Anabelé, una perrita pequeña, se escapa herida mientras su dueña realiza un trámite en una oficina pública en Santo Domingo. Desorientada, corre por las calles hasta esconderse, dejando un rastro de sangre.
Al notar su ausencia, la
dueña inicia una búsqueda desesperada en un entorno donde nadie ha visto nada.
Un hombre que acaba de conocer decide ayudarla, guiando la búsqueda con lógica
y calma. Mientras recorren la zona, la conversación entre ambos reduce la
tensión y crea una conexión inesperada.
Cuando finalmente
encuentran a la perrita, descubren que la herida no es grave. Tras llevarla a
una veterinaria, los tres continúan juntos el camino de regreso. La experiencia
deja una marca: no por la gravedad del accidente, sino por el vínculo que surge
entre desconocidos en medio de una situación fortuita.
Manchas
Pablo Rodríguez Prieto
Ocurrió en la entrada del
centro comercial de la avenida Washington —frente al malecón y con vistas al
mar —en el centro de Santo Domingo. Había acudido, acompañada, hasta la puerta
de la Dirección de Migración y no pudo llegar. Emanaba del lado izquierdo de su
cuerpo una profusa sangre que no entendía por qué. Corrió pegada a la pared sin
saber que un largo muro no le permitiría encontrar auxilio oportuno. La larga
pared bordeó la calle e ingresó a la avenida Máximo Gómez, donde una cuesta
empinada redujo su descontrolada carrera. Un bocinazo emitido por un camión la
devolvió a la vereda y continuó corriendo. Una reja metálica se cruzó en su
camino y trató de encontrar una entrada sin lograrlo. El silencio de la mañana
era su mejor aliado: nadie se cruzaba en su camino. En ese pequeño recodo
encontrado en una entrada bloqueada por la reja halló refugio y se acostó,
asustada.
Su dueña, que había
entrado al centro comercial a resolver un trámite que exigía fotocopias, dos
firmas y mucha paciencia, tardó en notar la ausencia. Era joven, de esas
bellezas que parecen ordenadas por el viento: el cabello recogido, la blusa
clara sin arrugas, los ojos atentos al número en la pantalla que nunca
coincidía con su ticket. Cuando miró hacia abajo y no vio la correa, el mundo
cambió para ella.
—¿Ha visto una perrita?
—preguntó a la mujer de la ventanilla, al guardia, al señor de las llaves—.
Blanca, pequeña, con una mancha aquí…
Nadie supo explicar.
Nadie vio. Nadie oyó. La lógica de los lugares públicos: todo sucede sin
testigos.
—¡Anabelé! — llamó sin
encontrar respuesta
Nadie había visto nada;
la ciudad a esa hora era un pasillo sin testigos.
Un hombre al que había
conocido apenas unos minutos antes, en la fila de la oficina gubernamental, se
interesó en el caso. Vestía ropa casual, reloj deportivo, respiración todavía
medida por el hábito del trote.
—¿Qué pasó? —preguntó muy
interesado
—Los perros asustados
buscan bordes —dijo él—. Se pegan a las paredes.
Él la miró con la
atención de quien sabe medir distancias. Hablaron primero de la perrita;
después, sin darse cuenta, de la sana costumbre de correr. Le habló de
búsquedas en abanico, de patrones de huida, de cómo los animales asustados
buscan bordes y sombras. Le contó una anécdota de una carrera en la que un
perro lo acompañó tres kilómetros sin que nadie lo reclamara. Ella sonrió por
primera vez, a pesar de la angustia. Caminaron juntos por el corredor, mirando
bajo las escaleras, entre macetas, detrás de carteles de falsas ofertas.
—Correr te enseña a no
perder la calma —dijo él—. A mantener el ritmo, aunque el cuerpo pida parar.
—A mí el ritmo me lo
marca Anabelé —dijo ella—. Come, duerme, juega, conmigo.
Hablaron de medias
compresivas, de geles, zapatillas, ampollas, de parques al amanecer. De cómo el
asfalto cambia de textura con la lluvia. De la extraña felicidad de llegar
cansados. De la soledad y de la compañía en movimiento.
Caminaron bordeando la
Washington hacia la Máximo Gómez, y la conversación, como una carrera larga,
encontró su ritmo. La angustia se hizo más liviana entre palabras. Él contó de
una media maratón; ella, de los paseos con Anabelé al caer la tarde. Por un
momento, la ciudad dejó de ser un laberinto y fue apenas el escenario de dos
desconocidos que se reconocen.
—¡Anabelé!, ¡Anabelé!
—escuchó llamar.
Su nombre le parecía
lejano y, asustada como estaba, prefirió esconderse aún más. La sangre no
dejaba de manar.
Anabelé, en su recodo de
reja y polvo, levantó la cabeza. La voz de su dueña se filtraba por la rendija
como un hilo. El dolor era un ardor insistente en el costado; la sangre, tibia,
le pegaba el pelo. Olió el aire, reconoció el mundo, el timbre de la risa. Salió.
Salió con la dignidad de
quien regresa de una guerra breve. Caminó despacio, dejando pequeñas manchas
rojas sobre el piso. Se acercó a ellos, que reían ahora por algo mínimo —una aplicación
que contaba pasos incluso en sueños— y levantó el hocico. Nadie la vio hasta
que la sangre tocó el tobillo de la dueña como un sello.
—¡Anabelé! —dijo ella, y
el mundo volvió a despertar.
El hombre reaccionó con
la eficacia de sus entrenamientos: camiseta fuera, presión suave, palabras
cortas. La herida era superficial, un raspón largo como una coma. Nada que no
curara el tiempo y un poco de cuidado. La perrita lamió la mano de él, aceptando
el pacto tácito de los que auxilian.
En la veterinaria, en la
calle Caonabo, a donde fue llevada, la historia se volvió concreta:
desinfectante, gasa, sutura superficial. El veterinario habló de suerte, de
milímetros, de cómo a veces el golpe no busca hueso. La mujer sostuvo la cabeza
de Anabelé mientras la aguja entraba y salía, y sintió en la palma el latido
acelerado que iba cediendo. El hombre firmó como testigo en el cuaderno de
atenciones. Nadie bromeó.
—Gracias —dijo ella.
—Cuando quieras, corremos
—dijo él—. Despacio. Con Anabelé.
Salieron cuando el sol ya
estaba alto y la ciudad había llenado de ruido el silencio de la mañana. La
venda blanca en el costado de Anabelé parecía desproporcionada para una herida
pequeña, pero era necesaria. La mujer pagó, guardó la receta, agradeció sin
mirar. Afuera, antes de despedirse, el hombre dijo algo que no era una
invitación ni una promesa:
—Hoy te acompaño hasta tu
casa.
Caminaron despacio.
Anabelé, cansada, no tiraba de la correa; avanzaba a la altura de la rodilla de
su dueña.
—Gracias por no irte
—dijo, al fin.
—Gracias por aceptar mi
ayuda —respondió él.
Siguieron caminando. No
hablaron de correr. No hablaron de volver a verse. Pero en la forma en que él
acomodó la venda que se había aflojado, y en cómo ella aflojó la correa para
que Anabelé eligiera el paso, hubo un acuerdo sobrio. La herida no era grave.
La marca, sí. Esa mañana en la Washington que dobló a la Máximo Gómez les enseñó
que había una razón canina para estar juntos.
Días después al pasar de
nuevo por la reja donde se había escondido Anabelé, la mujer se detuvo. Miró el
metal, la rendija, la mancha seca en el cemento. No intentó explicar el
accidente. Entendió, con una claridad sin palabras, que la ciudad no cuida, que
el azar existe.

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