sábado 31 de diciembre de 2011

viernes 23 de diciembre de 2011

Feliz Navidad...

Un saludo especial en esta Navidad. Que sus mejores deseos se hagan realidad y que la dicha de esta fecha perdure por siempre.
Un fraternal abrazo.

sábado 27 de agosto de 2011

Remembranza

Las mañanas de agosto limeñas suelen ser frías y húmedas, pero esta tenía el calor de la emoción y la ansiedad de la espera. Nos habíamos acostado, pasada la media noche y a las pocas horas las primeras campanadas que anunciaban tu llegada nos levantó. El trámite fue breve, en poco tiempo lograste tu ingreso a nuestras vidas y tu permanencia hasta hoy nos llena de dicha y de inmensa felicidad.

Muy pronto ocupaste un lugar importante en nuestro quehacer diario y por encima de cualquier detalle estabas tú. La hora del baño se convirtió en ceremonia y la llegada de las visitas nos forzó a crear una agenda. La salida al pediatra era con comitiva y la selección de tu ajuar comidilla de las tías. Cuando menos pensamos ya estabas caminando y con ello llegó la multiplicación de las travesuras; la más recordada, el día que rompiste la colección de huacos cerámicos, parte de la herencia familiar.

Un buen día, de los muchos que te acompañaron siempre, ya estabas en la escuela, no sabias hablar muy bien pero si leer. De tranco en tranco, literalmente, comenzaste a correr por la vida. De la natación pasaste al básquet y de allí a la triatlón; mientras nadabas, montabas la bicicleta y trotabas, llevabas tus libros en la mochila junto a los hidratantes y cremas para el dolor muscular. Tus notas eran excelentes y tu capacidad de liderazgo se forjaba de a pocos, no había actividad en la que no estuvieras presente, ganándole tiempo al tiempo, como solíamos decir. La edad de los “quinos” llegó y con ello las primeras fiestas, todo un reto para ti, entrenar y trasnochar como que no va y la decisión siempre la tomabas tú. La delicia de estar en el podio siempre podía más, llegando a ser Campeona Nacional de Triatlón en tu categoría.

Casi sin darte cuenta comenzaste a trabajar por los derechos de niños, niñas y adolescentes, formando parte de un Colectivo Interinstitucional por la defensa de tus propios derechos. Al final de la secundaria fuiste la autoridad escolar máxima de tu Colegio, Alcaldesa General; Cargo que, más que honores te absorbía el poco tiempo que te quedaba. Hiciste programa de radio y la televisión no te fue ajena participando en un reality de conocimientos denominada “La Beca”. Ya estabas pensando en la universidad y llegar a la Decana de América sólo fue un trámite para ti.

Las mismas mañanas frías de agosto te ven hoy obtener la ciudadanía que te pude llevar a hacer realidad uno de tus sueños infantiles más curiosos, ser la primera Presidenta mujer del Perú. El valor, coraje y conocimientos que tienes te pueden allanar muchos caminos.

Éxitos y feliz llegada.

miércoles 20 de julio de 2011

Fiestas Julianas

Era el mes de julio, nos enteramos por que se anunciaba un desfile en honor de la patria. El tío Bernabé nos pidió que alistemos nuestras mejores ropas para ese día. Era feriado y en el pueblo se pudo ver mucha gente, muchas de ellas foráneas, llegaron para hacer negocio, y animar las fiestas según decían.

Cerca del muelle se apostaron vendedores de frazadas, colchas y ponchos. Más allá una señora ofrecía faldas, blusas y camisas. Junto a ellos había más improvisadas mesas, repletas de mil cosas variadas, como banderitas, escarapelas y gorros de color rojo y blanco predominantemente; figuritas y láminas con rostros que jamás había visto, una señora nos dijo que eran los próceres de la independencia y que el más grande era San Martín, no quisimos saber nada con los sanmartincitos, pues el que nosotros conocíamos era el látigo que la tía usaba para castigarnos frecuentemente.

Caminando entre ellos, pudimos encontrar una mesa repleta de panes, confites, alfeñiques, suspiros, bolas de melcocha y canchita acaramelada. Miguelito fue el que los descubrió y fue el primero en querer cogerlos, se sorprendió porque la señora que estaba junto a tanta golosina le cogió la mano justo cuando intentaba tomarlos, se asustó y terminó escondido detrás de Oswaldo, miraba con desconfianza a la señora que lucía dos trenzas negras, largas y gruesas. Nos quedamos mirando tanta maravilla por un buen rato y luego continuamos nuestro recorrido. No pudimos saborear nada, finalmente nada sería más rico que las golosinas que nos daba la señora de la cocina.

En el desfile marcharon los escolares que asistían a las dos escuelas del pueblo. Con pasos desordenados pero llenos de fervor continuaron el desfile los trabajadores del muelle y también una delegación de la hacienda “Casa Grande” que había llegado en el tren muy temprano por la mañana. El desfile era amenizado por una banda de músicos vestidos con llamativos colores que entre música y música tomaban unos enormes jarros de chicha. El desfile terminó antes de medio día, sin embargo los pobladores y la gente que llegó de visita, continuó por las calles durante toda la tarde hasta que llegó las primeras horas de la noche, hora donde pude ver que muchos de ellos dormían a pierna suelta, tirados en el suelo por cualquier lugar.

Cuando volvíamos a casa, acompañados por nuestros primos y la tía Lucrecia, en una casa junto a la nuestra, un señor se tambaleaba tratando de orinar. La tía nos pidió que apresurásemos el paso, pero Raúl se dio cuenta de lo que estaba tratando de hacer y le llamó la atención pidiéndole que no se orine ahí. El señor que estaba en alarmante estado de embriaguez, recién se percató de nuestra presencia, volteó para ver quien le hablaba mostrándonos sus flácidos genitales, mientras seguía esparciendo en forma desordenada sobre sus pantalones, zapatos y alrededores el apremiante líquido que no paraba de salir. Dijo algunas frases entrecortadas de las que solo pude entender “Felices fiestas julianas”. La tía salió despavorida cogiendo fuertemente en cada mano a Néstor y Ángela, sus hijos. A mí me pareció graciosa la actitud de este hombre y me paré para ver que seguía haciendo ese infeliz; un hilo de saliva verdosa corría por la fisura de su boca, mientras los ojos luchaban por mirar en la misma dirección.

La tía tuvo que volver para sacarme de allí de un jalón. Mientras lo hacía, logré preguntarle si había visto como orinaba ese señor. Me cayó un coscorrón, mientras exigía que me callase. “Es un vulgar y ordinario demonio que se cruza en nuestro camino”, dijo con los ojos desorbitados de rabia. “Que descarado” concluyó.

sábado 29 de enero de 2011

Justo homenaje.

Permítanme contarles la historia de un niño que muy tempranamente descubrió el apasionante mundo de la literatura. Un mundo que le sirvió para construir sus propias fantasías basadas en grandes historias, narradas básicamente por una de sus maestras que convencida de su vocación de educadora cada día leía un párrafo, sino una historia completa, que encandilaba y hacia soñar.
Tuvo la suerte este niño, conducido quien sabe porque designios, de recalar en una escuela particular adventista. En casa teóricamente eran, papá evangélico protestante y mamá católica indiferente. Roto, como estaba el matrimonio, también así se encontraba la formación religiosa; en medio de esta ruptura, muy pequeño aún, tanto así que no recuerda en qué momento, paso a recibir la influencia del abuelo materno ante la ausencia del papá que siempre ocupado en sus quehaceres, viajaba entusiasmado con sus inquietudes periodísticas.
Mirian, era el nombre de la maestra que le enseñó a descubrir el mundo de Simbat el marino, de Alicia y su país de maravillas, de Colmillo blanco, de Platero , del Rey Arturo y tantos otros personajes que comenzaron a vivir en un mundo real y adaptados a las condiciones geográficas que desde el aula salían a las calles y llegaban hasta su casa y finalmente hasta su dormitorio; en sus sueños estos personajes se mezclaban con otros personajes, también fabulosos y excepcionalmente maravillosos, por la ternura en que llegaban a él. Diariamente salían de la Biblia historias románticas como las de Ruth, la hermosa reina Ester, Samuel o Elías; descubrió historias fantásticas como las de Noé y su gran barco, del soberbio Goliat, el sabio Salomón, del buen mozo y necio Rey Saúl, de Jonás y el gran pez, el buen Samaritano, la multiplicación de los panes, la transformación de Pablo y tantas otras.
Enamorada como estaba, la maestra y en víspera de su boda, cada historia se convertía en “su” historia y las narraba con tal fuerza que encandilaba a su menudo público. Supo transmitir el amor por la literatura y en este afán ella disfrutaba junto a sus alumnos; enseñaba que soñar no cuesta nada y nos puede brindar mucho a cambio, enseñaba que vivir en un mundo de sueños, no significa vivir soñando.
El ambiente del colegio, siempre grato, lo compartía con el trabajo que desde temprana edad le impusieron. Sin que esto le impida seguir siendo niño y disfrutar del juego en todo momento. El recreo se convertía en todo un reto de competencias y habilidades. Disfrutaba haciendo lo que en ese entonces se prohibía: Las apuestas. Solían poner una moneda en el piso delante de una hilera de ansiosos compañeros que afinaban su puntería con las canicas que salían disparadas con las puntas de los dedos. Estaba prohibido es cierto, pero apenas los regentes se descuidaban se formaban los grupos de empedernidos apostadores.
Amante de la lectura desde que aprendió a leer, apasionado por su entorno, como buen soñador creía que todo podía cambiarlo. Tal vez no lo logró pero en el camino disfrutó al descubrir que uno nunca termina de aprender, y que lo más importante es intentarlo que ser indiferente.
Esta historia nunca se hubiera escrito, si no fuera porque hoy el que fuera ese niño está cumpliendo años. Ya dejó de ser niño, pero el recuerdo de esa época, lo acompaña siempre y considera justo el reconociendo a aquella sencilla y enamorada maestra que supo hacer de lo simple una gran obra. Ojalá hubieran mas maestras como ella.

viernes 31 de diciembre de 2010

sábado 4 de septiembre de 2010

Entre cervezas

El olor a fermentado era más fuerte que el que emanaba de las piñas y las flores del jardín que estaban cerca de la ventana. Al acostumbrarme a la oscuridad pude notar que afuera iluminaba la luna con bastante nitidez, no tenía sueño por lo que muy despacio abrí la ventana para ver hacia la calle. Trepado sobre la cama y casi pisando a Miguel me colgué, para intentar ver la luna. El cielo estaba despejado, por lo que pude ver bien el sembrío de las piñas fragantes y la calle desierta a estas horas. A la distancia se escuchaban voces de personas que se acercaban, por lo que traté de esconderme para verlos pasar. “Los grandes cambios empiezan por una pequeña pinta”, decía un señor al otro que lo acompañaba, “pero en nuestro caso no solo hicimos una pequeña pinta, sino que pintamos muchas paredes por hoy” respondió el otro señor mientras soltaba una risita burlona. En la mano llevaban tarros de pintura, caminaban sin ninguna prisa y parecían estar seguros que por este lugar nadie los vería. Un poco más allá se detuvieron para continuar con su labor sobre las paredes de adobe de una casa vecina.

Hubiera querido seguir mirando hacia afuera pero mis piernas se acalambraron al estar colgadas, por lo que regrese a mi sitio en la cama, haciendo a un lado a Oswaldo que se había rodado hacia el borde.

Cuando amaneció escuché la voz de mi papá conversando con la señora que nos abrió la puerta, en la parte posterior de la vivienda. Hacia allá me dirigí sigilosamente por lo que no me escucharon llegar. Mi padre hablaba de un viaje muy pronto y le pedía a su interlocutora que cuidara de nosotros. “Papá, no te vayas otra vez” dije acercándome a ellos. Una fogata en medio de dos adobes era soplada por la señora, intentando que no se apagara, cuando vio que ya estaba estable colocó sobre ella una olla muy ennegrecida y volteó para verme. Mi papá me había sentado sobre sus piernas y acariciaba mis cabellos tratando de asentarlos con las manos. “No te preocupes hijo mío, acá estarán muy bien cuidados y nada les faltará” me dijo casi al oído. “Te presento a la señora Edelmira” decía, cuando un fuerte llanto proveniente del interior del otro cuarto, hizo que la señora saliera corriendo. Al rato se apareció con una niña en sus brazos, para coger unos camotes que ya habían sido lavados y echarlos dentro de la olla que estaba sobre el fuego. “Ella es Antonia, una adorable niña que compartirá los ratos de juego con ustedes” dijo mi papá. “¡Una niña!” casi lo grité y me quedé mirándola, ella se escondió entre los cabellos de su madre, abrazándola fuertemente para que no la bajase.

Me bajé de las piernas de mi padre y lo jalé para ir al cuarto a ver a mis hermanos. “No te vayas papá” volví a decirle cuando estábamos un poco alejados.

Mis hermanos dormían profundamente por lo que mi papá abrió la puerta que daba a la calle y salimos entre ramas de rosales que descuidadamente colgaban en varias direcciones. Eran rosas, pequeñitas y de varios colores, muchas de ellas matizadas donde predominantemente sobresalía el color amarillo. Me acordé de los señores que pasaron en la noche con latas de pintura y me alejé un poco hacia la casa vecina para ver lo que habían pintado. Unas pintas mal hechas y letras chorreantes de color blanco pude ver sin saber lo que decía. Pedí que mi papá leyera sin que me prestara atención, por lo que le exigí que lo hiciera. “Solo el APRA salvará al Perú” leyó. “¿qué más?” insistí. “Nada más” me respondió. “¿Sólo el APRA? ¿Nadie más?” volví a preguntar.

“¿Papá y quién es el APRA?” insistí en querer saber. Mi padre cogiéndome de la mano me alejó del lugar de las pintas, mientras decía “Hay cosas que siendo niños no se pueden comprender, ya llegará el momento que lo entiendas y para eso debes estar preparado, lo que necesitas por ahora es ir a la escuela y aquí lo harás junto a Oswaldo”.

“¿Papá, por que huele feo?” pregunté refiriéndome al olor que inundaba el ambiente. Mi padre sonriendo me explicó que era producido por la fábrica de cerveza que estaba a la espalda de la casa. Dándose cuenta que no lo entendía, fue más explícito y detalló el proceso completo de la cerveza hablándome de la forma en que se sembraba la cebada y el proceso de selección de la materia prima, de la forma en que se transportaba y del lugar que provenía. Hablaba de unos enormes calderos y de unas pailas gigantes en donde cocinaban cebada y luego la procesaban para ser envasada y distribuida en varios lugares. “Papá, ¿qué es cebada?” pregunté. Mi padre al borde de perder la paciencia se alejó un poco sin responder nada, comprendió que toda su perorata no sirvió de mucho, finalmente dijo: “es una planta y de ella hacen una chicha, esa chicha se llama cerveza y aquí entre cervezas viviremos un tiempo”. Miguelito se había despertado y lloraba fuertemente, fuimos a verlo.

La señora Edelmira había tratado de calmarlo cuando empezó a llamar con tan mala suerte que el niño se asustó y gritaba desesperado. Mi papá trató de cargarlo y se refugio en el rincón más alejado de la cama como para que no lo cogiese. En este plan de fuga pasó por encima de Oswaldo pisándolo y gritando cerca de sus orejas, lo cual no perturbó en lo más mínimo a mi hermano mayor. Cuando me vio, me llamó a su lado sin atreverse a salir, tuve que subirme al catre para calmarlo.

Mi papá que no andaba de buen humor se incomodó con la actitud indiferente de Oswaldo, lo sacudió para despertarlo increpándolo por tener tan profundo sueño, “el cielo se cae encima tuyo y no despiertas” le dijo, “procura ser más atento con tus hermanos, ellos necesitan que los atiendan aun” continuó diciendo haciendo un esfuerzo por controlarse y bajando el tono de su voz.

Ya calmado Miguel y despierto Oswaldo, mi papá invitó a todos los presentes a tomar desayuno. Antonia no sacaba la cabeza de entre los cabellos sueltos de su madre. Ya en la cocina, sentados alrededor de una pequeña mesa en la que no cabíamos todos, estaban servidos los camotes en una fuente, cancha en otra y un jarro de leche humeante para cada uno. Oswaldo no esperó una segunda invitación y cogió el camote más grande, para luego sentarse sobre una pequeña banquita que estaba un poco alejada de la mesa, lo que no fue visto con mucho agrado por Antonia, que bajándose de los brazos de su mamá corrió a quitársela. Mi hermano intentó jugar con ella, pero la niña se puso a llorar. Miguelito que se había acercado a ver lo que pasaba, se rió cuando la vio llorando, claramente incomoda la señora Edelmira cargó a su niña y se alejó del lugar.

A mi papá, para calmar el momento tenso, se le ocurrió decir: “¿Quién quiere un biscocho?”. Todos levantamos las manos, incluyendo la mamá de Antonia que comprendió que se trataba de un juego. “Muy bien, todos los que acaban su leche se van conmigo”. Unos minutos más tarde, todos salimos a comprar los biscochos. Yo iba feliz delante del grupo, deseoso de conocer el barrio, sobre todo la fábrica de chicha de cebada.

jueves 19 de agosto de 2010

Champa

Una semana después, tal como lo ofreciera mi papá, nos mudamos de casa. Una casita muy acogedora, no muy lejos de la anterior, nos dio la bienvenida. Estaba a una cuadra, frente a la fábrica de cerveza, junto a una escuela, que por estos días lucía vacía. Los dueños eran una señora y un señor que vivían en otra casa junto a la nuestra, se ofrecieron velar por nosotros, “como si fueran parte nuestra”. Ella siempre daba órdenes en todo momento y él obedecía de buena gana. Ella era blanca y gorda, él delgado y moreno. “¿Nemesio?” decía ella y el señor aparecía con algo en la mano seguro que eso era lo que ella buscaba o requería. Nunca dejaron de sorprendernos por la química que había en entre si. Se les veía siempre felices, sonreían en todo momento.

La nueva casa era pequeña, tenía dos ambientes, uno lo usamos como dormitorio; ahí acomodamos nuestras camas que las trajimos al hombro desde la casa anterior. Mi papá se encargaría de hacer el resto con la ayuda de “champa “que desde entonces pasaría a formar parte de la familia. En el patio trasero había un pequeño horno de barro en la cocina y junto a él, un cobertizo construido por papá sirvió de casa para “champa”, nuestro caballo. Tenía unas crines largas y desordenadas, patas cortas y robustas, una panza voluminosa y un lomo muy ancho. Comía todo lo que le dábamos, pero disfrutaba con los caramelos que le poníamos en la boca. Nos mostraba sus grandes dientes blanquecinos, simulando una sonrisa cuando se sentía mimado. Una enorme cola que llegaba muy cerca del piso la ventilaba constantemente, por lo que evitábamos acercarnos a ella para no ser golpeados. Era de color rojo oscuro, patas negras iguales que la cola y las crines.
El caballo nos permitía que jugásemos con él. Su deleite era que le rasquemos la panza o que frotáramos su ancho lomo. Lo que no aceptaba, era que Oswaldo tratase de montarlo, pues siempre encontraba la forma de esquivarlo.

Experiencia de jinetes ya teníamos, pues en uno de los corrales de los vecinos, encontramos dos burros que dócilmente nos dejaban subir a sus lomos. Uno de ellos inclusive remoloneaba en círculos a manera de juego con nosotros. El otro en cambio cuando subíamos se quedaba quieto y por nada del mundo lográbamos que se mueva de donde estaba, este burro era el que le tocaba a Miguelito siempre. Mi hermano, montado en su corcel estático, veía como Oswaldo y yo arreábamos al nuestro.

Decidimos que era mejor tener un burro que a Champa. Cuando supo papá nuestro parecer, río de buena gana, nos explicó que muchas cosas en la vida hay que saber tomarlas con calma, “todo es posible si se usa buen tacto” dijo a la vez que nos enseñaba como lograr subir al lomo del caballo.

De la novela "Aprendiendo a vivir"

viernes 18 de junio de 2010

Primer aniversario del blog

Mi agradecimiento sincero a todos quienes en este primer año del blog llegaron de visita a este espacio. Doble agradecimiento, a quienes vuelven siempre y me alagan con sus comentarios, que terminan siendo el mejor aliciente para seguir escribiendo.

Este blog fue creado para poner en vitrina parte de mi trabajo y poder recibir comentarios de quienes sin conocerme vierten opinión desinteresada.

Gracias una vez más, los espero siempre.

Vuelve papá

Mi papá apareció después de algunos días, una tarde en que Miguelito se encontraba enfermo. Tenía fiebre y estaba echado en la cama. La vecina le había puesto unas hojas de malva en el estómago y mojado la cabeza con sus orines. Escuché decir que estaba empachado y que había que darle purgante. La ancianita que pasó a ser nuestro ángel guardián, se sorprendió al ver que mi papá ingresaba a la casa cuando ella lo estaba curando. No recordaba quien era y por poco lo echa a escobazos. “¿Qué quiere usted aquí?” le increpó. “Esta es mi casa, explíqueme que hace usted aquí y que le hace a mi hijo” le contestó mi papá, visiblemente sorprendido. La señora le explicó que vivía enfrente y que el niño estaba enfermo. Dándole la espalda para seguir atendiendo a mi hermano, le increpó por no saber con quién deja a sus hijos. “Esa mujer dejó abandonadas a estas criaturas”

Mi padre preocupado por lo que nos había pasado y por la salud de Miguel, agradeció a la anciana por los cuidados que nos dio, por lo que preguntó cuánto le debía. “Me ofende usted señor, en medio de nuestra pobreza nos complace ayudar a los que lo necesitan y estos angelitos necesitaban de nuestra ayuda” ¿diga? respondió la señora.

Había soñado muchas veces que papá regresaba y que corría a sus brazos; sin embargo cuando lo vi, no lo pude hacer. Además no me hizo caso; se dedicó a conversar con la vecina y a preguntar por Miguelito que estaba enfermo.

Salí a la calle y pude ver el camión estacionado en la puerta; lleno de tierra y con una puerta abollada. No quise acercarme más y solo me dediqué a contemplarlo de lejos. Oswaldo apareció al poco rato y se paró junto a mí. “¿Qué miras?”, preguntó. “Nada” contesté. Me hubiera gustado sentir nada, pero no era así. Sentía rabia y no lo podía explicar. Miguel lloraba llamándome; fui a verlo, se calmó cuando me acerqué a él.

La vecina se había retirado y mi papá estaba en la cocina aseándose. Me acerqué a verlo y recién entonces me habló. “¿Desde cuándo esta tu hermanito enfermo?”, preguntó mientras se secaba la espalda con una toalla. “No se” le dije. Volteó a mirarme entre sorprendido y molesto. “¿Cómo no vas a saber?” insistió. Le dije que en la mañana estaba bien, después de almuerzo se sintió mal. “Tiene fiebre” me dijo mientras se ponía la camisa.

Ya oscurecía cuando la ancianita llegó trayendo un tazón con hierbas hervidas, que pidió le diésemos a Miguel. Mi papá agradeció el gesto y prometió dárselo cuando enfriara un poco.

Estábamos comiendo lo que mi papá cocinó, cuando apareció Miguel en la cocina, “Ajaa, enfermo que come no muere” dijo mi papá, invitándolo para que se siente con nosotros; quiso que lo cargue.

La conversación de mi papá nos encandilaba; era grato escuchar contar sus anécdotas del viaje. Me atreví preguntarle porque la puerta del camión estaba golpeada; nos dijo que en la sierra el camino es muy angosto y que cuando llueve, todo se vuelve muy resbaloso. “Nos pegamos demasiado al cerro y no pude evitar arrimarme hasta rozar con una piedra” nos contó. Por la noche todos durmieron bien, solo que a Miguel le tuvieron que cambiar de ropa porque sudaba mucho. Yo me desperté varias veces para llamar a mi papá. “Tengo un sueño feo”, le dije en una oportunidad, esperando que me llamase a su lado, pero me contestó: “voltéate y sigue durmiendo”. “Quiero orinar” dije después; “tú sabes donde hacerlo” me respondió.

Al día siguiente muy temprano papá nos despertó; el desayuno ya estaba listo. Como siempre, a Oswaldo tuvieron que pasarle la voz varias veces. “Quiero que me acompañen hoy todo el día”, nos dijo. “No tenemos nada que hacer papá, te podemos acompañar” fue mi respuesta. Oswaldo dijo que prefería quedarse a dormir un rato más. “No, todos nos vamos” fue rotundo mi padre.

Primero fuimos a un mercado, donde bajaron unos bultos que había en el camión. Todas las personas saludaban a mi padre como un antiguo conocido. Me pregunté, como hacía mi papá para conocer a esta gente si siempre estaba lejos. Quedé sorprendido del trato que recibía, especialmente de las señoras.

Llegamos luego a un lugar donde había muchos camiones; De entre éstos salió un hombre fortachón, de baja estatura pero grueso. Tenía grasa en todo el cuerpo y la ropa que llevaba parecía que alguna vez fue blanca pero que ahora estaba muy sucia por donde se le viese. Al verlo mi padre bajó del carro y lo saludó emocionado: “¡Pacheco!”; éste le respondió con una voz muy gruesa “Compañero, que milagro usted por aquí”. Se estrecharon la mano y se dieron un abrazo muy efusivo. Mi papá le explicaba alguna falla que tenía el camión, por lo que le dijo que por la tarde lo traería para dejarlo. Se despidió diciendo: “Regreso, Búfalo”

De ahí fuimos al centro de la ciudad, estacionándose frente a una panadería que en la parte frontal tenía un letrero con varias letras y el dibujo de una canasta con panes. Oswaldo pudo decirme que decía “Panadería Fujiyama”. Mi papá se bajó del camión y entró en la panadería, pidiéndonos antes que no bajásemos porque no demoraría. Así fue en realidad, regresó justo cuando Miguelito pedía un lugar donde orinar. Mi papá tuvo que llevarlo al interior de la panadería y esta vez sí que demoró demasiado. Oswaldo bajó y yo lo seguí. Nos sentamos en la vereda y desde ahí veíamos el trajinar de varias personas, sobre la calle empedrada, que entraban y salían de un mercadito pequeño que había ahí. A media cuadra había una plazuelita frente a una iglesia de paredes anchas y altas; Oswaldo se fue para allá a pesar que le pedía que no se retire. No me hizo caso y tuve que seguirlo. Desde la puerta de la iglesia se veía el camión; dimos varias vueltas por el lugar y nos alejamos aún más, mi papá no salía de la panadería y Miguelito tampoco. Al regresar entramos al lugar donde ingresó mi papá, no los vimos, por lo que tuvimos que subir al camión a esperarlos.

Cuando regresó estaba sonriente y se le veía feliz. Casi siempre andaba así, trasmitía tranquilidad y su rostro joven era simpático. Miguel traía una bolsa con panecillos que nos invitó; eran pequeños pero muy agradables. Ya en el camión nos dijo que tenía buenas noticias. “Muchachos tengo un contrato con este japonesito para abastecerle con leña para los hornos por tiempo indefinido, en este local y otro que tiene en a la vuelta”. También nos dijo que cambiaríamos de casa en estos días y que estaría junto a nosotros por más tiempo. “Deben ir a la escuela, para que sean hombres de bien” decía mientras nos informaba que visitaríamos a unos primos en Huanchaco. “Allá almorzaremos hoy” dijo mientras tomaba el volante.

martes 30 de marzo de 2010

La huida II


Chan Chan

Luego de caminar tanto, las fuerzas nos abandonaban. El sueño nos agobiaba y el peso de nuestros bultos era más difícil de sobrellevar. El cañaveral que nos había bañado con sus flores artiduricas por fin desapareció.

Sentados entre el arenal y las últimas plantas, desnudos tratábamos de aliviar la molestia causada por la flor de caña. Mi padre rascaba la espalda de Miguelito que desesperado lloraba, mientras que la madrastra cambiaba el trapo que envolvía su pie dislocado e hinchado, que se había hecho jirones en nuestra loca huida. Pude ver una lágrima correr por su mejilla pero no se lamentó ni se quejó nunca. Al verme parado junta a ella me atrajo a su pecho, acariciando mi espalda, sacudió mis cabellos; reclinado como estaba, sentí el tamaño de su vientre, grande, abultado, gigante, no pude evitar acariciarla y llena de una felicidad inesperada sonrió.

Escuché a mi padre lo que no deseaba en estos momentos oír: “vamos, nos gana la hora, debemos avanzar antes de que amanezca”. Avanzar en el desierto que teníamos delante nuestro, al principió fue agradable, la arena suave y tibia era un deleite para nuestros cansados pies. No había plantas que choquen sobre nuestros rostros y a pesar de la oscuridad podíamos ver algunos pasos delante de nosotros. Sin embargo al cabo de unos minutos, el cansancio podía más y sentía que mis pies se enterraban en la arena dificultándome avanzar.

Caminamos en silencio acompañados por el llanto de mi hermano menor por un buen rato hasta que ganado por el cansancio se quedó dormido como estaba, en los brazos de mi papá.

Vimos una luz muy brillante que se movía a lo lejos. Mi padre ordenó que nos detuviéramos y nos quedáramos sentados. En un principió nos dijo que era un vehículo que pasaba por el camino, pero luego de analizar bien aquella luz, se quedó sorprendido al ver que avanzaba en forma bastante rara, pues se levantaba del piso para luego volver al lugar en que estaba; más sorprendido aún quedó al ver que la luz cambiaba de color. Finalmente dijo que no estaba en el camino sino más bien junto al mar. Así como apareció, también desapareció, dejando en nosotros un halito de misterio.

Avanzábamos lentamente, casi contando nuestros pasos. La oscuridad era muy intensa, nuestra visibilidad era escasa, por lo que no nos preocupábamos por mirar hacia adelante. De pronto de en medio de la nada surgió una muralla, una enorme pared de adobes. El encuentro llenó de felicidad a mi papá, pues indicaba que estábamos en buen camino. El conocía el lugar y rápidamente ordenó que camináramos hacía la izquierda. “Ya estamos cerca” le escuché decir con emoción.

Caminábamos con más facilidad, ya que nuestros pies no se hundían en la arena, pero ahora éramos lastimados por restos de cerámica rota que se encontraba dispersa por todo el lugar. Mi papá nos dijo que estábamos en Chan Chan, caminando sobre lo que en algún momento fue una ciudad antigua, ahora abandonada y saqueada por buscadores de fortuna. Llegamos al final de la gran pared y al rodearla nos encontramos con pequeños montículos de barro de diversas y variadas formas, unas más grandes que otras pero todas alineadas ordenadamente. Un ligero resplandor parecía iluminar el lugar, no distinguíamos de donde brotaba la luz, pero nos permitía ver a regular distancia; me llamó la atención la forma en que se encontraba el lugar, lleno de agujeros, parecía haber sido bombardeada. “Es el trabajo de los huaqueros” escuché decir. Una larga avenida nos mostraba restos de paredes anchas a medio derruir, al fondo encontramos una explanada llana, lisa y limpia rodeada de pequeñas hornacinas. Me hubiera gustado quedarme a descansar ahí, pero mi padre nos apuró. “No podemos quedarnos aquí, nos puede hacer daño si nos quedáramos dormidos”. No pude entender aquellas palabras y avanzamos en silencio, casi corriendo de vuelta a la oscuridad.

sábado 20 de febrero de 2010

Aprendiendo a vivir

Aprendimos a vivir libres, a pesar de la presión que ejercían sobre nosotros. Oswaldo hacía que cada castigo fuera un juego. Nos enseñaba a tener valor y ser fuertes ante las adversidades que nos tocaba vivir. Los mejores momentos eran cuando nos alejábamos de la casa o cuando llegaba la noche y nos quedábamos profundamente dormidos por el cansancio y la ilusión de alejarnos lo más lejos posible de nuestros “protectores” al día siguiente.
La señora que me entregaba el pan por las mañanas, me daba adicionalmente dos panes que los colocaba en cada uno de los bolsillos de mis pantalones. Al llegar a casa lo primero que hacía era esconderlos en algún lugar para poder comerlos más tarde, a media mañana, en compañía de mis hermanos. Trágico fue el día en que me olvidé esconderlos y la tía los descubrió en mi poder. Armó tremendo escándalo, me cogió de las orejas y a rastras me llevó al corral, allí cogió una varita delgada de cuero enroscado y seco, con la que me castigó despiadadamente. Gritaba muy fuerte, diciendo que se avergonzaba de tener delincuentes bajo su techo. Yo lloraba y pedía ayuda desesperadamente, sentía que me arrancaba un pedazo de piel ante cada descarga de su ira. Intervino el tío Bernabé, para calmar a su descontrolada conyugue. Pidiéndome que entendiese que lo que había hecho estaba mal y que nunca más repita una acción así. Por más que repetía que me habían regalado esos dos panes, nadie quería entenderme. Miguelito que se había despertado con la bulla, corrió para abrazarme por la cintura, no lloraba, temblaban sus quijadas y con su cuerpecito trataba de evitar que me sigan castigando. Oswaldo, solo se acercó a mi cuando me soltaron, para abrazarme un rato en silencio y luego atender a nuestro hermano menor. Cogió un balde con agua y remojó nuestras cabezas. Repetía suavemente “ya pasó”, “ya pasó”. En realidad pasó una vez más un acto injusto y Oswaldo se encargó de devolvernos la confianza y la seguridad otra vez. “Pronto vendrá mi papá, para llevarnos de aquí” nos dijo y procuró hacernos sonreír, echándonos agua a la cara.

Los días se volvieron lentos y rutinarios, cada vez nos sentíamos más solos. Nuestros primos casi no jugaban con nosotros y si lo hacían era para meternos en problemas. Nuestra aliada seguía siendo la señora de la cocina, quien luego de la zurra que me cayó, me regaló un alfeñique grande mientras me daba un fuerte abrazo, secando una lágrima a escondidas, que no pudo contener.

Por la tarde deberíamos de ir a traer camotes y hojas de maíz para los animales. La tía nos pidió que cortáramos unas cuantas “cañas de azúcar” en el camino, “de preferencia las que son negras y gruesas”, nos dijo. Partimos después de almorzar, José nuestro primo insistió en acompañarnos, su mamá aceptó. Traía José un frasco de vidrio en las manos, no sabíamos que intenciones traía y tampoco le preguntamos, intuíamos tal vez que nada bueno nos esperaba. Camino a la chacra, el arenal era grande y en él vivían varios bichos entre los que siempre veíamos algunos alacranes pequeños que nosotros los aplastábamos intencionalmente a nuestro paso. A nuestro primo se le había ocurrido ir juntándolos uno por uno. Molestaba al alacrán con un palito y cuando éste atacaba, procuraba que clavara su aguijón en la madera, de inmediato destapaba el frasco y lo sacudía dentro. Cuando el bicho se daba cuenta ya estaba prisionero junto con otros sujetos de su misma especie, luchando contra la pared de vidrio, tratando de salir del encierro. Esta operación le demandaba mucho tiempo por lo que al llegar a los sembríos de camote, cogimos los primeros que encontramos, sin avisar a sus propietarios y tampoco reparando si estaban en condiciones o no de ser cosechados. Emprendimos el camino de regreso, Oswaldo recogió las cañas que le habían encargado, Miguelito y yo traíamos un costal con camotes sobre el hombro y además arrastrábamos un paquete de plantas de maíz que solíamos picar para que los pavos y gallinas los coman en la casa. José llevaba el frasco con sus alacranes pegado al pecho y caminaba tropezando continuamente.

De pronto apareció un señor de muy mal genio, que con un palo nos amenazaba castigar por haber malogrado su sembrío. Nos quedamos petrificados, no sabíamos que decir ni que hacer. Vociferaba una serie de palabras que no podíamos entender muy bien; lo que si estaba claro es que estaba furioso, continuamente levantaba el arma que traía en las manos. Le brillaban los ojos y la saliva salpicaba al gritar, su voz era ronca y enrredada. José tuvo la genial idea de destapar el frasco que traía y mostrárselo al señor con la intención de asustarlo, pero con tan mala suerte que éste al tenerlo cerca, volteo el frasco con la vara, cayendo a los pies de nuestro primo. Los alacranes al verse libres, salieron disparados en distintas direcciones, muchos al tropezar con los zapatos de José se subieron a ellos y luego siguieron trepando por las piernas. El muchacho sufrió un ataque de pavor y gritaba desesperadamente. Ninguno de nosotros atinamos por hacer algo, continuábamos con nuestra carga sobre nuestros hombros, inmóviles. Finalmente fue auxiliado por el enfurecido hombre que al ver el estado en que estaba el muchacho, se compadeció de él y comenzó a sacudir los animalitos que alarmaban a nuestro primo. Ya libre de su propio castigo, José seguía llorando. El campesino que inicialmente estaba furiosos o así pretendía hacernos creer que lo estaba, se compadeció de nosotros y terminó ayudándonos con nuestra carga hasta muy cerca del pueblo.
Así es la vida pues...

sábado 30 de enero de 2010

La fiesta de Mila


Ya estábamos todos listos, pero ella no había cuando se decidiera, por fin salir. Daba vueltas por toda la casa, buscaba algo. Todos mirábamos con preocupación los relojes; a este paso llegaríamos tarde. Se celebraban los 15 años de Mila, fiesta familiar muy esperada. Toda la semana no se comentó otra cosa, que no sean detalles vinculados a este suceso.

Salió de la cocina y se fue a su dormitorio corriendo, parecía que por fin había recordado donde lo había dejado. ¿Dejado?, que había dejado. ¿Qué buscaba? Como quiera que no diera explicación alguna, nadie sabía cómo ayudarla.

Los preparativos habían comenzado algo más de un mes atrás. Y de a pocos el ajetreo fue creciendo. Ya todos estábamos comprometidos. Todos teníamos algo que ver con la fiesta de Mila. Las tarjetas, el vestido, los zapatos, la decoración del local, en fin todo lo que pudiera pensarse en esos días tenía que ser del mismo color.

Ella no salía y tuvieron que ir a buscarla. Llegó a nuestro lado, despeinada, alborotada, llorosa. No encontraba lo que estaba buscando y para ella era algo importante, sin ello no podíamos partir. Pero seguía callada, pensativa, tratando de recordar donde lo había dejado.

Tomar la decisión del color fue toda una odisea, cada uno tenía una opinión muy diferente a la de los demás. Mila escuchaba callada y sonreía, con esa sonrisa juvenil e inocentona que su edad le permitía. Una sonrisa que levantaba un solo lado de la fisura de su boca, una sonrisa que decía mucho y no expresaba nada. “Ustedes digan no más…” repetía. Ella sabía que al final se haría lo que ella tenía en mente.

Agachó la cabeza y secó una lágrima que hacía rato pugnaba por salir. “Yo recuerdo haberlo dejado aquí…” dijo entre sollozos. Su madre se acercó a ella y le preguntó que buscaba. Ella meneaba la cabeza.

Historia a parte fue decidir en qué local sería la fiesta. Muchas horas de debate tomó, la forma en que llegaría al local. Para que finalmente Mila escogiese el local y la forma de ingreso que nadie había sugerido, ni comentado.

La hora avanzaba, todos le pedíamos que se olvide de lo que estaba buscando. Pero ella dijo que era muy importante. Si no lo encuentro, no puedo ir a la fiesta de Mila, nos dijo con una seriedad que nos convenció que en realidad lo que buscaba era muy importante.

Escoger la música para la fiesta demandó muchas horas frente a la computadora, para escuchar y seleccionar, lo que finalmente todos bailaríamos. Salsa o reguetón? Cumbia, sugirió alguien con buena intención. “Nooooo” grito Mila, cumbia no, dijo finalmente.

Ya cansados de esperar y al borde de un ataque de nervios, todos juntos preguntamos ¿qué buscas, qué quieres? Qué podía ser tan importante, para retrasarnos de esta manera. Con voz dulce y secando una lágrima más, nos dijo que buscaba su “chupetín”.

Chupetín!!! Exclamamos todos. ¿Porqué no o dijiste antes? En el camino te compramos.

“No, yo quielo el chupetín que me legaló mi madlina” dijo inocentemente mi hija de cuatro años.

miércoles 20 de enero de 2010

Boquerón

Encima de la carga que traía el «Rebelde sin causa» se acomodaban unos cilindros herméticos que eran llenados con gasolina y cual grifo ambulante surtía de energía al noble compañero de viaje. Retornando de la experiencia vivida con tan peculiar orquídea, encontré a mi tío con una manguera larga que salía del cilindro en la parte superior del camión, tratando de succionarla para de inmediato introducirla en el tanque de combustible del camión, costumbre bastante artesana, que también tenía sus riesgos, un pequeño descuido y el que se abastecería, sería el que succionaba la manguera. Hecho esto, llenó de agua fresca el radiador del motor, revisó aceite con una varita que la limpió varias veces, golpeó las llantas una por una para verificar su buen estado y quedaba todo listo para continuar nuestro viaje luego del descanso en el restaurante de «Chesman».

Salieron todos los habitantes del lugar, inclusive los ocasionales comensales, para despedirnos con las manos al aire agitándolas amistosamente. Estaban ahí, la señora Carmen con una linda sonrisa, su marido con la cabeza empapada de agua que la había sumergido al pozo para refrescar tal vez los estragos de lo bebido horas antes, junto a él un hombre que lo vi en la cocina dando muerte a una gallina que la sirvieron en el desayuno; estaban también los dos «angelitos», uno de ellos seguía trepado en el estribo del vehículo, pidiendo propina. No faltaba nadie, todos levantaban las manos y nos decían «adiós». Rugió con fuerza el «Rebelde sin Causa» y partimos. Mi tío se acomodó lo mejor que pudo, tomando con firmeza el volante, para retomar nuestro camino hacia el tantas veces mencionado «Boquerón».

Era un lugar sobrecogedor, la naturaleza trabajo con mucha paciencia para lograr este resultado. Los cerros fueron cortados a tajo perpendicular por el bullanguero rió que lo atravesaba. Por donde se viera descendían chorros de agua formando caprichosas cataratas, que con el paso de la luz a través de ellas llenaba de un tono multicolor al reducido espacio; lo de reducido es un decir, pues al estar ahí uno se sentía más insignificante que una hormiga frente a un edificio.

Muchas de estas cataratas eran pequeñas y caían de distintas alturas, regando con gotas de agua todo el espacio, lo que convertía al lugar en una zona que nunca dejaba de llover.

Avanzaba lento el «Rebelde sin causa», con destreza esquivaba los charcos que formaban la constante caída de agua y se disponía a cruzar el primero de los catorce puentes que había en el lugar cuando muy cerca pude ver algo que me paralizó, era una gigantesca caída de agua, de color blanco intenso que al caer se ensanchaba más en cuanto se acercaba al suelo. Impresionante, el «Rebelde sin causa» otrora gigantesco y fornido, ahora se veía pequeño, como si fuera un juguete junto a mis pies. Cruzó el puente de hierro lentamente, produciendo un ruido metálico terrible, estaba hecho creo yo, justo a su medida. Si fuera más grande el camión, tal vez no podría pasar, no alcanzaría. Al llegar al lado opuesto tendría que girar a la derecha en un ángulo de 90º, en una curva con poco espacio y recibiendo el baño de una de las cataratas. Quedé mirando el rostro de mi tío, concentrado y sereno, seguro de lo que hacía y sentí más admiración por él. Muy dentro de mí, me prometí que sería como él, un gran piloto y conduciría al «Rebelde sin causa» por los lugares más apartados de los confines del mundo. Nació aquí mi pasión por conocer todos los caminos del mundo, conocerlos así como ahora, bache por bache y curva por curva.

Me sentía mareado, tal vez por el esfuerzo que hacía al querer mirar todo al mismo tiempo, no dejar de ver todo esto que se presentaba, en la parte alta como al pie de las cataratas y su llegada al río, el paso de éste y las gigantescas rocas que se interponían en su camino, los sonidos del agua al caer y al correr. Del «Rebelde sin causa» salía humo cada vez que le caía agua, por contraste de temperaturas entre el calor del motor y el frío líquido que lo refrescaba.

Al tomar la siguiente curva vi nuevamente a la mancha blanca gigantesca, más brillante aún, estábamos cerca y tenía que pegarme al parabrisas para tratar de adivinar donde empezaba la caída de tanta agua, que al descender cobraba vida, se ondulaba cambiando las tonalidades del blanco. Frente a tan magnífica vista, el «Rebelde sin causa» se detuvo y como si volviese de un sueño, volteé la cara para ver a mi tío; lo encontré sonriente, feliz, también él disfrutaba este espectáculo, por eso detuvo la marcha del camión, para poder ver juntos esta maravilla en toda su magnitud.

Ante mi asombro habló, me dijo: “A esta caída de agua le llaman el velo de novia, por la forma que tiene, es hermosa. Me hubiera gustado conocer a esa novia para casarme con ella”. Lo quedé mirando sin responder. ¿Quieres bajar? preguntó, mientras descendía de la cabina. Yo lo seguí, nos paramos juntos frente a ese coloso delante del camión, lo observamos fijamente, me llenó de una inmensa alegría. Disfrutamos juntos del placer inmenso que ese paisaje y la naturaleza nos regalaban, compartió conmigo el mejor regalo que hasta entonces pude recibir. Te estaré siempre agradecido por ello.

No me di cuenta en qué momento se separó de mí y desde un riachuelo que descendía al ruidoso río, cogió un poco de agua entre las manos y como si fuera un niño me lo aventó a la cara. Reí de buena gana, salí corriendo, me protegí dentro de la cabina. Qué hermoso lugar, que momento tan grato.

Continuó su marcha lenta el «Rebelde sin causa», volvió a cruzar más puentes y otras curvas peligrosas aparecieron para que las podamos superar. La carretea solo permitía el paso de un vehículo por lo estrecho y difícil del terreno. Eran las diez de la mañana, hacía media hora que partimos del restaurante “Chesman”, me pareció que fue un día entero el que viví entonces, el día más largo de mis nueve años infantiles.

De la Novela "La ilusión de un sueño"

martes 5 de enero de 2010

Adonis

Frente a la Casa-Restaurante “Chesman”, había una amplia explanada y algunos metros más allá un río corría ruidoso. Por donde se mirase había piedras de variados tamaños, formas y colores, todas con signos de haber sido removidas de su sitio o demolidas para dar paso a la carretera. Avancé por ese lugar, tratando de encontrar el río bullanguero, mientras recordaba las historias de este lugar, que había escuchado en las constantes reuniones en casa de la abuela, todas con misterio y algo de terror.

Era un hermoso día, el sol desde muy temprano brillaba en lo alto y aún cuando todavía no podía bañarnos con su calor por la sombra del cerro que nos cubría, se podía sentir una tibia calidez y mucha luz. No sé qué tiempo estuve parado viendo transcurrir el río, no muy caudaloso pero si torrentoso y sonoro, que corría chocando de una piedra a otra en su avance precipitado y fugaz.

El lugar estaba lleno de vida, muchos insectos trataban de tomar algo de los pequeños rayos de sol que comenzaban a llegar a mis pies, muchas mariposas aparecieron casi por encanto, eran de muchos colores, unas eran amarillas con manchas negras, otras eran celestes y también estaban las de color azul eléctrico, muy fuerte. Ninguna temía posarse cerca de donde estaba, era alucinante. En el ambiente se percibía un agradable olor a tierra húmeda; se veía un tenue vapor de agua levantarse del suelo donde ya llegaban los rayos del sol, lo que daba a las mariposas un estímulo especial para practicar danzas coreográficas especiales llenas de gracia.
A mi derecha llamó mi atención una pequeña flor solitaria colgada de una piedra, era de color morado con muchos matices, tenía forma de dos lágrimas, adornada por dos hilos dorados en cada pétalo que parecían flotar con la brisa matinal, más allá un grupo de plantas silvestres, toscas pero con flores llamativas aportaban al lugar una dosis de encanto. Me acerqué para observarlas mejor y lo que pude distinguir a lo lejos fue algo espectacular, caía agua de un cerro y al descender en el vacío se dispersaba en millones de gotitas, las que al ser atravesadas por un rayo del sol tomaban cada una un color diferente y mágico, en una danza de luz color y encanto, parecían millones de piedras de color o canicas derramadas al azahar. Al retirarme de las plantas con la intención de observar mejor, ya no había esa magia, así que hipnotizado volví a colocarme entre las plantas para observar ese excepcional espectáculo. Todo lo que había escuchado sobre este lugar no era cierto, esto era bello, nunca experimenté esa sensación de poder gozar tanta belleza.

Mientras disfrutaba lo que la naturaleza me regalaba, no sentía que el tiempo transcurría, era una eternidad. La voz de doña Carmen me devolvió a la realidad, llamaba con dulce voz: “Humbertitooooo, Samuelitooooo”, con graciosa entonación. Llamaba a los dos muchachos que de mala gana limpiaban el salón, huyendo casi de inmediato para no recibir otra orden de trabajo. Luego supe que eran los dos hijos menores de la pareja, mozalbetes dados al relajo y miembros declarados enemigos de las actividades del restaurante y de cualquier labor que demande esfuerzo. Aunque todo el día se esforzaban precisamente por esconderse, lo que lógicamente les producía cansancio y también hambre por lo que a la hora de almuerzo y al llegar la noche reaparecían en busca del calor materno. La señora se acercó a mí y dulcemente volvió a preguntar por sus “angelitos”, la quedé mirando, aún absorto por la ilusión que mis ojos estaban viendo y solo atine a mover la cabeza indicándole negativamente que no sabía nada, no había visto a nadie. Me indico que me alejará de allí y que mi tío estaba buscándome, pues pronto partiríamos.

Volví a mirar la flor que me deslumbraba y la cogí. Se cerró inmediatamente, poseída de una fuerza que me sorprendió. Estaba ligada a la piedra tan superficialmente que no tuve que hacer ningún esfuerzo para desprenderla, estaba colocada de la forma más simple y superficial sobre la roca. Quedó en mis manos, frágil y marchita. En pocos segundos paso de ser una deslumbrante y bella flor a un simple despojo, una ramita muerta, sin vida. Asustado la solté, al caer se mezcló con las piedras y otras ramas, era difícil distinguir cual era la que hasta hacia unos segundos, se mostraba como la más hermosa y bella flor del lugar.

Volví a donde estaba mi tío y no podía salir de mi asombro, nunca pensé que podía ser tan frágil la vida de aquel hermoso ser. Las mariposas seguían revoloteando con sus hermosas alas de llamativos colores.

La señora Carmen volvió a pedirme que me aleje de allí. Traté de explicar lo que había visto, pero mezclaba las palabras y ella no podía entenderme, se dio cuenta de mi emoción y comprendió lo que pasaba. Dijo entonces, que era una flor muy rara y frágil, era un ADONIS, familia de las orquídeas peruanas, a la que nadie puede tocar porque se mueren. Ignorante yo, había cortado la corta existencia a tan tímido, bello y frágil hijo de la naturaleza.

De la novela "La Ilusión de un sueño"

jueves 17 de diciembre de 2009


Las Navidades

Eran los primeros días del mes de Diciembre y en uno de los desayunos dominicales, el tío Bernabé inició su monólogo acostumbrado diciendo: “en estos días se celebra el nacimiento de un hombre que viviendo poco en esta vida se le recuerda por sus palabras aunque nunca hizo nada…” sus palabras fueron cortadas por la tía Lucrecia. Era la primera vez que escuchaba que interrumpían su “análisis de la vida”, como acostumbraba llamar a sus pequeñas conferencias. “Mira Bernabé” dijo la tía dejando la taza que tenía en la mano. “Esto no es cuestión que tu quieras creer o no, las cosas simplemente son así y no quiero que influyas en los chicos con tus ideas ateas, en tu sindicato puedes exponer tus tertulias como quieras pero acá, ya tu ve”, noté que el tío perdía color en el rostro mientras que la cara de la tía se ponía morada por la fuerza que le ponía a sus palabras. “Te guste o no, el nacimiento se armará una vez más en la sala para adorar al niño Manuelito, la Navidad se celebrará siempre en esta casa mientras yo esté viva, ¿de acuerdo?”.

El tío Bernabé, que nunca lo vi discutir con nadie, continuó hablando como si nada hubiera escuchado, luego de hacer una pausa y tragar harta saliva dijo “A los hombres que se les recuerda por mucho tiempo, es por que son dignos ejemplos en el espacio histórico, para bien o para mal, por lo tanto yo no soy quien pueda juzgar si fueron malos o buenos. Pero si puedo analizar, desde mi humilde punto de vista, si la obra que hicieron, es favorable para mí y para mis hijos. Podemos no coincidir en algunos aspectos de la vida de este señor pero en general sus actos, mientras vivió fueron inocuos. Me tiene sin importancia si mi conyugue decida adorarlo”. Yo lo miraba fijamente y vi que su manzana de adán subía y bajaba constante por su largo y flaco cuello. Levantó la taza de café que tenía en la mano y bebió el último sorbo, cogió la servilleta que tenía cerca y ligeramente limpió su boca. Luego con las manos libres y apretándolas en forma de puño y los codos apoyados en la mesa dijo “jovencitos, nos vamos, un amigo nos espera”.

Quise preguntar que significaba “inocuo”, pero sentí temor de avergonzarlo aún más. Esta vez me sentí identificado con él y llegué a pensar que la tía no debería tratarlo así, él era un hombre que sabía mucho y siempre trataba de explicar algún tema nuevo. Hubiera querido decírselo, pero callé y me quedé mirándolo hasta que se levantó de la mesa y acomodó su abrigo antes de comenzar a caminar.

Al día siguiente, la puerta principal de la casa se abrió de par en par. La tía Lucrecia lucía feliz y nos invitó a que participemos en la limpieza que dio inicio a todo un rito. El de armar el nacimiento.

Nunca había visto tanta felicidad en el rostro de la tía, tampoco recuerdo que nos haya tratado alguna vez con tanta amabilidad. Me llamó “hijito” más de una vez y con mi hermano Miguel era sorprendentemente tolerante, ante la torpeza de sus manitas. Oswaldo mi hermano mayor miraba con desconfianza y a prudente distancia.

Trabajamos desde muy temprano y hasta pasado medio día, finalmente apareció en la sala de la casa un espectáculo hermoso para mis ojos. Con papeles, cajas y otros objetos había dado la forma de cerros y se las ingenió para acomodar plantitas que con anticipación ya las había sembrado sobre pequeñas macetas. Al centro en la parte media armó una pequeña casita con techo de paja y acomodó animalitos hechos con arcilla, especialmente junto a la pequeña chocita. De algún lugar sacó una brocha y un poco de pintura, que sirvió para manchar desordenadamente los cerros dándoles sombras y contrastes.


Todo era felicidad, Oswaldo contagiado por la alegría reinante se animó a compartir el trabajo amenamente, hasta que a Néstor se le ocurrió decir que uno de los animalitos se parecía al “chirri”. La sonrisa de la tía desapareció instantáneamente y ordenó que todos se retiren a lavarse la manos porque ya era hora de almuerzo.


Yo salí corriendo hacia la cocina, donde al llegar choqué con la señora que apresuraba su labor por servir los alimentos. “Adonde vas tan de prisa moreno” dijo mientras me cogía para no rodar por el suelo, “a que se debe la dicha que tienen mis ojos de verte por aquí” continuó diciendo, a la vez que acariciaba mis cabellos. Mis ojos expresaban miedo y no podía hablar, me deshice de sus brazos como pude y me dirigí a una bandeja con agua que había junto a la puerta de salida a la huerta. Me lavé las manos y eché agua a mi rostro, sintiendo un gran alivio. Busqué con la mirada hacia la sala tratando de ubicar a mis hermanos, no los pude ver. Al mirar hacia la huerta, sentí que mis pelos se erizaban, escuche los ladridos de un perro y supuse que eran los del perrito que fatalmente sufrió tan ingrato accidente en mis manos. “Yo no quise hacerte daño” dije casi gritando. Unos brazos robustos me cogieron cariñosamente, me levantó en vilo y me condujo hacia una jarra con agua que sirvió en un vaso y me lo alcanzó. “Cálmate mi niño, ya paso, no tengas miedo. Yo estaré siempre a tu lado para protegerte. Toma el agua, te hará bien”. Durante el almuerzo nadie habló. Yo no sentía hambre y no pude comer a pesar que era mi comida preferida.

“Dos semanas más y ya es navidad” dijo la tía algunos días después de aquel incidente. Si bien es cierto no tuvo mayor trascendencia, pero personalmente, me era difícil olvidar a la mascota de la casa. El ambiente en el hogar era agradable, se respiraba paz y tranquilidad, recibía buen trato tanto de la tía como también de mis primos. Muy dentro de mí, extrañé a mi papá, hubiera querido en ese momento tenerlo a mi lado. Ojala que llegué pronto para estar juntos en Navidad, pensé. El resto del día sentí mucha pena y no pude decírselo a nadie.

Las tardes eran bañadas por un agradable sol, que aunque tibio, hacía grato acercarse al mar y contemplarlo. Enormes olas reventaban en la orilla dejando una espuma blanquecina. Había algo en él que me atraía y muchas horas pasé sentado en la arena mirando los atardeceres. Esperaba con ansias la llegada de mi padre. Sentía ganas de llorar y comencé a experimentar rabia contra papá por que no estaba junto a mí. Pensé, ¿y mamá? Ella también se fue, ya no quiso estar con nosotros. Tal vez la tía tenía razón, éramos malos y no merecíamos que nadie nos quiera. Me recosté en la playa y me quede dormido.

Debió de haber pasado bastante tiempo. Lo suficiente como para que en la casa me extrañen y salgan a buscarme. No recuerdo quien me encontró dormido y me llevó hasta la presencia de la tía, quien de un par de cachetadas se encargó de arrancarme el sueño. El espíritu navideño me salvó tal vez de una paliza segura ya que recién me percaté que toda la familia estaba en torno mío y todos querían saber porque me había fugado de la casa. ¿Fugado? Debía de estar soñando. Yo solo fui a ver al mar y nada más.

Un silencio profundo sentí en todos. Nadie hablaba. La noche había cubierto una vez más mi existencia y mirando a mí alrededor, me percaté que la señora de la cocina me miraba fijamente. En algún momento preguntó ¿Porqué te querías ir de la casa, mi angelito lindo? ¿Acaso no sabes que te quiero mucho? La quedé mirando sin poder entender que decía. Solo por decir algo, pregunté ¿a los niños malos les dan regalos en navidad? La señora me sentó en sus piernas y me abrazó fuertemente. Al sentir la calidez de su pecho sobre mi rostro le pregunté ¿Cómo te llamas? Ella sonrió primero y luego soltó una carcajada. ¿No sabes cómo me llamo? Estamos juntos todos los días y no sabes como me llamo. Yo tengo el nombre de mi abuelita, me llamo Isaura. ¿Y por que te dice negra mi tía? Debe ser de cariño, respondió y se quedó meditabunda.

Al cabo de un rato volvió a sonreír y alisándome los cabellos me dijo que en Navidad todos los niños reciben un regalo y ella estaba segura que el regalo que yo recibiría debería ser especial. Pero yo quiero que venga mi papá, le repliqué. Ya vendrá, mi niño, ya vendrá. Estoy segura que vendrá, dijo soltando un suspiro y besándome en la frente.

Al bajarme de sus piernas y soltarme, me sentí reconfortado y sentí alegría de saber que la señora negra que ahora sabia que se llamaba Isaura, me quisiese. Yo también te quiero, quise gritar, pero no pude. La quede mirando en silencio por un momento y salí corriendo para buscar a mis hermanos.

Llegó la navidad y en la casa todo era felicidad. La tía nos pidió que durmiéramos un poco en la tarde para poder estar despiertos por la noche. Parecía que de pronto tuviese seis hijos. A todos nos bañó juntos y cariñosamente nos cambió de ropa, alisó lo más que pudo nuestros cabellos y juntos por primera vez nos llevó hasta su dormitorio para hacernos descansar un poco. Nos pidió que la escucháramos y relató la historia del niño Jesús y como nació en un lugar tan pobre pudiendo nacer en un palacio como un Rey.

Cuando me desperté solo quedábamos en la cama, Néstor el más pequeño de mis primos, mi hermano Oswaldo y yo. Al escuchar que Miguel se reía en la sala, hacia allá me dirigí. Pude ver que Raúl corría tras de él simulando quitarle un pedazo de pan que tenía en la mano, cuando llegaba a cogerlo, Miguel se retorcía de risa.

Ya era de noche, la tía fue al cuarto y trajo cargando a Néstor para que se despertase. Al rato volvió para hacer lo mismo con Oswaldo, no lo pudo conseguir tan fácilmente. Mi papá decía que se le cae el techo encima cuando duerme y no lo siente.

La idea de tener un regalo especial en navidad, como lo dijo la señora Isaura, me llenaba de alegría. Cuando se lo comenté a Oswaldo, él no respondió nada.

La navidad llegó, si, y los regalos para todos también. Mis primos encontraron al pie del nacimiento, un juguete para cada uno. Oswaldo encontró una camiseta roja con la marca de un detergente, Miguelito un par de zapatos que aún estando bien lustrados se notaban que ya habían trajinado buenos trancos. Un paquete con mi nombre me lo alcanzaron y lo abracé fuertemente, no quería abrirlo, era el regalo que la señora Isaura me dijo que sería especial. Nunca habíamos recibido un regalo en navidad, o por lo menos no me acordaba. Todos gritaban pidiendo que lo abriese. No quería hacerlo, era mi regalo y prefería tenerlo así.

Una vez más extrañé a mi papá y pensé que no abriría mi regalo hasta que llegase él. Sin embargo las cosas no serían así, José se acercó a mí disimuladamente y en un abrir y cerrar de ojos me arranchó el paquete y lo abrió. Acabó con el encanto y mis deseos de guardar esa emoción, para compartirla junto a quien, cada vez extrañaba más. “Ese pantalón es de Raúl” dijo mi primo, luego de hurgar mi regalo. La tía, dio un fuerte grito de una sola palabra “Joseeé”, e hizo que todos se dispersaran en distintas direcciones, quedándome solo parado frente a la tía y al nacimiento.

Lloré, lloré bastante y muy amargamente, todo el día. Llamé a mi papá muchas veces y no me respondió. La señora Isaura se acercó a mí y me prometió comprarme un juguete lindo que había visto en algún lugar. “Ten paciencia, mi niño” dijo mientras levantaba el borde de su falda para secarse una lágrima traviesa que rodó por su mejilla. Al verla así, sentí pena por ella y lloré más. “Ten paciencia”, volvió a repetir.

sábado 12 de diciembre de 2009

Chesman


Era un lugar solitario pero lleno de vida, frente a la casa había una especie de pozo hecho con piedras rústicas, que era llenado constantemente por una corriente de agua cristalina que descendía por una ladera de regular pendiente, formando una quebrada agreste y pedregosa con muy poca vegetación y con signos de haber sufrido una avalancha muy recientemente. Luego de llenar el improvisado pozo, la corriente de agua continuaba su recorrido atravesando la carretera para desembocar en un riachuelo que estaba a unos metros de la casa, ésta a la vez era surtida por innumerables pequeñas quebradas que descendían por todas partes. Era como si todo este sitio estuviese atravesado por serpientes que se deslizaban con movimiento propio, cada una a la vez daba un sonido especial al lugar.

Las rocas que se veían eran de muy variado tamaño; algunas eran inmensas, redondas, pulidas y de variados colores. Mientras unas eran de color ocre, otras eran marrones o amarillas; la mayoría eran pequeñas o medianas y de formas irregulares, daba la impresión que una mano gigantesca las hubiera partido en mil pedazos.

Junto al pozo había un jardín con una variedad impresionante de plantas, muchas con flores muy atractivas pero sembradas sin ningún orden, algunas tan amontonadas que luchaban entre ellas para demostrar quien era la mejor o la más fuerte, cada una luchaba por ser vista y mostrar sus encantos; junto a ellas, plantas silvestres también hacían lo suyo aprovechando la poca tierra que disponían en medio de tan agreste geografía, llena de humedad y sol suficiente para crear tanta belleza en este lugar.

La casa era sencilla, las paredes de madera y el techo de calamina. Estaba pintada la fachada de color azul fuerte, lo cual la hacía durante el día visible a la distancia. Junto al pozo un letrero anunciaba el nombre del lugar que era el mismo con el que llamaban al señor: “Chesman” La puerta principal daba acceso a un salón amplio donde se acomodaban cuatro mesas con cuatro sillas cada una y al fondo una mesa más grande con dos bancas largas de construcción rústica; cerca de ésta, en la pared se improvisó una ventana que comunicaba con la cocina y junto a ésta una puerta con una cortina que supongo alguna vez fue blanca. Por las noches se iluminaban con lámparas y lamparines a kerosene y cuando llegaban visitas o había clientes especiales, se prendían unas lámparas tipo “petromax”.

Estaba yo terminando de asearme y el señor tratando de iluminar mejor el salón cuando por el sonido de las bocinas reconocí la llegada de más amigos. La señora gordita que nos recibió se llamaba Carmen, y regañaba a su marido por no hacer las cosas bien, tomó la lámpara y casi de inmediato la hizo funcionar arrojando ésta, una luz blanca y radiante comparada con la de los mecheros, iluminando gratamente el lugar. Los gritos y palabras subidas de tono de parte del aludido marido no se hicieron esperar, sin que estos fueran tomados en cuenta por ninguno de los ahí presentes.

Habiendo terminado de asearme tuve tiempo para espiar en la cocina y alrededores. Al salir encontré a mi tío sentado en una de las mesas acompañado de un señor que había llegado en otro camión, pero que hacía el recorrido en sentido contrario al nuestro, es decir venía de Huánuco. Escuché decir que el vehículo estaba cargado con papas.

En la mesa junto a la que estaba mi tío me llamó la atención una pareja. Ella tenía puesta mucha ropa, toda de lana o algo parecido, de llamativos colores, una falda negra muy amplia que le llegaba hasta los pies, en la espalda llevaba un bulto envuelto en una tela colorida que anudaba en el pecho. Él, vestía todo de negro y llevaba un poncho corto del mismo color, algo desteñido y totalmente desaliñado. En ambos era notorio el desaseo.

En mi corta edad no recordaba haber visto jamás gente que se vistiera así, más aún, me llamó la atención su forma de hablar; casi no los podía entender y al pasar junto a ellos percibí un olor poco grato que casi de inmediato hizo desaparecer el hambre que traía. Me quedé pensando en lo que estaba viendo, y oliendo, pensé que sería bueno que se aseasen un poco antes de comer, y de ser posible que se quitasen un poco de ropa. Les quedé mirando por un buen rato imaginando el lugar de donde venían. Estaba así, cuando la señora Carmen me invito que la acompañe a la cocina, donde tenía servida una humeante sopa para mí. Esa noche comí junto a la dueña de la casa, quien me llenó de atenciones mientras conversaba, preguntaba por mi familia. Al terminar me llevó a una habitación donde había dos camas bien tendidas y muy limpias. Antes que se retire la señora Carmen no pude evitar comentarle sobre la pareja que estaba en el comedor, sobre todo por el olor que emanaban, ella sin dar demasiada importancia a lo que dije, respondió: “esos Shucos son cochinos”. Me quedé pensando que serían los “shucos” y me dormí.

Al día siguiente me enteraría que ellos eran los dueños de la carga de papas que llevaba el camión y que “shuco” era el despectivo de serrano, quienes por las condiciones de clima en que viven no toman muy en cuenta su aseo personal. Más adelante en el viaje, sería común ver a los “shucos”.

Al despertarme por la mañana vi en la casa más gente de la que había visto en la noche. En la cocina la señora Carmen daba órdenes a tres personas que trabajaban afanosamente; en una olla muy grande, hervía supongo, la sopa que constantemente agregaban agua cuando se acercaban clientes. El comedor era aseado por dos muchachos, que lo hacían notoriamente contra su voluntad, por lo que la dueña de la casa les increpaba constantemente, incitándolos a que se apuren.

Salí hacía el pozo, había cuatro camiones estacionados junto al “Rebelde sin causa”, seguramente llegaron en el transcurso de la noche y durmieron allí, varias personas con el dorso desnudo se aseaban en el estanque y se gastaban bromas. El sol brillaba a lo lejos, pero en este lugar, la sombra gigantesca del cerro que estaba detrás de nosotros no nos permitía disfrutar de su calor.

Un gallo grande y gordo, se paseaba con tres gallinas entre los visitantes, escarbaba el piso e invitaba a sus compañeras a que recogieran los insectos que encontraba; fue entonces, que presté atención al animal, era realmente grande y las patas que lo sostenían eran casi del grosor de mi brazo, emitía sonidos fuertes, propios de su poderosa garganta y galanteaba y montaba a sus gallinas sin ningún reparo.

“Chesman”, me contó mi tío, tenía la costumbre de ir por las noches al boquerón, un lugar tenebroso por donde pasaba la carretera, para desafiar a los espíritus que decían poblaban allí, siempre borracho, con una botella en una mano y un sable en la otra. Los llamaba por sus nombres y los retaba a que se presentasen. Como quiera que nunca encontrara nada, terminaba dormido en ese paraje solitario, rendido por el cansancio y la embriaguez.


jueves 26 de noviembre de 2009

La huida

Desde que salimos de la ciudad por la avenida Mansiche, ya habíamos caminado varias horas. Mi padre cargaba a Miguel que iba dormido y adicionalmente llevaba un bulto grande en la espalda. La madrasta caminaba con dificultad, pues se había doblado un pie al saltar un canal de regadío que tuvimos que sortear en nuestro apresurado camino.


El cañaveral que atravesábamos era alto y estaba floreando, señal que ya estaba listo para la zafra. Esto era terrible para nosotros, pues al contacto nuestro las plantas nos bañaban con el polen que producían un escozor terrible en nuestros cuerpos. A pesar de su dolor, era la madrastra la que nos alentaba a que no nos detuviéramos, ella me cogió de la mano y me llevaba casi a rastras ya que me puse a llorar por el cansancio y por la picazón que sentía en todo el cuerpo. Rigoberto, mi hermano mayor, no perdía el paso y se mantenía junto a mi padre sin decir nada; sobre su cabeza llevaba un bulto voluminoso pero de escaso peso.


El anuncio de que en la primera acequia nos detendríamos, me alentó a soportar un poco más el sufrimiento de este momento. Atrás quedaba la ciudad y los terribles hechos que estaban ocurriendo allí. No los podía entender muy bien, pero mi padre dijo que era necesario alejarse lo más distante posible. A mi mente llegó el bombardeo que hicieron los aviones al pasar sobre nuestra casa. Los incendios que se produjeron y el llanto de niños y mujeres que despavoridas huían del lugar. Luego, varios vehículos militares habrían paso a camiones repletos de hombres, que gritaban por su libertad.

A mi padre llegaron a buscarlo varias veces, hombres desconocidos y con fusiles en el hombro. Nosotros estando solos, no sabíamos que estaba ocurriendo, la madrastra salía a conversar con ellos, pero el trato que le daban era agresivo, despectivo e insultante. Ella, con su acostumbrada paciencia, sonreía ante la agresión y procuraba ser amable con ellos. Mi padre era no habido y lo buscaban con una lista en la mano. Se aparecía algunas veces, muy avanzada la noche y volvía a desaparecer en pocos minutos. Antes de partir había estado con la madrasta la noche anterior y con ella habían planificado esta huida.

Habíamos salido pasada la medianoche, cargando sobre nuestros hombros lo más indispensable. En cada esquina mi padre avanzaba solo y al no encontrar peligro nos hacia una señal para avanzar. En la Avenida España a la altura del jirón San Martín, paso un camión militar raudamente, por lo que tuvimos que tirarnos al suelo para no ser vistos. Luego avanzaríamos con sobresalto pero sin mayor inconveniente hacia la hacienda “El Cortijo” que fue donde la madrasta se dobló el pie.

Aquí estábamos, en medio de una noche oscura avanzando casi a tientas. Mi padre maldijo en una oportunidad el hecho que no hubiera ni estrellas para guiarse. La noche era oscura, como pocas veces se ve, oscura como nuestro futuro en esta marcha alocada. Nuestra intención era llegar a “Chan-chan” y de allí dirigirnos a Huanchaco. No podíamos avanzar por el camino, ya que corríamos el riesgo de ser descubiertos. Pero estábamos perdidos, dando vueltas en el mismo lugar, tal vez.
De la Novela "Aprendiendo a vivir"