringo”, que era como llamábamos a nuestro ilustre visitante, se dedicaba a atender nuestros requerimientos. Al parecer él nos entendía, pero siempre nos respondía en inglés, idioma que nadie entendía y que solo nos causaba risa por la forma que lo pronunciaba. Comprábamos el “papel cometa” en la tienda de doña Lucha, a peseta el pliego y el vuelto en caramelos.

Terminado el primer encargo era el “gringo” quien la hacía volar, una vez en el aire lo entregaba a su dueño tras el pago de una moneda de cualquier valor que él lo recibía de muy buena gana, tras lo cual se sentaba nuevamente en el piso para reanudar su labor. Frente a nuestras casas la calle tenía una ligera pendiente donde, para suerte nuestra, coincidentemente corría una brisa de aire que nos permitía correr unos metros y con mucha facilidad hacer volar nuestras cometas.


Esa tarde me tocó ser el último en recibir el juguete, era la más grande, la más vistosa y la más colorida. Había usado para las alas y para la cola los retazos de papel de los demás trabajos, era para él un experimento que le dio placer hacerlo. Se paró levantando la cometa que era de su tamaño, corrió un poco y todos quedamos boquiabiertos cuando el viento la levantó con suavidad y balanceándose de un lado a otro comenzó a tomar altura. Jugó con ella un rato, quitándole y dándole “hilo”, sonreía y saltaba de alegría, luego me llamó por mi nombre y me entregó el ovillo que sostenía la envidia de todos los chicos del barrio. Uno por uno cogía un momento mi cometa y se retiraban sin que yo me diera cuenta. Ya atardecía cuando escuché la voz de mi madre, decidí ignorarla un poco y el tiempo voló.

Te tienes que bañar, escuche decir a mis espaldas y ahí estaba también mi madre embelesada con el objeto que volaba para el deleite y placer de quien tuviera la suerte de ver tan bello espectáculo. La cometa cascabeleaba con el viento “pidiendo más hilo”, yo la complacía y desenredaba el ovillo sin medir consecuencias. De pronto el hilo se soltó de mi mano y se alejó de mi alcance en un abrir y cerrar de ojos. Corrí tratando de recuperarla pero ya era tarde, no logre asirla.

A la distancia el hilo se enredó en alguna rama de árbol distante y ahí se detuvo. Siguió volando con elegancia, la noche estaba llegando, mi madre cogió mi mano y los dos consternados nos alejamos.

Así es la vida pues...


viernes, 28 de octubre de 2016

El dentista del pueblo

La mañana fresca agradaba a don Justo, porque le permitía trabajar tranquilamente. Estaba sentado frente a un artilugio a pedal que unido por correas y sogas delgadas articulaban una cadena de brazos que terminaban en una pulidora manual. No dejaba de pedalear aun cuando no pulía el pequeño diente de oro que en unos minutos debería de colocar a uno de sus clientes. Tras él una mesa desordenada, llena de piezas dentales a medio terminar y de instrumentos desperdigados sin ningún orden aparente. Trabajaba con ahínco, mientras escuchaba una llorona melodía de un “sanjuanito” en una emisora de radio. Constantemente observaba la pieza trabajada para dejarla con mínimas imperfecciones.
El improvisado taller de trabajo estaba ubicado en la segunda planta de su domicilio y constaba de dos ambientes. La primera una salita de recibo con cuatro sillas que al usarlas dejaban al ocupante frente a una pequeña ventana que permitía ver la calle y por encima de las casas vecinas tenía una vista panorámica del cementerio municipal del pueblo. Una puerta delgada de madera daba acceso al segundo ambiente, donde al entrar se topaba uno con un almanaque grande con la figura de una mujer desnuda a la que en sus partes íntimas habían pegado con cinta adhesiva un mechón de cabello. El mobiliario constaba de un sillón odontológico construido artesanalmente en  madera, el artilugio en el que estaba trabando a esas horas don Justo, la mesa con los objetos desparramados y una pequeña vitrina repleta con frasquitos de porcelana y de metal de múltiples tamaños.
Abstraído como estaba en su trabajo, don Justo no escuchó la delicada voz de una muchacha que llamaba desde la calle. Al no ser atendida a su llamado decidió subir, llamando al ocasional dentista por su nombre.

- Se está quedando sordo usted don Justo. Dijo la muchacha a modo de saludo.

- ¿Qué quieres Juana? Preguntó don Justo.

- No me llamo Juana y quiero que me saque una muela.

- Espérame un rato. Pero no te quedes ahí parada, pasa y échate, ahora te atiendo.

Don Justo siguió puliendo un rato más y luego hizo espacio en la mesa y coloco ahí una cocinilla a la que le agregó ron y la encendió, sobre ella colocó una olla con instrumental para la extracción que le solicitaba la muchacha recién llegada.

- ¿Se va a demorar don Justo?

- Ahora te atiendo Julia, a ver abre la pierna.

- No me llamo Julia. Dijo la muchacha avergonzada.

Mientras aplicaba anestesia en la zona afectada, don justo no pudo evitar ver las piernas que se dibujaban por debajo de la falda que la muchacha cogía con fuerza estirándola hacia abajo, conteniendo el dolor. Luego con una pinza sacó de la olla los instrumentos que colocó sobre una toalla que extendió sobre la mesa.
El proceso extractivo fue rápido, de un tirón sacó la muela anestesiada, le pidió que se enjuague la boca mientras colocaba sobre la herida un algodón que pedía lo mordiera con fuerza. Luego le colocó en una de las manos de la muchacha unas pastillas que le recomendó que las tomará a determinadas horas.

- Es todo Juana, no te olvides de hacer pucheros con agua y sal. Ah, y regresa mañana para verte otra vez.

La muchacha ya no pudo responder, le alcanzó un billete que don Justo guardó en uno de sus bolsillos, mientras la acompañaba hasta el borde de la escalera donde la quedó mirando la espalda hasta que se perdió en la calle.
A la mañana siguiente la muchacha regresó, pero esta vez estaba muy seria.

- La muela que sacó ayer no era la que estaba picada, me sacó una muela buena. Aparte de sordo, se está usted quedando ciego don Justo.

- Tranquila Juliana, a ver vamos a ver. Abre la boca.

Le colocó varios algodones entre los labios y los dientes de tal manera que no pudo seguir reclamando y se retiró a encender la cocina y colocar los instrumentos para volver a realizar la otra extracción.

- No te preocupes Juana. No te voy a cobrar esta vez.

Aplicó la anestesia una vez más y mientras realizaba el trabajo, le explicó a la muchacha que había que colocar en el espacio dejado por los dientes perdidos, otros, esta vez postizos.

- Vas a quedar más linda de lo que ahora eres Juliana.


La muchacha que ya estaba roja de rabia cerró la boca y mordió el dedo del empírico dentista, quien a ese momento pensaba que el negocio no estaba en sacar las muelas, sino en colocar los postizos.

lunes, 3 de octubre de 2016

Ilusión

Los gitanos llegaron cerca del mediodía al pueblo. Muchos curiosos se arremolinaron para ver lo que hacían. El calor era muy intenso, el sol brillaba esplendorosamente, hacía mucho tiempo que no llovía, una nube de polvo se levantaba cuando de un camión destartalado caían bultos amarrados de formas tan raras como los rostros de estos personajes.
Logré contarlos. Eran seis hombres que con el torso desnudo y sudando a mares trabajaban infatigablemente. Ocho mujeres con faldas enormes que arrastraban el suelo y de colores chillones, cuidaban de cinco niños y una, si solo una niña, pero no una niña cualquiera. Era la niña más linda del mundo.  Corría de un lado para otro mostrando su espectacular cabello dorado y sus hermosos ojos color miel, saltaba con un pie y luego con el otro, subía a un bulto y de allí pasaba al siguiente. Hipnotizado seguía sus movimientos, hasta que los varones lograron armar una carpa con rayas multicolores como sus vestidos y en ella entraron las mujeres y los niños y claro la niña también.
Regrese a casa sin entender que había pasado con el tiempo, mi madre me regañó por llegar tarde al almuerzo y luego al volver a la escuela por la tarde la maestra hizo lo mismo cuando llegué al salón. Ya había empezado la clase, rápidamente me acomodé en mi carpeta para dedicarme a mirar el techo sin entender de que hablaba, la hasta ahora dulce maestra. Súbitamente al volver a la realidad, la vi parada junto a mí, contemplándome con cara pocos amigos, golpeando suavemente sobre mi carpeta una regla de madera que llevaba en la mano. Ordenó que me parase frente a mis compañeros y ahí me dejó hasta la hora de salida, momento en que ordenó que guardara mis cuadernos y la esperase, quería conversar conmigo. No recuerdo que dijo, pero si recuerdo que a todo respondía yo: Nada, nada, nada.
Molesto por el contratiempo con la maestra, sentí que llegaría tarde al lugar donde estaban los gitanos, monte mi pequeña bicicleta para pedalear con la furia contenida por lo sucedido. En el trayecto y frente a la sala del cine más grande del pueblo, vi a dos de las mujeres con faldas largas, delgadas y esbeltas, forzaban una sonrisa a todos los transeúntes y trataban de cogerles las manos. Me detuve y sentí que me sonreían, supuse que me reconocían y trate de saludarles, pero me dieron la espalda y siguieron tratando de coger las manos de los que pasaban por el lugar. Al llegar a la carpa, trate de encontrar a quien había provocado desubicar mis pensamientos, rodee la carpa tratando de verla pero no lo logré. La noche llegaba y recién entonces fui consciente de que me esperaba otra reprimenda.
Esa noche fue larga, o quizás muy corta, pensé, imaginé soñé, en la niña que saltaba, jugaba. Me levanté más temprano que nunca y luego de tomar un veloz desayuno, cogí mi bicicleta para enrumbar a la escuela, y claro, si por supuesto, pasar por la carpa de los gitanos.  No la vi, triste y desconsolado, cabizbajo y meditabundo encontré el portón de la escuela cerrado. Tímidamente toque el timbre sabiendo lo que me esperaba.
Durante las horas de clases había tomado una decisión que la ejecutaría a como dé lugar. Debía hacerlo o moriría con la duda. Esa niña era real o solo fue mi imaginación. Estaba en este mundo o solo en mi mente. Lo averiguaría de una vez, no podía esperar más.
Monte mi bicicleta y solo bajé de ella cuando ya estaba dentro de la carpa de los gitanos, la busqué por todas partes, nada, no la vi. Solo entonces pude darme cuenta  que había otra carpa unida a la primera y que se accedía a ella atravesando una cortina, traté de hacerlo pero una mano me asió de los hombros. Uno de los hombres que tenía el torso desnudo y lleno de pelos dijo algo en una lengua que no entendí, parecía furioso, cogió un banco y ordenó que me sentara. Obedecí sin despegar la mirada de la cortina, solo entonces percibí un olor desagradable, una mezcla de olor a sudor, orines, hierbas y quien sabe qué. Un olor ácido, agrio que me hizo estornudar y me sentí mal. Me imagine que ella salía de la otra carpa y cogiéndome la mano corríamos sin parar.
Desperté de mi ensueño cuando escuché la voz de mi hermana, ella era mayor que yo por dos años. Airadamente reclamaba que le devuelvan la bicicleta que estaba cubierta por una manta sucia, los gitanos en un castellano mal hablado se negaban y la empujaban para que salga de la carpa. Muy decidida ella entró, arrojó las mantas por el suelo, arrastró la bicicleta y me cogió con la otra mano, pateó el banco y no me soltó hasta estar muy lejos del lugar. Yo me moría de vergüenza, y sentía rabia, callaba y le obedecía sin decir nada.

Por la mañana del día siguiente no quise el desayuno, tampoco sentía ganas de ir a la escuela. De muy mala gana cogí mi bicicleta decidido a no pasar por la carpa de los gitanos. Sin embargo, más pudo mi falta de voluntad. Llegue al lugar, estaba frente al mercado y detrás de un lujoso hotel, el sitio estaba libre, descampado, vacío, solitario. Los gitanos habían partido tal como llegaron, sin anuncios, en silencio.

lunes, 19 de septiembre de 2016

La Lupuna

La soledad ataca a todos, si, a todos los mortales. Nadie se escapa de sus garras. Pero chiquita, no te preocupes, soledad no se combate con soledad - para eso estoy yo - dijo el Antón a la Bechi, en tono meloso y con aire de conquistador. Ella sonrió y quitó la mano que el galán tenía cogida.
Tenían varias semanas viéndose a escondidas, casi siempre a altas horas de la noche, pues a ella la vigilaban constantemente durante el día para impedirla que se encuentre con este amigo que le llenaba los ojos. Los padres de ambos no aprobaban esa relación por distintos motivos.
Ella tenía dieciséis años recién cumplidos y consideraban que era muy niña para andar en amores y sobre todo con una persona diez años mayor que ella. Él era  el menor de los hijos de una familia de comerciantes emprendedores que manejaban una fábrica de ladrillos, un grifo de venta de combustibles, una orquesta de músicos muy requeridos en las fiestas sociales y una granja con ganado lechero; era el engreído de sus padres que no veían con buenos ojos que se relacionara con la hija de uno de los brujos más mentados de la región.
Ella se quejaba siempre que nadie la entendía y que se sentía sola, a pesar que sus padres siempre estaban atentos a todos sus requerimientos. Vivía siempre en soledad, una soledad que la corroía aún más, cuando escuchaba a sus padres referirse al causante de sus desvelos de la manera menos elegante.
Los padres de ambos, en algún momento habían tenido una riña a causa de un mal entendido en una transacción comercial y eso los mantenía distanciados a pesar de ser vecinos. El papá de ella lo acusaba de ser mal comerciante y ladrón, mientras que el papá de él lo tildaba de ser brujo charlatán, malo y mentiroso.
Se juraron amor eterno una noche de luna llena y se entregaron en cuerpo y alma bajo unas plantas de plátano cerca de un árbol gigantesco que cubría los rayos de luz, que la indiscreta luna se empeñaba en iluminar. El juraba protegerla y estar con ella hasta el final de sus días, ella lloraba de alegría y sumisa aceptaba las palabras de su amante. Si no aceptan nuestra relación, te llevaré hasta el fin del mundo, decía con la firmeza de quien estaba convencido de sus sentimientos.
Estaban inmersos en ese momento mágico, cuando escucharon la voz del brujo cerca de ellos llamando a su hija. Decidieron quedarse quietos para no ser descubiertos y contuvieron la respiración, pero de nada sirvió. El padre de ella ya los había descubierto y se acercaba a ellos con un garrote en la mano. Ordenó el muchacho que ella corriese a su casa mientras él se enfrentaba recriminándole por oponerse a su relación, esquivó varias veces los golpes que iban dirigidos a su cuerpo y no logró entender que decía ya que pronunciaba frases entrecortadas llenas de odio. Finalmente calculando que su amada ya estaba cerca de su madre, decidió esquivar el último golpe y echó a correr con todas sus fuerzas, evitando así enfrentarse al compulsivo padre.
Lo más desagradable estaba por llegar. En lo que quedaba de la noche el brujo encendió una fogata en el patio de su casa y hasta el amanecer dio vueltas arrojando humo de un cigarro pestilente, a la vez que pronunciaba frases ininteligibles. Con los primeros rayos del sol sacó a su hija de la protección materna y la obligó a bañarse junto a la fogata con unas hierbas que tenía remojadas en una bandeja, mientras que con una rama le golpeaba ligeramente la espalda como si barriese o limpiase algo delicado. Le dio de beber una pócima en un jarro grande y antes de terminar de beberla se quedó dormida. Recogió a su hija y la abrigó con una sábana blanca para depositarla sobre un lecho de hojas frescas que había depositado en el piso de la casa, bajó el mosquitero y se alejó a su lecho para descansar también.
Dos días y dos noches el brujo ayuno, mientras su hija seguía dormida. Al tercer día, se sentó sobre las hojas marchitas con los ojos desorbitados, miró a todos lados tratando de orientarse y se puso a llorar, lloraba inconsolablemente mientras su padre tocaba una música triste en una flauta construida con madera. Ya al atardecer llamó a su mujer para que sirviese algo de comer, la mujer trajo plátanos, yucas y un amasijo de hierbas sancochadas y revueltas. Los tres comieron en silencio. Tras terminar su ración anunció que deberían de partir al día siguiente con el amanecer a un lugar lejano. Las dos mujeres se miraron y agacharon las cabezas.
El muchacho había intentado, al día siguiente, acercarse a la casa de su amada para averiguar qué había pasado luego del último encuentro. Pero tropezó en el camino, con una enorme serpiente que erguida le cerró el paso. Sus ojillos vidriosos y rojos despedían fuego, mientras su lengua se estiraba amenazadora. Regresó a casa pálido y asustado, nunca había visto algo igual. Sintió náuseas y vomitó tanto que sus padres asustados llamaron al médico de la familia para que lo atendiera. Al llegar el galeno le tomo el pulso y lo encontró terriblemente alterado, tenía una respiración jadeante y los ojos extremadamente dilatados. Le aplicó una inyección para relajarlo y quedó profundamente dormido en poco tiempo.  Al despertar por la tarde, dio un salto sobre la cama, estaba asustado, sentía miedo, se acurrucó en un rincón y temblaba. Su madre al verlo en ese estado lo abrazó y lloró junto a su hijo. Al tercer día salió de su casa a media noche al sentir el llamado de su amada, más que caminar corría y la voz de la Bechi se hacía cada vez más intensa. Finalmente la encontró llorando en el mismo lugar donde días antes habían sido inmensamente felices, la abrazó con fuerza y la sintió frágil, desanimada y tremendamente desconsolada. La luna alumbraba la escena claramente y él pudo ver los ojos de ella hundidos, el rostro demacrado. Los dos lloraban sin decirse nada, los dos estando abrazados parecían una sola masa deforme y macilenta.  
Al día siguiente la noticia corrió por todo el pueblo, muchos curiosos acudían al árbol alto, espigado y de enormes ramas, todos lo llamaban “La Lupuna”, estaba en medio de un camino amplio y rodeado de sembríos bien cuidados de plátanos, piñas y yucas. Quedaba a mitad de camino entre las casas de ambos amantes. Esa mañana estaba fría y amenazaba llover, corría mucho viento, lo que daba a la escena encontrada un aspecto terrorífico. De una de las ramas más bajas del árbol pendían los cuerpos de la Bechi y el Antón, el viento los balanceaba en una danza macabra. De entre las piernas de ella un hilo de sangre coagulada descendía y entre las hojas de las plantas cercanas se veían más rastros de lo que claramente era un aborto.
Cuando fueron a la casa del brujo a darle la fatal noticia, éste no se inmuto y continuó tocando su flauta con lastimero sonido, más triste que nunca.
Por la noche cada familia velaba a su ser querido, la tristeza y la congoja en la familia de Antón era notoria, muchos amigos le daban el último adiós. En la casa de la Bechi, la situación era distinta, muy pocas personas, la única que gemía muy discretamente era la madre, sin embargo se escuchó dar una fuerte maldición al brujo y juraba que su venganza seria grande -Ya lo verán- decía.

El padre de Antón lloraba a su hijo y gritaba su dolor, cuando sucedió algo inusual que paralizó a todos y se produjo un silencio profundo. Una chicharra daba vueltas por toda la sala  produciendo un sonido estridente, giraba veloz como si buscara algo, fueron varios minutos de expectación. En el momento menos pensado se abalanzó directamente a la boca del padre de Antón, introduciéndose en su garganta, todos los presentes lo veían retorcerse ante la falta de aire para respirar, nadie entendía que pasaba, nadie atino hacer nada. Todo fue tan rápido que en cuestión de poco tiempo, el hombre quedó inmóvil, quieto, inerte. Había fallecido por asfixia. Cuando acudieron en su ayuda le abrieron la boca y la chicharra salió lentamente de la cavidad bucal para alejarse tal como había llegado, haciendo un ruido ensordecedor.

Cuentan las pocas personas que conocían al brujo, que tenia el poder de transformarse en el animal que desease y que este dijo que no pararía hasta acabar con todos los miembros de la familia de su enemigo circunstancial.

miércoles, 29 de junio de 2016

De madrugada

La partida del bus estaba atrasada, por razones que nunca nos dieron. Antes de abordar, rodeados de familiares de los viajeros, vendedores de golosinas, bultos, maletines y mochilas, cada uno trataba de entender la razón de la demora. Finalmente por una de las puertas de embarque anunciaron nuestro viaje. Con identificación en  mano, la larga cola de fastidiados pasajeros fue ubicándose cada uno en su asiento.
En la segunda fila de asientos un señor subido de peso llevaba una camisa blanca muy llamativa, que durante la espera conversaba con varias personas, en la mano llevaba un manojo de tarjetas que repartía a diestra y siniestra. Al tocarme pasar cerca de él, me entregó una de las consabidas  tarjetas, la tomé y avancé en busca de mi asiento. Al ubicarme, miré la tarjetita y pude entender que ofrecía seguros, con cierta indiferencia la guardé, pero en mi retina quedó la imagen que contenía e involuntariamente la volví a ver, mercadotecnia pensé y la volví a guardar.
Junto a mí, se sentó una señora joven relativamente, que llevaba un enorme maletín que no encontraba forma de poder
ubicarlo. Trató de varias maneras y lugares y no cabía por ninguna parte, al notar mi incomodidad me pidió disculpas, le dije que no se preocupara y le sugerí que tratara de meterlo debajo de su asiento, lo intentó y logró introducir solo la mitad del bulto y se sentó prácticamente encima del enorme maletín.
Salió el bus del terminal y lo primero que hizo, fue recoger más personas que con el vehículo en marcha lenta subieron “al vuelo”. Los que habíamos abordado dentro del terminal nos incomodamos por varias razones, la principal fue que nadie identificó a los que subían, cuando hacía solo unos minutos, a todos nos amenazan con no poder viajar si no portábamos nuestro documento de identificación en la mano. Nadie se dio por enterado de nuestro malestar y el bus se enredó en el tráfico endemoniado que rodeaba el terminal de camino a la salida de la ciudad.
Un niño lloraba sin cesar y la madre no encontraba forma de calmarlo, el calor al interior del bus se dejaba sentir cada vez con más intensidad a pesar que las pequeñas ventanillas estaban abiertas. El sol se ocultaba en un atardecer caluroso de temporada veraniega. Tras más de media hora, por fin el tráfico era fluido y el aire fresco aliviaba la incomodidad de los ya atormentados viajantes.
No pude dejar de tomar en cuenta que nuestro bus no contaba con servicios higiénicos y tratando de hacer cálculos, éramos aproximadamente cuarenta pasajeros que partimos a las cinco de la tarde y que nuestra llegada debería ocurrir, si es que no se presentaban contratiempos, a las seis de la mañana del día siguiente, catorce horas que tendría que soportar mal acomodado en esta aventura.
Perdí la noción del tiempo  tratando de ordenar mis ideas y pensando en lo que debería de hacer al llegar a mi destino. Me quedé dormido, escuchando el llanto del niño y sintiendo el movimiento que hacia mi compañera tratando de acomodarse sin lograrlo.
Avanzada la noche, en un lugar que no pude identificar, al sentir el bus detenido, me desperté.  Por la ventana vi que un hombre alto de contextura delgada, vestido con ropas oscuras, descendía del bus y casi corriendo se alejaba en la oscuridad de la noche, otras personas también bajaron; sintiendo ganas de orinar yo también bajé. El paisaje era desolador, desértico; no se veían cerros ni plantas, la luna se escondía entre oscuras nubes, que daban al lugar un escalofriante aspecto. Por precaución o temor no me alejé demasiado y pronto volví a parame cerca de la puerta. Pasado un tiempo prudente los conductores pidieron que todos subiéramos; alguien alertó sobre el hombre que descendió primero y que aún no regresaba, decidieron llamarlo a gritos pero nadie respondía.  Se juntaron en un pequeño grupo y se alejaron un poco desde donde seguían llamando al desconocido. El chofer ya incomodo pidió que subieran todos, mientras que con la bocina y las luces hacia señales indicando que partiría. Nadie respondió, ni nadie apareció.
Cuando partimos, había una señora de voz ronca y sonora, muy conversadora, que pude verla cuando se sentó al centro del vehículo; pude escucharla durante mucho tiempo hasta que me quedé dormido. Ahora era ella la que se quedó en las escaleras comentando y hablando lo que nos tocaba vivir, mientras el bus reiniciaba su marcha.
Los choferes indicaron que cerca había un pueblo y ahí había que dejar constancia en la comisaría del lugar lo que sucedió. Coordinaron quienes serían los testigos y nuestra compañera de voz ronca se ofreció voluntaria. Efectivamente, al cabo de unos minutos el bus se estacionaba en la puerta del establecimiento policiaco. Un policía soñoliento y mal humorado atendía a los encargados de hacer la diligencia; costó al parecer bastante trabajo hacerle entender al agente, lo que la mayoría de los pasajeros pudimos ver. Para certificar lo que se decía cogió la lista de pasajeros y comenzó a llamar uno por uno, cuando llamó al nombre de Ezequiel Dulanto Porras, nadie contestó, reitero el llamado y recibió la misma respuesta, silencio. La señora de voz ronca preguntó por el número de asiento y se acercó a verificar. Resulto que se trataba de su compañero de viaje que se encontraba aparentemente bien dormido, lo movieron para despertarlo y se recostó sobre el otro asiento, en una pose muy rara, rígido. Cundió rápidamente el pánico provocado por la señora que entró en shock. ¡Está muerto! Gritó.

Pidió el policía que todos los pasajeros descendieran del bus, para entonces pude ver la hora, eran las 3 de la madrugada. No sabíamos que había ocurrido, no sabíamos que nos esperaba, lo que si pude saber es que el muerto tenía el mismo aspecto del hombre que vi alejarse del bus cuando paró en el desierto.

viernes, 3 de enero de 2014

Teretañas

La casa de los abuelos estaba al centro de una enorme huerta, rodeada de plantas, arbustos y árboles. La abuela cuidaba un jardín que olía a flores frescas; rosas de varias especies predominaban sobre las demás,  habían unas enormes y feas pero muy fragantes  y otras pequeñitas teñidas de mil colores. Entrar en la casa era llenarse primero de la fragancia de sus flores, las que cuidaba con mucho cariño, sin embargo dentro de la casa nunca se vio una flor, al abuelo le disgustaba verlas en floreros.
Al costado de la casa había plantas de plátanos de seda, la abuela tenía una pequeña escalera que le permitía trepar hasta los racimos y cubrirlos con pliegos de papel periódico para que los pajaritos no los malogren, dejándolos madurar en la planta para que tuvieran mejor sabor. Ya maduros, era su placer llamar a sus nietos y sentarse a comerlos al pie de la planta.
Al fondo de la huerta había un galpón repleto de gallinas blancas con listas negras o negras con listas blancas, la abuela las llamaba las “teretañas”. Eran enormes, gordas y hermosas, como enormes y ricos eran también los huevos de las  engreídas del corral. Por las mañanas las soltaba en toda la huerta, salían alegres y saltarinas, de inmediato se ponían a escarbar y recoger todo lo que encontraban por el lugar. Cuando las sacrificaba, en el buche encontraba todos los objetos perdidos como aretes, sortijas, pequeñas monedas, clavos y tachuelas.  Solían escarbar y llenarse tierra, luego se echaban en los agujeros que cavaban, mientras las que tenían polluelos les enseñaban a estos a comer de una manera muy maternal. Ya por la tarde la abuela las llamaba de una manera muy peculiar, repetía tu tu tu tu tu y ellas aparecían de todos los rincones de la huerta, esparcía granos de maíz, esperaba que terminaran y de inmediato solas se encaminaban al gallinero, era hora de dormir.

El techo del gallinero era de paja que protegía a las “teretañas” de las lluvias por las noches, ya que cuando llovía de día ellas disfrutaban del baño, se subían sobre las ramas de los árboles y jugueteaban alegremente. Cuando cesaba de llover se sacudían  para luego acomodar con sus picos sus desordenadas plumas.
El abuelo cuando reparaba el techo repetía, ”sacudan la paja para que salten las víboras”. Y en realidad muchas veces encontraba durmiendo muy abrigaditas a víboras que por las noches buscaban los huevos de las “teretañas”

A mi abuela le gustaba criar gallinas y también comerlas y compartirlas.

lunes, 9 de septiembre de 2013

La huida III

Decidió mi padre que era mejor caminar por la playa, junto al mar, aunque esto significase mayor inversión de tiempo. El terreno estaba cubierto de guijarros cortantes por donde se viese, tan perfectamente esparcidos que daba la impresión de que ser una mesa gigantesca.
Hicimos un alto al llegar junto a las primeras olas, que apacibles nos recibieron, el mar estaba calmo y la noche era iluminada por una media luna que se esforzaba por sobresalir ante unas nubes que discretamente transitaban delante de ella. Con las manos mi padre escarbó la arena permitiendo que se llenase con agua, luego de dejar a Miguelito sentado junto a los bultos que habíamos puesto a regular distancia para que no se mojasen;  mi hermano lloraba fuertemente, por lo que mi papá tuvo que apurar la tarea y volver para traerlo. Cuando lo hizo, la madrasta, Oswaldo y yo habíamos remojado nuestras cabezas y teníamos los pies metidos en el hoyo hecho por papá. Era una delicia sentir el refrescante y helado líquido en nuestros maltratados cuerpos a pesar del frio que sentíamos a esa hora de la avanzada noche.

Hubiera querido quedarme,  el sueño doblegaba nuestras fuerzas. La orden de papá fue que deberíamos continuar hasta Huanchaco. “Ya falta poco”, dijo risueño mientras cargaba a Miguel en los brazos y un bulto amarrado en la espalda.
Unas plantas que emergían de unas pozas, llamó mi atención, papá sugirió que no nos acercásemos, pues era muy peligroso. Explicó que eran sembríos de totora, plantas que usaban para la elaboración de embarcaciones para la pesca por los pobladores del lugar. En las pozas emanaba agua dulce, por lo que las plantas se desarrollaban hermosas, sin embargo por las noches muchos animales se acercaban al lugar para beber, por lo que era muy peligroso asomarse por allí.
Ya cerca el pueblo de Huanchaco, decidió mi padre hacer un alto en nuestra apresurada caminata. El día comenzaba a clarear, nuestras fuerzas estaban agotadas, el frio calaba nuestros semidesnudos cuerpos, nuestros estómagos pedían a gritos algo que digerir, mientras que nuestras gargantas resecas no podían emitir sonido entendible alguno. Había cerca un totoral, que debía protegernos de la brisa fría que venia del mar y a la vez del sol que amenazaba ser más cálido de lo que quisiéramos. Nos refugiamos a prudente distancia, por recomendación de quien era nuestro guía en estos menesteres que todos ignorábamos. Las totoras crecen en sitios húmedos, en pozas acuíferas que se alimentan de emanaciones subterráneas, pero que aparte de alimentar las plantas también sirven de cobijo para alimañas y pequeñas serpientes, nos había dicho mi padre al acomodar los bultos. La madrasta, instaló en un abrir y cerrar de ojos una pequeña cocina, con pequeñas ramas y hojas secas, encendió un fogón sobre el que puso una olla con agua que mi padre recogió de la poza; traía entre las muchas cosas que cargó toda la noche sobre sus espaldas, pocillos y platos de fierro enlozado, cucharas y algunos trozos de pan que nos repartió apenas comenzó a hervir el agua. Masticábamos el pan seco cuando nos alcanzaron un pocillo repleto de chufla, que no era sino mazamorra de harina de maíz con un poco de azúcar.
El desierto era amplio; a la distancia se veían muchos cerros, uno de ellos separado de los demás tenía la forma de una enorme campana; eran muchas las pozas, aisladas cada cual por un terreno que por partes era arena fina y otras repletos de cascajo, de pequeñas piedras filudas, quebradas quien sabe porque mano misteriosa y esparcida en forma homogénea por el lugar.
Qué bien recibieron nuestros cuerpos el desayuno caliente, que agradable resultaba el descanso merecido y esperado tras la huida que tuvimos durante toda la noche. No podíamos caminar durante el día ya que podíamos ser detectados y lo que menos quería mi padre es que alguien nos viera, que alguien diga que por aquí pasaron o cerca de aquí alguien supiera de nosotros. Deberíamos ser invisibles, nuestras vidas estaban en juego, nos perseguía un ejército completo, nos perseguían los odios y las revanchas políticas contra las ideas de mi padre.

Luego de merodear el lugar, mirar por todos los lados y convencidos que estábamos seguros, mi padre se acomodó cerca de nosotros y casi instantáneamente se quedó profundamente dormido. Todos hicimos lo mismo, más cuando desperté pude ver a Oswaldo mi hermano mayor y a Miguelito el menor, dormidos profundamente, la madrasta apareció de entre el totoral y la presencia de mi padre no la pude detectar. Pregunté por él, mientras que a mi olfato llegaba un agradable olor a guiso, La madrasta se acercó a mí con una pequeña fuente de agua y me dijo que pronto volvería. Después de saciar mi apetito, me acosté nuevamente, para volver a despertar cuando anochecía, con la caricia de mi padre sobre mis hirsutos cabellos, mientras me recordaba que deberíamos de continuar.

viernes, 2 de agosto de 2013

Quien sabe...

Cuando llegue el momento de partir,
será en Domingo de fiesta,
con mucha alegría en el corazón,
que de tanto reír, descansará.

Tras de mí, mis sueños
también me seguirán,
comenzando el lento vuelo
hacia lo largamente esperado.

El partir es necesario
para poder vivir,
la inmortalidad soñada
comienza verse al final.

Comenzaré el vuelo desde el mar,
esparciendo por todo el mundo,
mi gozo y la esperanza
de un mundo mejor.

Cuando llegue el momento de partir,
estarán reunidos junto a mí,
en la alegría de un domingo especial
un domingo de fiesta y celebración.

martes, 25 de junio de 2013

Amazonas

Muy temprano por la mañana, Yumbato tomaba su canoa, alistaba su remo y esperaba que llegaran los primeros porongos repletos de leche que conduciría a la ciudad para comercializarlos. Esperaba también como todos los días la llegada de Carmen y Mañuco, los hijos de Don Manuel que se alistaban para asistir a la escuela, ellos viajarían junto a la preciada carga hasta el muelle, al otro lado del rio. Carmen tenía ocho años y Mañuco siete, acostumbrados a esta rutina sabían que tenían que mantenerse sentaditos y quietos, cogiéndose con ambas manos de la frágil embarcación. En una bolsa de tela impermeabilizada que llevaban colgada del cuello, colocaban sus cuadernos para que no se mojasen con las gotas de agua que salpicaban hasta ellos, sus cabellos casi rubios y bien peinados, parecían flotar con la fresca brisa matinal, mientras el fiel Yumbato comenzaba a remar sin parar, de un extremo a otro el ancho río. El viaje duraba más de  media hora y al pobre hombre le costaba mucho esfuerzo y abundante sudor.
De consistencia gruesa, cuerpo musculoso y de piel oscura; tenía brazos fuertes aunque de pequeña estatura; servicial y siempre atento, llevaba dibujada una eterna sonrisa en su rostro, curtido por el sol, mostrando sus pequeños y espaciados dientes. Así podríamos definir a Yumbato, el empleado fiel e incondicional de don Manuel.
Aquella mañana, el viaje fue como casi todos los días, pausado, lento, aburrido para los niños, acompañados únicamente por el acompasado golpe del remo. Al llegar a la ciudad, Carmen y Mañuco saltaban de la canoa y emprendían una loca carrera, que no paraba sino hasta que llegaban a su escuela, que estaba ubicada a solo dos cuadras del embarcadero. La risa retornaba a ellos y volvían a ser niños otra vez.
Don Manuel era Español de nacimiento, que arribó por estos lares quien sabe porque designios y mostraba como mejor cualidad su amor por el trabajo. Esforzado e ingenioso, había adquirido una extensión de tierras frente a la ciudad de Iquitos y la trabajaba, junto a un grupo de peones, todos los días para ganarle un poco de espacio a la tupida vegetación del lugar. De a pocos, en el terreno logrado, iba poblándolo de ganado vacuno, que producía leche en abundancia que era trasladada a diario hasta la ciudad, que como dijimos estaba frente al fundo al que simplemente lo llamaban “La Banda”, por hallarse al otro lado del rio Amazonas.
El rio Amazonas, caudaloso y ancho, generalmente es pacífico y tranquilo, más cuando llueve y arrecia el viento, se vuelve furioso y rebelde; se enfrenta a todo el que osa navegar sus aguas y caprichosamente impide que salgan del centro de su cauce. Aparecen olas que suben y bajan en un irreconocible vaivén, que simulan un baile de loco frenesí.
Al final del día, Yumbato parado en la puerta de la escuela los esperaba, para iniciar el viaje de retorno a casa; pero ese día algo paso y el buen hombre tardó en llegar. Los niños impacientes salieron a buscarlo hasta el embarcadero luego de una prudente espera, en la que solo quedaban ellos parados frente al local donde estudiaban. Eran más de la cinco de la tarde y el cielo comenzó a oscurecer muy rápidamente, una tormenta amenazaba con desencadenarse. La canoa estaba en el embarcadero, por lo que Carmen y Mañuco decidieron esperarlo ahí.
Al cabo de unos minutos que parecían eternos, apareció Yumbato con un enorme bulto sobre las espaldas, lo colocó al centro de la canoa, delante del cual ubicó a Carmen y detrás del mismo a Mañuco. Sentaditos y cogidos con las dos manos se quedaron quietos y comenzó el viaje. La tarde estaba fresca, demasiada tal vez. Como siempre Yumbato se acomodaba en la popa, se quitaba la camisa y empujaba la canoa con la punta del remo hacia el centro del rio para comenzar de inmediato su labor de remar y remar sin parar. El viaje siempre era en silencio, no se caracterizaba precisamente Yumbato por ser locuaz  y el esfuerzo que realizaba le demandaba mucha concentración. Era el “Capitán” de su barco y responsable de sus pasajeros, por lo que conducía la embarcación por senderos invisibles que tenía grabados en su memoria.
La tarde terminó por oscurecerse, el viento soplaba desordenadamente, por todos lados, unas veces por la espalda, que favorecía el viaje y otras por el frente frenando todo lo avanzado, cuando llegaban los vientos que azotaban por los costados, ponían en riesgo la frágil canoa, por lo que el experimentado navegante tenía que cambiar el rumbo, dificultando la travesía y retardando más de lo necesario el viaje. Las primeras gotas de lluvia no se hicieron esperar y caían sobre sus cabezas golpeándoles repetidas veces, finalmente se desencadenó un diluvio.
La tarde se convirtió en noche oscura, tan oscura que no se veían unos a otros y por primera vez a Yumbato se le escuchó gritar para alentar a su tripulación. Mañuco comenzó a llorar llamando a su mamá, le siguió Carmen llamando a su papá. El “capitán” les ordenó que se callasen, porque lo ponían nervioso, la intensa lluvia trajo adicionalmente otro contratiempo: la canoa se estaba inundando. Buscando bajo su asiento ubicó un tazón que le dio a Mañuco, pues estaba más cerca de él, y le ordenó que arrojara el agua. El niño no le obedeció y aumento la intensidad de su llanto. Como pudo llegó donde Carmen y más que ordenarle le suplicó que arrojase el agua fuera de la borda, explicándole que él no lo podía hacer pues debía mantener el remo en actividad.
¡Ya llegamos! Arengaba Yumbato a los niños, pero en realidad ni él se lo creía. El oleaje se intensificó y cada vez más llena estaba la canoa, poniéndola en riesgo de naufragar. Carmen entendió la situación, al ver que sus pies ya estaban anegados, cosa que en un primer momento no diferenció, pues estaban  empapados de pies a cabeza. Soltó una de sus manos y cogió el coso que de a pocos fue arrojando el agua fuera de su alcance. Pero por más que arrojaba con todas sus fuerzas el nivel de líquido se mantenía, la lluvia continuaba y los vientos se incrementaban. Yumbato a estas alturas había perdido la ubicación, no sabía cuanta distancia faltaba para alcanzar la orilla y es más no sabía tampoco, cuánto la corriente del rio los había arrastrado.
Cansado y al borde de perder la calma, apareció la luz. Era Don Manuel que intuyendo el peligro había salido con un farol, primero al embarcadero y desde allí gritar llamando reiteradas veces a los navegantes extraviados. Yumbato vio la luz, bastante alejada rio arriba y contestó el llamado, con un sonido que más parecía un trueno que la voz de un humano. Un grito de desesperación, alegría, angustia y esperanza al mismo tiempo, lo hizo una sola vez con tanta fuerza que  no le quedó más para repetirla. Fue suficiente, Don Manuel lo escuchó y corrió por la orilla hacia abajo, al lugar más próximo a donde había escuchado la respuesta.
Los niños se llenaron de esperanzas al escuchar la voz del padre y en coro llamaban: papááááá, papááááá, sin dejar de llorar, aunque ahora lo hacían con algo de alegría y con la confianza el padre les trasmitía. Yumbato también lloraba, remando con inusitadas fuerzas recobradas al ver el farol, intentaba gritar y no podía, se había quedado sin voz en el primer intento, así que cuando podía sujetaba el remo entre sus piernas y juntando sus manos las soplaba, emitiendo un sonido agudo que llegaba a los oídos de Don Manuel junto a las débiles voces de sus hijos. Don Manuel movía el farol mientras continuaba llamando, entre tropezones y contratiempos propiciados por la espesa vegetación, para sortear un barranco, debió alejarse de la orilla, pero para su felicidad al volver a esta escuchó la voz de sus hijos más cerca, continuó corriendo sin medir el peligro, lo que más deseaba era tenerlos y poder abrazarlos.
Finalmente, la canoa tocó la orilla, en una zona inaccesible, cubierta de ramas de árboles que impedían salir del rio. Don Manuel a escasos metros, los guiaba para que pudieran salir con mayor facilidad, les ordenaba que tuvieran calma, les pedía; ¡Por amor de Dios, tengan calma!, ya pasó lo peor, tengan calma, tengan calma. Su voz ronca, sonora, potente, juvenil, se quebró, lloraba junto a sus hijos y agradecía a la Santísima Virgen por haberlos ayudado. Yumbato continuaba luchando con las aguas, debía sacar su nave del rio, por lo que jalaba con todas sus fuerzas la frágil canoa hacia la playa, al verlo Don Manuel, dejó a los chicos en el suelo y acudió en su ayuda. Cuando amarraron la canoa a un árbol, los dos hombres se dieron un fuerte abrazo, no podían hablar pero entendían el agradecimiento mutuo.

¡Vamos! Ordenó don Manuel, mientras cogía a sus hijos y Yumbato se ponía el enorme bulto al hombro. ¡Vamos, ya todo terminó! y se marcharon en medio de la noche, la lluvia y la distancia.

lunes, 22 de abril de 2013

Parapente


En el centro de Lima un cálido sol abrigaba la mañana desde muy temprano, pero al llegar a Miraflores una fría y húmeda brisa nos recibió al descender del vehículo. Nos reuníamos catorce personas para salir de Lima hacia el sur, para vivir la experiencia de volar en parapente. Una hora después hacíamos la primera parada en una estación de servicios para abastecer combustible a los vehículos, comprar bebidas y algunas galletas. Media hora después instalados al pie de unos cerros, en una especie de base de operaciones, cuatro personas del grupo se movilizaban con precisión profesional, desempacando y trasportando el equipo hacia un lugar aún más alto en una cuatrimoto que remolcamos en nuestro trayecto. Al desempacar pudimos ver las telas multicolores que servirían de alas para volar. La emoción embargaba al grupo y nadie se atrevía a comentar más allá de que todos coincidíamos en que era nuestra primera vez en esta experiencia.
Nos pidieron que escogiéramos cascos protectores que fueron esparcidos para poder cogerlos y de inmediato nos colocaban un radio trasmisor en el pecho de cada uno, ya extendido uno de los parapentes en el suelo junto a las sogas, correas y seguros, nos pidieron que nos alineáramos frente a uno de los jóvenes instructores para escuchar la primera clase, al concluir vino la pregunta de rigor: ¿alguna pregunta? Surgieron muchas, una vez absueltas y procurando no responder más el instructor pidió un voluntario, todos nos miramos y nadie se atrevió, finalmente todos sugirieron a uno de los asistentes que por alguna razón se separó del grupo. Estaban por tomarlo cuando le sugirieron que sea una persona de menor peso, ya que el equipo extendido no era el más recomendado para el que tenía. Levanté la mano y me presenté como voluntario mientras sentía un suspiro profundo y uniforme en todos mis compañeros.

Colocaron sobre mí el resto del equipo mientras continuaban las indicaciones sobre lo que debíamos y lo que no debíamos hacer antes, durante y luego del inicio del vuelo. Probaron la radio y por ella deberíamos recibir las indicaciones durante la permanencia en el aire. Una dama que resultó siendo extranjera, por cuarta vez preguntaba si podía volar acompañada, le dijeron que no, que se calmará y observara lo que hacían los demás.
Finalmente la hora de la verdad llegó. Premunido del equipo completo, terminada la explicación de cada una de las amarras y las funciones que deberían de cumplir, el instructor solo añadió: lo peor que puede pasar es que no tengamos aire y tengamos que esperar un poco para el despegue. El aire llegó y comencé a caminar a la vez que las velas se inflaban, debería de correr con todas mis fuerzas y de pronto fui levantado y el vuelo comenzó. Un silencio total me embargaba, mis sentidos a punto de estallar de felicidad. No había miedo, era satisfacción, placer, gozo, éxtasis, lo que sentía. El zumbido producido por el viento al chocar en las correas deleitaban mis oídos, mi vista se recreaba con un hermoso paisaje frente al mar de San Bartolo y Punta Negra, mi piel era acariciada suavemente por la humedad de la brisa, me sentía caminando sobre algodones, causando en resumen una satisfacción total que fue rota por la voz que llegó por la radio para decirme que había despegado bien y debía seguir con las indicaciones, un poco a la derecha, ahora un poco a izquierda, sube las manos,  mantenlas ahí, vas bien, baja las manos, bájalas más, bien, ahora vas tocar tierra, atento, ya baja las manos y corre. Todo terminó, había vivido un siglo, muchos años de placer en pocos minutos. Otro joven en la cuatrimoto llegó al sitio del aterrizaje para ayudarme a recoger el equipo mientras yo levantaba las manos y saltaba de alegría.

miércoles, 17 de abril de 2013

Lechero


Caminábamos por las mañanas, muy temprano cuando comenzaba a clarear el día, junto a una cerca larga, para llegar al lugar donde el abuelo ordeñaba a las vacas que las había ordenado y amarrado junto a una larga canoa llena de cáscaras de plátano que ellas comían mientras permitían se les extraiga el blanco líquido. Al llegar al lugar y antes de poder siquiera saludar, era recibido por un chorro de leche caliente, que a propósito era arrojado directamente de la ubre por la manos expertas de mi abuelo, que sentado en una banquita pequeña ordeñaba y ya tenía llena varios baldes con el fruto de su trabajo. El diálogo era breve, debía yo recoger estos baldes para llevarlos a la casa, donde mi abuela ya me esperaba con las botellas limpias, escurriéndolas en una barbacoa de madera ubicada en la ventana de la cocina; una taza de humeante mazamorra de granos tostados al que llamaba “upe” esperaba por mí mientras ella vertía la leche en los envases que luego colocaría en una pequeña alforja, para poder transportarlas con comodidad.
El recorrido era siempre el mismo desde hacía mucho tiempo. Primero la casa del ingeniero, donde me esperaban con la puerta abierta y la linda sonrisa de una señora; seguía la casa del doctor, ahí había que tocar varias veces y nunca pude ver quién era el que me recibía las dos botellas, pues solamente aparecía una mano ancha y llena de pelos que de inmediato cerraba sin decir palabra alguna. Seguía el bar de don Eladio, en cuyo local siempre se escuchaba un bolero melancólico, me recibía las cuatro botellas una linda señorita con delantal rosado siempre impecablemente limpio que acariciaba mi cabeza, preguntaba por mi nombre y reía mostrando una fila de menudos dientes. La última botella la debía dejar en una casa de segundo piso junto al cine “Tropical” y frente al bar de don Eladio, tocaba la puerta y debía de sentarme a esperar en la vereda de la calle, bajaba con mucha paciencia una señora gorda con una enorme bata que arrastraba el piso, pero trasparente que dejaba ver mucho de la que llevaba dentro, al recibir la botella siempre trataba de conversar conmigo, preguntaba por el abuelo, por mis estudios, por mi maestra o por la vaca que daba la leche, nunca esperaba respuesta y sola se respondía mas o menos así: como está el abuelo, ¿bien? que bien que bien, dale mis saludos, hace tiempo que no lo veo, ¿dices que está bien? Qué bien, que bien; daba la vuelta, se acomodaba en la estrecha escalera que la conducía al segundo piso y me pedía que cierre la puerta, cuando lo hacía gritaba con voz ronca: ¡gracias!
Culminada esta tarea, me dirigía al mercado con una lista que la noche anterior mi madre había colocado en uno de mis bolsillos. Mi alforja libre del peso de las botellas se volvía a llenar con papas, cebollas y tomates que siempre me recordaban traerlos sin apretarlos para que lleguen enteros; el paso por el carnicero era lo más desagradable que debía hacer, el olor que emanaba de ese lugar me causaba dolor de cabeza y solo me limitaba a recoger un paquete que ya estaba listo todos los días, incluyendo domingos y feriados, con lluvia o sin lluvia como solía decir el abuelo. De ahí pasaba a la bodega para comprar arroz, frejol, fideos, sal, azúcar, condimentos, que condimentos me preguntaban, no se aquí dice condimentos, respondía. Finalmente con las bolsas llenas me dirigía a la zona de los ponches, unas veces era ponche con jugo de naranjas, otras veces con masato caliente y rara vez ponche solo. El sonido del batido a mano del ponche retumbaba por todo el mercado y solo era superado por la voz que desde unos parlantes anunciaba las ofertas de tal o cual puesto o saludaba a alguien por su cumpleaños. 

miércoles, 2 de enero de 2013

Aprendiendo


Aprendimos a vivir libres, a pesar de la presión que ejercían sobre nosotros. Oswaldo hacía que cada castigo fuera un juego. Nos enseñaba a tener valor y ser fuertes ante las adversidades que nos tocaba vivir. Los mejores momentos eran cuando nos alejábamos de la casa o cuando llegaba la noche y nos quedábamos profundamente dormidos por el cansancio y la ilusión de alejarnos lo más lejos posible de nuestros “protectores” al día siguiente.
La señora que me entregaba el pan por las mañanas, me daba adicional-mente dos panes que los colocaba en cada uno de los bolsillos de mis pantalones. Al llegar a casa lo primero que hacía era esconderlos en algún lugar para poder comerlos más tarde, a media mañana, en compañía de mis hermanos. Trágico fue el día en que me olvidé esconderlos y la tía los descubrió en mi poder. Armó tremendo escándalo, me cogió de las orejas y a rastras me llevó al corral, allí cogió una varita delgada de cuero enroscado y seco, con la que me castigó despiadada-mente  Gritaba muy fuerte, diciendo que se avergonzaba de tener delincuentes bajo su techo. Yo lloraba y pedía ayuda desesperada-mente  sentía que me arrancaba un pedazo de piel ante cada descarga de su ira. Intervino el tío Bernabé, para calmar a su descontrolada conyugue. Pidiéndome que entendiese que lo que había hecho estaba mal y que nunca más repita una acción así. Por más que repetía que me habían regalado esos dos panes, nadie quería entenderme. Miguelito que se había despertado con la bulla, corrió para abrazarme por la cintura, no lloraba, temblaban sus quijadas y con su cuerpecito trataba de evitar que me sigan castigando. Oswaldo, solo se acercó a mi cuando me soltaron, para abrazarme un rato en silencio y luego atender a nuestro hermano menor. Cogió un balde con agua y remojó nuestras cabezas. Repetía suavemente “ya pasó”, “ya pasó”. En realidad pasó una vez más un acto injusto y Oswaldo se encargó de devolvernos la confianza y la seguridad otra vez. “Pronto vendrá mi papá, para llevarnos de aquí” nos dijo y procuró hacernos sonreír, echándonos agua a la cara.
Los días se volvieron lentos y rutinarios, cada vez nos sentíamos más solos. Nuestros primos casi no jugaban con nosotros y si lo hacían era para meternos en problemas. Nuestra aliada seguía siendo la señora de la cocina, quien luego de la zurra que me cayó, me regaló un alfeñique grande mientras me daba un fuerte abrazo, secando una lágrima a escondidas, que no pudo contener.
Por la tarde deberíamos de ir a traer camotes y hojas de maíz para los animales. La tía nos pidió que cortáramos unas cuantas “cañas de azúcar” en el camino, “de preferencia las que son negras y gruesas”, nos dijo. Partimos después de almorzar, José nuestro primo insistió en acompañarnos, su mamá aceptó. Traía José un frasco de vidrio en las manos, no sabíamos que intenciones traía y tampoco le preguntamos, intuíamos tal vez que nada bueno nos esperaba. Camino a la chacra, el arenal era grande y en él vivían varios bichos entre los que siempre veíamos algunos alacranes pequeños que nosotros los aplastábamos intencionalmente a nuestro paso. A nuestro primo se le había ocurrido ir juntándolos uno por uno. Molestaba al alacrán con un palito y cuando éste atacaba, procuraba que clavara su aguijón en la madera, de inmediato destapaba el frasco y lo sacudía dentro. Cuando el bicho se daba cuenta ya estaba prisionero junto con otros sujetos de su misma especie, luchando contra la pared de vidrio, tratando de salir del encierro. Esta operación le demandaba mucho tiempo por lo que al llegar a los sembríos de camote, cogimos los primeros que encontramos, sin avisar a sus propietarios y tampoco reparando si estaban en condiciones o no de ser cosechados. Emprendimos el camino de regreso, Oswaldo recogió las cañas que le habían encargado, Miguelito y yo traíamos un costal con camotes sobre el hombro y además arrastrábamos un paquete de plantas de maíz que solíamos picar para que los pavos y gallinas los coman en la casa. José llevaba el frasco con sus alacranes pegado al pecho y caminaba tropezando continuamente.
De pronto apareció un señor de muy mal genio, que con un palo nos amenazaba castigar por haber malogrado su sembrío. Nos quedamos petrificados, no sabíamos que decir ni que hacer. Vociferaba una serie de palabras que no podíamos entender muy bien; lo que si estaba claro es que estaba furioso, continuamente levantaba el arma que traía en las manos. Le brillaban los ojos y la saliva salpicaba al gritar, su voz era ronca y enrredada. José tuvo la genial idea de destapar el frasco que traía y mostrárselo al señor con la intención de asustarlo, pero con tan mala suerte que éste al tenerlo cerca, volteo el frasco con la vara, cayendo a los pies de nuestro primo. Los alacranes al verse libres, salieron disparados en distintas direcciones, muchos al tropezar con los zapatos de José se subieron a ellos y luego siguieron trepando por las piernas. El muchacho sufrió un ataque de pavor y gritaba desesperadamente. Ninguno de nosotros atinamos por hacer algo, continuábamos con nuestra carga sobre nuestros hombros, inmóviles. Finalmente fue auxiliado por el enfurecido hombre que al ver el estado en que estaba el muchacho, se compadeció de él y comenzó a sacudir los animalitos que alarmaban a nuestro primo. Ya libre de su propio castigo, José seguía llorando. El campesino que inicialmente estaba furiosos o así pretendía hacernos creer que lo estaba, se compadeció de nosotros y terminó ayudándonos con nuestra carga hasta muy cerca del pueblo.

domingo, 8 de abril de 2012

Toda una vida.

Cuando niño, mi madre aquí presente, solía acomodar mis hirsutos cabellos, diciendo que era necesario causar siempre una buena impresión. Su tiempo, sabiamente lo compartía con cada uno de sus hijos, que a modo de costumbre heredada de su padre, nos sacaba a la calle en fila india en algunos casos y en otros de dos en dos, cogidos de la mano. La gente que nos veía pasar, creía que eras maestra de escuela y preguntaba: ¿a dónde va de excursión el colegio?

Éramos siete niños con costumbres parecidas pero nunca iguales, cada uno tenía personalidad propia y nos esmerábamos en demostrar esa peculiaridad. Mi madre con paciencia propia de su juventud, en algunos casos, o ayudada de un buen chicote, nos entendía y a cada uno nos daba lo que ella creía era más conveniente para nosotros. Mi hermana mayor era la que más frecuentemente hacia uso de las dos cosas.

Quiero con el permiso de ustedes, rendir homenaje al ser que me dio la vida y me enseñó la forma amarla también. Rendir homenaje a través de mis letras, que son las mismas que aprendí de la mano de ella. Un homenaje a quien con diligencia acompañó mis primeros pasos, escuchó hablar de mis sueños infantiles, soportó con amabilidad mis extravagantes aventuras juveniles y entendió con sabiduría algunos de mis logros posteriores. Un homenaje que se pude resumir de una sola manera: expresando públicamente, el gran amor que siento por ti, que me llena de orgullo y de inmensa felicidad al saberte a mi lado.

Cuando niño, recordaba al principio, que son tal vez los recuerdos más profundos en la vida de todo ser humano, los que nos marcan y nos guían por el resto de nuestros días. Recuerdos grabados en el libro de nuestras vidas, que nos acompañan en cada decisión que tomamos o rumbo que seguimos. Tu, madre, nos enseñaste a caminar por el sendero del bien y es meritorio reconocerlo.

Nacido entre papeles y tarros de tinta fresca, impregnado con la fragancia de hojas recién impresas en la imprenta de mi padre, el destino me llevó a crecer en otro ambiente que igualmente guardo gratamente en mi memoria: el de leche fresca, olor a campo, gramalote verde y cáscaras de plátano, que eran el alimento de las vacas del abuelo. Y, aquí o allá siempre estuviste tú, acompañándome… siempre a mi lado.

Ya más grande y a punto de cumplir quince años, estando de vuelta en mis raíces, un buen día que salía trabajar en el taller de imprenta, recordaba tus palabra ”Es necesario dar siempre una buena impresión”. ..Y así fue, me quedé, obediente a tu recomendación, en este mundo de impresiones, de impresiones… gráficas. Intentando siempre dar la mejor buena impresión.

Tu vida madre, estuvo siempre rodeada de niños, primero fuimos nosotros, luego llegarían tus nietos y hoy por hoy tus bisnietos alegran tus días. Pero Dios quiso premiarte con algo más grande aún y trajo hasta ti todo un nido, jardín de la infancia, colegio inicial o como quiera llamarse, repleto de niños, para quienes eres el ángel que los acompañas cada día. Carisma no te falta y son ellos toda una bendición para ti. Toda una vida rodeada de niños, hermoso ¿verdad?

Finalmente solo queda decirte en nombre de mi mujer, mis hijos y el mío propio: Feliz cumpleaños Mamá Carmen. Que la dicha y la felicidad te acompañen en cada uno de los días que te toquen vivir junto a nosotros.

Te quiero mucho.

sábado, 31 de diciembre de 2011

viernes, 23 de diciembre de 2011

Feliz Navidad...

Un saludo especial en esta Navidad. Que sus mejores deseos se hagan realidad y que la dicha de esta fecha perdure por siempre.
Un fraternal abrazo.

sábado, 27 de agosto de 2011

Remembranza

Las mañanas de agosto limeñas suelen ser frías y húmedas, pero esta tenía el calor de la emoción y la ansiedad de la espera. Nos habíamos acostado, pasada la media noche y a las pocas horas las primeras campanadas que anunciaban tu llegada nos levantó. El trámite fue breve, en poco tiempo lograste tu ingreso a nuestras vidas y tu permanencia hasta hoy nos llena de dicha y de inmensa felicidad.

Muy pronto ocupaste un lugar importante en nuestro quehacer diario y por encima de cualquier detalle estabas tú. La hora del baño se convirtió en ceremonia y la llegada de las visitas nos forzó a crear una agenda. La salida al pediatra era con comitiva y la selección de tu ajuar comidilla de las tías. Cuando menos pensamos ya estabas caminando y con ello llegó la multiplicación de las travesuras; la más recordada, el día que rompiste la colección de huacos cerámicos, parte de la herencia familiar.

Un buen día, de los muchos que te acompañaron siempre, ya estabas en la escuela, no sabias hablar muy bien pero si leer. De tranco en tranco, literalmente, comenzaste a correr por la vida. De la natación pasaste al básquet y de allí a la triatlón; mientras nadabas, montabas la bicicleta y trotabas, llevabas tus libros en la mochila junto a los hidratantes y cremas para el dolor muscular. Tus notas eran excelentes y tu capacidad de liderazgo se forjaba de a pocos, no había actividad en la que no estuvieras presente, ganándole tiempo al tiempo, como solíamos decir. La edad de los “quinos” llegó y con ello las primeras fiestas, todo un reto para ti, entrenar y trasnochar como que no va y la decisión siempre la tomabas tú. La delicia de estar en el podio siempre podía más, llegando a ser Campeona Nacional de Triatlón en tu categoría.

Casi sin darte cuenta comenzaste a trabajar por los derechos de niños, niñas y adolescentes, formando parte de un Colectivo Interinstitucional por la defensa de tus propios derechos. Al final de la secundaria fuiste la autoridad escolar máxima de tu Colegio, Alcaldesa General; Cargo que, más que honores te absorbía el poco tiempo que te quedaba. Hiciste programa de radio y la televisión no te fue ajena participando en un reality de conocimientos denominada “La Beca”. Ya estabas pensando en la universidad y llegar a la Decana de América sólo fue un trámite para ti.

Las mismas mañanas frías de agosto te ven hoy obtener la ciudadanía que te pude llevar a hacer realidad uno de tus sueños infantiles más curiosos, ser la primera Presidenta mujer del Perú. El valor, coraje y conocimientos que tienes te pueden allanar muchos caminos.

Éxitos y feliz llegada.

miércoles, 20 de julio de 2011

Fiestas Julianas

Era el mes de julio, nos enteramos por que se anunciaba un desfile en honor de la patria. El tío Bernabé nos pidió que alistemos nuestras mejores ropas para ese día. Era feriado y en el pueblo se pudo ver mucha gente, muchas de ellas foráneas, llegaron para hacer negocio, y animar las fiestas según decían.

Cerca del muelle se apostaron vendedores de frazadas, colchas y ponchos. Más allá una señora ofrecía faldas, blusas y camisas. Junto a ellos había más improvisadas mesas, repletas de mil cosas variadas, como banderitas, escarapelas y gorros de color rojo y blanco predominantemente; figuritas y láminas con rostros que jamás había visto, una señora nos dijo que eran los próceres de la independencia y que el más grande era San Martín, no quisimos saber nada con los sanmartincitos, pues el que nosotros conocíamos era el látigo que la tía usaba para castigarnos frecuentemente.

Caminando entre ellos, pudimos encontrar una mesa repleta de panes, confites, alfeñiques, suspiros, bolas de melcocha y canchita acaramelada. Miguelito fue el que los descubrió y fue el primero en querer cogerlos, se sorprendió porque la señora que estaba junto a tanta golosina le cogió la mano justo cuando intentaba tomarlos, se asustó y terminó escondido detrás de Oswaldo, miraba con desconfianza a la señora que lucía dos trenzas negras, largas y gruesas. Nos quedamos mirando tanta maravilla por un buen rato y luego continuamos nuestro recorrido. No pudimos saborear nada, finalmente nada sería más rico que las golosinas que nos daba la señora de la cocina.

En el desfile marcharon los escolares que asistían a las dos escuelas del pueblo. Con pasos desordenados pero llenos de fervor continuaron el desfile los trabajadores del muelle y también una delegación de la hacienda “Casa Grande” que había llegado en el tren muy temprano por la mañana. El desfile era amenizado por una banda de músicos vestidos con llamativos colores que entre música y música tomaban unos enormes jarros de chicha. El desfile terminó antes de medio día, sin embargo los pobladores y la gente que llegó de visita, continuó por las calles durante toda la tarde hasta que llegó las primeras horas de la noche, hora donde pude ver que muchos de ellos dormían a pierna suelta, tirados en el suelo por cualquier lugar.

Cuando volvíamos a casa, acompañados por nuestros primos y la tía Lucrecia, en una casa junto a la nuestra, un señor se tambaleaba tratando de orinar. La tía nos pidió que apresurásemos el paso, pero Raúl se dio cuenta de lo que estaba tratando de hacer y le llamó la atención pidiéndole que no se orine ahí. El señor que estaba en alarmante estado de embriaguez, recién se percató de nuestra presencia, volteó para ver quien le hablaba mostrándonos sus flácidos genitales, mientras seguía esparciendo en forma desordenada sobre sus pantalones, zapatos y alrededores el apremiante líquido que no paraba de salir. Dijo algunas frases entrecortadas de las que solo pude entender “Felices fiestas julianas”. La tía salió despavorida cogiendo fuertemente en cada mano a Néstor y Ángela, sus hijos. A mí me pareció graciosa la actitud de este hombre y me paré para ver que seguía haciendo ese infeliz; un hilo de saliva verdosa corría por la fisura de su boca, mientras los ojos luchaban por mirar en la misma dirección.

La tía tuvo que volver para sacarme de allí de un jalón. Mientras lo hacía, logré preguntarle si había visto como orinaba ese señor. Me cayó un coscorrón, mientras exigía que me callase. “Es un vulgar y ordinario demonio que se cruza en nuestro camino”, dijo con los ojos desorbitados de rabia. “Que descarado” concluyó.

sábado, 29 de enero de 2011

Justo homenaje.

Permítanme contarles la historia de un niño que muy tempranamente descubrió el apasionante mundo de la literatura. Un mundo que le sirvió para construir sus propias fantasías basadas en grandes historias, narradas básicamente por una de sus maestras que convencida de su vocación de educadora cada día leía un párrafo, sino una historia completa, que encandilaba y hacia soñar.
Tuvo la suerte este niño, conducido quien sabe porque designios, de recalar en una escuela particular adventista. En casa teóricamente eran, papá evangélico protestante y mamá católica indiferente. Roto, como estaba el matrimonio, también así se encontraba la formación religiosa; en medio de esta ruptura, muy pequeño aún, tanto así que no recuerda en qué momento, paso a recibir la influencia del abuelo materno ante la ausencia del papá que siempre ocupado en sus quehaceres, viajaba entusiasmado con sus inquietudes periodísticas.
Mirian, era el nombre de la maestra que le enseñó a descubrir el mundo de Simbat el marino, de Alicia y su país de maravillas, de Colmillo blanco, de Platero , del Rey Arturo y tantos otros personajes que comenzaron a vivir en un mundo real y adaptados a las condiciones geográficas que desde el aula salían a las calles y llegaban hasta su casa y finalmente hasta su dormitorio; en sus sueños estos personajes se mezclaban con otros personajes, también fabulosos y excepcionalmente maravillosos, por la ternura en que llegaban a él. Diariamente salían de la Biblia historias románticas como las de Ruth, la hermosa reina Ester, Samuel o Elías; descubrió historias fantásticas como las de Noé y su gran barco, del soberbio Goliat, el sabio Salomón, del buen mozo y necio Rey Saúl, de Jonás y el gran pez, el buen Samaritano, la multiplicación de los panes, la transformación de Pablo y tantas otras.
Enamorada como estaba, la maestra y en víspera de su boda, cada historia se convertía en “su” historia y las narraba con tal fuerza que encandilaba a su menudo público. Supo transmitir el amor por la literatura y en este afán ella disfrutaba junto a sus alumnos; enseñaba que soñar no cuesta nada y nos puede brindar mucho a cambio, enseñaba que vivir en un mundo de sueños, no significa vivir soñando.
El ambiente del colegio, siempre grato, lo compartía con el trabajo que desde temprana edad le impusieron. Sin que esto le impida seguir siendo niño y disfrutar del juego en todo momento. El recreo se convertía en todo un reto de competencias y habilidades. Disfrutaba haciendo lo que en ese entonces se prohibía: Las apuestas. Solían poner una moneda en el piso delante de una hilera de ansiosos compañeros que afinaban su puntería con las canicas que salían disparadas con las puntas de los dedos. Estaba prohibido es cierto, pero apenas los regentes se descuidaban se formaban los grupos de empedernidos apostadores.
Amante de la lectura desde que aprendió a leer, apasionado por su entorno, como buen soñador creía que todo podía cambiarlo. Tal vez no lo logró pero en el camino disfrutó al descubrir que uno nunca termina de aprender, y que lo más importante es intentarlo que ser indiferente.
Esta historia nunca se hubiera escrito, si no fuera porque hoy el que fuera ese niño está cumpliendo años. Ya dejó de ser niño, pero el recuerdo de esa época, lo acompaña siempre y considera justo el reconociendo a aquella sencilla y enamorada maestra que supo hacer de lo simple una gran obra. Ojalá hubieran mas maestras como ella.

viernes, 31 de diciembre de 2010

sábado, 4 de septiembre de 2010

Entre cervezas

El olor a fermentado era más fuerte que el que emanaba de las piñas y las flores del jardín que estaban cerca de la ventana. Al acostumbrarme a la oscuridad pude notar que afuera iluminaba la luna con bastante nitidez, no tenía sueño por lo que muy despacio abrí la ventana para ver hacia la calle. Trepado sobre la cama y casi pisando a Miguel me colgué, para intentar ver la luna. El cielo estaba despejado, por lo que pude ver bien el sembrío de las piñas fragantes y la calle desierta a estas horas. A la distancia se escuchaban voces de personas que se acercaban, por lo que traté de esconderme para verlos pasar. “Los grandes cambios empiezan por una pequeña pinta”, decía un señor al otro que lo acompañaba, “pero en nuestro caso no solo hicimos una pequeña pinta, sino que pintamos muchas paredes por hoy” respondió el otro señor mientras soltaba una risita burlona. En la mano llevaban tarros de pintura, caminaban sin ninguna prisa y parecían estar seguros que por este lugar nadie los vería. Un poco más allá se detuvieron para continuar con su labor sobre las paredes de adobe de una casa vecina.

Hubiera querido seguir mirando hacia afuera pero mis piernas se acalambraron al estar colgadas, por lo que regrese a mi sitio en la cama, haciendo a un lado a Oswaldo que se había rodado hacia el borde.

Cuando amaneció escuché la voz de mi papá conversando con la señora que nos abrió la puerta, en la parte posterior de la vivienda. Hacia allá me dirigí sigilosamente por lo que no me escucharon llegar. Mi padre hablaba de un viaje muy pronto y le pedía a su interlocutora que cuidara de nosotros. “Papá, no te vayas otra vez” dije acercándome a ellos. Una fogata en medio de dos adobes era soplada por la señora, intentando que no se apagara, cuando vio que ya estaba estable colocó sobre ella una olla muy ennegrecida y volteó para verme. Mi papá me había sentado sobre sus piernas y acariciaba mis cabellos tratando de asentarlos con las manos. “No te preocupes hijo mío, acá estarán muy bien cuidados y nada les faltará” me dijo casi al oído. “Te presento a la señora Edelmira” decía, cuando un fuerte llanto proveniente del interior del otro cuarto, hizo que la señora saliera corriendo. Al rato se apareció con una niña en sus brazos, para coger unos camotes que ya habían sido lavados y echarlos dentro de la olla que estaba sobre el fuego. “Ella es Antonia, una adorable niña que compartirá los ratos de juego con ustedes” dijo mi papá. “¡Una niña!” casi lo grité y me quedé mirándola, ella se escondió entre los cabellos de su madre, abrazándola fuertemente para que no la bajase.

Me bajé de las piernas de mi padre y lo jalé para ir al cuarto a ver a mis hermanos. “No te vayas papá” volví a decirle cuando estábamos un poco alejados.

Mis hermanos dormían profundamente por lo que mi papá abrió la puerta que daba a la calle y salimos entre ramas de rosales que descuidadamente colgaban en varias direcciones. Eran rosas, pequeñitas y de varios colores, muchas de ellas matizadas donde predominantemente sobresalía el color amarillo. Me acordé de los señores que pasaron en la noche con latas de pintura y me alejé un poco hacia la casa vecina para ver lo que habían pintado. Unas pintas mal hechas y letras chorreantes de color blanco pude ver sin saber lo que decía. Pedí que mi papá leyera sin que me prestara atención, por lo que le exigí que lo hiciera. “Solo el APRA salvará al Perú” leyó. “¿qué más?” insistí. “Nada más” me respondió. “¿Sólo el APRA? ¿Nadie más?” volví a preguntar.

“¿Papá y quién es el APRA?” insistí en querer saber. Mi padre cogiéndome de la mano me alejó del lugar de las pintas, mientras decía “Hay cosas que siendo niños no se pueden comprender, ya llegará el momento que lo entiendas y para eso debes estar preparado, lo que necesitas por ahora es ir a la escuela y aquí lo harás junto a Oswaldo”.

“¿Papá, por que huele feo?” pregunté refiriéndome al olor que inundaba el ambiente. Mi padre sonriendo me explicó que era producido por la fábrica de cerveza que estaba a la espalda de la casa. Dándose cuenta que no lo entendía, fue más explícito y detalló el proceso completo de la cerveza hablándome de la forma en que se sembraba la cebada y el proceso de selección de la materia prima, de la forma en que se transportaba y del lugar que provenía. Hablaba de unos enormes calderos y de unas pailas gigantes en donde cocinaban cebada y luego la procesaban para ser envasada y distribuida en varios lugares. “Papá, ¿qué es cebada?” pregunté. Mi padre al borde de perder la paciencia se alejó un poco sin responder nada, comprendió que toda su perorata no sirvió de mucho, finalmente dijo: “es una planta y de ella hacen una chicha, esa chicha se llama cerveza y aquí entre cervezas viviremos un tiempo”. Miguelito se había despertado y lloraba fuertemente, fuimos a verlo.

La señora Edelmira había tratado de calmarlo cuando empezó a llamar con tan mala suerte que el niño se asustó y gritaba desesperado. Mi papá trató de cargarlo y se refugio en el rincón más alejado de la cama como para que no lo cogiese. En este plan de fuga pasó por encima de Oswaldo pisándolo y gritando cerca de sus orejas, lo cual no perturbó en lo más mínimo a mi hermano mayor. Cuando me vio, me llamó a su lado sin atreverse a salir, tuve que subirme al catre para calmarlo.

Mi papá que no andaba de buen humor se incomodó con la actitud indiferente de Oswaldo, lo sacudió para despertarlo increpándolo por tener tan profundo sueño, “el cielo se cae encima tuyo y no despiertas” le dijo, “procura ser más atento con tus hermanos, ellos necesitan que los atiendan aun” continuó diciendo haciendo un esfuerzo por controlarse y bajando el tono de su voz.

Ya calmado Miguel y despierto Oswaldo, mi papá invitó a todos los presentes a tomar desayuno. Antonia no sacaba la cabeza de entre los cabellos sueltos de su madre. Ya en la cocina, sentados alrededor de una pequeña mesa en la que no cabíamos todos, estaban servidos los camotes en una fuente, cancha en otra y un jarro de leche humeante para cada uno. Oswaldo no esperó una segunda invitación y cogió el camote más grande, para luego sentarse sobre una pequeña banquita que estaba un poco alejada de la mesa, lo que no fue visto con mucho agrado por Antonia, que bajándose de los brazos de su mamá corrió a quitársela. Mi hermano intentó jugar con ella, pero la niña se puso a llorar. Miguelito que se había acercado a ver lo que pasaba, se rió cuando la vio llorando, claramente incomoda la señora Edelmira cargó a su niña y se alejó del lugar.

A mi papá, para calmar el momento tenso, se le ocurrió decir: “¿Quién quiere un biscocho?”. Todos levantamos las manos, incluyendo la mamá de Antonia que comprendió que se trataba de un juego. “Muy bien, todos los que acaban su leche se van conmigo”. Unos minutos más tarde, todos salimos a comprar los biscochos. Yo iba feliz delante del grupo, deseoso de conocer el barrio, sobre todo la fábrica de chicha de cebada.