Un comerciante viaja por primera vez por la ruta fluvial hacia Contamana, atento a las oportunidades que ofrece cada nuevo lugar. En una escala aparentemente rutinaria, un desconocido le propone comprar toda su mercadería y lo convence de seguirlo hacia una hacienda cercana.
Lo que comienza como un
negocio prometedor se transforma en una experiencia desconcertante. Tras una
breve estancia en una casa que parece fuera de lugar, el comerciante despierta
solo en medio de la selva, sin rastro del hombre, de la casa ni de su carga.
Obligado a avanzar, recorre durante días un camino que aparece y desaparece,
donde la comida y el refugio surgen sin explicación.
Cuando finalmente logra
regresar, nada de lo ocurrido encuentra confirmación.
El camino
Pablo Rodríguez Prieto
El puerto quedó atrás como un ruido que no terminaba de apagarse. Motores, gritos, bultos golpeando contra la madera. Luego, poco a poco, solo el río.
La motonave, partiendo
desde el puerto de Pucallpa, avanzaba hacia el centro, siguiendo una ruta que
no estaba escrita en ninguna parte, pero que los motoristas parecían conocer
sin mirar. El calor no venía del aire: nacía del vientre del barco, subía por
las tablas y se adhería al cuerpo como una segunda piel.
Alrededor, los pasajeros
se movían sin descanso, buscando un espacio que nunca terminaba de ser suyo. Se
acomodaban, se levantaban, volvían a intentar. Como si el lugar cambiara con
ellos.
Augusto Bardales no
miraba el río. Miraba a la gente.
Apoyado en la baranda,
con la quietud de quien no necesita apurarse, seguía los gestos, las manos, los
desplazamientos. Había aprendido que toda multitud esconde un patrón:
repeticiones mínimas, decisiones previsibles, urgencias mal disimuladas. Y
donde hay urgencia, hay negocio.
Era su primer viaje por
esa ruta.
Había cargado ropa —lo
visible, lo que se podía mostrar— y algo más. Medicamentos de venta libre y
otros que no lo eran tanto, pero que, en lugares donde el médico no llega,
encontraban siempre una justificación. Augusto no se consideraba irresponsable.
Observaba, preguntaba, decidía. Con eso bastaba. O eso creía.
Su plan era simple:
llegar a Contamana, vender y regresar en pocos días. Un movimiento limpio,
calculado. Como tantos otros.
El río, sin embargo,
parecía avanzar a su propio ritmo. A ratos daba la impresión de no moverse en
absoluto, como si el paisaje se repitiera con variaciones tan leves que solo
alguien muy atento podría notarlas.
Augusto lo notó y, aun
así, no le dio importancia.
Al amanecer, tras horas
de ese desplazamiento incierto, apareció Puerto Cashiboya. La luz caía sobre el
lugar con una claridad casi amable, como si nada pudiera alterarse allí. Pero
el movimiento desmentía esa calma: cuerpos que descendían, voces que ofrecían
comida, manos que intercambiaban monedas sin detenerse.
Todo ocurría a la vez.
Augusto revisó su
mercadería. Cada bulto en su lugar. Cada amarre firme. Asintió para sí mismo y
se sentó, dispuesto a continuar su observación.
No advirtió el cambio.
Esta vez, no era él quien
miraba.
Un hombre subió a la
embarcación. No parecía apurado. Tampoco dudaba. Caminó entre los pasajeros
como si supiera exactamente dónde ir. Su ropa —demasiado cuidada para ese
entorno— llamaba la atención por precisa. Como si hubiera sido elegida para ese
momento.
Se detuvo frente a
Augusto.
—Te compro todo lo que
traes.
Augusto frunció el ceño.
—¿Cómo dijo?
Pero el hombre avanzó un
paso más, como si la respuesta no fuera necesaria. Habló de una hacienda
cercana, de una necesidad concreta, de un trato conveniente para ambos. No
insistió. No apuró. Dejó que las palabras hicieran su trabajo.
Y lo hicieron. Augusto
sintió que la decisión se acomodaba sola, como una pieza que encaja sin
esfuerzo. Bajó con él. Nadie pareció notarlo.
Al descender, dos
caballos estaban ahí. Amarrados. Quietos. Esperando.
Cargaron los bultos sin
hablar demasiado. El puerto quedó atrás con rapidez, como si nunca hubiera
estado del todo cerca. Tras una breve caminata, alejados del puerto y de toda
población, se abrió ante sus ojos un camino muy bien cuidado. La vegetación,
abundante a los lados, parecía respetar ese espacio, como si hubiera sido
delimitado con intención. Una arboleda fresca los cubría, haciendo más
llevadero el trayecto.
Augusto notó el cambio en
el ambiente. El calor intenso del puerto había quedado atrás y, por momentos,
el aire resultaba incluso agradable. No le dio mayor importancia.
Caminaron algunos minutos
más, en silencio, hasta que apareció la casa.
Era una construcción
sencilla, pero bien mantenida, ubicada en medio de un claro junto a un pequeño
lago. El lugar transmitía tranquilidad. Todo parecía estar en su sitio.
—Pase, siéntase como en
su casa —dijo el hombre—. Debo atender unos asuntos.
Augusto asintió. No vio a
nadie más en el lugar.
El interior estaba
ordenado. No había señales de descuido. Recorrió con la mirada los pocos
muebles, las paredes limpias, las ventanas abiertas que dejaban entrar una luz
suave. Afuera, el lago permanecía quieto.
Se sentó, y entonces
sintió un cansancio que no había percibido antes. Pensó que era producto del
viaje, del calor, del movimiento constante desde la madrugada. Se acomodó
mejor, apoyando la espalda.
El silencio era profundo.
Cerró los ojos un momento y se quedó dormido.
No supo cuánto tiempo
pasó.
Despertó sobresaltado. La
luz era distinta. Más fuerte. Tardó unos segundos en entender dónde estaba. Se
incorporó rápidamente.
La casa ya no estaba.
Se encontraba echado en
el suelo, debajo de un árbol grande. Miró a su alrededor. No había lago. No
había camino visible. No había rastro del hombre. Solo selva.
Se puso de pie de
inmediato. Dio un giro completo, intentando ubicarse. Nada le resultaba
familiar.
—¡Oiga! —gritó.
No obtuvo respuesta.
Volvió a llamar, esta vez
con más fuerza. El sonido se perdió entre los árboles.
Intentó recordar el
trayecto. La dirección en la que habían caminado. Observó el entorno buscando
alguna referencia. Todo parecía igual.
Avanzó en una dirección
al azar. A los pocos metros creyó distinguir un sendero y se dirigió hacia él. Al
principio le pareció el mismo camino por el que había llegado: despejado,
transitable. Sintió cierto alivio. Aumentó el paso.
Luego de unos minutos,
algo le llamó la atención. El entorno comenzaba a cerrarse detrás de él. Se
detuvo y miró hacia atrás.
El paso por donde había
venido ya no estaba claro. La vegetación parecía haberse juntado nuevamente,
como si nunca hubiera sido atravesada.
Sintió una inquietud
repentina. Miró hacia adelante... el sendero continuaba. No tenía otra opción
más que seguir caminando.
Pasaron las horas. El
cansancio empezó a hacerse sentir, pero, para su sorpresa, encontraba frutas en
el camino. Algunas colgaban a baja altura, otras estaban en el suelo en buen
estado. Comió lo necesario para continuar.
A lo lejos creyó escuchar
voces. Se detuvo, prestó atención. El sonido parecía venir de distintos lados.
Intentó ubicarlo, pero desapareció.
Siguió avanzando. Al caer
la noche, encontró un pequeño tambo construido con ramas y cubierto con hojas.
Se acercó con cautela. Dentro había una olla. Al abrirla, encontró yucas
sancochadas aún tibias.
Miró a su alrededor. No
había nadie.
Esperó unos minutos,
pensando que alguien regresaría. Nadie apareció. El hambre terminó por decidir
y comió.
Se recostó dentro del
tambo y, vencido por el cansancio, se quedó dormido.
Al despertar, la
estructura seguía allí. La olla estaba vacía.
Al salir, frente a él,
nuevamente había un camino. Lo observó unos segundos. Luego, sin pensar
demasiado, continuó.
Los días siguientes
fueron similares: camino amplio, comida y lugar donde pasar la noche.
Al quinto día, la rutina
se rompió.
Augusto avanzaba con
dificultad. El cansancio se acumulaba en el cuerpo y ya no lograba distinguir
con claridad el paso del tiempo. Fue entonces cuando vio a un hombre a pocos
metros.
El hombre se detuvo al
notarlo. Su reacción fue inmediata: dio un paso atrás, visiblemente asustado.
Augusto intentó hablar,
pero le tomó unos segundos ordenar las palabras. Tenía el rostro y los brazos
hinchados por las picaduras de insectos. Los labios resecos. La ropa sucia y
húmeda. Señaló hacia el camino por donde venía, intentando explicar.
El hombre dudó, pero
finalmente se acercó.
Tardaron dos días en
llegar al puerto.
Durante el trayecto,
Augusto intentó reconstruir lo ocurrido, pero las ideas se le desordenaban. No
lograba precisar cuánto tiempo había pasado ni cómo había llegado tan lejos.
Al llegar, reconoció el
lugar.
Era Puerto Cashiboya.
Algunos de los presentes
lo miraron con extrañeza. Augusto comenzó a hacer preguntas. Describió al
hombre que lo había llevado, la casa, el camino.
Nadie parecía reconocer
nada. Nadie recordaba haber visto a alguien con esas características. Nadie
conocía una casa como la que describía. Nadie había transitado un camino como
ese.
Al principio, algunos
pensaron que estaba confundido. Otros, que había perdido el juicio por haber
estado varios días en la selva.
Augusto insistía, pero no
obtenía respuestas hasta que alguien mencionó los caballos.
Estaban en las afueras
del pueblo. Augusto corrió hacia ellos. Los animales levantaron la cabeza al
verlo. Parecían reconocerlo.
Al desatarlos, sin
necesidad de guía, comenzaron a caminar. Varias personas los siguieron, movidas
por la curiosidad.
Avanzaron unos minutos
hasta llegar a un claro cercano. Allí estaban los bultos, tal como Augusto los
había dejado.
Nadie habló al principio.
Todo parecía en orden.
—¿No falta nada? —preguntó
alguien.
Augusto no respondió.
Había abierto uno de los
sacos donde llevaba los medicamentos.
Revisó con más atención. Algo
le incomodaba, aunque no sabía decir exactamente qué.
No era la cantidad. No
era el contenido. Era otra cosa.
Cerró el saco lentamente.
Miró alrededor. La
vegetación era la de siempre. El pueblo, a pocos minutos.
Nada parecía fuera de
lugar.
—¿Todo está bien?
—preguntó uno de los hombres.
Augusto asintió, sin
convicción.
Volvió la mirada hacia la
selva. Por un instante creyó ver el camino.
Parpadeó.
Ya no estaba.
No dijo nada.

Comentarios