martes, 30 de marzo de 2010

La huida II


Chan Chan

Luego de caminar tanto, las fuerzas nos abandonaban. El sueño nos agobiaba y el peso de nuestros bultos era más difícil de sobrellevar. El cañaveral que nos había bañado con sus flores artiduricas por fin desapareció.

Sentados entre el arenal y las últimas plantas, desnudos tratábamos de aliviar la molestia causada por la flor de caña. Mi padre rascaba la espalda de Miguelito que desesperado lloraba, mientras que la madrastra cambiaba el trapo que envolvía su pie dislocado e hinchado, que se había hecho jirones en nuestra loca huida. Pude ver una lágrima correr por su mejilla pero no se lamentó ni se quejó nunca. Al verme parado junta a ella me atrajo a su pecho, acariciando mi espalda, sacudió mis cabellos; reclinado como estaba, sentí el tamaño de su vientre, grande, abultado, gigante, no pude evitar acariciarla y llena de una felicidad inesperada sonrió.

Escuché a mi padre lo que no deseaba en estos momentos oír: “vamos, nos gana la hora, debemos avanzar antes de que amanezca”. Avanzar en el desierto que teníamos delante nuestro, al principió fue agradable, la arena suave y tibia era un deleite para nuestros cansados pies. No había plantas que choquen sobre nuestros rostros y a pesar de la oscuridad podíamos ver algunos pasos delante de nosotros. Sin embargo al cabo de unos minutos, el cansancio podía más y sentía que mis pies se enterraban en la arena dificultándome avanzar.

Caminamos en silencio acompañados por el llanto de mi hermano menor por un buen rato hasta que ganado por el cansancio se quedó dormido como estaba, en los brazos de mi papá.

Vimos una luz muy brillante que se movía a lo lejos. Mi padre ordenó que nos detuviéramos y nos quedáramos sentados. En un principió nos dijo que era un vehículo que pasaba por el camino, pero luego de analizar bien aquella luz, se quedó sorprendido al ver que avanzaba en forma bastante rara, pues se levantaba del piso para luego volver al lugar en que estaba; más sorprendido aún quedó al ver que la luz cambiaba de color. Finalmente dijo que no estaba en el camino sino más bien junto al mar. Así como apareció, también desapareció, dejando en nosotros un halito de misterio.

Avanzábamos lentamente, casi contando nuestros pasos. La oscuridad era muy intensa, nuestra visibilidad era escasa, por lo que no nos preocupábamos por mirar hacia adelante. De pronto de en medio de la nada surgió una muralla, una enorme pared de adobes. El encuentro llenó de felicidad a mi papá, pues indicaba que estábamos en buen camino. El conocía el lugar y rápidamente ordenó que camináramos hacía la izquierda. “Ya estamos cerca” le escuché decir con emoción.

Caminábamos con más facilidad, ya que nuestros pies no se hundían en la arena, pero ahora éramos lastimados por restos de cerámica rota que se encontraba dispersa por todo el lugar. Mi papá nos dijo que estábamos en Chan Chan, caminando sobre lo que en algún momento fue una ciudad antigua, ahora abandonada y saqueada por buscadores de fortuna. Llegamos al final de la gran pared y al rodearla nos encontramos con pequeños montículos de barro de diversas y variadas formas, unas más grandes que otras pero todas alineadas ordenadamente. Un ligero resplandor parecía iluminar el lugar, no distinguíamos de donde brotaba la luz, pero nos permitía ver a regular distancia; me llamó la atención la forma en que se encontraba el lugar, lleno de agujeros, parecía haber sido bombardeada. “Es el trabajo de los huaqueros” escuché decir. Una larga avenida nos mostraba restos de paredes anchas a medio derruir, al fondo encontramos una explanada llana, lisa y limpia rodeada de pequeñas hornacinas. Me hubiera gustado quedarme a descansar ahí, pero mi padre nos apuró. “No podemos quedarnos aquí, nos puede hacer daño si nos quedáramos dormidos”. No pude entender aquellas palabras y avanzamos en silencio, casi corriendo de vuelta a la oscuridad.