domingo, 6 de noviembre de 2016

El Gringo

Recuerdo, cierro los ojos y vuelvo a vivir. Llegan a mí, la fragancia que trae el viento, el olor a hierba fresca recién cortada, el calor de la tarde, la risa de mis amigos, los colores del atardecer, el color de nuestras casas y el color de mi cometa.

Estábamos en Agosto y por esta época todos los años llegaban los hijos del gringo Eglinton, un hombre delgado y de eterna sonrisa que vivía con su esposa y la mayor parte del año acompañado de dos enormes perros muy flacos como el dueño, excepto en esta época cuando sus dos hijos llegaban desde Inglaterra a visitarlos. ¿Dónde queda Inglaterra? Pregunté una vez en casa y me dijeron, muy cerca de España…ummm y ¿dónde queda España?, donde nació el abuelo, escuche decir.

Después de almuerzo, el calor era intenso, los mayores hacían la siesta, por lo que era la mejor hora para nosotros. Todo estaba permitido, nuestras casas nunca se cerraban y todos entrabamos y salíamos a la que quisiéramos. Sentado en el suelo el “gringo”, que era como llamábamos a nuestro ilustre visitante, se dedicaba a atender nuestros requerimientos. Al parecer él nos entendía, pero siempre nos respondía en inglés, idioma que nadie entendía y que solo nos causaba risa por la forma que lo pronunciaba. Comprábamos el “papel cometa” en la tienda de doña Lucha, a peseta el pliego y el vuelto en caramelos.

Terminado el primer encargo era el “gringo” quien la hacía volar, una vez en el aire lo entregaba a su dueño tras el pago de una moneda de cualquier valor que él lo recibía de muy buena gana, tras lo cual se sentaba nuevamente en el piso para reanudar su labor. Frente a nuestras casas la calle tenía una ligera pendiente donde, para suerte nuestra, coincidentemente corría una brisa de aire que nos permitía correr unos metros y con mucha facilidad hacer volar nuestras cometas.


Esa tarde me tocó ser el último en recibir el juguete, era la más grande, la más vistosa y la más colorida. Había usado para las alas y para la cola los retazos de papel de los demás trabajos, era para él un experimento que le dio placer hacerlo. Se paró levantando la cometa que era de su tamaño, corrió un poco y todos quedamos boquiabiertos cuando el viento la levantó con suavidad y balanceándose de un lado a otro comenzó a tomar altura. Jugó con ella un rato, quitándole y dándole “hilo”, sonreía y saltaba de alegría, luego me llamó por mi nombre y me entregó el ovillo que sostenía la envidia de todos los chicos del barrio. Uno por uno cogía un momento mi cometa y se retiraban sin que yo me diera cuenta. Ya atardecía cuando escuché la voz de mi madre, decidí ignorarla un poco y el tiempo voló.

Te tienes que bañar, escuche decir a mis espaldas y ahí estaba también mi madre embelesada con el objeto que volaba para el deleite y placer de quien tuviera la suerte de ver tan bello espectáculo. La cometa cascabeleaba con el viento “pidiendo más hilo”, yo la complacía y desenredaba el ovillo sin medir consecuencias. De pronto el hilo se soltó de mi mano y se alejó de mi alcance en un abrir y cerrar de ojos. Corrí tratando de recuperarla pero ya era tarde, no logre asirla.

A la distancia el hilo se enredó en alguna rama de árbol distante y ahí se detuvo. Siguió volando con elegancia, la noche estaba llegando, mi madre cogió mi mano y los dos consternados nos alejamos.

Así es la vida pues...