Fiestas Julianas

Era el mes de julio, nos enteramos por que se anunciaba un desfile en honor de la patria. El tío Bernabé nos pidió que alistemos nuestras mejores ropas para ese día. Era feriado y en el pueblo se pudo ver mucha gente, muchas de ellas foráneas, llegaron para hacer negocio, y animar las fiestas según decían.

Cerca del muelle se apostaron vendedores de frazadas, colchas y ponchos. Más allá una señora ofrecía faldas, blusas y camisas. Junto a ellos había más improvisadas mesas, repletas de mil cosas variadas, como banderitas, escarapelas y gorros de color rojo y blanco predominantemente; figuritas y láminas con rostros que jamás había visto, una señora nos dijo que eran los próceres de la independencia y que el más grande era San Martín, no quisimos saber nada con los sanmartincitos, pues el que nosotros conocíamos era el látigo que la tía usaba para castigarnos frecuentemente.

Caminando entre ellos, pudimos encontrar una mesa repleta de panes, confites, alfeñiques, suspiros, bolas de melcocha y canchita acaramelada. Miguelito fue el que los descubrió y fue el primero en querer cogerlos, se sorprendió porque la señora que estaba junto a tanta golosina le cogió la mano justo cuando intentaba tomarlos, se asustó y terminó escondido detrás de Oswaldo, miraba con desconfianza a la señora que lucía dos trenzas negras, largas y gruesas. Nos quedamos mirando tanta maravilla por un buen rato y luego continuamos nuestro recorrido. No pudimos saborear nada, finalmente nada sería más rico que las golosinas que nos daba la señora de la cocina.

En el desfile marcharon los escolares que asistían a las dos escuelas del pueblo. Con pasos desordenados pero llenos de fervor continuaron el desfile los trabajadores del muelle y también una delegación de la hacienda “Casa Grande” que había llegado en el tren muy temprano por la mañana. El desfile era amenizado por una banda de músicos vestidos con llamativos colores que entre música y música tomaban unos enormes jarros de chicha. El desfile terminó antes de medio día, sin embargo los pobladores y la gente que llegó de visita, continuó por las calles durante toda la tarde hasta que llegó las primeras horas de la noche, hora donde pude ver que muchos de ellos dormían a pierna suelta, tirados en el suelo por cualquier lugar.

Cuando volvíamos a casa, acompañados por nuestros primos y la tía Lucrecia, en una casa junto a la nuestra, un señor se tambaleaba tratando de orinar. La tía nos pidió que apresurásemos el paso, pero Raúl se dio cuenta de lo que estaba tratando de hacer y le llamó la atención pidiéndole que no se orine ahí. El señor que estaba en alarmante estado de embriaguez, recién se percató de nuestra presencia, volteó para ver quien le hablaba mostrándonos sus flácidos genitales, mientras seguía esparciendo en forma desordenada sobre sus pantalones, zapatos y alrededores el apremiante líquido que no paraba de salir. Dijo algunas frases entrecortadas de las que solo pude entender “Felices fiestas julianas”. La tía salió despavorida cogiendo fuertemente en cada mano a Néstor y Ángela, sus hijos. A mí me pareció graciosa la actitud de este hombre y me paré para ver que seguía haciendo ese infeliz; un hilo de saliva verdosa corría por la fisura de su boca, mientras los ojos luchaban por mirar en la misma dirección.

La tía tuvo que volver para sacarme de allí de un jalón. Mientras lo hacía, logré preguntarle si había visto como orinaba ese señor. Me cayó un coscorrón, mientras exigía que me callase. “Es un vulgar y ordinario demonio que se cruza en nuestro camino”, dijo con los ojos desorbitados de rabia. “Que descarado” concluyó.

Comentarios

Ana Márquez ha dicho que…
Buena prosa, amigo, buena prosa :-) Saludos!
Elizabeth Quezada ha dicho que…
Jocoso, coloquial y costumbrista... Buena narración con excelente uso de la descripción y la caracterización de personajes... me encantó
Maripaz Brugos ha dicho que…
Entrañable relato muy bien escrito.
Un saludo
Mery Larrinua ha dicho que…
Me ha gustado mucho!!!
un abrazo

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