En la madrugada
silenciosa de una ciudad aún dormida, una joven se enfrenta al mayor desafío de
su vida: correr su primera maratón. A lo largo de un recorrido que avanza tanto
por las calles como por su propio interior, el entusiasmo inicial se transforma
en miedo, duda y agotamiento extremo. Cada kilómetro la obliga a confrontar sus
límites físicos y emocionales, hasta descubrir que la verdadera meta no es la
llegada, sino la certeza íntima de ser capaz.
Valiente es un cuento realista e íntimo sobre el
crecimiento, la resistencia y el momento exacto en que una persona decide no
rendirse.
Valiente
Pablo
Rodríguez Prieto
Tres de la
mañana y sonaron las alarmas de los despertadores. Es fácil decir por la noche:
«Mañana me levanto temprano y me alisto para salir a correr». Esta vez,
el sonido del despertador encendió mis alarmas internas. Traté de disimular mis
temores. Encendí la música y, entre bromas y bailes, empecé a alistar mis
implementos para la competencia.
—El desayuno
está listo —escuché.
Mi estómago se
encogió. Preferí continuar haciendo algunas fotografías a mi indumentaria:
zapatillas, medias compresoras, short, polo, gafas... primera foto. Agrégale
los geles, bloqueador, hidratante... bueno, está mejor.
—El desayuno
está listo —volví a escuchar.
—Solo quiero
tostadas y una infusión —respondí.
Cada cosa tenía
un propósito, cada objeto era parte del reto.
El camino hacia la
partida fue silencioso. Nadie hablaba. Todos viajábamos hacia el mismo lugar,
pero cada uno llevaba sus propios miedos. El mío pesaba más que la mochila
invisible que cargaba desde hacía un año.
Afuera, la ciudad dormía
envuelta en neblina.
Quedé sola en
medio de un mar humano.
Intenté estirar
mis músculos, hacer un calentamiento ligero, pero me resultaba difícil. Mi
cuerpo no respondía; estaba muy tensa. Más que indicarme, me empujaron dentro
de un grupo de corredores muy cerca de la partida. Entonces recién pude ser
consciente de que esto había que enfrentarlo de la mejor manera.
Estaba ubicada
detrás de los grupos de élite, lo cual para mí era un honor. Retomé confianza
y, junto a los mejores de la Gran Maratón de Lima 42K 2025, comencé a calentar
con entusiasmo. Hice algunas fotografías, ajusté el reloj y revisé los
pasadores de las zapatillas mientras terminaba de estirar. Me sentía pequeña.
Sé que lo soy, pero esta vez era distinto.
—Pa, ya estoy en
la partida. Hay muchas personas grandes. Todos son mayores, pero tengo la misma
capacidad que ellos. Todo va a salir bien —mandé un mensaje a papá.
Estoy en la
línea de partida, las piernas me tiemblan. Es mi primera maratón. Me siento
confiada. Quiero estarlo. Siento que el trabajo desarrollado durante un año ha
sido muy bueno. Aquí vamos.
Los relojes
oficiales marcaban 5:55 cuando partimos, muy apretados. En los primeros metros
por la avenida Larco, nadie se despegó hasta entrar a la avenida Arequipa.
Corrí con prudencia al inicio, dejando que otros se adelantaran. El
amanecer me recibió en movimiento, con aire frío en el rostro y voces anónimas
alentando desde las rejas. Los primeros kilómetros pasaron amables, casi
indulgentes. Mi cuerpo respondía. Mi mente callaba. El
ambiente era lindo, nutrido, multicolor.
Troté suave los
primeros cinco kilómetros, procurando mantener mi mente en blanco, disfrutar el
paisaje, la gente, la bulla. Al llegar al Parque de las Aguas, el primer giro,
el regreso por la misma avenida, pero esta vez en descenso. Aceleré un poco mi
ritmo hasta el kilómetro ocho. Giro a la derecha para ingresar al parque Ramón
Castilla: lugar lindo, muchos árboles y también mucha gente animando. Segundo giro.
Reingreso a la avenida Arequipa. Ya estamos en el kilómetro once. Todo bien.
Tomo mi primer gel y, de pronto, siento ganas de orinar.
No puede ser. En
el intento de encontrar una solución, aceleré inconscientemente, lo que produjo
que pronto ya estuviera en el kilómetro catorce, entrando al Óvalo de
Miraflores. Los gritos de las personas eran más intensos, animándonos a
continuar. Las ganas de orinar desaparecieron.
Era
ensordecedor: las vivas en parlantes en esta parte del recorrido hasta el
kilómetro dieciséis, donde ingresamos al parque Grau de Miraflores, para
continuar por el malecón con vistas al mar, brumoso a esta hora, hasta el
kilómetro diecinueve. Al girar a la izquierda entramos a la avenida La Paz, por
donde se completaron los primeros veintiún kilómetros.
En este tramo
del camino me sentí más sola que al principio. Los participantes se redujeron
drásticamente. Nuevamente la subida y a repetir el circuito. En el kilómetro
veinticinco, las personas que animaban disminuyeron, sentía el sonido del
viento. El sonido de las pisadas de mis compañeros llegaba a mi oído
acompasadamente.
Los corredores comenzaron
a desaparecer, la ruta se alargó y el ruido se volvió viento. En ese silencio
apareció el miedo. Recordé la fragilidad del cuerpo, una antigua molestia, la
posibilidad de no llegar. Sentí el temblor antes que el dolor.
—Ahora no —murmuré, como
si alguien pudiera oírme.
Seguí corriendo.
Giré en el
kilómetro veintisiete, nuevamente a recuperar tiempo en la bajada. En el
kilómetro veintinueve, al entrar al parque Castilla, recordé que tomé la
decisión de correr la maratón completa luego de culminar la media maratón de
Madrid en abril del año pasado. Desde ahí, el trabajo intenso, acompañado de
las responsabilidades de la universidad, hicieron de mi vida una lucha
constante donde muchas veces pensé en abandonar este proyecto.
Mientras corría
me cuestionaba la hora que decidí esto. Muchos amigos que se habían inscrito
para esta carrera vendieron sus inscripciones o la cambiaron por los 21K, que
era más cómodo. Las dudas me asaltaban y sentí ganas de llorar. Miré a mi
alrededor. Todos corrían en silencio.
El cansancio no llegó de golpe; se infiltró. Las dudas se acomodaron en mi
pensamiento.
—Cada persona es un mundo —recordé las
palabras de papá.
La soledad llegó
después, de verdad.
El kilómetro
treinta y dos lo sentí como un muro. El gran muro del que siempre había
escuchado hablar. Sentí ganas de vomitar, mis piernas flaquearon y, a pesar de
estar en descenso, disminuí mi velocidad. Pensé en abandonar. En regresar a
casa y sentirme abrigada.
Entonces escuché mi
nombre.
Entre la multitud
inmóvil, una voz conocida rompió el hechizo. Era papá.
Me detuve, abracé ese
refugio humano y lloré sin vergüenza. Fue breve, pero suficiente. El mundo
volvió a ordenarse.
—Vas bien, mi
niña. Eres fuerte. Ya falta poco —me dijo, mientras pedía que no pare.
Necesitaba ese
aliento. Ese abrazo.
Los últimos kilómetros
fueron una negociación constante con el dolor. Las piernas ardían, la piel
reclamaba, la vista se nublaba.
Ya no corría: avanzaba
por inercia. Por voluntad. Por algo más profundo que la fuerza.
—Esto se acabó —pensé.
Pero una voz interna me susurraba: «Tú puedes. Falta muy poco».
Kilómetro
cuarenta y uno. A lo lejos distinguí, borroso, el enorme arco de la llegada. Ya
no pensaba, estaba perdiendo la razón. Intenté rematar. El dolor intenso me lo
impidió.
Con trote suave,
lentamente crucé la ansiada meta.
¡Lo había
logrado!
No fue un estallido. Fue
un derrumbe silencioso. Lloré, respiré, sentí alivio. El dolor se disolvió en
una alegría tan intensa que resultaba irreal. Alguien me preguntó si estaba
bien. Asentí. Le dije que todo estaba bien, que estaba
feliz.
—No hay remedio para eso. Disfrútelo — escuché
decir.
Estaba mejor que nunca.
No había ganado una carrera.
Había ganado certeza.
Ese día entendí que la
valentía no es ausencia de miedo, sino la decisión de avanzar a pesar de él. Y
supe, sin duda alguna, que era capaz.
Finalmente, la
voz de papá, nuevamente llamando.
Había terminado
una maratón a los diecinueve años.
Vi todos mis temores rotos en el suelo…
Y no encuentro palabras para describir la alegría de tocar la gloria.

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