De madrugada
La partida del bus estaba
atrasada, por razones que nunca nos dieron. Antes de abordar, rodeados de
familiares de los viajeros, vendedores de golosinas, bultos, maletines y
mochilas, cada uno trataba de entender la razón de la demora. Finalmente por
una de las puertas de embarque anunciaron nuestro viaje. Con identificación
en mano, la larga cola de fastidiados
pasajeros fue ubicándose cada uno en su asiento.
En la segunda fila de asientos un
señor subido de peso llevaba una camisa blanca muy llamativa, que durante la
espera conversaba con varias personas, en la mano llevaba un manojo de tarjetas
que repartía a diestra y siniestra. Al tocarme pasar cerca de él, me entregó
una de las consabidas tarjetas, la tomé
y avancé en busca de mi asiento. Al ubicarme, miré la tarjetita y pude entender
que ofrecía seguros, con cierta indiferencia la guardé, pero en mi retina quedó
la imagen que contenía e involuntariamente la volví a ver, mercadotecnia pensé
y la volví a guardar.
Junto a mí, se sentó una señora joven
relativamente, que llevaba un enorme maletín que no encontraba forma de poder
ubicarlo. Trató de varias maneras y lugares y no cabía por ninguna parte, al
notar mi incomodidad me pidió disculpas, le dije que no se preocupara y le
sugerí que tratara de meterlo debajo de su asiento, lo intentó y logró
introducir solo la mitad del bulto y se sentó prácticamente encima del enorme maletín.
Salió el bus del terminal y lo
primero que hizo, fue recoger más personas que con el vehículo en marcha lenta
subieron “al vuelo”. Los que habíamos abordado dentro del terminal nos
incomodamos por varias razones, la principal fue que nadie identificó a los que
subían, cuando hacía solo unos minutos, a todos nos amenazan con no poder viajar
si no portábamos nuestro documento de identificación en la mano. Nadie se dio
por enterado de nuestro malestar y el bus se enredó en el tráfico endemoniado
que rodeaba el terminal de camino a la salida de la ciudad.
Un niño lloraba sin cesar y la
madre no encontraba forma de calmarlo, el calor al interior del bus se dejaba
sentir cada vez con más intensidad a pesar que las pequeñas ventanillas estaban
abiertas. El sol se ocultaba en un atardecer caluroso de temporada veraniega.
Tras más de media hora, por fin el tráfico era fluido y el aire fresco aliviaba
la incomodidad de los ya atormentados viajantes.
No pude dejar de tomar en cuenta
que nuestro bus no contaba con servicios higiénicos y tratando de hacer
cálculos, éramos aproximadamente cuarenta pasajeros que partimos a las cinco de
la tarde y que nuestra llegada debería ocurrir, si es que no se presentaban
contratiempos, a las seis de la mañana del día siguiente, catorce horas que
tendría que soportar mal acomodado en esta aventura.
Perdí la noción del tiempo tratando de ordenar mis ideas y pensando en
lo que debería de hacer al llegar a mi destino. Me quedé dormido, escuchando el
llanto del niño y sintiendo el movimiento que hacia mi compañera tratando de
acomodarse sin lograrlo.

Cuando partimos, había una señora
de voz ronca y sonora, muy conversadora, que pude verla cuando se sentó al
centro del vehículo; pude escucharla durante mucho tiempo hasta que me quedé
dormido. Ahora era ella la que se quedó en las escaleras comentando y hablando
lo que nos tocaba vivir, mientras el bus reiniciaba su marcha.
Los choferes indicaron que cerca
había un pueblo y ahí había que dejar constancia en la comisaría del lugar lo
que sucedió. Coordinaron quienes serían los testigos y nuestra compañera de voz
ronca se ofreció voluntaria. Efectivamente, al cabo de unos minutos el bus se
estacionaba en la puerta del establecimiento policiaco. Un policía soñoliento y
mal humorado atendía a los encargados de hacer la diligencia; costó al parecer
bastante trabajo hacerle entender al agente, lo que la mayoría de los pasajeros
pudimos ver. Para certificar lo que se decía cogió la lista de pasajeros y
comenzó a llamar uno por uno, cuando llamó al nombre de Ezequiel Dulanto
Porras, nadie contestó, reitero el llamado y recibió la misma respuesta,
silencio. La señora de voz ronca preguntó por el número de asiento y se acercó
a verificar. Resulto que se trataba de su compañero de viaje que se encontraba
aparentemente bien dormido, lo movieron para despertarlo y se recostó sobre el
otro asiento, en una pose muy rara, rígido. Cundió rápidamente el pánico
provocado por la señora que entró en shock. ¡Está muerto! Gritó.
Pidió el policía que todos los
pasajeros descendieran del bus, para entonces pude ver la hora, eran las 3 de
la madrugada. No sabíamos que había ocurrido, no sabíamos que nos esperaba, lo
que si pude saber es que el muerto tenía el mismo aspecto del hombre que vi
alejarse del bus cuando paró en el desierto.
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