jueves, 26 de noviembre de 2009

La huida

Desde que salimos de la ciudad por la avenida Mansiche, ya habíamos caminado varias horas. Mi padre cargaba a Miguel que iba dormido y adicionalmente llevaba un bulto grande en la espalda. La madrasta caminaba con dificultad, pues se había doblado un pie al saltar un canal de regadío que tuvimos que sortear en nuestro apresurado camino.


El cañaveral que atravesábamos era alto y estaba floreando, señal que ya estaba listo para la zafra. Esto era terrible para nosotros, pues al contacto nuestro las plantas nos bañaban con el polen que producían un escozor terrible en nuestros cuerpos. A pesar de su dolor, era la madrastra la que nos alentaba a que no nos detuviéramos, ella me cogió de la mano y me llevaba casi a rastras ya que me puse a llorar por el cansancio y por la picazón que sentía en todo el cuerpo. Rigoberto, mi hermano mayor, no perdía el paso y se mantenía junto a mi padre sin decir nada; sobre su cabeza llevaba un bulto voluminoso pero de escaso peso.


El anuncio de que en la primera acequia nos detendríamos, me alentó a soportar un poco más el sufrimiento de este momento. Atrás quedaba la ciudad y los terribles hechos que estaban ocurriendo allí. No los podía entender muy bien, pero mi padre dijo que era necesario alejarse lo más distante posible. A mi mente llegó el bombardeo que hicieron los aviones al pasar sobre nuestra casa. Los incendios que se produjeron y el llanto de niños y mujeres que despavoridas huían del lugar. Luego, varios vehículos militares habrían paso a camiones repletos de hombres, que gritaban por su libertad.

A mi padre llegaron a buscarlo varias veces, hombres desconocidos y con fusiles en el hombro. Nosotros estando solos, no sabíamos que estaba ocurriendo, la madrastra salía a conversar con ellos, pero el trato que le daban era agresivo, despectivo e insultante. Ella, con su acostumbrada paciencia, sonreía ante la agresión y procuraba ser amable con ellos. Mi padre era no habido y lo buscaban con una lista en la mano. Se aparecía algunas veces, muy avanzada la noche y volvía a desaparecer en pocos minutos. Antes de partir había estado con la madrasta la noche anterior y con ella habían planificado esta huida.

Habíamos salido pasada la medianoche, cargando sobre nuestros hombros lo más indispensable. En cada esquina mi padre avanzaba solo y al no encontrar peligro nos hacia una señal para avanzar. En la Avenida España a la altura del jirón San Martín, paso un camión militar raudamente, por lo que tuvimos que tirarnos al suelo para no ser vistos. Luego avanzaríamos con sobresalto pero sin mayor inconveniente hacia la hacienda “El Cortijo” que fue donde la madrasta se dobló el pie.

Aquí estábamos, en medio de una noche oscura avanzando casi a tientas. Mi padre maldijo en una oportunidad el hecho que no hubiera ni estrellas para guiarse. La noche era oscura, como pocas veces se ve, oscura como nuestro futuro en esta marcha alocada. Nuestra intención era llegar a “Chan-chan” y de allí dirigirnos a Huanchaco. No podíamos avanzar por el camino, ya que corríamos el riesgo de ser descubiertos. Pero estábamos perdidos, dando vueltas en el mismo lugar, tal vez.
De la Novela "Aprendiendo a vivir"