Había llegado temprano, las puertas del parque de diversiones estaban cerradas, tras una larga espera fui la primera en presentar mis boletos de ingreso. Luego de una minuciosa revisión, me dijeron que las entradas estaban adulteradas. El inspector de turno con el ceño fruncido me dijo que, dado que recién empezaba el día y estaba de buen humor, quería ser complaciente, por lo que yo tenía dos opciones, la primera era retirarme de su vista y desaparecer, la otra dar alguna explicación a la policía. Quede espantada, sudaba frio, no lo pude creer y grite, grite con todas mis fuerzas. Desperté asustada, felizmente todo era solo un sueño. Como resultado de lo planeado un mes atrás, Sasha, Tatiana y yo teníamos comprados pasajes y entradas para visitar Paris y hacer realidad un sueño que las tres teníamos desde niñas, visitar el parque de diversiones de Marne-la-Vallée. Personalmente puedo asegurar que soñaba todos los días con este viaje y a pesar de las restricciones que de a pocos ...
La casa de los abuelos estaba al centro de una enorme huerta, rodeada de plantas, arbustos y árboles. La abuela cuidaba un jardín que olía a flores frescas; rosas de varias especies predominaban sobre las demás, habían unas enormes y feas pero muy fragantes y otras pequeñitas teñidas de mil colores. Entrar en la casa era llenarse primero de la fragancia de sus flores, las que cuidaba con mucho cariño, sin embargo dentro de la casa nunca se vio una flor, al abuelo le disgustaba verlas en floreros. Al costado de la casa había plantas de plátanos de seda, la abuela tenía una pequeña escalera que le permitía trepar hasta los racimos y cubrirlos con pliegos de papel periódico para que los pajaritos no los malogren, dejándolos madurar en la planta para que tuvieran mejor sabor. Ya maduros, era su placer llamar a sus nietos y sentarse a comerlos al pie de la planta. Al fondo de la huerta había un galpón repleto de gallinas blancas con listas negras o negras con listas blanca...
Encima de la carga que traía el «Rebelde sin causa» se acomodaban unos cilindros herméticos que eran llenados con gasolina y cual grifo ambulante surtía de energía al noble compañero de viaje. Retornando de la experiencia vivida con tan peculiar orquídea, encontré a mi tío con una manguera larga que salía del cilindro en la parte superior del camión, tratando de succionarla para de inmediato introducirla en el tanque de combustible del camión, costumbre bastante artesana, que también tenía sus riesgos, un pequeño descuido y el que se abastecería, sería el que succionaba la manguera. Hecho esto, llenó de agua fresca el radiador del motor, revisó aceite con una varita que la limpió varias veces, golpeó las llantas una por una para verificar su buen estado y quedaba todo listo para continuar nuestro viaje luego del descanso en el restaurante de «Chesman». Salieron todos los habitantes del lugar, inclusive los ocasionales comensales, para despedirnos con las manos al aire agitándolas ami...
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