Victoria emprende un largo viaje por los solitarios caminos de la sierra cajamarquina para asistir a su hermana Lucrecia, próxima a dar a luz. La acompaña Candilero, el borrico que desde hace años carga sus pertenencias y comparte con ella cada travesía. Cumplida la visita, ambos emprenden el regreso a Huambos. Pero, cuando aún falta mucho camino por recorrer, Candilero se niega a dar un paso más. Ni las súplicas ni los esfuerzos de Victoria logran convencerlo. Obligada a pasar la noche a la intemperie, la joven descubrirá al amanecer que, a veces, la fidelidad y el instinto de un animal pueden convertirse en la única diferencia entre la vida y la muerte.
Candilero
Pablo Rodríguez Prieto
Partió antes de que terminara de clarear. En sus alforjas colocó, cuidadosamente, los
objetos que consideraba necesarios para la labor que la llevaba a emprender
aquel viaje por parajes solitarios hasta llegar a Contumazá. El rostro de Victoria, curtido por la brisa seca de la sierra, no perdía la sonrisa que siempre la acompañaba.
Amarró los bultos sobre
el lomo de Candilero, su fiel borrico, y, después de comprobar que todo estaba
en orden, emprendió la marcha. En algún recodo del camino desayunaría y más
tarde almorzaría. Calculaba llegar al atardecer, si no surgía ningún contratiempo,
o quizá con las primeras sombras de la noche, según la voluntad de Candilero.
Victoria, una joven que
desde niña había demostrado un arrojo y una valentía poco comunes, era la menor
de diez hermanos. Era capaz de bordar con delicadeza un mantel o una funda de
almohada, como de empuñar un azadón, una pala o un hacha para cualquier trabajo
que se presentara. Sin embargo, lo que más la apasionaba era la cocina. Quienes
probaban sus platos la colmaban de elogios por el delicado sabor que sabía
imprimirles.
Lucrecia, la mayor de los
hermanos, estaba a pocos días de dar a luz a su duodécimo hijo, y era a ella a
quien Victoria se proponía visitar. Hacía menos de un año que había estado allí
por última vez. Como en ocasiones anteriores, viajaba para ayudarla durante el
parto. Con el paso de los años, y gracias a la experiencia acumulada asistiendo
a su hermana en cada nacimiento, Victoria había llegado a desempeñarse como una
partera competente.
El mismo día de su
llegada comenzaron los dolores del parto. Para entonces ya tenía todo
preparado: algunos calmantes, difíciles de conseguir en aquellos parajes;
sábanas, soleras y ropa para la parturienta y el recién nacido. También había
dispuesto que en el corral hubiese varias gallinas negras destinadas al caldo
que alimentaría a Lucrecia durante su recuperación. Ella misma escogió los
cuyes que serían sacrificados en los días siguientes y ordenó tener siempre a
mano muña fresca para aliviar los cólicos y calmar el dolor, así como matico
para lavar al recién nacido y a su madre.
Transcurrieron cuatro
semanas antes de que Victoria comenzara nuevamente a preparar los bultos para
regresar a casa. Vivía con sus padres en Huambos, un pequeño pueblo aislado en
las estribaciones andinas del departamento de Cajamarca.
Eran muchos los regalos
que le habían hecho durante su estancia y otros tantos los que había comprado
para vender al regresar a su pueblo. Como era su costumbre, preparó el equipaje
con bastante anticipación. Calculó el peso de cada carga y decidió cuidadosamente
el lugar que ocuparía cada objeto.
El día señalado para la
partida, mientras compartían un desayuno opíparo, Victoria no pudo seguir
guardándose lo que llevaba tiempo pensando.
—Hermanita, este será el
último año que venga a atenderte en tus partos. Ya pareces conejo; no dejas de
tener hijos.
Todos rieron de buena gana. Lucrecia, en
cambio, permaneció impasible. Se levantó lentamente y, con una seriedad que
apagó las risas, respondió que hablaba en serio y que no debía volver a
embarazarse.
Candilero había
disfrutado de varios días de descanso y abundante comida. Había ganado peso y
pasaba largas horas dormitando. Se dejaba rascar la panza y, ante la abundancia
de alimento, escogía solo aquello que más le gustaba. Al mediodía asomaba la
cabeza por la cocina para saludar a Victoria, quien siempre premiaba aquella
visita con alguna golosina.
Por fin llegó el día de
la partida. Antes del amanecer, Victoria acomodó cuidadosamente los bultos
sobre el lomo de Candilero. Luego emprendieron, a paso lento, el camino de
regreso hacia Huambos.
Fuera por el peso de la
carga o por la pereza a la que se había acostumbrado durante aquellas semanas
de descanso, Candilero avanzaba sin prisa, a pesar de los continuos ánimos de
Victoria. Al llegar la hora del almuerzo hicieron una larga parada. Después, el
borrico se negó a reanudar la marcha. Solo consiguió convencerlo cuando alivió
parte de la carga que llevaba sobre el lomo. Algunos granos quedaron esparcidos
en el lugar donde habían descansado, con la esperanza de que algún viajero o
algún animal del monte pudiera aprovecharlos.
Reanudaron el viaje con
la misma lentitud. Las horas transcurrían y el camino parecía no acortarse.
Hacia las cuatro de la tarde aún faltaba un buen trecho por recorrer cuando
Candilero decidió detenerse definitivamente.
—Vamos, Candilero —le
dijo Victoria, acariciándole el cuello—. Se nos viene la noche y no quiero
dormir a la intemperie. Anda, compañero.
El borrico permaneció
inmóvil.
Victoria golpeó
suavemente sus ancas. Intentó empujarlo, le torció el rabo y hasta le jaló las
orejas. Todo fue inútil. Candilero ni siquiera hizo el intento de avanzar.
Cuando las primeras
sombras comenzaron a cubrir los cerros, dobló lentamente las patas delanteras
y, con una mirada cansada y lastimera, terminó echándose sobre la tierra.
Resignada, Victoria
descargó los bultos y los acomodó a un lado del camino. Después se sentó junto
a Candilero y apoyó la espalda contra su cuerpo tibio. Sabía que aquella sería
una noche larga y helada, y que el calor del viejo compañero sería el mejor abrigo
que podría encontrar en medio de la soledad de la sierra.
Con el paso de las horas
el viento cesó y dio lugar a una noche fría y serena. El cielo, limpio de
nubes, dejó al descubierto un manto de estrellas que parecía no tener fin. Poco
antes del amanecer, la luna bañó de luz los cerros y dibujó largas sombras sobre
el camino.
Victoria avivó la fogata
y puso agua a calentar para el desayuno. Mientras bebía lentamente, observó que
Candilero, después de permanecer echado durante toda la noche, se incorporaba
con tranquilidad. Se estiró, lanzó un largo rebuzno y comenzó a mordisquear
algunos pastos. Solo entonces pareció dispuesto a continuar el viaje.
Victoria sonrió. Le
acarició el cuello y volvió a acomodar los bultos sobre su lomo.
Avanzaron cerca de una
hora cuando el sendero desapareció de pronto bajo un inmenso derrumbe.
Toneladas de roca y tierra habían sepultado el camino y parte de la ladera se
había desplomado hacia un profundo abismo. Bastaba imaginar la oscuridad de la
noche anterior para comprender que un paso más habría significado una muerte
segura.
Victoria permaneció
inmóvil, sin apartar la vista del deslizamiento. Poco a poco volvió la cabeza
hacia Candilero, que la observaba con la misma calma de siempre.
Lo abrazó con fuerza.
—Gracias, amigo. Anoche
me salvaste la vida.
Candilero respondió con
un breve rebuzno, como si no entendiera la importancia de aquellas palabras.
Con la claridad del nuevo
día, Victoria encontró un estrecho paso entre las rocas. Juntos, con paciencia
y cautela, lograron bordear el derrumbe y reemprendieron la marcha hacia
Huambos.
Candilero marchaba delante.
Victoria lo seguía en silencio.

Comentarios