martes, 25 de junio de 2013

Amazonas

Muy temprano por la mañana, Yumbato tomaba su canoa, alistaba su remo y esperaba que llegaran los primeros porongos repletos de leche que conduciría a la ciudad para comercializarlos. Esperaba también como todos los días la llegada de Carmen y Mañuco, los hijos de Don Manuel que se alistaban para asistir a la escuela, ellos viajarían junto a la preciada carga hasta el muelle, al otro lado del rio. Carmen tenía ocho años y Mañuco siete, acostumbrados a esta rutina sabían que tenían que mantenerse sentaditos y quietos, cogiéndose con ambas manos de la frágil embarcación. En una bolsa de tela impermeabilizada que llevaban colgada del cuello, colocaban sus cuadernos para que no se mojasen con las gotas de agua que salpicaban hasta ellos, sus cabellos casi rubios y bien peinados, parecían flotar con la fresca brisa matinal, mientras el fiel Yumbato comenzaba a remar sin parar, de un extremo a otro el ancho río. El viaje duraba más de  media hora y al pobre hombre le costaba mucho esfuerzo y abundante sudor.
De consistencia gruesa, cuerpo musculoso y de piel oscura; tenía brazos fuertes aunque de pequeña estatura; servicial y siempre atento, llevaba dibujada una eterna sonrisa en su rostro, curtido por el sol, mostrando sus pequeños y espaciados dientes. Así podríamos definir a Yumbato, el empleado fiel e incondicional de don Manuel.
Aquella mañana, el viaje fue como casi todos los días, pausado, lento, aburrido para los niños, acompañados únicamente por el acompasado golpe del remo. Al llegar a la ciudad, Carmen y Mañuco saltaban de la canoa y emprendían una loca carrera, que no paraba sino hasta que llegaban a su escuela, que estaba ubicada a solo dos cuadras del embarcadero. La risa retornaba a ellos y volvían a ser niños otra vez.
Don Manuel era Español de nacimiento, que arribó por estos lares quien sabe porque designios y mostraba como mejor cualidad su amor por el trabajo. Esforzado e ingenioso, había adquirido una extensión de tierras frente a la ciudad de Iquitos y la trabajaba, junto a un grupo de peones, todos los días para ganarle un poco de espacio a la tupida vegetación del lugar. De a pocos, en el terreno logrado, iba poblándolo de ganado vacuno, que producía leche en abundancia que era trasladada a diario hasta la ciudad, que como dijimos estaba frente al fundo al que simplemente lo llamaban “La Banda”, por hallarse al otro lado del rio Amazonas.
El rio Amazonas, caudaloso y ancho, generalmente es pacífico y tranquilo, más cuando llueve y arrecia el viento, se vuelve furioso y rebelde; se enfrenta a todo el que osa navegar sus aguas y caprichosamente impide que salgan del centro de su cauce. Aparecen olas que suben y bajan en un irreconocible vaivén, que simulan un baile de loco frenesí.
Al final del día, Yumbato parado en la puerta de la escuela los esperaba, para iniciar el viaje de retorno a casa; pero ese día algo paso y el buen hombre tardó en llegar. Los niños impacientes salieron a buscarlo hasta el embarcadero luego de una prudente espera, en la que solo quedaban ellos parados frente al local donde estudiaban. Eran más de la cinco de la tarde y el cielo comenzó a oscurecer muy rápidamente, una tormenta amenazaba con desencadenarse. La canoa estaba en el embarcadero, por lo que Carmen y Mañuco decidieron esperarlo ahí.
Al cabo de unos minutos que parecían eternos, apareció Yumbato con un enorme bulto sobre las espaldas, lo colocó al centro de la canoa, delante del cual ubicó a Carmen y detrás del mismo a Mañuco. Sentaditos y cogidos con las dos manos se quedaron quietos y comenzó el viaje. La tarde estaba fresca, demasiada tal vez. Como siempre Yumbato se acomodaba en la popa, se quitaba la camisa y empujaba la canoa con la punta del remo hacia el centro del rio para comenzar de inmediato su labor de remar y remar sin parar. El viaje siempre era en silencio, no se caracterizaba precisamente Yumbato por ser locuaz  y el esfuerzo que realizaba le demandaba mucha concentración. Era el “Capitán” de su barco y responsable de sus pasajeros, por lo que conducía la embarcación por senderos invisibles que tenía grabados en su memoria.
La tarde terminó por oscurecerse, el viento soplaba desordenadamente, por todos lados, unas veces por la espalda, que favorecía el viaje y otras por el frente frenando todo lo avanzado, cuando llegaban los vientos que azotaban por los costados, ponían en riesgo la frágil canoa, por lo que el experimentado navegante tenía que cambiar el rumbo, dificultando la travesía y retardando más de lo necesario el viaje. Las primeras gotas de lluvia no se hicieron esperar y caían sobre sus cabezas golpeándoles repetidas veces, finalmente se desencadenó un diluvio.
La tarde se convirtió en noche oscura, tan oscura que no se veían unos a otros y por primera vez a Yumbato se le escuchó gritar para alentar a su tripulación. Mañuco comenzó a llorar llamando a su mamá, le siguió Carmen llamando a su papá. El “capitán” les ordenó que se callasen, porque lo ponían nervioso, la intensa lluvia trajo adicionalmente otro contratiempo: la canoa se estaba inundando. Buscando bajo su asiento ubicó un tazón que le dio a Mañuco, pues estaba más cerca de él, y le ordenó que arrojara el agua. El niño no le obedeció y aumento la intensidad de su llanto. Como pudo llegó donde Carmen y más que ordenarle le suplicó que arrojase el agua fuera de la borda, explicándole que él no lo podía hacer pues debía mantener el remo en actividad.
¡Ya llegamos! Arengaba Yumbato a los niños, pero en realidad ni él se lo creía. El oleaje se intensificó y cada vez más llena estaba la canoa, poniéndola en riesgo de naufragar. Carmen entendió la situación, al ver que sus pies ya estaban anegados, cosa que en un primer momento no diferenció, pues estaban  empapados de pies a cabeza. Soltó una de sus manos y cogió el coso que de a pocos fue arrojando el agua fuera de su alcance. Pero por más que arrojaba con todas sus fuerzas el nivel de líquido se mantenía, la lluvia continuaba y los vientos se incrementaban. Yumbato a estas alturas había perdido la ubicación, no sabía cuanta distancia faltaba para alcanzar la orilla y es más no sabía tampoco, cuánto la corriente del rio los había arrastrado.
Cansado y al borde de perder la calma, apareció la luz. Era Don Manuel que intuyendo el peligro había salido con un farol, primero al embarcadero y desde allí gritar llamando reiteradas veces a los navegantes extraviados. Yumbato vio la luz, bastante alejada rio arriba y contestó el llamado, con un sonido que más parecía un trueno que la voz de un humano. Un grito de desesperación, alegría, angustia y esperanza al mismo tiempo, lo hizo una sola vez con tanta fuerza que  no le quedó más para repetirla. Fue suficiente, Don Manuel lo escuchó y corrió por la orilla hacia abajo, al lugar más próximo a donde había escuchado la respuesta.
Los niños se llenaron de esperanzas al escuchar la voz del padre y en coro llamaban: papááááá, papááááá, sin dejar de llorar, aunque ahora lo hacían con algo de alegría y con la confianza el padre les trasmitía. Yumbato también lloraba, remando con inusitadas fuerzas recobradas al ver el farol, intentaba gritar y no podía, se había quedado sin voz en el primer intento, así que cuando podía sujetaba el remo entre sus piernas y juntando sus manos las soplaba, emitiendo un sonido agudo que llegaba a los oídos de Don Manuel junto a las débiles voces de sus hijos. Don Manuel movía el farol mientras continuaba llamando, entre tropezones y contratiempos propiciados por la espesa vegetación, para sortear un barranco, debió alejarse de la orilla, pero para su felicidad al volver a esta escuchó la voz de sus hijos más cerca, continuó corriendo sin medir el peligro, lo que más deseaba era tenerlos y poder abrazarlos.
Finalmente, la canoa tocó la orilla, en una zona inaccesible, cubierta de ramas de árboles que impedían salir del rio. Don Manuel a escasos metros, los guiaba para que pudieran salir con mayor facilidad, les ordenaba que tuvieran calma, les pedía; ¡Por amor de Dios, tengan calma!, ya pasó lo peor, tengan calma, tengan calma. Su voz ronca, sonora, potente, juvenil, se quebró, lloraba junto a sus hijos y agradecía a la Santísima Virgen por haberlos ayudado. Yumbato continuaba luchando con las aguas, debía sacar su nave del rio, por lo que jalaba con todas sus fuerzas la frágil canoa hacia la playa, al verlo Don Manuel, dejó a los chicos en el suelo y acudió en su ayuda. Cuando amarraron la canoa a un árbol, los dos hombres se dieron un fuerte abrazo, no podían hablar pero entendían el agradecimiento mutuo.

¡Vamos! Ordenó don Manuel, mientras cogía a sus hijos y Yumbato se ponía el enorme bulto al hombro. ¡Vamos, ya todo terminó! y se marcharon en medio de la noche, la lluvia y la distancia.

9 comentarios:

Carlos Gamissans dijo...

Me ha gustado mucho el relato. Como siempre es un placer leerte.

¡Saludos!

SanJes MzManrique dijo...

Muy bueno mi querido amigo Pablo, con tu permiso lo imprimiré y se lo leeré a mis hijos antes de dormir, algo que hace tiempo había dejado de hacer ...

SanJes MzManrique dijo...

Muy bueno mi querido amigo Pablo, con tu permiso imprimiré una copia para contárselo a mis hijos antes de dormir, algo que hace tiempo deje de hacer ...

valeria fusco dijo...

Felice di incrociarti in rete. Amo il Perù, ci sono stata molti anni fa , bellissimo.
A presto

José María dijo...

Muy bueno el relato.

Maripaz dijo...

Últimamente me muevo poco por los blog amigos, aquí es verano y aprovecho para salir a tomar el sol, pero hoy, me has conmovido con la belleza de tu prosa una vez mas. Muchas gracias.

Anónimo dijo...

me gusto!

Mily Murillo dijo...

Hola, debo confesar que si no fuera por escribir el comentario, seguiría aferrada a mi escritorio tras leer cada día de tu relato. ¡no vaya a ser que el movimiento de una ola me tirara al furioso mar!.

Recién di con tu blog, gracias a blogs amigos y ha sido todo un placer.

Saludos.

Anónimo dijo...

Qué buena pluma ! ! Felicitaciones.Continue paisano.

Saludos desde Paris.