El acompañante

Una joven viajera llega a Praga al final de un recorrido por Europa, con la intención de pasar una noche tranquila y avanzar en un trabajo universitario. Sin embargo, en la habitación de un hotel casi vacío, lo cotidiano comienza a descomponerse: objetos que cambian de lugar, ruidos que imitan sus movimientos y una presencia que no logra ver pero que la observa con una precisión inquietante.

A medida que la sensación de compañía se vuelve innegable, el espacio parece cerrarse sobre ella. La huida hacia la ciudad nocturna no ofrece alivio: las calles se vuelven extrañas, repetidas, y la amenaza —invisible pero persistente— parece haber cruzado con ella el umbral del hotel.

Solo al amanecer, en la aparente seguridad del aeropuerto, cree haber dejado atrás lo ocurrido. Pero un mínimo desfase en su reflejo y un objeto imposible entre sus pertenencias revelan que aquello que la acompañaba no ha desaparecido, sino que ha encontrado la forma de permanecer.

 

El acompañante

Pablo Rodríguez Prieto

Había llegado a Praga proveniente de Bratislava, luego de visitar Viena. Era el final de varios días viajando por carretera. El cuerpo aún guardaba el movimiento. Al día siguiente partiría a Londres. Tenía reservado un hotel económico en el centro. Desde ahí planeaba terminar un trabajo pendiente de la universidad.

Llegó al amanecer. La ciudad parecía suspendida en una luz pálida. Recorrió el centro sin detenerse demasiado: la Plaza de la Ciudad Vieja, el reloj astronómico, el río Moldova. Cruzó el puente Carlos y, ya cansada, llegó al hotel.

El joven de recepción fue breve.

—Después de las seis no queda nadie —le dijo —. Si necesita salir, use la puerta lateral.

Ella asintió sin interés.

Subió por una escalera que crujía como si alguien la siguiera con un segundo de retraso. No era un sonido constante, sino una imitación imperfecta de sus pasos.

Caminó por un corredor sin prestar atención a los detalles. La música en los audífonos y la preocupación por su trabajo ocupaban todo. O casi todo.

Se duchó y se sentó en la cama con el ordenador.

Trabajó dos horas hasta que el hambre la obligó a detenerse. Buscó la mochila. No estaba donde la había dejado. La encontró junto a la puerta.

—Qué extraño… —murmuró. Se llevó la mano al cuello, como si algo le molestara.

Se quedó mirándola un instante más de lo necesario. Luego apartó la vista sin darle importancia.

Después, en el baño, notó algo más: las cosas que había sacado ya no estaban. Al regresar, todo estaba otra vez dentro de la mochila, acomodado con una precisión que no recordaba haber tenido. Esta vez dudó unos segundos más.

Volvió al ordenador, pero algo había cambiado. No era un ruido preciso, ni una imagen clara. Era la sensación de estar siendo observada desde un punto fijo que no lograba ubicar.

Un sonido en el baño la dejó quieta.

—¿Hay alguien? —preguntó.

Esperó unos segundos más.

—Ridículo —dijo en voz baja.

Volvió al ordenador sin mirar el baño.

El silencio fue inmediato, casi deliberado, como si hubiera estado esperando la pregunta. Intentó concentrarse. No pudo.

El aire se volvió frío. Un frío seco, sin origen. Miró las cortinas: permanecían inmóviles, pesadas, ajenas a cualquier corriente. Se levantó y cambió de lugar.

Entonces sintió que no estaba sola.

La cama cedió levemente, con el peso justo de un cuerpo que se acomoda. Se apartó de golpe. Tomó un libro, intentando distraerse, pero los pasos comenzaron: suaves, medidos, del otro lado de la cama.

Pensó en la habitación contigua.

Y decidió que era suficiente explicación.

Pero no. Ahora estaba segura. Los ruidos estaban en su habitación.

Se movió. Los pasos también. Cuando ella caminaba hacia la derecha, los pasos sonaban a la izquierda. Cuando se detenía, algo más se detenía con ella.

El cuadro en la pared le llamó la atención por primera vez: un hombre sentado en un parque, con la mirada perdida en un punto que no estaba en el cuadro.

Las cortinas gruesas cubrían una ventana que, al acercarse, descubrió tapiada. La superficie sellada devolvía un frío antiguo. Nada allí había sido reciente. Nada parecía haber cambiado en mucho tiempo.

Los pasos se detuvieron. Luego avanzaron.

Un escalofrío le recorrió la espalda, lento, como si no terminara de pasar. Tomó el teléfono. No tenía línea.

Fue entonces cuando decidió salir.

Abrió la puerta. Un viento brusco la empujó hacia el pasillo, como si el aire del interior buscara expulsarla. La puerta se cerró a su espalda con un golpe seco.

La luz era débil. Su habitación era la única iluminada.

Bajó rápido. No había nadie. El edificio parecía suspendido en el tiempo, sin uso, sin tránsito.

Al llegar a la salida recordó la indicación y fue hacia la puerta lateral. Abrió la primera con dificultad. Quedó atrapada entre ambas. Empujó la segunda. No cedió. Intentó volver. Tampoco pudo.

El espacio se volvió estrecho. La respiración se le agitó.

—Por favor… —dijo, sin saber a quién.

Durante un instante tuvo la certeza de que algo, del otro lado, sostenía la puerta.

Golpeó, empujó, pateó. Entonces cedió. Salió al callejón casi sin darse cuenta de cómo había logrado abrirla. El aire frío le golpeó el rostro, devolviéndole una calma momentánea, frágil.

Caminó sin rumbo fijo por una calle mal iluminada. A lo lejos, un bar dejaba escapar risas y una canción arrastrada por el alcohol, deformada por la distancia. Un grupo de hombres bebía en la entrada.

Dudó un instante y cruzó de vereda.

Sintió, por primera vez desde que había salido del hotel, que algo no había quedado atrás del todo.

Aceleró el paso. Un letrero de hotel llamó su atención. Estaba cerrado. Golpeó varias veces. El sonido se perdió en el interior sin respuesta.

Sacó el celular para buscar otro alojamiento. Encontró uno cercano. Caminó tan rápido como pudo por las calles empedradas, dobló una esquina, luego otra. Tuvo la impresión de repetir el mismo tramo.

El lugar existía, pero no había habitaciones disponibles.

—Lo siento —dijo el hombre tras el mostrador, sin mirarla demasiado.

Volvió a la calle. La noche se había vuelto más densa, más estrecha. Como si las calles se hubieran reducido.

A lo lejos, un grupo de personas caminaba hacia ella entre risas y voces altas. No pudo distinguir si eran inofensivos. Retrocedió.

El celular vibró en su mano trayendo la noticia más ingrata: batería baja.

Sintió un vacío seco en el estómago. Miró alrededor. Ningún lugar abierto. Ningún rostro confiable. Ninguna salida clara.

Por un momento, pensó en volver al hotel. Era medianoche. La idea la atravesó como un golpe.

—No —susurró.

Pidió un taxi con los últimos puntos de batería.

Mientras esperaba, tuvo la extraña sensación de que alguien se detenía a su lado. No miró. No quiso hacerlo. Sintió, sin verlo, que esa presencia se ajustaba a su quietud.

Un viejo tranvía pasó junto a ella, como queriendo llevarse todo lo vivido.

El taxi llegó. Subió sin decir palabra. La garganta seca se lo impedía.

Finalmente, en el aeropuerto bajo la luz intensa, logró terminar su trabajo. No porque estuviera bien, sino porque ya no podía seguir corrigiéndolo.

 No pudo dormir el resto de la noche.

Al amanecer fue al baño. Se miró en el espejo más tiempo del necesario. Se inclinó, dejó correr el agua, se mojó el rostro.

Al levantar la vista, algo no encajó.

Cansancio, pensó.

Su reflejo tardó apenas un instante en imitarla. Fue mínimo, casi imperceptible, pero suficiente.

Se quedó inmóvil. Parpadeó. Esta vez, el reflejo respondió de inmediato.

Salió sin volver a mirarse.

Ya sentada, con la mochila entre los pies, dejó escapar el aire lentamente en un suspiro. Todo había pasado. O eso quiso creer. La abrió para ordenar sus cosas.

Todo parecía en su lugar. Excepto por un detalle. Entre sus apuntes había una pequeña lámina antigua, gastada. La sostuvo con cuidado. Era la misma del cuadro de la habitación.

El hombre seguía sentado en el parque, pero ya no miraba al horizonte.

La miraba a ella.

Y en su expresión había algo nuevo.

Algo parecido a una espera.

Algo que, ahora, sabía a quién pertenecía.

 

 


Comentarios