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Perro pícaro

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  En el patio trasero de la casa vivía Ruso, un perro que al igual que Esmeralda, siempre tenía muy poco que hacer y repetía una rutina diaria aprendida desde cachorro. Por la mañana Ruso ladraba junto a la puerta que daba acceso a la cocina, daba una vuelta completa a la casa y luego repetía el ladrido un poco más fuerte. Sentado debajo del pequeño techo que construyeron sus amos para protegerlo de las lluvias, esperaba que le lleven el desayuno. Esmeralda lo saludaba, con la misma ternura que brindaba a su hijo. Se pasaba la mañana Ruso, durmiendo hasta que le llegaba el almuerzo, momento que Esmeralda conversaba con él y le contaba sus preocupaciones y desdichas, mientras devoraba la comida que siempre era abundante. La mayor ocupación que tenía Esmeralda, era la de limpiar su casa, claro, después de cocinar para que muchas veces comiera sola y lavar la ropa que siempre era abundante a pesar que eran pocos en casa. Muchas veces volvía a lavar la ropa ya lavada, solo porque encontr

Desventura

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  El malestar propio de haber dormido poco, se manifestaba en mi mal humor y la impaciencia que causaba el retraso de nuestro vuelo por mucho más tiempo del que se puede suponer. Nos citaron en el aeropuerto a las seis de la mañana, son las diez y nadie da razón de la demora. - Si estuviera papá ya hubiera reclamado por lo menos veinte veces – le dije a mamá, quien con total indiferencia contestó, - Es cierto, felizmente no está – y continuó sentada como si no pasara nada, estoica ante lo que estaba sucediendo. Anoche fue mi fiesta de promoción y el baile de graduación fue pasada la media noche, dormimos un par de horas y mi madre tan puntual como siempre, me sacó de la cama contra mi voluntad para estar aquí, sin saber siquiera si podremos volar hoy. - Es 24 de diciembre, papá nos espera y no hay forma de postergar el viaje. ¡Ten paciencia y cálmate! - dijo mi madre ante uno de mis reclamos y continuó sosegada, con su bolso sobre las piernas, la espalda recta y la mirada al fr

La huida

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Desde que salimos de la ciudad por la avenida Mansiche, ya habíamos caminado varias horas. Mi padre cargaba a Miguelito el menor de mis hermanos, que iba dormido, y adicionalmente llevaba un bulto grande en la espalda. Rigoberto, mi hermano mayor, no perdía el paso y se mantenía junto a mi padre sin decir nada; sobre su cabeza llevaba un bulto voluminoso, pero de escaso peso. La madrasta caminaba con dificultad, se había doblado un pie al saltar un canal de regadío que tuvimos que sortear en nuestro apresurado caminar. Sobre mi espalda habían amarrado un pequeño bulto y en una mano llevaba una olla llena de trastes y utensilios de cocina.   El cañaveral que atravesábamos era alto y estaba floreando, señal que ya estaba listo para la zafra. Esto era terrible para nosotros, pues al contacto nuestro, las plantas nos bañaban con el polen que nos producía un escozor terrible en nuestros cuerpos. A pesar de su dolor, era la madrastra la que nos alentaba a que no nos detuviéramos, ella me c

El misterio de Lala

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Había amanecido lloviendo, grandes chorros de agua se desprendían de las calaminas que cubrían el techo de la casa de doña peta. Cubriéndose con un paraguas tras enfundar sus pies en unas botas de jebe, decidió ir al mercado por las compras para el almuerzo dejando al menor de sus hijos de apenas cuatro años de edad, al cuidado de su hermanita algunos años mayor que él. Generalmente era así, dejaba a los pequeños aun durmiendo luego que su esposo partiera muy temprano al trabajo. Cuando regresó de hacer las compras doña peta solo encontró en la cama a la niña, el pequeño no estaba, despertó a su hija con la premonición de que algo malo había pasado. La niña adormilonada no entendió la angustia de su madre. Doña peta buscó con desesperación por todos los rincones de la casa. No había ningún indicio que el niño pudiera salir, pues las puertas y ventanas estaban bien cerradas. Comenzó a perder la calma al no encontrarlo, así que salió a la calle desesperada sin saber qué hacer. No había

Una gran amistad

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Sentado frente al escritorio del juzgado que veía su caso, Claudio recordaba cuando años atrás se encontraba sentado frente al escritorio del director del colegio. Esperaba ahora una resolución que decidía su libertad, en ese entonces también como ahora los minutos que pasaban en esa espera se hacían eternos. Mientras tanto, no pudo evitar recordar una de esas memorables mañanas cuando iniciaba el año escolar y también iniciaba estudios en la secundaria, no todos se conocían y de repente él era el más extraño en ese lugar. Los profesores del grado se presentaban dejando directivas que deberían de cumplirse en el transcurso del año. El olor a pintura fresca de las paredes impregnaba el aula y las carpetas relucientes ligeramente pegajosas indicaban el mantenimiento que habían recibido. El Profesor Cabrera enseñaría Geografía y fue él, quien pidió que se presentaran frente a sus compañeros si así lo consideraban conveniente. El silencio era tal que se oía el viento, se olía el miedo,