Tomás, un niño curioso,
pasa las tardes explorando la huerta vecina hasta que descubre algo que no
logra entender: junto al árbol del fondo hay un hombre que se balancea atado
por el tobillo, como si respirara al ritmo de la tierra. Lo que al principio parece
un misterio casi mágico se transforma, poco a poco, en una revelación dolorosa
sobre la fragilidad humana.
A través de la mirada
inocente del niño, el relato aborda la enfermedad mental, el miedo y la
compasión, mostrando el paso de la curiosidad al entendimiento. El árbol que
respiraba es una historia íntima y conmovedora sobre esos sufrimientos que
existen a la vista de todos, pero que pocos saben nombrar, y sobre la
importancia de no guardar silencio cuando alguien necesita ayuda.
El árbol que respiraba
Pablo Rodríguez Prieto
Durante mucho tiempo, Tomás creyó que el árbol del fondo estaba embrujado.
Había algo en ese rincón de la huerta vecina que no encajaba con el resto del
mundo. Él conocía cada espacio, había jugado muchas horas ahí, conocía a las
hormigas que parecían tener autopistas secretas, cada rama, flor o fruta de los
árboles de la huerta. Este árbol se movía solo. Incluso cuando no había viento.
Fue una tarde tibia —entre hojas, tierra y olor a pasto mojado— mientras
perseguía una mariposa blanca, que vio algo raro por primera vez. El árbol del
fondo respiraba. Lo vio moverse. No las hojas. El tronco. Un vaivén leve,
constante, como el pecho de alguien dormido. Pensó que era calor. O el reflejo
del sol en sus ojos sudados. Pero al acercarse a la cerca, al tablón flojo que
usaba de mirador secreto, entendió que no era el árbol.
Junto al árbol de la huerta vecina había una figura que se movía despacio,
balanceándose hacia adelante y hacia atrás, como si estuviera escuchando una
música que nadie más oía. Al principio pensó que era un espantapájaros. Un
espantapájaros… raro. Se movía despacio, balanceándose hacia adelante y hacia
atrás, como si el viento lo empujara… pero ese día no corría nada de viento.
Tomás entrecerró los ojos. Vio que no era un muñeco. Era un hombre. Joven,
flaco, de pie, descalzo, desnudo. Con el cabello cayéndole sobre la cara. Uno
de sus tobillos estaba sujeto al tronco con una cuerda larga, lo suficiente
para que pudiera moverse en un pequeño radio, pero no más. Su cuerpo iba hacia
adelante y hacia atrás con una lentitud hipnótica, como si siguiera la
respiración del mundo.
Se balanceaba.
Siempre hacia adelante y hacia atrás.
Sintió un
cosquilleo extraño en el estómago; como si hubiera entrado sin permiso en un
sueño ajeno. Más bien como cuando uno
sabe que está viendo algo que no alcanza a entender.
No miedo exactamente.
Porque si lo hacía, seguro le prohibían volver a la huerta del fondo. Y él
necesitaba entender qué estaba pasando.
Al volver al día siguiente, el hombre no estaba solo. Había una mujer a su
lado, hablándole con una voz suave que el viento traía en pedacitos. Sostenía
un recipiente y, con paciencia infinita, intentaba acercárselo. El hombre
seguía moviéndose, como si su cuerpo tuviera un ritmo propio que nadie más
escuchaba.
A veces hacía sonidos bajos, como si hablara con alguien que estaba muy
lejos. A veces inclinaba la cabeza hacia un costado, atento a ruidos que no
existían.
La mujer hablaba en voz baja, con frases cortitas.
—Tranquilo… ya está… estoy acá…
El hombre no respondía con palabras, pero su balanceo cambiaba, más rápido,
más torpe, como si su cuerpo contestara por él.
Tomás frunció el ceño. Las preguntas se le amontonaban como hormigas. Sintió
que estaba viendo algo que no tenía nombre.
No era castigo. No era locura, como decían algunos chicos en la escuela
cuando querían burlarse de alguien distinto.
Era… otra cosa.
Algo frágil.
Las noches empezaron a traerle sueños raros. Soñaba que el árbol del fondo
tenía pulmones bajo la corteza. En uno de esos sueños, Tomás se acercaba y
apoyaba la oreja en el tronco. Escuchaba un latido enorme, lento, que no sabía
si era del árbol, del hombre o de la tierra.
Se despertó con el corazón acelerado. Y con una tristeza que no sabía
explicar.
La tercera vez que visitó el lugar fue distinta. No vio casi nada nuevo,
pero escuchó. Un sonido grave, irregular, que salía de la garganta del hombre.
No eran palabras. No era llanto. No era enojo. Sonidos irreconocibles, graves,
guturales. Era como si intentara hablar en un idioma que nadie más conocía.
El sonido le recorrió la espalda como un escalofrío.
Por primera vez, Tomás sintió miedo de verdad.
Bajó del árbol y se fue caminando rápido, mirando hacia atrás varias veces,
como si el misterio pudiera seguirlo.
La siguiente vez no llegó a subir al árbol.
Apenas asomó la cabeza por encima de la cerca, vio que el hombre seguía
allí, balanceándose bajo el sol de la tarde, mientras la mujer limpiaba el
suelo con movimientos cansados pero cuidadosos.
Y algo en la escena —el calor, el silencio, el vaivén interminable— le
revolvió el estómago.
Esta vez no se sintió curioso. Se sintió triste. Y asustado.
Se dio media vuelta y corrió tan rápido que casi se llevó puesta a su mamá,
que justo salía a tender la ropa.
—¡Tomás! ¡hijo! ¿Qué te pasó? Estás blanco como papel.
Él abrió la boca, pero no le salieron las palabras. Solo levantó el brazo y
señaló hacia el fondo, hacia la cerca, hacia el árbol. Su mamá lo miró un
segundo largo. Después se agachó, le acomodó el pelo sudado de la frente y
habló en voz bajita:
—Tranquilo. Ven. Cuéntame despacio.
Y Tomás, con la voz temblorosa, le contó todo.
Lo del hombre.
Lo de la cuerda.
Los movimientos.
Los sonidos.
Su mamá no puso cara de enojo. Ni de susto. Puso cara de entender algo
difícil. Le cogió la cara con las dos manos antes de hablar.
—A veces hay
personas que están muy enfermas por dentro —dijo, midiendo sus palabras—. No
porque quieran. Algo en ellos no está bien por lo que necesitan ayuda todo el
tiempo.
Tomás, un tanto confundido, frunció el ceño.
—¿Entonces… no es un castigo?
—No. Pero tampoco es la mejor forma de cuidarlo. Nadie debería estar así
sin que otros adultos sepan lo que pasa.
Esa misma tarde, su mamá habló con los vecinos. Y después con personas que
trabajaban ayudando a familias que no podían cuidar solas a alguien enfermo.
Durante días hubo movimientos en la huerta del fondo. Llegaron personas que
hablaban suave. Puertas que se abrían y cerraban.
El hombre ya no volvió a estar atado al árbol.
Tomás siguió trepando árboles. Siguió siendo curioso. Pero cada vez que
veía algo que le hacía un nudo en la barriga, ya no se guardaba el secreto. Ahora
sabía que algunos misterios no se resuelven en silencio. Sino pidiendo ayuda.
Esa noche miró a su mamá mientras jugaba en el sillón y sintió miedo de que
el mundo pudiera romperse sin avisar.
Al día siguiente pasó algo extraño.
Las hojas del árbol empezaron a moverse todas juntas, aunque el resto de la
huerta estaba detenida. Un murmullo suave recorrió las ramas, como un suspiro
largo.
Tomás sintió que el aire también se había detenido. No entendió qué había
pasado.
Pero se le llenaron los ojos de lágrimas sin saber por qué.
El árbol estaba quieto, sí. Pero se veía distinto. Más liviano. Las ramas
parecían estirarse hacia arriba, como después de una lluvia.
Apoyó la oreja en la cerca. No escuchó nada, pero
sintió, muy adentro, una respiración que no era suya. Y pensó que algunas personas viven en tormentas
que no vemos.

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