El desembarco debía ser rápido y silencioso: una lancha, un cargamento de mariscos y una señal de luz en la costa. Pero esa noche el mar se comporta de manera extraña, como si hubiera dejado de obedecer a los hombres. Adrián, patrón de la embarcación, insiste en avanzar hacia una costa que siente cercana aunque no logra ver, mientras el viento, las olas y la avería de la brújula los desvían mar adentro. Cuando por fin aparece la señal convenida, una última embestida los obliga a elegir entre la carga y la vida. Obligados a arrojar al agua aquello que transportan, los hombres quedan a la deriva hasta que el mar, ya apaciguado, los deposita en la orilla. Sin botín y sin certezas, Adrián intuye que la noche no fue solo una tormenta: fue la voluntad de un mar que decide qué puede cruzar y qué debe regresar a su fondo.
El desembarco
Pablo Rodríguez Prieto
El desembarco estaba
previsto para la medianoche, pero el mar no parecía dispuesto a obedecer
horarios humanos. Desde hacía horas respiraba con violencia, levantando lomos
negros que se cruzaban bajo una luna pálida. Adrián observaba el horizonte con
el largavista pegado al ojo y el sabor salado del viento en la lengua. No veía
nada. O peor: veía demasiado movimiento donde debería haber calma. No buscaba
la costa: buscaba una señal de quietud que no llegaba.
Había algo extraño en el
agua: no era el oleaje, no era el viento. Era una incomodidad más honda, como
si el mar estuviera tenso por dentro.
—No me gusta —murmuró.
Nadie respondió. El
motorista seguía aferrado al timón, con los hombros tensos, corrigiendo cada
sacudida. José, arrodillado junto al cargamento, pasaba la correa una vez más
alrededor de los sacos húmedos.
—Aprieta bien eso —ordenó
Adrián sin bajar el largavista—. Si se suelta uno, se sueltan todos.
José tiró de la correa
con rabia.
—Como si no lo supiera.
La lancha subió por el
lomo de una ola y cayó con un golpe seco que hizo crujir la madera. El agua
entró por la borda y les empapó las piernas.
—¡Mierda! —escupió el
motorista—. ¡Esto se está poniendo peor!
—Esto está cambiando
—dijo José—. Nos está sacando.
Adrián bajó el
largavista. Miró la oscuridad donde debía estar la costa. No la veía, pero la
sentía. O quería sentirla. Había navegado ese tramo desde joven, cuando
acompañaba a su padre en la misma lancha, oliendo el mismo salitre. Entonces el
mar era duro, sí, pero reconocible. Esa noche no lo reconocía.
Se llevó la manga de la
camisa a la cara y no supo si se secaba sudor o agua de mar. Pensó en la deuda.
Pensó en los días sin pesca. Pensó en la veda y en su mujer, que ya no
preguntaba cuándo volverían las buenas semanas. El mar oscuro alrededor parecía
escuchar esos pensamientos como si le pertenecieran.
Maldijo en voz baja.
El resplandor de la luna
se alargó de pronto sobre el agua, temblando como un camino. El corazón le dio
un salto.
—¿La viste? —preguntó.
—¿Qué cosa? —dijo José.
El reflejo se quebró y
desapareció.
—Nada.
Bajó el largavista. Falsa
alarma. Solo la luna jugando con el agua. Maldijo en silencio. Aquella noche
parecía burlarse de ellos.
El viento giró y la
lancha comenzó a bambolearse con mayor violencia. Las olas llegaban de costado,
traicioneras. El motorista corregía una y otra vez, pero la proa se desviaba.
—Nos está sacando —dijo—.
Nos está sacando hacia afuera.
—No —dijo Adrián—. La
costa está ahí.
No la veía, pero la
sentía. O quería sentirla.
Pero en ese instante
dudó. No de la dirección: dudó del mar. Como si la extensión negra que los
rodeaba hubiera cambiado de sitio sin moverse.
La ola llegó sin aviso.
Golpeó la lancha de costado y Adrián perdió el equilibrio. Sintió el vacío bajo
los pies y el tirón brutal del agua. Un brazo lo atrapó por la cintura.
Quedaron pegados un
segundo, respirando fuerte.
—¿Quieres matarte? —dijo
José.
Adrián se soltó con
brusquedad.
—Ocúpate del cargamento.
Pero la voz le tembló.
El mar siguió creciendo.
No parecía furioso: parecía decidido.
En lo alto de la
ensenada, el camión había llegado antes del anochecer. Era viejo, de pintura
opaca y faros cansados. Los dos hombres que venían en él comprobaron la
orientación de las luces y luego apagaron el motor. El silencio del lugar los
sorprendió: allí el mar apenas murmuraba.
—Desde aquí no se ve nada
—dijo uno.
—Mejor.
Esperaron un rato
fumando, mirando la oscuridad donde debía aparecer la lancha. No apareció. El
sueño terminó por vencerlos. Se acomodaron como pudieron entre mantas ásperas y
se durmieron con la confianza de quien cree que el mar siempre obedece.
En la lancha, la brújula
estaba llena de agua. La aguja temblaba sin fijarse.
—No marca —dijo el
motorista.
Adrián la sacudió. Nada.
—Sigue recto.
—¿Recto hacia dónde?
Adrián no respondió.
—Estamos girando —dijo
José en voz baja.
La discusión quedó
suspendida porque otra ola los levantó como si fueran una astilla. La lancha
subió, subió y luego cayó en un hueco negro. Los sacos se desplazaron con un
ruido sordo.
—¡Se mueve! —gritó José.
Se lanzó sobre ellos,
tirando de las correas. El motorista peleaba con el timón. El motor tosió.
—¡Que no se apague!
—rugió Adrián.
Entonces vieron la luz.
Un parpadeo breve en la
costa. Lejano, pero real.
Los tres la vieron.
—¡Ahí! —gritó el
motorista.
—¡La señal! —dijo José.
Adrián sintió un alivio
brutal, casi doloroso, pero también algo más: la certeza de que el mar había
permitido ver esa luz. Como si la mostrara y la retirara a voluntad.
—¡A esa dirección!
Pero el mar aún no había
terminado.
La siguiente ola llegó
como un muro. No la vieron formarse: simplemente estuvo allí, más alta que
todas, más pesada. Los levantó y los arrojó. La lancha se inclinó hasta casi
volcar. El agua entró a torrentes. Uno de los motores se apagó con un chasquido
ahogado.
—¡No! —gritó el
motorista.
Quedaron a merced de la
siguiente embestida.
—¡Aligera todo! —ordenó
Adrián.
José lo miró. Quedaron un
segundo suspendidos en el aire.
Adrián miró el mar.
Sintió, con una claridad inexplicable, que aquello que llevaban no debía cruzar
esas aguas. Como si el mar conociera la veda mejor que ellos.
—Todo —reiteró,
resignado.
Cortaron las correas. Los
sacos rodaron y desaparecieron en la oscuridad. Mil kilos de mariscos tragados
sin ruido. El mar aceptó la ofrenda y siguió golpeando.
Con un solo motor, la
lancha apenas respondía. Intentaron avanzar hacia la luz. Otra ola los levantó
y los dejó caer en un vacío que les arrancó el aire. Algo crujió. El motor
restante murió.
Quedaron inmóviles.
Solo agua, viento y
oscuridad. Ninguno habló. Se aferraron a la madera. El siguiente golpe no
llegó. La lancha, contra toda lógica, se mantuvo a flote. La corriente comenzó
a arrastrarlos a la deriva.
Adrián miró el mar
alrededor. Sintió que ya no luchaba contra él. Era como si el mar hubiera
tomado una decisión y ahora simplemente los llevara.
La orilla apareció horas
después, gris, como si el mundo estuviera cansado. La lancha encalló con un
roce blando. Ninguno tuvo fuerzas para moverse enseguida. Cuando al fin tocaron
arena, cayeron de rodillas y luego de espaldas, respirando como animales exhaustos.
El amanecer apenas
empezaba. Adrián se incorporó y miró el agua. El mar respiraba tranquilo, como
si nunca hubiera ocurrido nada.
Cerró los ojos.
—Terminó —dijo.
Nadie respondió.
Tanto esfuerzo para nada.
Adrián volvió a mirar el
mar.
No supo si aquella noche
los había castigado
o simplemente había recuperado lo que era suyo.

Comentarios