Un grupo de viajeros se interna en la selva guiado por un curandero para participar en un ritual nocturno. En medio del silencio impuesto, los sonidos del bosque, el humo del tabaco y la ingesta de una sustancia desconocida abren la puerta a una experiencia que desborda lo físico.
El narrador atraviesa
visiones intensas: figuras ambiguas, presencias inquietantes y un mundo donde
los colores, las formas y el lenguaje parecen adquirir vida propia. En ese
tránsito entre el desconcierto y la revelación, todo se fragmenta… hasta reorganizarse
en un orden inesperado y absoluto.
Al despertar, de regreso
al cuerpo y al calor, solo queda una certeza difícil de nombrar: algo ha
cambiado. Y una sed distinta persiste.
Ayahuasca: la forma del orden
Pablo Rodríguez Prieto
La tarde, teñida de mil
colores; el cielo, oscureciendo; la noche, asomando su manto, y mi mente
intentando descifrar lo vivido.
El viaje fue largo:
primero, llegar a Pucallpa, con el sol caldeándonos la cabeza. De ahí, a la
casa de Eduardo, el curandero —como le gustaba que lo llamaran—. Al caer la
tarde, ya con las primeras sombras, nos condujo por un sendero enmarañado de
ramas, lianas y espinas.
Prohibidos de hablar,
escuchaba los sonidos que emergían desde lo profundo del bosque. Sonidos que
parecían voces. Voces en idiomas que no comprendía.
Cientos de aves nos
sobrevolaban. El aullar de los monos, ramas quebrándose y el bramido de alguna
fiera, muy cerca, me hicieron saltar. Eduardo no se inmutó. Su rostro, sereno,
ajeno a todo, avanzaba delante del grupo, libre de cualquier preocupación.
La caminata terminó en
una cabaña, en medio del bosque. Sentí alivio. Mis pies lo sintieron al
quitarme los zapatos. La sed era intensa y, cuando estuve a punto de romper la
orden de silencio, una mujer apareció frente a mí con un tazón lleno de agua.
—Comparte —ordenó,
llevándose un dedo a los labios.
La noche se encendía por
momentos con la luz de una luna que se abría paso, perezosa, entre las ramas,
mientras el sonido de insectos invisibles invadía el ambiente.
Un cántico triste comenzó
a elevarse. Arrastraba una melancolía densa. La piel se erizó. Entonces, una ráfaga violenta de viento nos golpeó y nos
arrojó al suelo. La mujer nos hizo señas para entrar. Obedecimos.
El piso de madera crujió
bajo nuestro peso. En el centro, una manta. Sobre ella, doce tazones llenos de
una sustancia oscura, espesa, irreconocible. Uno para cada asistente.
El cántico se quebraba
por momentos en silbidos. Un olor denso a tabaco inundó el espacio. Eduardo
apareció cubierto con una túnica que le caía hasta los tobillos. Era él quien
ahora, con un pequeño tambor, marcaba un ritmo que por instantes se volvía más
ligero.
La mujer nos acomodó en
círculo, alrededor de la manta. Nos dejamos ubicar. Como ovejas en un redil.
Como la luz al amanecer. Como las ideas cuando ya no se soportan.
Lo que cada uno pensaba
lo sabíamos solo nosotros… y Eduardo. Yo llevaba dudas. Muchas. ¿Serían las
mismas que las de los otros? Nunca lo supe.
En algún momento
—imposible precisar cuándo— la luna desapareció. Eduardo comenzó a caminar
detrás de nosotros. Sin orden aparente, soplaba el humo de un cigarro enorme.
La oscuridad era total. Solo la brasa encendida, suspendida en las manos de
Eduardo, trazaba figuras en el aire, al ritmo de su canto incesante.
Nadie hablaba. La selva
calló. Solo quedaban su voz y el tambor.
Mi mente se llenó de
recuerdos. Estaba hundido en ellos cuando sentí unas manos que me levantaban
desde atrás, sujetándome por las axilas. No me resistí. Una mano acercó un
tazón a mi boca y bebí.
El sabor era amargo.
Persistente. Seco. Bajó por mi garganta, llegó al estómago… y golpeó. Duro.
Metálico.
Eduardo me cubría con
bocanadas de humo mientras emitía sonidos sin forma. Ya no tenía el tambor.
Golpeaba el piso con los pies descalzos. No perdía el ritmo: cantaba, soplaba,
saltaba. No lo veía, pero lo sentía en todo el cuerpo.
El sabor metálico comenzó
a diluirse. Llegaron las arcadas. Luego, la ligereza. Me volví liviano… hasta
flotar.
Seguía consciente, pero
mi cuerpo ya no era el mismo. No había peso. No había sonido. Estaba solo.
Entonces, aparece la luz.
Estaba en otro lugar. En
otro tiempo. En otro instante.
Alguien se acercó. Me
miraba. Sonreía, pero no era una sonrisa verdadera. No pude reconocerlo. Se dio
la vuelta y se alejó.
Después vinieron otros.
Al principio creí que eran niños. Cuando estuvieron cerca, vi que eran enanos.
Estaban molestos. Me rodearon. Me observaron con detenimiento y se fueron.
La luz cambiaba. De
amarillo a rojo. Un árbol sin ramas se movía, aunque nada lo empujara. No
estaba solo: otros árboles lo acompañaban.
Caminé sin saber hacia
dónde. Todo cambiaba, pero yo no tenía miedo.
Ahora ya no estaba solo. No podía verlo,
pero algo me acompañaba.
Al costado del camino,
una ruma de troncos cortados. Cada uno de un color distinto. Como lápices sin
punta. Al pie de la ruma, un perro negro ladraba,
inmóvil, con el rabo en alto. Un ave
levantó vuelo.
Del suelo brotaban rayos
de luz, moviéndose al mismo ritmo. Cada uno con un color propio. Más adelante,
un bosque de árboles bajos cerraba el paso. Tenían hojas pequeñas, cada una de
un color distinto.
De pronto, todo se volvió
amarillo.
Un amarillo intenso.
Vivo. Oscilaba entre lo pálido y el naranja, pero seguía siendo amarillo.
Entonces surge una voz: suave,
clara. Me hablaba. Me daba instrucciones que tardé en entender.
Una mujer desnuda caminó
hacia mí. Esquivó mi presencia y pasó sin mirarme. Cuando giré, ya no era un
cuerpo: era luz. Inmóvil. Densa. Intocable.
Me acerqué. Desapareció y
sentí alivio.
Un sonido leve, como agua
cayendo, comenzó a extenderse. La luz se intensificó. Entonces aparecieron
grandes letras. Caminaban a mi lado. No hablaban, pero las entendía.
Hablaban —sin voz— de vida y de muerte, de
crecimiento y derrota.
Los árboles no tenían
hojas: eran letras pequeñas. Cada una, de un color distinto.
Entonces apareció un círculo.
Llevaba el rojo arriba, luego
el naranja, el amarillo, el verde, el azul y el violeta, girando lentamente en
el sentido de las agujas del reloj. Flotaba sobre un cielo claroscuro.
Todo estaba en movimiento
y de pronto, los colores antes mezclados, comenzaron a separarse.
Todo encontró su lugar. El
cielo. El agua. Las hojas. Los árboles. Las letras. La luz.
Todo en orden.
Caminé feliz en medio de
esa armonía.
Caí en un sopor profundo,
floté otra vez y me dormí.
Desperté sofocado por el
calor. Empapado en sudor. La garganta seca raspaba al tragar. Confundido.
Desorientado. Agitado.
No sabía dónde estaba. No
sabía qué había pasado.
No sabía cuánto tiempo
había dormido. Supuse que era mediodía.
Tenía sed.
Una sed distinta.

Comentarios
Curandero ó Brujo cómo se les conoce.
Por un momento me pareció.estar dentro de la Selva escuchando todo tipo de sonidos.da aves. animales y el misteri de caminar en la oscuridad.