Una niña curiosa observa su nueva pecera y lanza preguntas que sorprenden a su papá: ¿por qué los peces no se comen a los caracolitos?, ¿por qué no se ahogan? Entre respuestas, risas y poesía, padre e hija descubren que hasta lo más pequeño puede esconder un mundo maravilloso.
Un cuento tierno sobre la curiosidad, el asombro y el amor por las pequeñas
cosas.
Caracolito
Pablo Rodríguez Prieto
Un cuento sobre la
curiosidad y lo maravilloso de las pequeñas cosas
Había una vez una niña
muy curiosa que había recibido un regalo especial: una pecera con dos peces de
colores y un diminuto caracolito.
Mientras observaba
fascinada a sus nuevos amiguitos, preguntó:
—Papá, ¿por qué los
caracolitos no se ahogan dentro de la pecera?
El papá, que la escuchaba
con cariño, apenas iba a responder cuando ella volvió a preguntar:
—¿Y por qué los peces no
se comen a los caracolitos?
Dejó de mirar la pecera y
lo observó con cara seria, esperando las respuestas. El padre sonrió, y al ver
la expresión de su hija, se puso también serio.
—Los peces comen otras
cosas. Los caracolitos no están en su menú. Y tampoco se ahogan porque están
hechos para vivir en el agua.
La niña frunció el ceño
y, con su vocecita segura, dijo:
—Pero los caracolitos sí
pueden salir del agua... los peces no.
El padre suspiró,
pensando en cómo explicarlo de manera simple.
—Son diferentes, hija.
Son especies distintas. Los peces solo respiran bajo el agua. Si salen, se
pueden morir. En cambio, los caracolitos pueden respirar dentro y fuera
del agua.
Entonces el papá sonrió y
le hizo una pregunta:
—Y tú, niña curiosa...
¿crees que las personitas como tú pueden respirar bajo el agua?
La niña lo miró
sorprendida y respondió con toda la seriedad del mundo:
—¡Papá! ¿No sabes que los
niños no pueden respirar bajo el agua? Yo ya lo intenté en la piscina y tragué
mucha agua... Pero no te lo dije para que no te enojaras.
Ambos se rieron y se
abrazaron fuerte. Luego, volvieron a mirar la pecera. Era como un pequeño mundo
lleno de vida.
Dentro, los dos peces
nadaban tranquilos, como si nada les importara. Y el caracolito caminaba lento,
sobre una ramita bajo el agua.
Entonces, el papá, con
voz bajita, empezó a recitar:
Caracolito, caracolito
de mirada triste y lento caminar,
buscas tu alimento con mucho afán.
Caminas entre las rocas y trepas las ramas
intentando encontrar algo que te pueda alimentar.
—No la saqué de ningún
lado... salió de mi corazón —respondió él—. Es que tú me haces ver lo simple
como algo fascinante. Eres tú, con tus preguntas, la que hace poesía. Sigue
siempre así. Que tu curiosidad te lleve a descubrir un mundo que muchos no ven.
Un mundo maravilloso, lleno de cosas por descubrir.
Y abrazados otra vez,
siguieron mirando la pecera. Era pequeña, sí. Pero dentro de ella, la vida era
tan grande como su imaginación.

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