martes, 17 de noviembre de 2009

Agua a la sopa

Llegó la noche, y con ella un frío que nunca recordaba haber sentido, había bastante humedad en el ambiente, en el parabrisas se formaban pequeñas gotas de agua, donde continuamente se estrellaban también algunos grillos, mariposas y otros insectos que se sentían atraídos por la luz de los faros del camión. Mi tío tocaba la bocina constantemente y se le veía sonriente, incluso trataba de darle alguna tonada a los sonidos. Me contó que siempre hacía esto al llegar a este lugar y que estábamos muy cerca de la casa de unos amigos donde pasaríamos la noche.

No recuerdo cuanto tiempo sonó la bocina pero a mí me pareció bastante, muchos minutos, horas tal vez; iba yo con la cabeza levantada, había pequeños charcos de agua en la carretera, señal de que había llovido algunas horas antes, procuraba mirar todo sin perderme ningún detalle. Ahora lo hacía muy pegado al conductor tanto así que cada vez que tenía que hacer un movimiento empujaba mi pierna que colgaba junto a la palanca de cambios; yo pretendía ignorar esta incomodidad. La bocina del «Rebelde sin causa», soltaba un sonido largo y hasta ensordecedor, a lo lejos se veía un letrero blanco que brillaba en la oscuridad, al acercarnos se pudo ver varias lucecitas que débilmente luchaban por hacerse notar, más cerca aún, el letrero decía «CHESMAN» con letras grandes.

Nos detuvimos justo al llegar al letrero, muy despacio mi tío estacionó al «Rebelde sin causa» junto a la casa de la que salieron varias personas que con las manos nos saludaban. Al bajar del camión vi que la mayoría ya se había retirado, solo quedaba una pareja de personas adultas, el señor un poco desaliñado de mediana estatura y la señora muy arregladita, parecía muchos años menor que él a pesar de que era muy gordita; Ambos parecían estar contentos con nuestra llegada, sus sonrisas y las voces que ya se escuchaban, así lo manifestaban.


Mi tío me ordenó que bajase mis pertenencias y lo acompañase. Como quiera que no lo entendí, dijo «tu ropa pues». Se saludaron amigablemente, conversaba con ellos cuando bajé con mi pequeño bulto. El señor era vozarrón y estaba alegre, al menos así lo expresaba en su conversación llena de risas y de bromas, muy frecuentemente soltaba palabras soeces. Ella robusta y bajita, con una sonrisa casi permanente, trasmitía amor maternal, me cogió de la mano y me acompañó a una mesa dentro de la casa. Al observar detenidamente pude darme cuenta que había más mesas y muchas sillas y bancos, la luz era muy débil, me costó algo de tiempo acostumbrarme a ella. Al fondo del local que era grande pude ver otras personas, tal vez las que salieron a saludarnos cuando nos aproximábamos, todos estaban sentados alrededor de una mesa y uno de ellos tenía en la mano una botella que no pude distinguir que era y otro vaciaba el contenido de un vaso en su boca de un solo sorbo para luego sacudir el vaso como queriendo arrojar el poco contenido que pudo haber quedado dentro, le paso el vaso al que estaba con la botella y este hizo lo mismo, el señor se aproximó a ellos y muy prestos le alcanzaron la botella. Todos parecían alegres igual que el señor.

Era un restaurante en medio de la nada, al filo de la carretera. Estuve solo un buen rato, cogido de mi improvisada maleta compañera de este viaje. Volvió la señora a mi lado para pedirme que deje mi bulto y la acompañe para asearme. Me llevó a la cocina, olía rico lo que se estaba cocinando. Sentí cansancio en las piernas, tal vez por lo que estaban colgadas en el viaje por mucho tiempo, también sentía sueño, pero al sentir el olor de la comida pudo más el hambre que todo lo demás.

Estaba lavándome la cara en una bandeja blanca grande, cuando escuché que gritaba el señor, bueno en realidad gritaba un poco más fuerte de lo que normalmente lo hacía:

- “Carmen... ¡Camión a la vissssta! Agua a la sopaaaaa”.

Típica expresión en alusión a que llegaban clientes, los que como hiciera el «Rebelde sin causa» se aproximaban haciendo sonar sus bocinas. Razón importante para ampliar el contenido de las ollas. Esto parecía ponerle de buen humor, lo expresaba en el tono de su voz y la sonrisa grande que mostraba.

De la novela "La Ilusión de un viaje"