sábado, 4 de septiembre de 2010

Entre cervezas

El olor a fermentado era más fuerte que el que emanaba de las piñas y las flores del jardín que estaban cerca de la ventana. Al acostumbrarme a la oscuridad pude notar que afuera iluminaba la luna con bastante nitidez, no tenía sueño por lo que muy despacio abrí la ventana para ver hacia la calle. Trepado sobre la cama y casi pisando a Miguel me colgué, para intentar ver la luna. El cielo estaba despejado, por lo que pude ver bien el sembrío de las piñas fragantes y la calle desierta a estas horas. A la distancia se escuchaban voces de personas que se acercaban, por lo que traté de esconderme para verlos pasar. “Los grandes cambios empiezan por una pequeña pinta”, decía un señor al otro que lo acompañaba, “pero en nuestro caso no solo hicimos una pequeña pinta, sino que pintamos muchas paredes por hoy” respondió el otro señor mientras soltaba una risita burlona. En la mano llevaban tarros de pintura, caminaban sin ninguna prisa y parecían estar seguros que por este lugar nadie los vería. Un poco más allá se detuvieron para continuar con su labor sobre las paredes de adobe de una casa vecina.

Hubiera querido seguir mirando hacia afuera pero mis piernas se acalambraron al estar colgadas, por lo que regrese a mi sitio en la cama, haciendo a un lado a Oswaldo que se había rodado hacia el borde.

Cuando amaneció escuché la voz de mi papá conversando con la señora que nos abrió la puerta, en la parte posterior de la vivienda. Hacia allá me dirigí sigilosamente por lo que no me escucharon llegar. Mi padre hablaba de un viaje muy pronto y le pedía a su interlocutora que cuidara de nosotros. “Papá, no te vayas otra vez” dije acercándome a ellos. Una fogata en medio de dos adobes era soplada por la señora, intentando que no se apagara, cuando vio que ya estaba estable colocó sobre ella una olla muy ennegrecida y volteó para verme. Mi papá me había sentado sobre sus piernas y acariciaba mis cabellos tratando de asentarlos con las manos. “No te preocupes hijo mío, acá estarán muy bien cuidados y nada les faltará” me dijo casi al oído. “Te presento a la señora Edelmira” decía, cuando un fuerte llanto proveniente del interior del otro cuarto, hizo que la señora saliera corriendo. Al rato se apareció con una niña en sus brazos, para coger unos camotes que ya habían sido lavados y echarlos dentro de la olla que estaba sobre el fuego. “Ella es Antonia, una adorable niña que compartirá los ratos de juego con ustedes” dijo mi papá. “¡Una niña!” casi lo grité y me quedé mirándola, ella se escondió entre los cabellos de su madre, abrazándola fuertemente para que no la bajase.

Me bajé de las piernas de mi padre y lo jalé para ir al cuarto a ver a mis hermanos. “No te vayas papá” volví a decirle cuando estábamos un poco alejados.

Mis hermanos dormían profundamente por lo que mi papá abrió la puerta que daba a la calle y salimos entre ramas de rosales que descuidadamente colgaban en varias direcciones. Eran rosas, pequeñitas y de varios colores, muchas de ellas matizadas donde predominantemente sobresalía el color amarillo. Me acordé de los señores que pasaron en la noche con latas de pintura y me alejé un poco hacia la casa vecina para ver lo que habían pintado. Unas pintas mal hechas y letras chorreantes de color blanco pude ver sin saber lo que decía. Pedí que mi papá leyera sin que me prestara atención, por lo que le exigí que lo hiciera. “Solo el APRA salvará al Perú” leyó. “¿qué más?” insistí. “Nada más” me respondió. “¿Sólo el APRA? ¿Nadie más?” volví a preguntar.

“¿Papá y quién es el APRA?” insistí en querer saber. Mi padre cogiéndome de la mano me alejó del lugar de las pintas, mientras decía “Hay cosas que siendo niños no se pueden comprender, ya llegará el momento que lo entiendas y para eso debes estar preparado, lo que necesitas por ahora es ir a la escuela y aquí lo harás junto a Oswaldo”.

“¿Papá, por que huele feo?” pregunté refiriéndome al olor que inundaba el ambiente. Mi padre sonriendo me explicó que era producido por la fábrica de cerveza que estaba a la espalda de la casa. Dándose cuenta que no lo entendía, fue más explícito y detalló el proceso completo de la cerveza hablándome de la forma en que se sembraba la cebada y el proceso de selección de la materia prima, de la forma en que se transportaba y del lugar que provenía. Hablaba de unos enormes calderos y de unas pailas gigantes en donde cocinaban cebada y luego la procesaban para ser envasada y distribuida en varios lugares. “Papá, ¿qué es cebada?” pregunté. Mi padre al borde de perder la paciencia se alejó un poco sin responder nada, comprendió que toda su perorata no sirvió de mucho, finalmente dijo: “es una planta y de ella hacen una chicha, esa chicha se llama cerveza y aquí entre cervezas viviremos un tiempo”. Miguelito se había despertado y lloraba fuertemente, fuimos a verlo.

La señora Edelmira había tratado de calmarlo cuando empezó a llamar con tan mala suerte que el niño se asustó y gritaba desesperado. Mi papá trató de cargarlo y se refugio en el rincón más alejado de la cama como para que no lo cogiese. En este plan de fuga pasó por encima de Oswaldo pisándolo y gritando cerca de sus orejas, lo cual no perturbó en lo más mínimo a mi hermano mayor. Cuando me vio, me llamó a su lado sin atreverse a salir, tuve que subirme al catre para calmarlo.

Mi papá que no andaba de buen humor se incomodó con la actitud indiferente de Oswaldo, lo sacudió para despertarlo increpándolo por tener tan profundo sueño, “el cielo se cae encima tuyo y no despiertas” le dijo, “procura ser más atento con tus hermanos, ellos necesitan que los atiendan aun” continuó diciendo haciendo un esfuerzo por controlarse y bajando el tono de su voz.

Ya calmado Miguel y despierto Oswaldo, mi papá invitó a todos los presentes a tomar desayuno. Antonia no sacaba la cabeza de entre los cabellos sueltos de su madre. Ya en la cocina, sentados alrededor de una pequeña mesa en la que no cabíamos todos, estaban servidos los camotes en una fuente, cancha en otra y un jarro de leche humeante para cada uno. Oswaldo no esperó una segunda invitación y cogió el camote más grande, para luego sentarse sobre una pequeña banquita que estaba un poco alejada de la mesa, lo que no fue visto con mucho agrado por Antonia, que bajándose de los brazos de su mamá corrió a quitársela. Mi hermano intentó jugar con ella, pero la niña se puso a llorar. Miguelito que se había acercado a ver lo que pasaba, se rió cuando la vio llorando, claramente incomoda la señora Edelmira cargó a su niña y se alejó del lugar.

A mi papá, para calmar el momento tenso, se le ocurrió decir: “¿Quién quiere un biscocho?”. Todos levantamos las manos, incluyendo la mamá de Antonia que comprendió que se trataba de un juego. “Muy bien, todos los que acaban su leche se van conmigo”. Unos minutos más tarde, todos salimos a comprar los biscochos. Yo iba feliz delante del grupo, deseoso de conocer el barrio, sobre todo la fábrica de chicha de cebada.