jueves, 17 de diciembre de 2009


Las Navidades

Eran los primeros días del mes de Diciembre y en uno de los desayunos dominicales, el tío Bernabé inició su monólogo acostumbrado diciendo: “en estos días se celebra el nacimiento de un hombre que viviendo poco en esta vida se le recuerda por sus palabras aunque nunca hizo nada…” sus palabras fueron cortadas por la tía Lucrecia. Era la primera vez que escuchaba que interrumpían su “análisis de la vida”, como acostumbraba llamar a sus pequeñas conferencias. “Mira Bernabé” dijo la tía dejando la taza que tenía en la mano. “Esto no es cuestión que tu quieras creer o no, las cosas simplemente son así y no quiero que influyas en los chicos con tus ideas ateas, en tu sindicato puedes exponer tus tertulias como quieras pero acá, ya tu ve”, noté que el tío perdía color en el rostro mientras que la cara de la tía se ponía morada por la fuerza que le ponía a sus palabras. “Te guste o no, el nacimiento se armará una vez más en la sala para adorar al niño Manuelito, la Navidad se celebrará siempre en esta casa mientras yo esté viva, ¿de acuerdo?”.

El tío Bernabé, que nunca lo vi discutir con nadie, continuó hablando como si nada hubiera escuchado, luego de hacer una pausa y tragar harta saliva dijo “A los hombres que se les recuerda por mucho tiempo, es por que son dignos ejemplos en el espacio histórico, para bien o para mal, por lo tanto yo no soy quien pueda juzgar si fueron malos o buenos. Pero si puedo analizar, desde mi humilde punto de vista, si la obra que hicieron, es favorable para mí y para mis hijos. Podemos no coincidir en algunos aspectos de la vida de este señor pero en general sus actos, mientras vivió fueron inocuos. Me tiene sin importancia si mi conyugue decida adorarlo”. Yo lo miraba fijamente y vi que su manzana de adán subía y bajaba constante por su largo y flaco cuello. Levantó la taza de café que tenía en la mano y bebió el último sorbo, cogió la servilleta que tenía cerca y ligeramente limpió su boca. Luego con las manos libres y apretándolas en forma de puño y los codos apoyados en la mesa dijo “jovencitos, nos vamos, un amigo nos espera”.

Quise preguntar que significaba “inocuo”, pero sentí temor de avergonzarlo aún más. Esta vez me sentí identificado con él y llegué a pensar que la tía no debería tratarlo así, él era un hombre que sabía mucho y siempre trataba de explicar algún tema nuevo. Hubiera querido decírselo, pero callé y me quedé mirándolo hasta que se levantó de la mesa y acomodó su abrigo antes de comenzar a caminar.

Al día siguiente, la puerta principal de la casa se abrió de par en par. La tía Lucrecia lucía feliz y nos invitó a que participemos en la limpieza que dio inicio a todo un rito. El de armar el nacimiento.

Nunca había visto tanta felicidad en el rostro de la tía, tampoco recuerdo que nos haya tratado alguna vez con tanta amabilidad. Me llamó “hijito” más de una vez y con mi hermano Miguel era sorprendentemente tolerante, ante la torpeza de sus manitas. Oswaldo mi hermano mayor miraba con desconfianza y a prudente distancia.

Trabajamos desde muy temprano y hasta pasado medio día, finalmente apareció en la sala de la casa un espectáculo hermoso para mis ojos. Con papeles, cajas y otros objetos había dado la forma de cerros y se las ingenió para acomodar plantitas que con anticipación ya las había sembrado sobre pequeñas macetas. Al centro en la parte media armó una pequeña casita con techo de paja y acomodó animalitos hechos con arcilla, especialmente junto a la pequeña chocita. De algún lugar sacó una brocha y un poco de pintura, que sirvió para manchar desordenadamente los cerros dándoles sombras y contrastes.


Todo era felicidad, Oswaldo contagiado por la alegría reinante se animó a compartir el trabajo amenamente, hasta que a Néstor se le ocurrió decir que uno de los animalitos se parecía al “chirri”. La sonrisa de la tía desapareció instantáneamente y ordenó que todos se retiren a lavarse la manos porque ya era hora de almuerzo.


Yo salí corriendo hacia la cocina, donde al llegar choqué con la señora que apresuraba su labor por servir los alimentos. “Adonde vas tan de prisa moreno” dijo mientras me cogía para no rodar por el suelo, “a que se debe la dicha que tienen mis ojos de verte por aquí” continuó diciendo, a la vez que acariciaba mis cabellos. Mis ojos expresaban miedo y no podía hablar, me deshice de sus brazos como pude y me dirigí a una bandeja con agua que había junto a la puerta de salida a la huerta. Me lavé las manos y eché agua a mi rostro, sintiendo un gran alivio. Busqué con la mirada hacia la sala tratando de ubicar a mis hermanos, no los pude ver. Al mirar hacia la huerta, sentí que mis pelos se erizaban, escuche los ladridos de un perro y supuse que eran los del perrito que fatalmente sufrió tan ingrato accidente en mis manos. “Yo no quise hacerte daño” dije casi gritando. Unos brazos robustos me cogieron cariñosamente, me levantó en vilo y me condujo hacia una jarra con agua que sirvió en un vaso y me lo alcanzó. “Cálmate mi niño, ya paso, no tengas miedo. Yo estaré siempre a tu lado para protegerte. Toma el agua, te hará bien”. Durante el almuerzo nadie habló. Yo no sentía hambre y no pude comer a pesar que era mi comida preferida.

“Dos semanas más y ya es navidad” dijo la tía algunos días después de aquel incidente. Si bien es cierto no tuvo mayor trascendencia, pero personalmente, me era difícil olvidar a la mascota de la casa. El ambiente en el hogar era agradable, se respiraba paz y tranquilidad, recibía buen trato tanto de la tía como también de mis primos. Muy dentro de mí, extrañé a mi papá, hubiera querido en ese momento tenerlo a mi lado. Ojala que llegué pronto para estar juntos en Navidad, pensé. El resto del día sentí mucha pena y no pude decírselo a nadie.

Las tardes eran bañadas por un agradable sol, que aunque tibio, hacía grato acercarse al mar y contemplarlo. Enormes olas reventaban en la orilla dejando una espuma blanquecina. Había algo en él que me atraía y muchas horas pasé sentado en la arena mirando los atardeceres. Esperaba con ansias la llegada de mi padre. Sentía ganas de llorar y comencé a experimentar rabia contra papá por que no estaba junto a mí. Pensé, ¿y mamá? Ella también se fue, ya no quiso estar con nosotros. Tal vez la tía tenía razón, éramos malos y no merecíamos que nadie nos quiera. Me recosté en la playa y me quede dormido.

Debió de haber pasado bastante tiempo. Lo suficiente como para que en la casa me extrañen y salgan a buscarme. No recuerdo quien me encontró dormido y me llevó hasta la presencia de la tía, quien de un par de cachetadas se encargó de arrancarme el sueño. El espíritu navideño me salvó tal vez de una paliza segura ya que recién me percaté que toda la familia estaba en torno mío y todos querían saber porque me había fugado de la casa. ¿Fugado? Debía de estar soñando. Yo solo fui a ver al mar y nada más.

Un silencio profundo sentí en todos. Nadie hablaba. La noche había cubierto una vez más mi existencia y mirando a mí alrededor, me percaté que la señora de la cocina me miraba fijamente. En algún momento preguntó ¿Porqué te querías ir de la casa, mi angelito lindo? ¿Acaso no sabes que te quiero mucho? La quedé mirando sin poder entender que decía. Solo por decir algo, pregunté ¿a los niños malos les dan regalos en navidad? La señora me sentó en sus piernas y me abrazó fuertemente. Al sentir la calidez de su pecho sobre mi rostro le pregunté ¿Cómo te llamas? Ella sonrió primero y luego soltó una carcajada. ¿No sabes cómo me llamo? Estamos juntos todos los días y no sabes como me llamo. Yo tengo el nombre de mi abuelita, me llamo Isaura. ¿Y por que te dice negra mi tía? Debe ser de cariño, respondió y se quedó meditabunda.

Al cabo de un rato volvió a sonreír y alisándome los cabellos me dijo que en Navidad todos los niños reciben un regalo y ella estaba segura que el regalo que yo recibiría debería ser especial. Pero yo quiero que venga mi papá, le repliqué. Ya vendrá, mi niño, ya vendrá. Estoy segura que vendrá, dijo soltando un suspiro y besándome en la frente.

Al bajarme de sus piernas y soltarme, me sentí reconfortado y sentí alegría de saber que la señora negra que ahora sabia que se llamaba Isaura, me quisiese. Yo también te quiero, quise gritar, pero no pude. La quede mirando en silencio por un momento y salí corriendo para buscar a mis hermanos.

Llegó la navidad y en la casa todo era felicidad. La tía nos pidió que durmiéramos un poco en la tarde para poder estar despiertos por la noche. Parecía que de pronto tuviese seis hijos. A todos nos bañó juntos y cariñosamente nos cambió de ropa, alisó lo más que pudo nuestros cabellos y juntos por primera vez nos llevó hasta su dormitorio para hacernos descansar un poco. Nos pidió que la escucháramos y relató la historia del niño Jesús y como nació en un lugar tan pobre pudiendo nacer en un palacio como un Rey.

Cuando me desperté solo quedábamos en la cama, Néstor el más pequeño de mis primos, mi hermano Oswaldo y yo. Al escuchar que Miguel se reía en la sala, hacia allá me dirigí. Pude ver que Raúl corría tras de él simulando quitarle un pedazo de pan que tenía en la mano, cuando llegaba a cogerlo, Miguel se retorcía de risa.

Ya era de noche, la tía fue al cuarto y trajo cargando a Néstor para que se despertase. Al rato volvió para hacer lo mismo con Oswaldo, no lo pudo conseguir tan fácilmente. Mi papá decía que se le cae el techo encima cuando duerme y no lo siente.

La idea de tener un regalo especial en navidad, como lo dijo la señora Isaura, me llenaba de alegría. Cuando se lo comenté a Oswaldo, él no respondió nada.

La navidad llegó, si, y los regalos para todos también. Mis primos encontraron al pie del nacimiento, un juguete para cada uno. Oswaldo encontró una camiseta roja con la marca de un detergente, Miguelito un par de zapatos que aún estando bien lustrados se notaban que ya habían trajinado buenos trancos. Un paquete con mi nombre me lo alcanzaron y lo abracé fuertemente, no quería abrirlo, era el regalo que la señora Isaura me dijo que sería especial. Nunca habíamos recibido un regalo en navidad, o por lo menos no me acordaba. Todos gritaban pidiendo que lo abriese. No quería hacerlo, era mi regalo y prefería tenerlo así.

Una vez más extrañé a mi papá y pensé que no abriría mi regalo hasta que llegase él. Sin embargo las cosas no serían así, José se acercó a mí disimuladamente y en un abrir y cerrar de ojos me arranchó el paquete y lo abrió. Acabó con el encanto y mis deseos de guardar esa emoción, para compartirla junto a quien, cada vez extrañaba más. “Ese pantalón es de Raúl” dijo mi primo, luego de hurgar mi regalo. La tía, dio un fuerte grito de una sola palabra “Joseeé”, e hizo que todos se dispersaran en distintas direcciones, quedándome solo parado frente a la tía y al nacimiento.

Lloré, lloré bastante y muy amargamente, todo el día. Llamé a mi papá muchas veces y no me respondió. La señora Isaura se acercó a mí y me prometió comprarme un juguete lindo que había visto en algún lugar. “Ten paciencia, mi niño” dijo mientras levantaba el borde de su falda para secarse una lágrima traviesa que rodó por su mejilla. Al verla así, sentí pena por ella y lloré más. “Ten paciencia”, volvió a repetir.