domingo, 8 de abril de 2012

Toda una vida.

Cuando niño, mi madre aquí presente, solía acomodar mis hirsutos cabellos, diciendo que era necesario causar siempre una buena impresión. Su tiempo, sabiamente lo compartía con cada uno de sus hijos, que a modo de costumbre heredada de su padre, nos sacaba a la calle en fila india en algunos casos y en otros de dos en dos, cogidos de la mano. La gente que nos veía pasar, creía que eras maestra de escuela y preguntaba: ¿a dónde va de excursión el colegio?

Éramos siete niños con costumbres parecidas pero nunca iguales, cada uno tenía personalidad propia y nos esmerábamos en demostrar esa peculiaridad. Mi madre con paciencia propia de su juventud, en algunos casos, o ayudada de un buen chicote, nos entendía y a cada uno nos daba lo que ella creía era más conveniente para nosotros. Mi hermana mayor era la que más frecuentemente hacia uso de las dos cosas.

Quiero con el permiso de ustedes, rendir homenaje al ser que me dio la vida y me enseñó la forma amarla también. Rendir homenaje a través de mis letras, que son las mismas que aprendí de la mano de ella. Un homenaje a quien con diligencia acompañó mis primeros pasos, escuchó hablar de mis sueños infantiles, soportó con amabilidad mis extravagantes aventuras juveniles y entendió con sabiduría algunos de mis logros posteriores. Un homenaje que se pude resumir de una sola manera: expresando públicamente, el gran amor que siento por ti, que me llena de orgullo y de inmensa felicidad al saberte a mi lado.

Cuando niño, recordaba al principio, que son tal vez los recuerdos más profundos en la vida de todo ser humano, los que nos marcan y nos guían por el resto de nuestros días. Recuerdos grabados en el libro de nuestras vidas, que nos acompañan en cada decisión que tomamos o rumbo que seguimos. Tu, madre, nos enseñaste a caminar por el sendero del bien y es meritorio reconocerlo.

Nacido entre papeles y tarros de tinta fresca, impregnado con la fragancia de hojas recién impresas en la imprenta de mi padre, el destino me llevó a crecer en otro ambiente que igualmente guardo gratamente en mi memoria: el de leche fresca, olor a campo, gramalote verde y cáscaras de plátano, que eran el alimento de las vacas del abuelo. Y, aquí o allá siempre estuviste tú, acompañándome… siempre a mi lado.

Ya más grande y a punto de cumplir quince años, estando de vuelta en mis raíces, un buen día que salía trabajar en el taller de imprenta, recordaba tus palabra ”Es necesario dar siempre una buena impresión”. ..Y así fue, me quedé, obediente a tu recomendación, en este mundo de impresiones, de impresiones… gráficas. Intentando siempre dar la mejor buena impresión.

Tu vida madre, estuvo siempre rodeada de niños, primero fuimos nosotros, luego llegarían tus nietos y hoy por hoy tus bisnietos alegran tus días. Pero Dios quiso premiarte con algo más grande aún y trajo hasta ti todo un nido, jardín de la infancia, colegio inicial o como quiera llamarse, repleto de niños, para quienes eres el ángel que los acompañas cada día. Carisma no te falta y son ellos toda una bendición para ti. Toda una vida rodeada de niños, hermoso ¿verdad?

Finalmente solo queda decirte en nombre de mi mujer, mis hijos y el mío propio: Feliz cumpleaños Mamá Carmen. Que la dicha y la felicidad te acompañen en cada uno de los días que te toquen vivir junto a nosotros.

Te quiero mucho.