El juego de la memoria

María José y su marido han convertido el bingo en un ritual compartido, una pausa luminosa en la rutina de los días. Pero poco a poco, en los pliegues de lo cotidiano, comienzan a filtrarse grietas: olvidos breves, gestos desorientados, caminatas sin rumbo. En un relato íntimo y sobrio, El juego de la memoria nos sumerge en la fragilidad de los recuerdos y la dignidad de quien, sin comprender del todo su extravío, intenta seguir viviendo con ternura, belleza y silencio. Una historia donde la nostalgia, el amor y el desconcierto conviven en la misma jugada.

El juego de la memoria es un cuento realista sobre la pérdida de la memoria y los rituales cotidianos que sostienen lo que somos, incluso cuando ya no recordamos por qué.


El juego de la memoria

Pablo Rodríguez Prieto

Desde hacía ya mucho tiempo, estaba acostumbrada a disfrutar, junto a su marido, del juego del bingo. Al menos dos veces por semana asistían juntos a distintos locales, donde jugaban con tres o cuatro cartones cada uno. Casi nunca ganaban, y cuando lo hacían, los premios eran pequeños. Aun así, persistían con la esperanza de que, algún día, se llevarían uno de los premios fabulosos que siempre se anunciaban en la entrada.

Una mañana, María José se levantó sin saber qué hacer. Vagó por la casa en pijama y descalza, con el cabello desordenado y la mente en blanco. Abrió la puerta que daba a la calle y salió. Caminó media cuadra, sin saber hacia dónde iba, y regresó. Su marido, al oír que abría la puerta, se acercó. Al no encontrarla, salió a buscarla. Se sorprendió al verla deambular sin rumbo.

La increpó severamente, con la fuerza de la sorpresa y el cariño que sentía por ella.
Ella lo miraba desorientada. No encontraba explicación a lo ocurrido; nunca entendió qué pasó.

En vísperas de las grandes festividades, los premios del bingo se volvían más tentadores. Se acercaban las Fiestas Patrias, y uno de los premios era un pasaje para dos personas a una isla paradisíaca, con todos los gastos pagados. María José y su marido contemplaban aquel afiche con codicia, esperando con ilusión la fecha en que se jugaría. Para ellos, era un hermoso sueño que les gustaría poder disfrutar.

Días después, al salir de compras al supermercado, María José olvidó por completo a qué había ido. Revisó su cartera, tomó las llaves y las volvió a guardar. Al pasar frente a un espejo, en la sección de muebles, se sobresaltó al verse reflejada. Observaba a la gente a su alrededor, pero nadie le resultaba familiar. Caminaba lentamente, tratando de comprender qué hacía allí. No recordaba nada. Comenzó a temblar de miedo. Vagó por los pasillos sin rumbo y, finalmente, volvió a casa sin haber comprado nada. Decidió no contarle nada a su marido. Él nunca llegó a enterarse. Sin embargo, ella se interrogaba en silencio, sin poder entender qué le estaba ocurriendo.

Los días en que asistía al bingo con su esposo se sentía protegida, incluso feliz. No solo disfrutaba del juego: también valoraba la compañía de aquel hombre que pasaba tantas horas fuera por trabajo. Pero cuando se quedaba sola, su mente se llenaba de recuerdos borrosos, escenas lejanas que —al menos eso creía— pertenecían a tiempos remotos. Y al recordarlos, su ánimo oscilaba entre la melancolía y la ira, de la tristeza a la furia.

Cada vez que salía rumbo al bingo, se transformaba en una mujer dulce, tierna y afable. Al volver, poco le importaba si habían ganado o perdido; se mantenía contenta. En cambio, su esposo, si perdían, regresaba malhumorado y furioso. Ella lo miraba con indiferencia, sin comprender su reacción. Esta vez cerró los ojos y recordó el primer premio que ganaron: una cajita de té. El se la entregó con reverencia exagerada, como si fuera una joya.

María José ya no era joven. Las primeras arrugas comenzaban a surcar su rostro, pero su carácter conservaba la dulzura de una mujer recién enamorada. Aceptaba con calma, siempre con una sonrisa, todo lo que su marido proponía.

Llegado el día del esperado sorteo por los pasajes soñados, él le anunció que no podrían asistir: el trabajo se lo impedía. Ella sonrió, sin decir una palabra. Al parecer, le daba lo mismo. Aquella mañana desayunó con él como de costumbre, lo despidió en la puerta y luego regresó a la cama, donde durmió hasta el mediodía. Al caer la noche, se dio una larga ducha caliente, se puso un elegante vestido azul noche, adornos cuidadosamente elegidos, y subió a unos zapatos de tacón alto. Salió sola rumbo al bingo.

Al llegar al local, dos simpáticas anfitrionas —que la habían visto en otras ocasiones, siempre acompañada— se sorprendieron al verla tan arreglada y sola. La condujeron a una mesa cercana. María José, visiblemente emocionada, compró seis cartones y los desplegó frente a ella. Estaba decidida a ganar el premio mayor. Pero, cuando comenzaron a cantar los primeros números, sintió de pronto la necesidad de ir al baño. Fastidiada e incómoda, intentó ignorarlo, aunque el mal humor comenzó a apoderarse de ella. Finalmente, urgida, empujó los cartones y se levantó. Sin dirigirse a los sanitarios, salió del local y empezó a caminar sin saber hacia dónde.

Después de una cuadra, intentó volver, pero ya no sabía para qué ni hacia dónde debía ir.

La noche estaba fresca. Mientras avanzaba, intentaba orientarse, pero no lograba reconocer nada. Los zapatos le incomodaban, así que se los quitó y los llevó en la mano. Se detuvo ante un semáforo, intentando recordar el camino a casa. El deseo de sentirse segura creció en ella, pero no sabía cómo regresar. Dejó los zapatos sobre una banca del paradero y rebuscó en su cartera, esperando encontrar algo que le diera una pista. Pero todo le parecía ajeno. Cuando el semáforo cambió, siguió caminando, olvidando los zapatos. Al darse cuenta, se detuvo, miró hacia atrás y vio a un policía. Su primera reacción fue pedir ayuda, pero al acercarse, sintió pánico y echó a correr. Ahora huía, y tampoco entendía por qué.

La noche avanzaba y las calles se vaciaban. Jadeaba al respirar. Se asustaba ante la figura de cualquier transeúnte, cada vez más escasos. Creía reconocer algunas calles, y a cada paso pensaba que encontraría su casa, sin saber que, en realidad, se alejaba más y más. Finalmente, llegó a una plaza y se sentó en una jardinera. No pudiendo contener el miedo, comenzó a llorar.

No supo cuántas horas pasaron. Cansada, se quedó dormida, escondida entre las plantas. Una ardilla que bajó de un árbol la despertó con un chillido junto al rostro. Un sol tibio asomaba entre los edificios cercanos; los primeros viandantes la miraban sorprendidos. Asustada, se incorporó y reconoció el lugar. Alguna vez había estado ahí. Buscó sus zapatos, pero no los halló. Sintió vergüenza y caminó con lentitud, procurando no llamar la atención. Sus recuerdos —ingratos y esquivos horas antes— comenzaban a regresar. Comprendió entonces que estaba lejos de casa.

Abordó un taxi y, con sorprendente seguridad, indicó la dirección. Regresaba confundida, inquieta por no poder pensar con claridad. Mientras el auto avanzaba, María José apoyó la frente contra la ventana y cerró los ojos. Afuera, la ciudad pasaba como un sueño que volvía a recordar. Esa noche su esposo no estuvo en casa, nadie la esperaba.

Estaba de vuelta, una vez más.





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