En un bar bohemio del centro de Lima, un hombre espera a un cliente que nunca llega. La noche avanza entre cervezas, boleros al piano y la aparición inoportuna de un amigo que trae consigo recuerdos que él preferiría mantener enterrados. Lo que comienza como una espera comercial se transforma en un viaje íntimo hacia una ausencia que aún pesa más de lo que está dispuesto a admitir. Entre la música, el alcohol y las palabras que nadie quería decir, el protagonista descubre que a veces no esperamos a quien está por venir, sino a quien ya se fue.
Memoria de un encuentro inesperado
Pablo Rodríguez Prieto
Hay lugares a los que uno
va a encontrarse con alguien… y termina encontrándose con su propio pasado, mal
peinado, con cerveza en la mano, sin ganas de saludar.
Había quedado con un
cliente en vernos a las 8 en el bar Palermo, para cerrar y celebrar un trato.
Era un buen negocio. De esos que uno celebra, aunque no tenga ganas de celebrar
nada.
El Palermo era un lugar
bohemio en el centro de Lima: luces tenues, gente agradable que parece escribir
poesía en servilletas… y Arturo al piano, que tocaba tan bonito que daban ganas
de perdonar deudas, multas y hasta infidelidades. El tipo no interpretaba
canciones, abría heridas con acompañamiento musical.
Eran casi las 9 y yo ya
estaba considerando seriamente hacer la clásica retirada elegante: miré el
reloj por enésima vez, me acomodé la manga de la camisa por tercera vez, como
si el tiempo pudiera arrugarse y volver a empezar. Tomé el último sorbo de cerveza
para disimular, fingiendo que me gustaba estar solo. Si no fuera porque Arturo
estaba destruyéndome emocionalmente —y también a mi fuerza de voluntad— con un
bolero, yo ya me habría ido con mi orgullo, que a esa hora ya era solo dignidad
reciclada.
En eso pasa un amigo, de
esos que siempre aparecen cuando uno está emocionalmente vulnerable o con sed.
Levanta la mano, como saludando desde un desfile; se va a la barra… y regresa.
Mala señal. Sonreía con esa tranquilidad de quien nunca fue el que se quedó
esperando.
—Te tengo la última,
última —dijo mientras, sin pedir permiso, se sentaba a mi lado. Sonreía como si
viniera a contar un chisme divertido, no a desenterrar algo que yo llevaba años
pensando que ya no importaba.
—No te creo —le respondí, sin darle importancia.
Detrás de él aparece el mozo con dos chopps que nadie pidió. Nadie. Pero ahí estaban, como si las hubieran invocado: frías, brillantes y claramente… muy mala idea. El pobre hombre, en su nerviosismo, derrama espuma por la mesa, se disculpa quinientas veces, limpia todo y se va caminando hacia atrás, como si acabara de atender a la realeza.
Yo, tratando de mantener
algo de dignidad, le digo:
—Estoy esperando a
alguien.
Aunque en realidad lo que
quise decir fue: «Gracias, no me importa lo que traigas. Ya te puedes marchar».
Y él, con una sonrisa
irritante, ignorando completamente la indirecta del tamaño de un cartel
luminoso, se inclina y dice:
—¿Te acuerdas…?
—No recuerdo, ni quiero recordar —le corto, rápido, sin anestesia.
—Bueno, bueno… —dice,
sonriendo y desatendiendo mi incomodidad, con esa calma exasperante de quien
habla de incendios con indiferencia, como alguien que definitivamente va a
contar igual la historia que prometiste no escuchar.
—Al final nadie se muere de amor —añade, encogiéndose de hombros—. Uno se
acostumbra… o cambia de bar.
Y ahí supe dos cosas.
Primero: la persona que
yo esperaba no iba a llegar.
Y segundo: la historia que yo no quería escuchar… ya había empezado.
Experimenté un calor
incómodo en el pecho, de esos que uno confunde con acidez, pero que no vienen
del estómago. Sentí un cosquilleo absurdo en la nariz, como
si fuera a estornudar un recuerdo que llevaba años escondido.
Empezó a hablar de ella…
hablaba con un rencor mal disimulado, pero también con la ligereza de quien ya dejó de llevar esa historia encima.
Mencionaba a alguien que
uno no sabe si fue amor, error, destino o simplemente mala sincronización de
almas. Hablaba de casualidades, de mensajes que no llegaron, de llamadas que
nadie hizo, de orgullo vestido de dignidad… y de cómo, a veces, perder a alguien no ocurre en una sola pelea, sino en pequeños
silencios que se acumulan sobre aquello que imaginaste eterno.
Recordé, de pronto, una
calle muy iluminada, unas zapatillas blancas y una sonrisa bonita. Acababa de
decir que no sabía cuándo iba a volver. Arturo cambió de canción, como si
también él supiera que la noche ya se había rendido.
Yo ya sabía de quién
hablaba. Siempre se sabe. Uno aprende a reconocer los nombres incluso antes de
que la memoria los alcance.
—El alcohol aclara la
mente y refresca los recuerdos, querido amigo —dijo sarcásticamente.
En las servilletas del Palermo había un
piano dibujado bajo el nombre del bar. Me quedé mirándolo mientras otra ronda
de cerveza llegaba a nuestra mesa.
Yo miro mi vaso. Miro el
piano. Miro la puerta.
La persona que yo
esperaba nunca llegó.
Y mientras mi amigo
hablaba de un amor que se deshizo sin hacer ruido, entendí algo incómodo:
A veces no estamos
esperando a alguien que viene…
estamos esperando a alguien que ya se fue.
Y lo peor no es la
soledad de la mesa vacía.
Es esa terca esperanza
que se sienta contigo…
Quise olvidarme de todo y
terminé recordando más de lo que creía haber olvidado.
El Palermo, mudo testigo
de mis recuerdos mal disimulados, invitaba a continuar esta noche que ya no era
la misma, que ya no es mía, una noche a la que le perdí el control.
Y ahora sí… pedí más
cerveza. Alguien ingresó al bar sonriendo y se unió a nosotros, mientras Arturo
seguía destrozándome el alma con su música.

Comentarios