En una tarde inmóvil, mientras espera en una interminable fila para tomar el bus, Ignacia se reencuentra con Sabrina, una antigua compañera cuya presencia irrumpe con una vitalidad extraña, casi ajena al tiempo detenido que las rodea. La conversación fluye entre recuerdos y relatos de viajes lejanos, pero algo en su manera de hablar —demasiado precisa, demasiado armada— comienza a inquietar.
Cuando Sabrina desaparece
tan súbitamente como llegó, la realidad parece desplazarse levemente. Días
después, Ignacia descubre que su antigua amiga ha muerto semanas atrás. Ese
conocimiento reconfigura la experiencia: lo vivido ya no puede explicarse del
todo, y la fila, la tarde y las voces adquieren una densidad distinta.
En el umbral entre lo
cotidiano y lo inexplicable, Ignacia enfrenta una intuición perturbadora: que
el mundo no es un escenario dispuesto para ser comprendido, sino una presencia
que insiste, ajena a toda interpretación. Y que, a veces, basta un instante
para que todo lo familiar deje de serlo.
La tarde que no termina
Pablo Rodríguez Prieto
La fila para subir al bus
que debía llevar a Ignacia a casa se extendía por más de una cuadra. No era
solo larga: tenía algo detenido, como si la tarde se hubiera quedado ahí, sin
decidirse a avanzar.
Llevaba más de media hora
parada y la fila había avanzado muy poco. A esa hora, todo parecía suspendido:
la vereda, los postes, la gente resignada a esperar, como si la tarde entera no
fuera más que un escenario detenido.
—Esto no se mueve nunca
—murmuró alguien detrás.
Ignacia no volteó. Sentía
que, si rompía la posición, algo se desordenaría. Había dejado incluso de
calcular cuánto faltaba. Solo estaba ahí, sostenida por la costumbre de
esperar.
De pronto, alguien pasó
junto a ella y, al verla, se acercó a saludarla. Era Sabrina, compañera de
estudios en el colegio y luego en la academia preuniversitaria.
Caminaba como si no
perteneciera a ese lugar.
Al cruzarse, se detuvo.
La voz la sacó del
letargo.
—¿Sigues viviendo por
aquí? —preguntó Ignacia, un tanto confundida.
—No. Bueno… sí. Depende
—respondió Sabrina, mirando hacia la fila—. ¿Siempre es así?
—Umm… sí, siempre.
Ignacia no supo qué
decir. Sabrina hablaba con una ligereza extraña, como si la fila no le
incumbiera.
—Cuéntame de ti —dijo
Ignacia.
Se miraron un segundo más
de lo necesario. Decía haber estado en una misión que la llevó a trabajar por
un año en Centroamérica y luego otro en África. Contaba que el aire en Costa
Rica era tan húmedo que le afectaba los pulmones y que en África no había
servicio de transporte público eficiente. Habló de comidas fabulosas y de
admiradores aduladores que no le terminaban por convencer.
Habían dejado de verse
mucho tiempo. Sabrina le contó lo maravillosa que había sido su vida. Evitó dar
detalles de su vida sentimental, pero de su experiencia laboral habló tanto que
los minutos pasaron volando. Hablaba en voz alta. Muchas de las personas que
estaban junto a ellas sonreían ante las anécdotas graciosas o las ocurrencias
que expresaba.
Mientras la escuchaba,
Ignacia tuvo por momentos la sensación de que todo encajaba demasiado bien: las
pausas, los gestos, las risas que despertaba en los otros. Como si Sabrina no
estuviera recordando, sino representando. Como si la fila, la tarde y hasta
ella misma hubieran sido convocadas para sostener ese relato.
—En Costa Rica —decía— el
aire se te mete al pecho. Sientes que no es tuyo. Como si respiraras algo que
ya estaba usado.
—¿Y te gustó?
—Mucho. Me hacía sentir…
presente.
Ignacia la miró.
—¿Presente?
—Sí —dijo Sabrina,
girando hacia ella—. ¿No te pasa que a veces todo parece… armado? Como si esto
—hizo un gesto hacia la fila— fuera solo un fondo.
Ignacia dudó.
—A veces.
—A mí me pasaba siempre
—continuó Sabrina.
El silencio entre ambas
se alargó. La fila avanzó un paso. Nadie pareció notarlo realmente.
—¿Te has dado cuenta?
—dijo Sabrina en voz baja.
—¿De qué?
—De que nadie se va.
Ignacia frunció el ceño.
—Es una fila.
—No —respondió Sabrina—.
Mira bien.
Ignacia miró. La gente
estaba ahí. Siempre había estado ahí. Los mismos rostros, o eso le pareció: el
mismo señor con el periódico doblado, la mujer con la bolsa roja, el joven con
audífonos.
Al cabo de algunos
minutos, Sabrina se despidió, no sin antes contar una anécdota ocurrida en sus
años escolares. La fila avanzó de golpe. Un murmullo recorrió a las personas.
—Tengo que irme —dijo
Sabrina.
—Pero… — Ignacia sintió
un leve desajuste, como si la escena no terminara de acomodarse.
—Nos vemos.
Y se fue. No caminó
rápido, pero en pocos segundos ya no estaba.
Ignacia quedó quieta.
Esta vez no intentó entender. Solo sintió que algo no encajaba. Al quedar sola,
trató de recapitular lo que había escuchado y sintió que había cosas que no
cuadraban.
La fila avanzó un par de
pasos. Alguien suspiró detrás de ella. Un bus pasó sin detenerse.
No sabemos en qué momento
empezamos a tratar al mundo como si fuera un escenario — caviló —. Tal vez
cuando aprendimos a nombrar las cosas y, al hacerlo, creímos haberlas
dispuesto. La calle dejó de ser intemperie y se volvió trayecto.
Entonces algo se
desplazó, apenas.
El murmullo de la gente,
el peso del aire, la lentitud de la fila: todo volvió a sentirse espeso, como
si ya no estuviera ahí para acompañarla, sino simplemente para ser. Como si,
por un instante, la tarde hubiera dejado de ser un escenario.
Se dio cuenta después,
cuando al llegar a su casa comentó con su madre lo ocurrido.
Ellas conocían a la
familia de Sabrina. Sabían que trabajaba en una institución pública y que,
desde su puesto, ganaba un sueldo que siempre la tenía con limitaciones
económicas. Supieron de un largo romance, pero nunca su final.
A los dos días, Ignacia
recibe la llamada de otra compañera de estudios que le pregunta si recordaba a
Sabrina. Finalmente, le hacen saber que al día siguiente se celebraría la misa
por el primer mes de su fallecimiento.
Entonces entendió que la
fila nunca fue escenario, que el mundo no estaba ahí para ser recorrido, ni
interpretado, ni siquiera comprendido. Que siempre fue presencia: algo que
insiste, que existe sin pedir permiso, que no necesita de nuestra historia para
sostenerse.
Entonces el decorado se
vuelve espeso, casi impenetrable, y lo que se creía dispuesto para ellas se
manifiesta con una autonomía inquietante.
Todo parecía ordenarse
para que algo —esta historia, sobre todo— pudiera ocurrir.
Ignacia no dijo nada.
Pensó en la fila, en la
voz alta, en las risas compartidas con desconocidos y en la tarde que no
termina. Pensó en esa historia que había parecido sostenerse sola, como si
necesitara ser contada una vez más.
Y por primera vez dudó de
todo.
Al día siguiente volvió a
tomar el bus, a la misma hora. La fila estaba ahí. Larga. Inmóvil.
En raras ocasiones
—reflexionó — cuando el silencio alcanza, simplemente estamos ahí, frente a lo
que es, sin nombre y sin propósito.
Se ubicó en su lugar y
esperó.
Pasaron los minutos.
Entonces alguien habló
detrás de ella:
—Esto no se mueve nunca.
Ignacia cerró los ojos un
instante.
Y, sin saber por qué,
respondió:
—A veces sí.

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