jueves, 19 de agosto de 2010

Champa

Una semana después, tal como lo ofreciera mi papá, nos mudamos de casa. Una casita muy acogedora, no muy lejos de la anterior, nos dio la bienvenida. Estaba a una cuadra, frente a la fábrica de cerveza, junto a una escuela, que por estos días lucía vacía. Los dueños eran una señora y un señor que vivían en otra casa junto a la nuestra, se ofrecieron velar por nosotros, “como si fueran parte nuestra”. Ella siempre daba órdenes en todo momento y él obedecía de buena gana. Ella era blanca y gorda, él delgado y moreno. “¿Nemesio?” decía ella y el señor aparecía con algo en la mano seguro que eso era lo que ella buscaba o requería. Nunca dejaron de sorprendernos por la química que había en entre si. Se les veía siempre felices, sonreían en todo momento.

La nueva casa era pequeña, tenía dos ambientes, uno lo usamos como dormitorio; ahí acomodamos nuestras camas que las trajimos al hombro desde la casa anterior. Mi papá se encargaría de hacer el resto con la ayuda de “champa “que desde entonces pasaría a formar parte de la familia. En el patio trasero había un pequeño horno de barro en la cocina y junto a él, un cobertizo construido por papá sirvió de casa para “champa”, nuestro caballo. Tenía unas crines largas y desordenadas, patas cortas y robustas, una panza voluminosa y un lomo muy ancho. Comía todo lo que le dábamos, pero disfrutaba con los caramelos que le poníamos en la boca. Nos mostraba sus grandes dientes blanquecinos, simulando una sonrisa cuando se sentía mimado. Una enorme cola que llegaba muy cerca del piso la ventilaba constantemente, por lo que evitábamos acercarnos a ella para no ser golpeados. Era de color rojo oscuro, patas negras iguales que la cola y las crines.
El caballo nos permitía que jugásemos con él. Su deleite era que le rasquemos la panza o que frotáramos su ancho lomo. Lo que no aceptaba, era que Oswaldo tratase de montarlo, pues siempre encontraba la forma de esquivarlo.

Experiencia de jinetes ya teníamos, pues en uno de los corrales de los vecinos, encontramos dos burros que dócilmente nos dejaban subir a sus lomos. Uno de ellos inclusive remoloneaba en círculos a manera de juego con nosotros. El otro en cambio cuando subíamos se quedaba quieto y por nada del mundo lográbamos que se mueva de donde estaba, este burro era el que le tocaba a Miguelito siempre. Mi hermano, montado en su corcel estático, veía como Oswaldo y yo arreábamos al nuestro.

Decidimos que era mejor tener un burro que a Champa. Cuando supo papá nuestro parecer, río de buena gana, nos explicó que muchas cosas en la vida hay que saber tomarlas con calma, “todo es posible si se usa buen tacto” dijo a la vez que nos enseñaba como lograr subir al lomo del caballo.

De la novela "Aprendiendo a vivir"