sábado, 12 de diciembre de 2009

Chesman


Era un lugar solitario pero lleno de vida, frente a la casa había una especie de pozo hecho con piedras rústicas, que era llenado constantemente por una corriente de agua cristalina que descendía por una ladera de regular pendiente, formando una quebrada agreste y pedregosa con muy poca vegetación y con signos de haber sufrido una avalancha muy recientemente. Luego de llenar el improvisado pozo, la corriente de agua continuaba su recorrido atravesando la carretera para desembocar en un riachuelo que estaba a unos metros de la casa, ésta a la vez era surtida por innumerables pequeñas quebradas que descendían por todas partes. Era como si todo este sitio estuviese atravesado por serpientes que se deslizaban con movimiento propio, cada una a la vez daba un sonido especial al lugar.

Las rocas que se veían eran de muy variado tamaño; algunas eran inmensas, redondas, pulidas y de variados colores. Mientras unas eran de color ocre, otras eran marrones o amarillas; la mayoría eran pequeñas o medianas y de formas irregulares, daba la impresión que una mano gigantesca las hubiera partido en mil pedazos.

Junto al pozo había un jardín con una variedad impresionante de plantas, muchas con flores muy atractivas pero sembradas sin ningún orden, algunas tan amontonadas que luchaban entre ellas para demostrar quien era la mejor o la más fuerte, cada una luchaba por ser vista y mostrar sus encantos; junto a ellas, plantas silvestres también hacían lo suyo aprovechando la poca tierra que disponían en medio de tan agreste geografía, llena de humedad y sol suficiente para crear tanta belleza en este lugar.

La casa era sencilla, las paredes de madera y el techo de calamina. Estaba pintada la fachada de color azul fuerte, lo cual la hacía durante el día visible a la distancia. Junto al pozo un letrero anunciaba el nombre del lugar que era el mismo con el que llamaban al señor: “Chesman” La puerta principal daba acceso a un salón amplio donde se acomodaban cuatro mesas con cuatro sillas cada una y al fondo una mesa más grande con dos bancas largas de construcción rústica; cerca de ésta, en la pared se improvisó una ventana que comunicaba con la cocina y junto a ésta una puerta con una cortina que supongo alguna vez fue blanca. Por las noches se iluminaban con lámparas y lamparines a kerosene y cuando llegaban visitas o había clientes especiales, se prendían unas lámparas tipo “petromax”.

Estaba yo terminando de asearme y el señor tratando de iluminar mejor el salón cuando por el sonido de las bocinas reconocí la llegada de más amigos. La señora gordita que nos recibió se llamaba Carmen, y regañaba a su marido por no hacer las cosas bien, tomó la lámpara y casi de inmediato la hizo funcionar arrojando ésta, una luz blanca y radiante comparada con la de los mecheros, iluminando gratamente el lugar. Los gritos y palabras subidas de tono de parte del aludido marido no se hicieron esperar, sin que estos fueran tomados en cuenta por ninguno de los ahí presentes.

Habiendo terminado de asearme tuve tiempo para espiar en la cocina y alrededores. Al salir encontré a mi tío sentado en una de las mesas acompañado de un señor que había llegado en otro camión, pero que hacía el recorrido en sentido contrario al nuestro, es decir venía de Huánuco. Escuché decir que el vehículo estaba cargado con papas.

En la mesa junto a la que estaba mi tío me llamó la atención una pareja. Ella tenía puesta mucha ropa, toda de lana o algo parecido, de llamativos colores, una falda negra muy amplia que le llegaba hasta los pies, en la espalda llevaba un bulto envuelto en una tela colorida que anudaba en el pecho. Él, vestía todo de negro y llevaba un poncho corto del mismo color, algo desteñido y totalmente desaliñado. En ambos era notorio el desaseo.

En mi corta edad no recordaba haber visto jamás gente que se vistiera así, más aún, me llamó la atención su forma de hablar; casi no los podía entender y al pasar junto a ellos percibí un olor poco grato que casi de inmediato hizo desaparecer el hambre que traía. Me quedé pensando en lo que estaba viendo, y oliendo, pensé que sería bueno que se aseasen un poco antes de comer, y de ser posible que se quitasen un poco de ropa. Les quedé mirando por un buen rato imaginando el lugar de donde venían. Estaba así, cuando la señora Carmen me invito que la acompañe a la cocina, donde tenía servida una humeante sopa para mí. Esa noche comí junto a la dueña de la casa, quien me llenó de atenciones mientras conversaba, preguntaba por mi familia. Al terminar me llevó a una habitación donde había dos camas bien tendidas y muy limpias. Antes que se retire la señora Carmen no pude evitar comentarle sobre la pareja que estaba en el comedor, sobre todo por el olor que emanaban, ella sin dar demasiada importancia a lo que dije, respondió: “esos Shucos son cochinos”. Me quedé pensando que serían los “shucos” y me dormí.

Al día siguiente me enteraría que ellos eran los dueños de la carga de papas que llevaba el camión y que “shuco” era el despectivo de serrano, quienes por las condiciones de clima en que viven no toman muy en cuenta su aseo personal. Más adelante en el viaje, sería común ver a los “shucos”.

Al despertarme por la mañana vi en la casa más gente de la que había visto en la noche. En la cocina la señora Carmen daba órdenes a tres personas que trabajaban afanosamente; en una olla muy grande, hervía supongo, la sopa que constantemente agregaban agua cuando se acercaban clientes. El comedor era aseado por dos muchachos, que lo hacían notoriamente contra su voluntad, por lo que la dueña de la casa les increpaba constantemente, incitándolos a que se apuren.

Salí hacía el pozo, había cuatro camiones estacionados junto al “Rebelde sin causa”, seguramente llegaron en el transcurso de la noche y durmieron allí, varias personas con el dorso desnudo se aseaban en el estanque y se gastaban bromas. El sol brillaba a lo lejos, pero en este lugar, la sombra gigantesca del cerro que estaba detrás de nosotros no nos permitía disfrutar de su calor.

Un gallo grande y gordo, se paseaba con tres gallinas entre los visitantes, escarbaba el piso e invitaba a sus compañeras a que recogieran los insectos que encontraba; fue entonces, que presté atención al animal, era realmente grande y las patas que lo sostenían eran casi del grosor de mi brazo, emitía sonidos fuertes, propios de su poderosa garganta y galanteaba y montaba a sus gallinas sin ningún reparo.

“Chesman”, me contó mi tío, tenía la costumbre de ir por las noches al boquerón, un lugar tenebroso por donde pasaba la carretera, para desafiar a los espíritus que decían poblaban allí, siempre borracho, con una botella en una mano y un sable en la otra. Los llamaba por sus nombres y los retaba a que se presentasen. Como quiera que nunca encontrara nada, terminaba dormido en ese paraje solitario, rendido por el cansancio y la embriaguez.