En las orillas del lago Imiria, Eusebio y Olinda han construido una vida marcada por la abundancia y el equilibrio con la naturaleza. Entre la pesca, la caza y el trabajo artesanal crían a su hijo en un entorno que parece generoso y suficiente. Pero esa misma naturaleza que sostiene también oculta una amenaza silenciosa.
Una mañana cualquiera,
mientras Eusebio se interna en el lago, un descuido breve basta para quebrarlo
todo. La desaparición del niño abre una herida que ni la búsqueda, ni la
comunidad, ni los rituales logran cerrar.
Atrapados entre la
pérdida y el paisaje que ya no pueden habitar, Eusebio y Olinda deberán
enfrentar el peso de lo irreparable y tomar una decisión que marcará el resto
de sus vidas.
El rastro
Pablo Rodríguez Prieto
Remaba Eusebio su canoa
con rabia, abriendo el agua como una herida. Quería alejarse y, para no volver la vista atrás,
ordenaba a Olinda, su mujer, que se sujetara fuerte. La estela en el agua abría
un camino que nunca habría querido recorrer.
En ese instante recordó
el día en que llegaron a aquel lugar, apartado de las familias, pero que él
juzgó próspero. Había pesca abundante y semillas en cantidad.
Eusebio salía antes del
amanecer, guiado por el silbido del viento, a encontrarse con el arrullo de las
olas en medio del lago Imiria. Lo difícil —decía—, en medio de tanta
abundancia, era elegir qué pescar.
Algunos días dejaba la
pesca y se convertía en cazador. Alistaba su arco y escogía las flechas que
debía llevar. Retornaba siempre con carne suficiente
para secar varios días.
Cuando no pescaba o
cazaba era recolector. Se internaba en el bosque para traer frutos, semillas,
raíces y algunos animales vivos para variar su dieta.
Olinda era artesana. De
cada semilla, pluma o flor seca hacía un ornamento que parecía contener algo
más que materia. Detrás de la casa sembraba yucas y plátanos. Llegó embarazada
y, a las dos lunas, dio a luz un niño robusto que completó la felicidad que los
unía.
Después del mediodía,
Eusebio seleccionaba los peces o la carne que traía del monte y lo fileteaba;
salados, los tendía al sol. Recogía los de días anteriores y, enrollados en
pacos, los dejaba en lugares ventilados.
Cuando reunía lo
suficiente para llevar a la ciudad, armaba una balsa. Sentaba a su mujer y a su
hijo en el centro y, con un palo largo o un remo, iniciaba la travesía.
Olinda empaquetaba
aretes, collares, pulseras: pequeñas obras nacidas de su buen gusto y de lo que
la naturaleza le ofrecía. En la balsa siempre había un lugar para cocinar y
otro para descansar.
Aquellos viajes eran
placenteros —lo recordaba Eusebio al hundir el remo—, pese a la distancia. El
mismo trayecto que ahora lo alejaba de todo, sobre todo de lo que más dolía.
Había levantado una
cabaña amplia y acogedora, a pocos metros del lago, bajo la sombra de un árbol
enorme. Detrás, una cerca de troncos los resguardaba de las fieras nocturnas.
Frente a la casa, una explanada de arena blanca servía para el descanso y, en
las noches calurosas, se buscaban sin prisa.
El niño dejó pronto de
gatear y comenzó a caminar, torpe, por la playa. Olinda lo miraba con alegría;
para Eusebio, era motivo de orgullo.
—Pronto me ayudarás a
pescar —decía, jugando con él.
Olinda los miraba desde la puerta, con una
sonrisa breve.
Pero un día amaneció
nublado. El viento cambiaba y sacudía las ramas sin
descanso.
Eusebio salió a pescar;
dejó a Olinda y al niño aún dormidos.
—Regreso antes del mediodía —murmuró.
Esos días, pensaba, los peces se confunden y son presa fácil.
A media mañana, Olinda
jugaba con el niño en la arena. Él golpeaba el suelo con las manos, reía.
Entonces, un olor a quemado la hizo girar.
—¡Ay!
Corrió a la cocina.
Retiró la olla, apagó el fuego. Fueron unos instantes.
Al volver, el niño no
estaba.
—¿Dónde estás?
Miró alrededor de la
casa. Nada. Caminó más rápido.
—Ven… ven aquí…
Corrió al cerco, pensando
en el bosque, pero descartó la idea: desde la cocina lo habría visto.
Cuando volvió a la playa,
entendió.
Un rastro salía del lago
y se hundía en la arena.
Se cubrió la boca. El
aire no le alcanzó.
La marca era ancha, profunda. Algo pesado
había pasado por ahí. Llegaba hasta el lugar donde su hijo jugaba.
El lago estaba quieto.
Demasiado quieto.
Olinda corrió por la
orilla.
—¡Eusebio!
—¡Eusebio!
Su voz se quebraba.
Seguía gritando.
—¡Hijo!
Cuando ya no podía más,
cuando la voz se le volvía un hilo, Eusebio apareció remando con fuerza.
Saltó a la orilla.
—¿Qué pasó?
Ella no pudo responder.
Solo señaló.
Eusebio la sujetó por los
hombros.
—¡Olinda! ¿Qué pasó?
Ella abrió la boca, pero
no salió nada. Su mano señalaba el piso.
Entonces él vio la marca.
Se soltó. Se agachó.
Pasó la mano por la
arena. Olió. Se llevó los dedos a la lengua.
Se quedó inmóvil.
Luego cayó de rodillas.
—¡No…! — gritó y el
bosque se estremeció.
La marca no dejaba dudas.
Un cuerpo enorme. Una anaconda.
Y, junto a ella, apenas
visibles, arrastradas, las huellas pequeñas del niño.
Eusebio apoyó la frente
en la arena y lloró.
Al caer la noche,
agotado, decidió ir donde sus padres a dar la noticia. Olinda no quiso acompañarlo.
Se quedó frente al lago. Recogió del suelo unas semillas y las apretó en la
mano hasta marcarse la piel. De pie, mirando el lago, aferrada a una esperanza sin
forma.
Esperaba un milagro.
Al amanecer llegaron los
primeros: jóvenes que rastrearon el lugar, pegados al suelo, buscando un olor,
una señal. Luego entraron al lago y bucearon una y otra vez.
Al mediodía llegaron los
mayores. Nadie hablaba.
Eusebio estaba sentado en
la raíz de un tronco. No lloraba ya. Miraba el lago.
Ese mismo lago que antes
le daba todo.
Ahora no devolvía nada.
Esa noche, lejos de la
fogata, sonó una quena. Triste. Persistente.
El sonido se extendía sobre el lago y
volvía, como si no encontrara dónde quedarse.
Nadie dijo nada mientras
sonaba.
Las mujeres trenzaron
coronas con ramas y flores y, entre cantos y llanto, las arrojaron al agua.
Golpeaban la superficie con hojas largas de palmera. El dolor era de todos.
Luego se fueron.
Quedaron solo ellos.
Permanecieron juntos, sin
tocarse, mirando la luna reflejada en el lago.
Al día siguiente, Eusebio
arrojó al agua todo el pescado. Luego prendió fuego a la cabaña. Las llamas subieron rápido.
Olinda no se movió hasta
que el techo cayó. Entonces caminó hacia la canoa con un bulto en la mano.
Eusebio remaba su canoa
con rabia, abriendo el agua como una herida. Quería alejarse y, para no volver la vista atrás,
ordenaba a Olinda, su mujer, que se sujetara fuerte. La estela en el agua abría
un camino que nunca habría querido recorrer.

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