miércoles, 20 de enero de 2010

Boquerón

Encima de la carga que traía el «Rebelde sin causa» se acomodaban unos cilindros herméticos que eran llenados con gasolina y cual grifo ambulante surtía de energía al noble compañero de viaje. Retornando de la experiencia vivida con tan peculiar orquídea, encontré a mi tío con una manguera larga que salía del cilindro en la parte superior del camión, tratando de succionarla para de inmediato introducirla en el tanque de combustible del camión, costumbre bastante artesana, que también tenía sus riesgos, un pequeño descuido y el que se abastecería, sería el que succionaba la manguera. Hecho esto, llenó de agua fresca el radiador del motor, revisó aceite con una varita que la limpió varias veces, golpeó las llantas una por una para verificar su buen estado y quedaba todo listo para continuar nuestro viaje luego del descanso en el restaurante de «Chesman».

Salieron todos los habitantes del lugar, inclusive los ocasionales comensales, para despedirnos con las manos al aire agitándolas amistosamente. Estaban ahí, la señora Carmen con una linda sonrisa, su marido con la cabeza empapada de agua que la había sumergido al pozo para refrescar tal vez los estragos de lo bebido horas antes, junto a él un hombre que lo vi en la cocina dando muerte a una gallina que la sirvieron en el desayuno; estaban también los dos «angelitos», uno de ellos seguía trepado en el estribo del vehículo, pidiendo propina. No faltaba nadie, todos levantaban las manos y nos decían «adiós». Rugió con fuerza el «Rebelde sin Causa» y partimos. Mi tío se acomodó lo mejor que pudo, tomando con firmeza el volante, para retomar nuestro camino hacia el tantas veces mencionado «Boquerón».

Era un lugar sobrecogedor, la naturaleza trabajo con mucha paciencia para lograr este resultado. Los cerros fueron cortados a tajo perpendicular por el bullanguero rió que lo atravesaba. Por donde se viera descendían chorros de agua formando caprichosas cataratas, que con el paso de la luz a través de ellas llenaba de un tono multicolor al reducido espacio; lo de reducido es un decir, pues al estar ahí uno se sentía más insignificante que una hormiga frente a un edificio.

Muchas de estas cataratas eran pequeñas y caían de distintas alturas, regando con gotas de agua todo el espacio, lo que convertía al lugar en una zona que nunca dejaba de llover.

Avanzaba lento el «Rebelde sin causa», con destreza esquivaba los charcos que formaban la constante caída de agua y se disponía a cruzar el primero de los catorce puentes que había en el lugar cuando muy cerca pude ver algo que me paralizó, era una gigantesca caída de agua, de color blanco intenso que al caer se ensanchaba más en cuanto se acercaba al suelo. Impresionante, el «Rebelde sin causa» otrora gigantesco y fornido, ahora se veía pequeño, como si fuera un juguete junto a mis pies. Cruzó el puente de hierro lentamente, produciendo un ruido metálico terrible, estaba hecho creo yo, justo a su medida. Si fuera más grande el camión, tal vez no podría pasar, no alcanzaría. Al llegar al lado opuesto tendría que girar a la derecha en un ángulo de 90º, en una curva con poco espacio y recibiendo el baño de una de las cataratas. Quedé mirando el rostro de mi tío, concentrado y sereno, seguro de lo que hacía y sentí más admiración por él. Muy dentro de mí, me prometí que sería como él, un gran piloto y conduciría al «Rebelde sin causa» por los lugares más apartados de los confines del mundo. Nació aquí mi pasión por conocer todos los caminos del mundo, conocerlos así como ahora, bache por bache y curva por curva.

Me sentía mareado, tal vez por el esfuerzo que hacía al querer mirar todo al mismo tiempo, no dejar de ver todo esto que se presentaba, en la parte alta como al pie de las cataratas y su llegada al río, el paso de éste y las gigantescas rocas que se interponían en su camino, los sonidos del agua al caer y al correr. Del «Rebelde sin causa» salía humo cada vez que le caía agua, por contraste de temperaturas entre el calor del motor y el frío líquido que lo refrescaba.

Al tomar la siguiente curva vi nuevamente a la mancha blanca gigantesca, más brillante aún, estábamos cerca y tenía que pegarme al parabrisas para tratar de adivinar donde empezaba la caída de tanta agua, que al descender cobraba vida, se ondulaba cambiando las tonalidades del blanco. Frente a tan magnífica vista, el «Rebelde sin causa» se detuvo y como si volviese de un sueño, volteé la cara para ver a mi tío; lo encontré sonriente, feliz, también él disfrutaba este espectáculo, por eso detuvo la marcha del camión, para poder ver juntos esta maravilla en toda su magnitud.

Ante mi asombro habló, me dijo: “A esta caída de agua le llaman el velo de novia, por la forma que tiene, es hermosa. Me hubiera gustado conocer a esa novia para casarme con ella”. Lo quedé mirando sin responder. ¿Quieres bajar? preguntó, mientras descendía de la cabina. Yo lo seguí, nos paramos juntos frente a ese coloso delante del camión, lo observamos fijamente, me llenó de una inmensa alegría. Disfrutamos juntos del placer inmenso que ese paisaje y la naturaleza nos regalaban, compartió conmigo el mejor regalo que hasta entonces pude recibir. Te estaré siempre agradecido por ello.

No me di cuenta en qué momento se separó de mí y desde un riachuelo que descendía al ruidoso río, cogió un poco de agua entre las manos y como si fuera un niño me lo aventó a la cara. Reí de buena gana, salí corriendo, me protegí dentro de la cabina. Qué hermoso lugar, que momento tan grato.

Continuó su marcha lenta el «Rebelde sin causa», volvió a cruzar más puentes y otras curvas peligrosas aparecieron para que las podamos superar. La carretea solo permitía el paso de un vehículo por lo estrecho y difícil del terreno. Eran las diez de la mañana, hacía media hora que partimos del restaurante “Chesman”, me pareció que fue un día entero el que viví entonces, el día más largo de mis nueve años infantiles.

De la Novela "La ilusión de un sueño"