La calle que no quería ser recordada

Durante un paseo nocturno por Madrid, una pareja se refugia de la lluvia y acaba entrando en una calle que parece no querer ser recordada. Allí descubren una tienda extraña donde se almacenan objetos olvidados —paraguas, relojes— que parecen contener algo más que su función original: decisiones no resueltas, tiempos alternativos, versiones posibles de una misma vida.

A medida que la ciudad se vuelve irreconocible y el tiempo pierde coherencia, ambos deberán elegir si recuperar lo perdido o seguir avanzando sin comprender del todo qué han dejado atrás. La calle que no quería ser recordada es un relato sobre la identidad fragmentada, la rutina compartida y la inquietante sospecha de que, a veces, no somos nosotros quienes regresamos a casa, sino una copia que ha aprendido a hacerlo mejor.

 

La calle que no quería ser recordada

Pablo Rodriguez Prieto

Caminaba con mi mujer por las calles de Madrid; una ligera llovizna caía sobre nosotros y el frío calaba hasta los sentimientos, o al menos hasta la parte del alma que no estaba protegida por una buena bufanda. Corríamos para protegernos, pues habíamos olvidado los paraguas en la entrada de una tienda cercana a la Gran Vía. Algo que, solía decir a mi mujer, demostraba una vez más que no estábamos preparados para la vida lejos de casa.

Caía la tarde y las luces del alumbrado público se encendieron sin que nos diéramos cuenta. De pronto, dejó de ser tarde para convertirse en noche sin que lo notáramos. Madrid, cuando quería, tenía el dramatismo de una película que parecía narrar nuestras vidas: errática y conflictiva y, a la vez, abierta, tolerante, hospitalaria. Amigable, cuando quiere.

Madrid tenía esa capacidad: cuando quería, convertía cualquier paseo inocente en una experiencia existencial. Tenía esa habilidad: apagar el día de golpe, como si alguien accionara un interruptor invisible.

—Te dije que no los olvidaras —dijo ella.
—También dijiste que no iba a llover —respondí, empapado y con razón.

La llovizna empezó a caer de forma irregular, como si dudara. Apresuramos el paso y, sin saber muy bien cómo, acabamos en una calle que no recordaba. No era especialmente oscura ni peligrosa; pero trasmitía incomodidad. Las fachadas eran demasiado altas, las ventanas demasiado simétricas. Muy raras. Todo parecía diseñado por alguien que había oído hablar de Madrid, pero nunca había estado allí.

Seguimos avanzando. La llovizna se volvió más insistente y las luces de la calle parecían titilar, como si dudaran de su propia existencia. De repente, apareció ante nosotros una tienda pequeña, sin carteles ni avisos, con un escaparate antiguo. Dentro había relojes. Muchos relojes. Todos marcando horas distintas, como si se hubieran puesto de acuerdo para no coincidir en nada.

—Esta calle no estaba antes —dije, dudando de si realmente habíamos pasado por ahí.
—Claro que estaba —respondió ella, tratando de darme la contra. Supuse —. Solo que no quiere que la recuerdes.

Seguimos caminando. No había bares, muy raro en Madrid. Ninguno.

El escaparate antiguo llamó mi atención. Tenía el cristal ligeramente empañado desde dentro. En el centro, perfectamente alineados, había varios paraguas.

—Seguro que es una tienda “vintage” —comenté—. Aquí todo lo raro se vuelve caro.

Entonces lo vimos: dos paraguas negros, idénticos a los nuestros, apoyados junto al mostrador.

—¿No habíamos olvidado solo uno? —preguntó ella.
—Yo juraría que eran dos… aunque también juraría que estoy desorientado —respondí.

Entramos.

—Mira —dijo ella—. Ahí están nuestros paraguas.

El interior olía a polvo, a humedad, a algo parecido al café añejo, a tiempo mal guardado. Detrás del mostrador había un hombre mayor con una expresión cansada, como si llevara mucho tiempo ahí parado, atendiendo clientes que no sabían lo que buscaban.

—Llegan tarde —dijo sin mirarnos, mientras con una mano alisaba sus bigotes.
—Es una costumbre —respondí con algo de sarcasmo mal disimulado.

Miré mi reloj. No funcionaba. El de mi mujer tampoco.

—Perdone —dije—, ¿qué hora es?
—Depende de cuánto tiempo lleven perdidos.

El hombre señaló la pared. Realmente eran muchos relojes. Todos marcaban horas distintas. Me llamó la atención uno que iba hacia atrás con determinación.

—Ese es el nuestro —pensé.

Me acerqué al reloj que retrocedía. Cada segundo parecía esforzarse por escapar del presente.

—¿Esto es una relojería? —pregunté.
—Más bien un punto de recogida —respondió el hombre—. De cosas olvidadas.

A veces —añadió— no vienen a recogerlas, sino a comprobar si todavía les pertenecen.
—¿Como paraguas? —dije.
—Como decisiones, voluntades, intenciones —añadió él, con una sonrisa mínima.

Mi mujer suspiró.

—¿Entiendes? Por eso no me gusta entrar en tiendas raras.

Mi mujer y yo nos miramos. Yo estaba a punto de hacer una pregunta cuando ella se adelantó.

—¿Tiene baño?

El hombre señaló una puerta. Mientras ella se alejaba, me acerqué al escaparate interior y vi algo inquietante en el espejo del fondo. Nuestro reflejo estaba allí… pero discutía. Yo señalaba una calle invisible. Ella negaba con la cabeza. Era una discusión claramente pasada, aunque juraría que aún no la habíamos tenido hoy.

—Oye —le dije al verla volver—, creo que estamos viviendo una realidad alternativa.

Ella miró el espejo y frunció el ceño. Al parecer no vio nada.

—Esa costumbre de imaginar cosas da vergüenza. — dijo, levantando ligeramente la voz.

El hombre carraspeó.

—Si no eligen pronto, se quedarán.
—¿Quedarnos dónde? —pregunté.
—Aquí —respondió—. Como otros.

Miré alrededor. Por primera vez noté que algunos paraguas parecían… usados. Muy usados.

Mi mujer me agarró del brazo.

—¡Vamos! ¡Ahora! —casi gritó.

Cogimos un paraguas al azar y salimos casi corriendo. La puerta se cerró sola, con un sonido suave, definitivo.

De pronto, estábamos otra vez en la Gran Vía, llena de luces, gente y ruido. La lluvia había cesado como si nunca hubiera existido. Estábamos de nuevo en una calle conocida. Tráfico. Gente. Un bar abierto. Madrid respirando con normalidad.

—Lo has visto todo, ¿verdad? —pregunté.
—Sí —respondió ella—. Y no pienso hablar de ello hasta después de cenar.

Abrí el paraguas. Era negro, normal… salvo por una pequeña etiqueta en el interior.

“Uso recomendado: repetido”.

—Mujer… —empecé.

Recordé otras etiquetas: “Martes”, “Decisión equivocada”, “Mejor no haber salido”, “Viernes”.

—Ni una palabra —me interrumpió—. Si ese paraguas se vuelve a perder, no pienso ir a buscarlo.

Seguimos caminando en silencio. Demasiado, tal vez. Como muchas veces.

Fue entonces cuando lo noté.

Nuestra sombra, proyectada en el suelo por la luz de una farola, caminaba unos pasos por delante de nosotros. No imitaba del todo nuestros gestos. A veces alzaba el brazo antes de que yo pensara en hacerlo. A veces se detenía cuando aún seguíamos avanzando.

Me paré en seco.

La sombra dio un paso más.

—No —dije, sin saber a quién.

Sentí una presión absurda en el pecho, una urgencia sin nombre. Pensé en la tienda. En los relojes. En el hombre detrás del mostrador, inmóvil. Pensé que quizá no habíamos salido, que solo habíamos elegido una versión más cómoda del extravío.

—Mujer… —susurré.

Ella miró al suelo. No dijo nada. Solo apretó mi mano.

La sombra se detuvo.

Nosotros no. Estábamos corriendo

Y, por primera vez en toda la noche, tuve la incómoda sensación de que no éramos nosotros quienes regresábamos a casa…

sino una copia de nosotros que había decidido hacerlo esta vez mejor.

 

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