miércoles, 29 de junio de 2016

De madrugada

La partida del bus estaba atrasada, por razones que nunca nos dieron. Antes de abordar, rodeados de familiares de los viajeros, vendedores de golosinas, bultos, maletines y mochilas, cada uno trataba de entender la razón de la demora. Finalmente por una de las puertas de embarque anunciaron nuestro viaje. Con identificación en  mano, la larga cola de fastidiados pasajeros fue ubicándose cada uno en su asiento.
En la segunda fila de asientos un señor subido de peso llevaba una camisa blanca muy llamativa, que durante la espera conversaba con varias personas, en la mano llevaba un manojo de tarjetas que repartía a diestra y siniestra. Al tocarme pasar cerca de él, me entregó una de las consabidas  tarjetas, la tomé y avancé en busca de mi asiento. Al ubicarme, miré la tarjetita y pude entender que ofrecía seguros, con cierta indiferencia la guardé, pero en mi retina quedó la imagen que contenía e involuntariamente la volví a ver, mercadotecnia pensé y la volví a guardar.
Junto a mí, se sentó una señora joven relativamente, que llevaba un enorme maletín que no encontraba forma de poder
ubicarlo. Trató de varias maneras y lugares y no cabía por ninguna parte, al notar mi incomodidad me pidió disculpas, le dije que no se preocupara y le sugerí que tratara de meterlo debajo de su asiento, lo intentó y logró introducir solo la mitad del bulto y se sentó prácticamente encima del enorme maletín.
Salió el bus del terminal y lo primero que hizo, fue recoger más personas que con el vehículo en marcha lenta subieron “al vuelo”. Los que habíamos abordado dentro del terminal nos incomodamos por varias razones, la principal fue que nadie identificó a los que subían, cuando hacía solo unos minutos, a todos nos amenazan con no poder viajar si no portábamos nuestro documento de identificación en la mano. Nadie se dio por enterado de nuestro malestar y el bus se enredó en el tráfico endemoniado que rodeaba el terminal de camino a la salida de la ciudad.
Un niño lloraba sin cesar y la madre no encontraba forma de calmarlo, el calor al interior del bus se dejaba sentir cada vez con más intensidad a pesar que las pequeñas ventanillas estaban abiertas. El sol se ocultaba en un atardecer caluroso de temporada veraniega. Tras más de media hora, por fin el tráfico era fluido y el aire fresco aliviaba la incomodidad de los ya atormentados viajantes.
No pude dejar de tomar en cuenta que nuestro bus no contaba con servicios higiénicos y tratando de hacer cálculos, éramos aproximadamente cuarenta pasajeros que partimos a las cinco de la tarde y que nuestra llegada debería ocurrir, si es que no se presentaban contratiempos, a las seis de la mañana del día siguiente, catorce horas que tendría que soportar mal acomodado en esta aventura.
Perdí la noción del tiempo  tratando de ordenar mis ideas y pensando en lo que debería de hacer al llegar a mi destino. Me quedé dormido, escuchando el llanto del niño y sintiendo el movimiento que hacia mi compañera tratando de acomodarse sin lograrlo.
Avanzada la noche, en un lugar que no pude identificar, al sentir el bus detenido, me desperté.  Por la ventana vi que un hombre alto de contextura delgada, vestido con ropas oscuras, descendía del bus y casi corriendo se alejaba en la oscuridad de la noche, otras personas también bajaron; sintiendo ganas de orinar yo también bajé. El paisaje era desolador, desértico; no se veían cerros ni plantas, la luna se escondía entre oscuras nubes, que daban al lugar un escalofriante aspecto. Por precaución o temor no me alejé demasiado y pronto volví a parame cerca de la puerta. Pasado un tiempo prudente los conductores pidieron que todos subiéramos; alguien alertó sobre el hombre que descendió primero y que aún no regresaba, decidieron llamarlo a gritos pero nadie respondía.  Se juntaron en un pequeño grupo y se alejaron un poco desde donde seguían llamando al desconocido. El chofer ya incomodo pidió que subieran todos, mientras que con la bocina y las luces hacia señales indicando que partiría. Nadie respondió, ni nadie apareció.
Cuando partimos, había una señora de voz ronca y sonora, muy conversadora, que pude verla cuando se sentó al centro del vehículo; pude escucharla durante mucho tiempo hasta que me quedé dormido. Ahora era ella la que se quedó en las escaleras comentando y hablando lo que nos tocaba vivir, mientras el bus reiniciaba su marcha.
Los choferes indicaron que cerca había un pueblo y ahí había que dejar constancia en la comisaría del lugar lo que sucedió. Coordinaron quienes serían los testigos y nuestra compañera de voz ronca se ofreció voluntaria. Efectivamente, al cabo de unos minutos el bus se estacionaba en la puerta del establecimiento policiaco. Un policía soñoliento y mal humorado atendía a los encargados de hacer la diligencia; costó al parecer bastante trabajo hacerle entender al agente, lo que la mayoría de los pasajeros pudimos ver. Para certificar lo que se decía cogió la lista de pasajeros y comenzó a llamar uno por uno, cuando llamó al nombre de Ezequiel Dulanto Porras, nadie contestó, reitero el llamado y recibió la misma respuesta, silencio. La señora de voz ronca preguntó por el número de asiento y se acercó a verificar. Resulto que se trataba de su compañero de viaje que se encontraba aparentemente bien dormido, lo movieron para despertarlo y se recostó sobre el otro asiento, en una pose muy rara, rígido. Cundió rápidamente el pánico provocado por la señora que entró en shock. ¡Está muerto! Gritó.

Pidió el policía que todos los pasajeros descendieran del bus, para entonces pude ver la hora, eran las 3 de la madrugada. No sabíamos que había ocurrido, no sabíamos que nos esperaba, lo que si pude saber es que el muerto tenía el mismo aspecto del hombre que vi alejarse del bus cuando paró en el desierto.