Un cachorro llega a una familia que lo recibe con cariño, especialmente Joel, un niño que lo convierte en su compañero inseparable. Pero un pequeño accidente cambia su suerte y termina confinado en el techo de la casa, donde conoce el hambre, el frío, la soledad y el abandono. Mientras crece, el animal se vuelve desconfiado y agresivo, hasta que finalmente es llevado a un corral. Allí descubre un mundo mucho más grande del que imaginaba, aunque también comprende que, una vez más, está solo.
Cachorrito triste es una historia conmovedora sobre el abandono
contada con una mirada aparentemente ingenua y conmovedora. A través de la
experiencia del animal, el cuento cuestiona la fragilidad del afecto humano y
muestra cómo la indiferencia, la soledad y el maltrato pueden transformar
incluso a quien llegó al mundo dispuesto únicamente a querer.
Cachorrito triste
Pablo
Rodríguez Prieto
Mis recuerdos más lejanos están ligados a
esta familia, que supo darme comida y un espacio donde poner mis huesos. No muy
cómodo; después de todo, nunca lo fue, pero sí seguro.
Llegué siendo muy
pequeño, quizá con apenas días de nacido, y me adoptaron con un montón de
caricias que por poco me quitan la vida. Todos querían
acariciarme, cargarme y jugar conmigo. En ese proceso, más de una vez fui a parar al suelo y, gracias al cielo,
siempre caí desde las manos más pequeñas; lo que significaba menos altura
respecto al piso.
Joel, el más travieso y
cariñoso, se peleaba con todos los demás niños por tenerme y decía que yo le
pertenecía. Así también lo creí yo siempre, hasta que un buen día le ordenaron
que me sacara de la casa, pues me había ganado una de mis necesidades fisiológicas.
Fue divertido ver a todos escandalizados por un poco de
caquita. Lo vi divertido y lo repetí.
Lo malo fue que esta vez
estaba sola la señora Martica. Toda una furia contenida descargó en pocos
segundos contra mis huesos, mientras repetía palabras que no pude entender.
Mi caquita y el cariño de
Martica me llevaron al techo de la casa. Solo a ratos subía Joel con algún otro
niño para jugar conmigo. Los días eran calurosos y las noches frías. Daba
vueltas por el pequeño espacio del que disponía, rascaba la puerta con la esperanza
de que alguien viniera a sacarme de allí, pero nada. Nunca ocurría nada.
Aprendí a subirme sobre
unos ladrillos y, desde ahí, ver lo que pasaba afuera. Escuchaba
voces y ladraba.
Tras dar muchas vueltas
descubrí que tenía una cola y, tratando de atraparla, aprendí a jugar solo. Me
volví huraño y, cuando los niños subían para jugar conmigo, yo no lo deseaba:
me escondía y evitaba responder a las caricias. Tirado en el suelo, solo abría
las patas.
Joel descubrió que me
gustaba que me rascaran la barriga y siempre lo hacía. Yo cerraba los ojos y
disfrutaba de esa caricia sin moverme. Cuando se iban, trataba de salir con
ellos; siempre me lo impedían. Joel se daba cuenta y regresaba para darme una caricia
más.
Cierto día subieron al
lugar donde estaba y donde también había unos cordeles que, de cuando en
cuando, llenaban de ropa. Olvidaron cerrar la puerta mientras realizaban esa
labor, oportunidad que aproveché para salir lo más silencioso que pude y bajar
las escaleras.
Las escaleras me dieron miedo. Bajé
temblando y me oriné antes de llegar abajo. Literalmente me oriné de miedo, cosa que no causó ninguna gracia a quien
tendía la ropa, pues resbaló al descender sin ver mis orines.
—¡El perro se escapó!
—gritó con todas sus fuerzas.
En ese momento salieron
mil voluntarios a buscarme. Yo me había escondido debajo del primer mueble que
encontré. Temblaba de miedo, razón por la cual no fue muy difícil descubrirme.
—¡Al techo! —ordenó
Martica.
Y así fue: de vuelta a la
soledad, al frío y al abandono. Lo peor de todo era que no siempre había qué
comer ni qué tomar. Se olvidaban cada vez con más frecuencia de mí y, cuando
subían, arrojaban mi comida al piso.
Las moscas llegaban antes que yo.
Las veía caminar sobre la comida como si aquello también les perteneciera. Después volaban hacia mi cuerpo, se limpiaban las patas en mi lomo y se quedaban quietas sobre el pelo caliente. Con las orejas las espantaba procurando no moverme, pues estaba muy molesto.
Por ese entonces también
descubrí lo más latoso que puede pasar en la vida de un ser tan pacífico como
yo. La primera vez que lo sentí me hizo saltar, sin poder entender qué estaba
pasando. Como pude, me rasqué y, al poco rato, otra mordida; luego otra y luego
otra más.
Cuando se calmó la
molestia pensé que se habían acabado mis pesares. Cuán equivocado estaba. Al
cabo de unas horas volvió el ataque. Con las patas y
los dientes trataba de arrancármelas, lastimándome cada vez más.
Intenté quedarme quieto, la situación ya no era broma: había momentos
larguísimos en que no me dejaban dormir. En el mejor de mis sueños —que eran
pocos— me despertaban y tenía que mantenerme en movimiento. Subía y bajaba de
los ladrillos; trataba de alcanzar mi cola en frenéticas e interminables
vueltas que terminaban por marear a mis atacantes y agotarme a mí.
—¡Pulgas! ¡Este perro
está lleno de pulgas! —alguien se encargó de hacérmelo saber.
—¡Hay que eliminarlas!
—fue la orden de Martica, quien, armada de valor, cólera y grandes deseos de
exterminarlas, subió a donde estaba.
—¡Joel, Romel, vengan!
¡Amárrenlo! ¡Yo le echo agua y ustedes lo soban con detergente!
Primero puse resistencia;
luego descubrí que era inútil oponerse a aquella determinación. Me quedé quieto mientras las arrancaban.
Yo temblaba, no sabía si
de miedo o de frío y, una vez más, me oriné.
Me llamaron cochino y me
echaron más agua.
Después bajaron todos y
me dejaron solo.
Me quedé mucho tiempo
tiritando bajo el sol. Cuando el agua comenzó a secarse sentí alivio, aunque me
dolía todo el cuerpo.
Dormí un buen rato echado
sobre el piso duro. Desperté con hambre.
La comida seguía junto a
la pared, llena de moscas, pelos y espuma de detergente. Arrastré un hueso
hasta un rincón y cerré los ojos para comer sin sentir el sabor.
Aprendí a comer comida
fría. Comida pasada. Comida que ya no parecía comida.
Mis patas crecían; yo
podía notarlo, pues cada vez era más fácil subir a los ladrillos y cada vez
podía ver más allá. Estaba creciendo, era cierto.
Ya no era el cachorro que
todos querían cargar.
Comencé a mostrar los
dientes y gruñía antes de dejarme tocar.
—Es peligroso para los
niños —dijo la sabelotodo Martica.
Mi ladrido era más fuerte
y frecuente por las noches. Percibía fácilmente cualquier movimiento, al que
respondía con sonoros ladridos. Al despertarme, a cualquier hora que fuese,
trepaba a los ladrillos junto a la pared tratando de ver quién pasaba o qué
ocurría. Entonces estiraba el cuello hacia la calle y ladraba con fuerza.
La dulce Martica, que
sacaba diligentemente mis pulgas al bañarme, ordenó un buen día que ya no debía
estar ahí.
—¡Este techo es una
inmundicia! ¡Sáquenlo de aquí! —ordenaba, mientras se lamentaba de no poder
dormir por las noches a causa de mis ladridos.
Y fui sacado del techo de
la casa, el único lugar que conocía; claro, después de la escalera que
recordaba haber orinado alguna vez.
Joel ya no podía
cargarme, así que me tomó de las patas delanteras y me llevó arrastrando hasta
el corral. Puso un cartón en el suelo, dejó un plato viejo con comida caliente
y una bandeja con agua limpia.
Miré alrededor con
cuidado.
El mundo era mucho más
grande de lo que había imaginado desde el techo.
Sentí hambre y el
delicioso aroma de la comida fresca me abrió el apetito.
—¡Ojalá así fuera todos
los días!
Más gente se acercó a
verme. Reconocía las voces, aunque nunca había visto sus rostros.
Mi corta vida me enseñaba
que todo dura poco. Finalmente quedé solo nuevamente. Solo, triste y
arrinconado. Quién sabe hasta cuándo.
Joel fue el último en
alejarse.
Esa noche dormí junto al plato limpio.

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