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Mostrando entradas de marzo, 2010

La huida II

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Chan Chan
Luego de caminar tanto, las fuerzas nos abandonaban. El sueño nos agobiaba y el peso de nuestros bultos era más difícil de sobrellevar. El cañaveral que nos había bañado con sus flores artiduricas por fin desapareció.
Sentados entre el arenal y las últimas plantas, desnudos tratábamos de aliviar la molestia causada por la flor de caña. Mi padre rascaba la espalda de Miguelito que desesperado lloraba, mientras que la madrastra cambiaba el trapo que envolvía su pie dislocado e hinchado, que se había hecho jirones en nuestra loca huida. Pude ver una lágrima correr por su mejilla pero no se lamentó ni se quejó nunca. Al verme parado junta a ella me atrajo a su pecho, acariciando mi espalda, sacudió mis cabellos; reclinado como estaba, sentí el tamaño de su vientre, grande, abultado, gigante, no pude evitar acariciarla y llena de una felicidad inesperada sonrió.
Escuché a mi padre lo que no deseaba en estos momentos oír: “vamos, nos gana la hora, debemos avanzar antes de que amane…