En lo profundo de la selva, un grupo de hombres lleva meses talando árboles en condiciones cada vez más duras. Cuando finalmente logran derribar un enorme cedro —el mayor de todos— celebran el inicio del regreso. Pero la tormenta que llega poco después no se comporta como debería: el viento desaparece, el bosque se agita desde adentro y el espacio comienza a desordenarse.
En medio de la confusión,
un accidente deja a uno de ellos gravemente herido. Deciden abandonar el
campamento y caminar toda la noche en busca de ayuda. Sin embargo, al amanecer,
descubren que no han avanzado: han regresado al mismo lugar.
Atrapados en un entorno
que ya no responde a las leyes conocidas, los hombres comienzan a intuir que la
caída del árbol no fue un hecho aislado, sino el inicio de algo que ha alterado
el equilibrio del bosque. Algo que ahora parece acomodarse en torno a ellos.
No era el viento
Pablo Rodríguez Prieto
Llevaban varios meses
trabajando en el mismo lugar. El ir y venir por el bosque, espeso y cerrado,
les había ido quitando el ánimo y las fuerzas. Cada herramienta, cada bidón de
combustible, cada saco de comida había requerido más de un viaje. Por eso racionaban.
Volver no era la mejor opción.
El cedro colorado lo
habían visto desde el primer día. Se alzaba en una pendiente, lejos del río,
apartado incluso del resto. No era el más accesible ni el más fácil, pero sí el
más grande. Bastó mirarlo para decidir. Trabajaron sobre él sin pausa.
Juaneco, con el cabello
largo, las barbas ralas sin afeitar y una pierna que rengueaba al caminar,
estaba entusiasmado por acabar pronto, dejar el bosque y volver a la ciudad.
La última jornada comenzó
antes del amanecer. El tronco ya estaba mordido en más de la mitad y, por la
inclinación del terreno, calcularon que en pocas horas terminaría de ceder.
Juaneco no ocultaba el entusiasmo: tumbar ese árbol significaba empezar el regreso
a casa. Después vendrían las lluvias y, con ellas, el arrastre de los troncos
que habían ido acumulando durante meses.
El golpe de las hachas y
el zumbido de la motosierra cesaron de pronto.
El árbol crujió. Primero
fue apenas un sonido seco, contenido. Luego otro, más profundo. El cedro empezó
a inclinarse, lento, como si dudara. Algunas ramas de los árboles cercanos lo
sostuvieron un instante, enredándose en su caída. El tronco quedó suspendido.
Nadie habló. Las ramas cedieron
poco a poco.
Una luz inusual alumbró
el campamento. Los hombres gritaron. Se abrazaron, lanzaron las camisas al
aire. Juaneco se arrodilló, riendo, con los ojos húmedos. Habían terminado.
El cedro, ya en el suelo,
parecía más grande. El diámetro del tronco superaba la altura de cualquiera de
ellos. Entero era imposible moverlo. Tendrían que seccionarlo, calcular bien
cada corte.
Al mediodía aparecieron
las cervezas. Las habían guardado para ese momento. Sentados sobre raíces y
troncos, hablaban de medidas, de peso, de dinero.
Pero de pronto la tarde
cambió sin aviso. Las nubes bajaron pesadas, oscureciendo el claro como si
alguien hubiera apagado la luz desde arriba. El viento llegó primero, en
ráfagas desordenadas que hicieron crujir las copas.
Luego se detuvo. No fue
que amainara: simplemente dejó de moverse. Durante un instante, ninguna hoja
vibró.
Luego el bosque empezó a
agitarse. No desde arriba, sino desde adentro. Los troncos tensaron la corteza,
las ramas crujieron en direcciones opuestas, como si cada árbol respondiera a
una fuerza distinta.
—Parece que se quejaran
—dijo alguien.
—Es el viento —respondió otro, demasiado rápido.
Pero el viento ya no
estaba.
El primer aguacero cayó
con violencia. El suelo se volvió barro en segundos. El claro se desdibujó. Las
herramientas, abandonadas durante la celebración, empezaron a hundirse en el
agua.
Desde la cabaña los
hombres miraban sin decir nada.
Afuera, el bosque ya no
parecía el mismo.
No era solo la lluvia:
había algo en la disposición de los árboles. Demasiado juntos. O demasiado
lejos. Todos lo notaron, nadie dijo nada.
Cuando la lluvia aflojó
un poco, alguien señaló las hachas olvidadas.
Juaneco se levantó sin
decir nada y salió corriendo. El barro le atrapaba los pies. Se agachó, tanteó
entre el agua turbia y encontró dos hachas. Volvió empapado. Lo recibieron con
gritos y aplausos.
Minutos después volvió a
salir. Esta vez se alejó más, saltó un charco, bordeó otro que ya parecía una
pequeña laguna. En su camino encontró la barreta y luego otra hacha. Las
sostuvo contra el pecho y emprendió el regreso.
Juaneco salió por tercera
vez.
—Déjalo ya —le gritaron—.
Mañana vemos eso.
Él no respondió. Los pies
se enterraban en el barro, pero igual avanzó.
—¡Juaneco! —creyó
escuchar.
Esta vez se detuvo. Giró
apenas la cabeza buscando quién lo llamaba.
—¿Qué? —dijo.
Nadie había hablado.
Un trueno estalló encima.
El cielo se iluminó. No fue un sonido prolongado, sino un golpe seco que
pareció partir el aire. Juaneco se detuvo un instante y alzó la vista.
De pronto, algo cedió en
lo alto. Una rama, gruesa y pesada, se desprendió sin rebotar. Lo alcanzó de
espaldas y lo empujó contra el suelo con un ruido seco. Las herramientas se
hundieron en el barro.
Desde la cabaña vieron el
movimiento entre las hojas.
—¡Ya, Juaneco! —gritó
uno—. ¡Deja la payasada!
Algunos rieron. La lluvia
volvió a arreciar. El follaje cubría casi todo el cuerpo. Solo una pierna
quedaba visible, torcida en un ángulo extraño.
Pasaron unos segundos.
Luego otro trueno retumbó. Nadie se atrevía a salir.
Cuando al fin uno de
ellos se acercó, vio primero la sangre. Oscura, mezclándose con el agua,
abriéndose paso entre las hojas. Entonces llamó a los demás.
Tardaron en liberarlo. La
rama lo atravesaba.
No podían retirarla sin
empeorar la herida, así que la cortaron como pudieron y lo subieron a una
hamaca improvisada.
Decidieron partir de
inmediato. Si caminaban sin detenerse, llegarían al caserío al amanecer.
Nadie quiso quedarse.
La lluvia no cesó. Los
riachuelos crecieron, desbordaron, borraron los senderos. Más de una vez
creyeron reconocer el camino, solo para perderlo unos metros después. Los
relámpagos iluminaban, por instantes, un bosque irreconocible. A veces, en el
mismo destello, los árboles parecían cambiar de lugar.
Caminaron toda la noche
sin descanso, turnándose para llevar la hamaca. A ratos se detenían para
comprobar que Juaneco respirara. Le hablaban, le pedían que aguantara. Él no
respondía.
Caminaron en línea recta
durante largo rato. Sin embargo, al cruzar un tramo de raíces, reconocieron el
terreno bajo los pies. No por lo que veían, sino por cómo cedía el barro.
—No puede ser —dijo uno.
No lo era. Siguieron
avanzando.
En uno de esos momentos,
cuando todos estaban en silencio, el bosque también se detuvo.
No dejó de llover, pero
dejó de sonar. Nadie lo comentó. Reanudaron la marcha más rápido. Cuando ya empezaba
a clarear, algo les resultó familiar: un tronco caído, un claro abierto.
Estaban de vuelta en la
cabaña.
Se detuvieron. Nadie dijo
nada.
Uno de ellos miró hacia
atrás, como si esperara ver el camino recorrido. No había nada. Simplemente
estaban ahí, frente a algo sin nombre y sin propósito.
El cedro yacía donde lo
habían dejado. Demasiado grande para ese espacio.
Durante un momento nadie
se movió. El bosque estaba quieto. Demasiado tal vez.
—Hay que volver a
intentar —dijo alguien, sin convicción.
Entonces algo crujió en
lo alto, como si cambiara de peso. Como si algo
terminara de acomodarse. No era
fuerte. No fue una rama cayendo.
Lentamente, una de las
copas se inclinó. No hacia el suelo, sino hacia ellos.
Todos levantaron la vista
al mismo tiempo.
No era el viento.
Ya no había apuro por
volver.

Comentarios