El circo

En un barrio donde la imaginación es la forma más accesible de aventura, un grupo de niños decide transformar un terreno cualquiera en un circo improvisado. Entre ellos destaca Mañuco, que acepta el papel de trapecista y convierte un simple juego en un desafío que lo eleva por encima de los demás. Desde lo alto, suspendido entre el impulso de saltar y la conciencia del vacío, el juego empieza a adquirir un peso inesperado.

Mientras las voces de sus amigos resuenan abajo, Mañuco descubre que el trapecio no es solo un acto de equilibrio, sino un instante de decisión. En ese breve momento suspendido en el aire, el niño comprende que crecer también implica enfrentarse a la incertidumbre y confiar en un salto cuyo resultado nunca se conoce del todo.

Con una prosa contenida y atmosférica, el cuento explora la frontera entre la infancia y el despertar a la conciencia del riesgo, mostrando cómo un juego puede convertirse en una experiencia decisiva.



El circo

Pablo Rodríguez Prieto

El recuerdo del circo había dejado huellas en el grupo. Durante días no hablaron de otra cosa. Decidieron montar una réplica de la carpa y, con paciencia, juntaron retazos de tela, una lona vieja que nadie usaba desde hacía tiempo y un plástico abandonado en el fondo del taller del tío Gerardo.

El lugar elegido fue un espacio libre junto al corral del abuelo.

Plantaron un palo largo con bastante dificultad. Luego intentaron levantar la lona. No era tarea fácil. Cambiaron varias veces de estrategia para lograr algo parecido a la carpa que habían visto en el circo. Al final, lo que consiguieron fue apenas un palo con una lona colgando de forma irregular.

A ellos les pareció suficiente. No tenía mayor importancia. Los cinco muchachos se sentían satisfechos y estaban dispuestos a continuar con la siguiente etapa del proyecto: dar un espectáculo circense.

—Listo —dijo Mañuco—. Ya tenemos circo.

La llegada de la noche obligó a suspender los trabajos. La función tendría que esperar.

Mañuco era el líder. Daba órdenes, organizaba las tareas y decidía qué debía hacerse, aunque rara vez participaba en la ejecución. Aquella noche durmió mal, pensando en la empresa que dirigía con entusiasmo y sin el conocimiento de los mayores de la casa. Al fin y al cabo, era solo un juego.

El corral del abuelo tenía una palmera y, junto a ella, un pozo de donde sacaban agua para los animales: dos vacas gordas que aún daban leche, un torete que embestía a cabezazos a quien se le cruzara, dos perros que simulaban fiereza pero huían ante el menor peligro, cuatro cabras con seis crías que masticaban lo que encontraban y trepaban hasta el techo, y finalmente el chivo viejo, de barba larga y cuernos enormes.

Durante dos fines de semana trabajaron en la carpa. Usaron las sogas con que el abuelo amarraba a las vacas para ordeñarlas, un cable de luz que encontraron enrollado, una sábana que colgaba en un cordel vecino —además de los materiales recogidos al principio— y algunas bancas que sacaron a escondidas de las casas de los primos.

Al principio todo fue entusiasmo. Cada uno quería aportar algo al circo. Toño chico apareció con un tambor viejo que decía haber encontrado entre los trastes de la abuela y juraba que serviría para anunciar la función. Coco recogía palos del suelo y los clavaba alrededor de la carpa para marcar el lugar donde se sentaría el público.

—Aquí van las bancas —decía muy serio, como si estuviera organizando un teatro de verdad.

A ratos discutían sobre cómo debía ser un circo auténtico. Uno recordaba a los payasos, otro insistía en que tenía que haber animales feroces. Mañuco escuchaba en silencio y al final decidía:

—Primero los animales. Después el trapecista. Así empieza siempre.

Cuando terminaron, sintieron que el proyecto avanzaba bien. Era hora de pensar en la función.

Mañuco tenía limitaciones físicas, consecuencia de una poliomielitis infantil. No podía pararse sin sus muletas, pero eso no le impedía dirigir.

—El circo necesita un jefe —decía.

Toño chico, llamado así porque había otro Toño mayor que también participaba en el juego, era su ayudante incondicional. Ejecutaba sus ideas con rapidez, aunque también era responsable de más de un disgusto cuando hacía lo contrario de lo que se le ordenaba.

El primer número sería con animales.

Cogieron dos crías de cabra e intentaron enseñarles a caminar por una tabla, como equilibristas. Las cabritas se resistían, pataleaban, balaban.

—¡Quietas! —ordenaba Mañuco desde abajo.

Coco trajo una zanahoria e intentaba darles de comer. El ensayo terminó cuando las madres escucharon los balidos y entraron a la carpa atropellándolo todo. Detrás apareció el chivo viejo, que arremetió con violencia.

—¡Suéltenlas! ¡Que viene el chivo! —gritó Coco, pero ya era demasiado tarde.

El número quedó cancelado.

Intentaron entonces trabajar con los perros, pero los animales escaparon al primer intento.

Alguien sugirió un baile.

La idea se complicó enseguida: no había mujeres.

El menor de todos, Coco, levantó la mano.

—Yo puedo ser la bailarina.

Los demás estallaron en risas, pero aceptaron. Le pusieron un pañuelo en la cabeza y comenzaron a ensayar.

El problema fue que, a la hora del almuerzo, Coco olvidó quitárselo. Su madre lo vio entrar así a la casa y el castigo fue inmediato: le prohibió terminantemente andar haciendo “cosas indebidas”.

—¡Se acabó el circo! —pensaron, pero al rato otra vez todos estaban entusiasmados.

El número principal quedaba entonces en manos de Mañuco.

Estaba convencido de que podía hacer de trapecista.

Tensaron una soga que atravesaba el pequeño espacio bajo la improvisada carpa. Mañuco dejó sus muletas apoyadas contra el palo central y lo ayudaron a subir hasta el primer nudo para que desde allí atravesara colgado el largo de la cuerda.

—Cuando llegue al otro lado, ustedes aplauden —ordenó entusiasmado.

Abrazando la soga con la fuerza de sus brazos y enroscando las piernas, avanzó hasta el centro, a casi dos metros del suelo. Pero allí quedó detenido.

—¡Ayúdenme! —gritó.

Mañuco se quedó un segundo más colgado de la soga. Abajo, la tierra parecía más lejana de lo que recordaba. Los primos pensaron que era parte del espectáculo. Lo vieron balancearse en el aire y comenzaron a reír a carcajadas. El éxito parecía asegurado: aquel era, sin duda, el mejor número del circo.

—¡Miren al trapecista! —gritó Coco.

Pero Mañuco no estaba actuando.

Sus brazos empezaban a fallar. Cuando nadie lo esperaba, comenzó a resbalar.

—¡Bájenme! ¡Ayuda! —suplicaba.

Nadie se movió.

Y entonces cayó.

El golpe contra el suelo fue seco.

Las risas se apagaron de inmediato.

Nadie dijo nada.

Uno a uno, los muchachos comenzaron a retroceder. Luego echaron a correr, como si la culpa pudiera alcanzarlos.

—¡Toño! —gritaba Mañuco—. ¡Toño chico!

Pero Toño ya corría lejos.

Mañuco quedó solo bajo la carpa torcida, gritando de dolor, de rabia y de frustración.

Las muletas quedaron tiradas junto al palo torcido de la carpa.

Nadie volvió.

El circo, una vez más, había sido solo una ilusión.

Con la primera lluvia la carpa se vino abajo. El torete embistió el palo central y las cabras treparon sobre los restos de lona desparramados.

Del circo no quedó nada.

 

Comentarios

Tulio ha dicho que…
Excelente primo. Pensé que el final era que el circo si llegó a funcionar con un lleno de público y aplausos y más aplausos.
Anónimo ha dicho que…
Los chicos ni cortos ni perezosos se fueron corriendo , viendo el problema q se les venía.. jajaja
Campirela_ ha dicho que…
Gracias, por tu visita y comentario.
Una entrada llena de magia, pues no en vano el circo es magia y fantasía.
Esos pequeños traviesos, jugando a divertirse no vieron o mejor no fueron conscientes de que todo no es divertirse, hay responsabilidad.
Muy bonito y entretenido donde nos acercas a la infancia , ya un poco lejos.
Saludos.
Anónimo ha dicho que…
Un cuento conmovedor que muestra cómo la imaginación de la infancia puede transformar cualquier lugar en un mundo lleno de sueños. A la vez, deja una reflexión sobre lo frágiles que pueden ser esas ilusiones y la importancia de la empatía entre amigos. Una historia sencilla pero con un final que invita a pensar.
Nuria de Espinosa ha dicho que…
Toda una belleza, tierna y profunda, la imaginación infantil: un terreno cualquiera se vuelve circo y todo parece posible. El juego termina revelando algo más profundo: la fragilidad, la soledad y ese momento en que uno descubre que el riesgo no siempre es un espectáculo. El final, me parece especialmente duro y muy humano. Un abrazo
José Luis ha dicho que…
El espectáculo circense siempre encandila a grandes y chicos. En este caso son estos chicos los que tratando de imitar esa ilusión, por poco terminan mal. Excelente tu enfoque, recoges esa magia y la compartes. Felicitaciones.