martes, 5 de enero de 2010

Adonis

Frente a la Casa-Restaurante “Chesman”, había una amplia explanada y algunos metros más allá un río corría ruidoso. Por donde se mirase había piedras de variados tamaños, formas y colores, todas con signos de haber sido removidas de su sitio o demolidas para dar paso a la carretera. Avancé por ese lugar, tratando de encontrar el río bullanguero, mientras recordaba las historias de este lugar, que había escuchado en las constantes reuniones en casa de la abuela, todas con misterio y algo de terror.

Era un hermoso día, el sol desde muy temprano brillaba en lo alto y aún cuando todavía no podía bañarnos con su calor por la sombra del cerro que nos cubría, se podía sentir una tibia calidez y mucha luz. No sé qué tiempo estuve parado viendo transcurrir el río, no muy caudaloso pero si torrentoso y sonoro, que corría chocando de una piedra a otra en su avance precipitado y fugaz.

El lugar estaba lleno de vida, muchos insectos trataban de tomar algo de los pequeños rayos de sol que comenzaban a llegar a mis pies, muchas mariposas aparecieron casi por encanto, eran de muchos colores, unas eran amarillas con manchas negras, otras eran celestes y también estaban las de color azul eléctrico, muy fuerte. Ninguna temía posarse cerca de donde estaba, era alucinante. En el ambiente se percibía un agradable olor a tierra húmeda; se veía un tenue vapor de agua levantarse del suelo donde ya llegaban los rayos del sol, lo que daba a las mariposas un estímulo especial para practicar danzas coreográficas especiales llenas de gracia.
A mi derecha llamó mi atención una pequeña flor solitaria colgada de una piedra, era de color morado con muchos matices, tenía forma de dos lágrimas, adornada por dos hilos dorados en cada pétalo que parecían flotar con la brisa matinal, más allá un grupo de plantas silvestres, toscas pero con flores llamativas aportaban al lugar una dosis de encanto. Me acerqué para observarlas mejor y lo que pude distinguir a lo lejos fue algo espectacular, caía agua de un cerro y al descender en el vacío se dispersaba en millones de gotitas, las que al ser atravesadas por un rayo del sol tomaban cada una un color diferente y mágico, en una danza de luz color y encanto, parecían millones de piedras de color o canicas derramadas al azahar. Al retirarme de las plantas con la intención de observar mejor, ya no había esa magia, así que hipnotizado volví a colocarme entre las plantas para observar ese excepcional espectáculo. Todo lo que había escuchado sobre este lugar no era cierto, esto era bello, nunca experimenté esa sensación de poder gozar tanta belleza.

Mientras disfrutaba lo que la naturaleza me regalaba, no sentía que el tiempo transcurría, era una eternidad. La voz de doña Carmen me devolvió a la realidad, llamaba con dulce voz: “Humbertitooooo, Samuelitooooo”, con graciosa entonación. Llamaba a los dos muchachos que de mala gana limpiaban el salón, huyendo casi de inmediato para no recibir otra orden de trabajo. Luego supe que eran los dos hijos menores de la pareja, mozalbetes dados al relajo y miembros declarados enemigos de las actividades del restaurante y de cualquier labor que demande esfuerzo. Aunque todo el día se esforzaban precisamente por esconderse, lo que lógicamente les producía cansancio y también hambre por lo que a la hora de almuerzo y al llegar la noche reaparecían en busca del calor materno. La señora se acercó a mí y dulcemente volvió a preguntar por sus “angelitos”, la quedé mirando, aún absorto por la ilusión que mis ojos estaban viendo y solo atine a mover la cabeza indicándole negativamente que no sabía nada, no había visto a nadie. Me indico que me alejará de allí y que mi tío estaba buscándome, pues pronto partiríamos.

Volví a mirar la flor que me deslumbraba y la cogí. Se cerró inmediatamente, poseída de una fuerza que me sorprendió. Estaba ligada a la piedra tan superficialmente que no tuve que hacer ningún esfuerzo para desprenderla, estaba colocada de la forma más simple y superficial sobre la roca. Quedó en mis manos, frágil y marchita. En pocos segundos paso de ser una deslumbrante y bella flor a un simple despojo, una ramita muerta, sin vida. Asustado la solté, al caer se mezcló con las piedras y otras ramas, era difícil distinguir cual era la que hasta hacia unos segundos, se mostraba como la más hermosa y bella flor del lugar.

Volví a donde estaba mi tío y no podía salir de mi asombro, nunca pensé que podía ser tan frágil la vida de aquel hermoso ser. Las mariposas seguían revoloteando con sus hermosas alas de llamativos colores.

La señora Carmen volvió a pedirme que me aleje de allí. Traté de explicar lo que había visto, pero mezclaba las palabras y ella no podía entenderme, se dio cuenta de mi emoción y comprendió lo que pasaba. Dijo entonces, que era una flor muy rara y frágil, era un ADONIS, familia de las orquídeas peruanas, a la que nadie puede tocar porque se mueren. Ignorante yo, había cortado la corta existencia a tan tímido, bello y frágil hijo de la naturaleza.

De la novela "La Ilusión de un sueño"