Hay silencios que no están vacíos.
Dejo una invitación a detenerse y leer despacio,
como quien camina de noche y aprende a confiar en lo que no ve.
Si algo de este poema te
habló,
quizá no fue la noche,
sino tu propia forma de escuchar.
Lo que el silencio cuenta
Pablo Rodríguez Prieto
La noche no cae de golpe.
Primero llega el viento.
Anda sin pies entre los árboles,
roza las hojas
y dice shhh…,
como avisando
que hay que escuchar.
Después, desde el monte,
se oye al urcututo:
ur–cu–tu–tu-tu-tu…
Dicen que no canta,
que vigila.
Que su voz cuida la oscuridad
para que nada se pierda.
Abajito, casi sin verse,
el grillo sostiene la noche:
cri–cri–cri…
Es pequeño, pero constante,
como un corazón
que no se cansa.
Y cuando todo ya está
sonando,
llega algo más fuerte que el ruido:
el silencio.
No se oye…
pero manda.
El viento se queda
quieto,
el urcututo cierra la voz,
el grillo respira.
Entonces, la noche enseña
su lección,
esa lección aprendida
en algún requiebre del camino:
Estás cerca de los ojos,
pero lejos del corazón.
Por eso hay que escuchar
despacio,
porque no todo lo que se ve se siente,
y no todo lo que calla
está vacío.
Y así, cuando el silencio
se va,
la noche sigue…
pero ya no es la misma.
Siempre espera
que alguien la lea
y le cuente
lo que el silencio dijo.

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