Un grupo de jóvenes ciclistas emprende un viaje extenuante para llevar un memorial al Presidente de la República, cargando consigo las promesas incumplidas de su pueblo. Lo que inicia como una gesta colectiva, llena de entusiasmo y fe, se transforma lentamente en una prueba de resistencia marcada por el abandono, el desgaste y el olvido.
Mientras ellos avanzan
entre el hambre, el frío y la incertidumbre, en la capital se organiza
cuidadosamente el espectáculo que habrá de recibirlos: discursos, cámaras y
gestos calculados que poco tienen que ver con el sacrificio real del camino.
Cuando finalmente llegan,
ya no son los mismos, aunque la historia que se cuenta sobre ellos sí lo es.
Entre aplausos prestados y verdades corregidas, los ciclistas cumplen su papel
en una ceremonia que parece haberlos esperado solo para concluir sin ellos.
Porque a veces el viaje
no termina al llegar, sino cuando deja de importar.
El memorial
Pablo Rodríguez Prieto
Partieron un domingo muy
temprano, cuando el sol aún no terminaba de despertar, con la ropa pegada al
cuerpo, el entusiasmo henchido de emoción y con esa
forma de fe que todavía no ha sido puesta a prueba.
El grupo era numeroso, entusiasta y
compacto. La alegría iluminaba la mañana con una convicción que parecía
suficiente. En la lista de inscritos figuraban cuarenta ciclistas, pero ese día
se dieron cita, en la partida, más del doble de aficionados. Muchos llevaban
bicicletas que no eran de competencia y estaban en mal estado. Las ganas de
participar eran más grandes que la realidad, aunque nadie pareció advertirlo.
Al dar la partida, el alcalde de la ciudad
habló del valor de un pueblo que, ante la indiferencia del gobierno central,
asumía el reto de ir pedaleando a tocar las puertas de los gobernantes. Lo dijo
con la voz firme de quien ya conoce el final de la historia.
Estos jóvenes fueron
convocados para llevar un memorial al Presidente de la República. En él viajaban, dobladas con cuidado, las promesas postergadas y olvidadas de políticos aventureros que pasaron
por la ciudad y que ahora consideraban justo reclamar.
El fresco de la mañana
empezó a convertirse en una humedad caliente y pastosa. La mayoría de los
aficionados los acompañó hasta la salida, quedando muy pronto rezagados. Otro
grupo abandonó tras algunos kilómetros de esfuerzo.
Jesús, Juan y Dante eran
los líderes. Los experimentados. Junto a ellos persistieron una docena de
jóvenes aguerridos, sin saber qué les esperaba en el camino. Solo confiaban, que
es otra forma de avanzar a ciegas.
Al final del primer día,
cuando el cansancio apretaba, había reparaciones que hacer y silencios que
aprender.
Al pasar por pequeños
pueblos, recibían aplausos y dádivas de personas que se enteraban por la radio
de la hazaña que estaban realizando. La noticia los precedía con mayor
velocidad que sus piernas. Eso los animaba: no se sentían solos y, por
momentos, parecían parte de algo más grande que el camino.
Al quinto día, según sus
cálculos, no habían avanzado más de la cuarta parte del viaje. Desanimados por
el esfuerzo que aún les quedaba por delante, seis de ellos desistieron y
decidieron volver. El regreso era la única certeza disponible.
Una lluvia torrencial los
retuvo un día entero en un recodo, al sexto día. El fuerte viento y el frío
intenso los detenían antes de lo que quisieran. El clima variaba
impredeciblemente, como si también dudara de acompañarlos. Al llegar la noche,
armaban una carpa y se acomodaban para descansar, confiando en que el cuerpo
olvida pronto lo que el camino insiste en recordar.
Al amanecer del décimo
día, una especie de locura atacó a uno de los más jóvenes. Gritaba sin razón
aparente y se golpeaba la cabeza, como intentando arrancarse algo más que el
dolor. Calmarlo demandó tiempo y una paciencia que ya empezaba a escasear. Dante,
el mayor de todos, llevaba un pequeño botiquín del que sacó pastillas que le
hizo ingerir. Ligeramente calmado, reanudaron la marcha despacio, buscando en
el equilibrio una tranquilidad momentánea.
Las cuestas eran cada vez
más severas y el frío calaba los huesos. Los repuestos se extraviaron en algún
lugar del camino, como suelen extraviarse algunas ilusiones. Rogaban no pinchar
llantas: ya no sabrían qué hacer.
Decir que fue lo peor que
les pasó demandaría demasiado tiempo. Todo empezaba a
parecer irreal
Poco a poco, al alejarse
de donde partieron, fueron encontrándose con nuevas dificultades. Los repuestos
se agotaron, el dinero se acabó y las fuerzas se extinguían. La gente en la
ruta ya no los reconocía y el hambre comenzó a mellar lo poco que quedaba
intacto.
Mientras tanto, el
alcalde y una numerosa comitiva llegaron a la capital por vía aérea y, alojados
en uno de los mejores hoteles, organizaban lo que sería una entrada triunfal.
El petitorio, cuidadosamente redactado, aguardaba su momento, ajeno al estado
de quienes lo transportaban.
Los réditos políticos
comenzaron a perder lucidez ante la demora de los ciclistas. La prensa,
contratada para cubrir la hazaña, se desentendía con la eficacia de quien sabe
detectar lo urgente. Había otras historias más oportunas, más rentables, más
inmediatas.
Los preparativos en
Palacio se postergaron. Las autoridades pueblerinas fueron impedidas de
ingresar hasta que cumplieran con llevar a los pedaleros. El espectáculo, que
debía ser preciso, empezaba a desordenarse.
Mientras tanto, en la
carretera, persistían —llenos de coraje y amor por el terruño— seis atletas.
Disminuidos en cantidad y en calidad. Agotados, famélicos y desencantados, se
acercaban, por momentos empujando las bicicletas, a una meta que ya no se parecía
demasiado a lo que habían imaginado.
Lograron contactarse con
los representantes de quienes los recibirían. La primera noticia fue que el
alcalde había tenido que regresar. En Palacio ya no los esperaban y debían
aguardar nuevas coordinaciones.
En las afueras de la
capital, y lejos de la mirada de la prensa, esperaron algunos días más para
recuperarse. La hazaña necesitaba cierta compostura.
En Palacio aguardaban,
según sus cálculos políticos, el momento oportuno para hacer el ingreso.
Finalmente apareció el
delegado con una entusiasta comitiva. Traía, además de la orden de ingresar a
la capital, un grupo numeroso de jóvenes montados en bicicletas modernas. La
escena, ahora sí, empezaba a parecerse a lo que debía ser.
Dos camionetas con
camarógrafos, reporteros y vendedores de entusiasmo hicieron su aparición para
cubrir el sacrificio. Los canales de televisión y las radios transmitían en
directo, detallando la acción, casi heroica, de estos jóvenes que, por amor a
su terruño, se habían aventurado en una ruta larga y solitaria.
Les habían inventado una
extensa hoja de vida. En ella figuraban hazañas, rarezas y virtudes que ni
ellos mismos recordaban haber tenido. La historia, corregida, empezaba a
encajar.
Describían cada una de
las partes de las humildes bicicletas, ahora convertidas en portentosas armas
de la democracia. Todo encontraba su lugar cuando era debidamente narrado.
En las portadas de los
diarios aparecieron como si hubieran regresado de la luna. El alcalde trató de
volver para ser parte de los titulares, pero el mal tiempo se lo impidió.
Llegaron a las puertas de
Palacio pedaleando. Llevaban consigo el sobre con el memorial, intacto en
apariencia.
El Presidente de la
República, con su mejor sonrisa, los esperaba en el patio de honor. La banda
entonó marchas solemnes. Los curiosos se acercaron. Todos fueron invitados a
formar parte del momento.
El sobre fue recibido con
reverencia y entregado a un edecán. En su discurso —como si ya conociera su
contenido— el Presidente habló de soluciones, proyectos y justicia social.
Habló lo suficiente. Medía cada una de sus palabras.
Cuando el entusiasmo
empezó a disiparse, propuso un brindis por los héroes y por los pedidos que
habían portado con esfuerzo.
Se repartieron galletitas
y refrescos. Posaron para la foto oficial. Y todo terminó.
El patio de honor
recuperó su silencio impecable, como si nada hubiera ocurrido.
El eco de la banda se
disipó lentamente en los corredores de Palacio, como si la música también
hubiera entendido que ya no era necesaria.
El sobre cambió de manos
una última vez y desapareció.
La guardia de seguridad
de Palacio sacó finalmente a seis jóvenes desconcertados que se aferraban a
igual número de bicicletas destartaladas.
Habían cumplido su papel con precisión
admirable: llegar a tiempo para nunca llegar.
Por un instante,
parecieron dudar. Luego, uno de ellos apoyó el pie en el pedal.
Y emprendieron, sin
aplausos, el largo viaje del olvido.

Comentarios