En Ilusión, Pablo Rodríguez Prieto nos conduce a un pueblo caluroso y polvoriento donde la llegada inesperada de una caravana de gitanos irrumpe en la rutina de un niño. Entre faldas coloridas, carpas multicolores y olores intensos, surge la figura de una niña que parece demasiado perfecta para ser real. A partir de ese instante, la frontera entre la realidad y la fantasía se difumina: ¿es ella un recuerdo, un sueño, o apenas una ilusión? Con una prosa sencilla y cargada de atmósfera, el relato captura la magia efímera de la infancia y la marca imborrable de aquello que, aunque desaparezca, nunca deja de habitar en la memoria.
Ilusión
Pablo Rodríguez Prieto
Los gitanos llegaron cerca del mediodía al pueblo. Muchos curiosos se
arremolinaron para ver qué hacían. El calor era intenso; el sol brillaba con
fuerza y hacía mucho tiempo que no llovía. Una nube de polvo se levantaba
cuando, de un camión destartalado, caían bultos amarrados con formas tan raras
como los rostros de esos personajes.
Logré contarlos: seis hombres, con el torso desnudo y sudando a mares,
trabajaban sin descanso. Ocho mujeres con faldas enormes y de colores chillones
cuidaban de cinco niños y de una sola niña. Pero no era una niña cualquiera:
era la más linda del mundo. Corría de un lado a otro mostrando un hermoso
vestido, su cabello dorado y sus ojos color miel. Saltaba con un pie y luego
con el otro, trepaba a un bulto y de allí pasaba al siguiente. Su falda volaba
con el viento. Hipnotizado, seguía sus movimientos hasta que los varones
levantaron una carpa de rayas multicolores —como sus vestidos— y en ella
entraron las mujeres, los niños y, claro, también la niña.
Regresé a casa sin entender cómo había pasado el tiempo. Mi madre me regañó
por llegar tarde al almuerzo y, más tarde, la maestra hizo lo mismo cuando
entré al salón. La clase ya había empezado. Me senté rápido, fingiendo atención
mientras mi mirada se perdía en el techo. De pronto, volví a la realidad: la
maestra estaba junto a mí, golpeando suavemente mi carpeta con una regla y
mirándome con gesto severo. Había, de pronto, dejado de ser la hasta entonces
dulce maestra. Ordenó que me pusiera de pie frente a mis compañeros, y allí me
dejó hasta la hora de salida. Antes de marcharme me pidió quedarme para
conversar. No recuerdo qué dijo, pero sí recuerdo mi respuesta constante:
—Nada, nada, nada.
Molesto por el contratiempo, temí llegar tarde donde estaban los gitanos.
Monté mi pequeña bicicleta y pedaleé con furia. En el trayecto, frente al cine
más grande del pueblo, vi a dos mujeres gitanas con faldas largas. Una joven, delgada
y esbelta, la otra mayor y robusta. Forzaban una sonrisa a los transeúntes e
intentaban cogerles las manos. Me detuve un instante: creí que me reconocían,
pero me dieron la espalda y continuaron con su juego.
Al llegar a la carpa busqué a la niña que había trastornado mis
pensamientos. Rodeé el lugar, pero no la encontré. La noche caía y recién
entonces fui consciente de que me esperaba otra reprimenda.
Aquella noche fue larga… o tal vez muy corta. Pensé en ella, la imaginé de
mil maneras. Soñé con la niña que saltaba, jugaba y alborotaba mis
pensamientos. Al amanecer, más temprano que nunca, tomé un veloz desayuno y
monté mi bicicleta rumbo a la escuela, no sin antes pasar por la carpa. No pude
verla. Triste y desconsolado llegué al portón del colegio, que ya estaba cerrado.
Toqué el timbre, resignado a la sanción que me esperaba.
Durante las horas de clase tomé una decisión: debía hacerlo o moriría con
la duda. ¿Esa niña era real o solo producto de mi imaginación? ¿Estaba en este
mundo o en mi mente? No podía esperar más. Tenía que verla.
Monté mi bicicleta y solo la dejé al llegar a la carpa. Busqué por todas
partes y nada. Entonces descubrí otra carpa unida a la primera, a la que se
accedía por una cortina. El sonido de unos tambores llegó hasta mí. Me acerqué,
pero una mano me sujetó de los hombros. Era uno de los hombres, torso desnudo y
peludo, que me habló en una lengua extraña, con furia. Me señaló un banco y
ordenó que me sentara. Obedecí sin apartar la mirada de la cortina. Un olor
agrio, mezcla de sudor, orines y hierbas, me hizo estornudar. Imaginé que ella
salía de la otra carpa y, tomándome de la mano, huíamos juntos sin detenernos.
Estaba febril, delirando.
Desperté de mi ensueño con la voz de mi hermana, dos años mayor que yo.
Airada, reclamaba la bicicleta que yacía cubierta por una manta sucia. Los
gitanos, en un castellano torpe, se negaban y la empujaban hacia la salida.
Pero ella, decidida, entró, arrojó las mantas al suelo, arrastró la bicicleta y
me cogió de la mano. Tras patear el banco donde yo estaba sentado, no me soltó
hasta que estuvimos muy lejos. Yo callaba, avergonzado y furioso, obedeciéndola
sin decir nada.
A la mañana siguiente no quise desayunar ni tenía ganas de ir a la escuela.
De mala gana monté la bicicleta, decidido a no pasar por la carpa de los gitanos.
Pero más pudo mi falta de voluntad. Al llegar al lugar, frente al mercado y
detrás del lujoso hotel, encontré solo un descampado vacío. Los gitanos habían
partido tal como llegaron: sin anuncios, en silencio.
Me quedé largo rato con la bicicleta apoyada en el suelo, mirando el
espacio vacío, como si todavía pudiera verla correr entre los bultos. Me
pareció escuchar una risa lejana, una risa que se alejaba, que se perdía en la
distancia. De pronto, el viento levantó un torbellino
de polvo y luz. Un remolino ascendió lentamente y en él brillaba
un destello de su cabello dorado. El olor de las hierbas, el eco de los
tambores y el fulgor de aquellos ojos color miel todavía vibraban en mí.
Entonces comprendí que quizás esa niña nunca había existido, o que existía
solo para mí.
Una ilusión, sí, pero tan real que desde aquel día supe que hay recuerdos que
no se borran, que nos acompañan para siempre, aunque solo vivan en los sueños. Yo
la había visto. Y con eso me bastaba.
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