martes, 10 de noviembre de 2009

Promotor de lectura

CRONICAS DE LA CALLE

No sé si sea dicha o desdicha la que tenemos, los que viajamos frecuentemente en transporte público por las calles de la ciudad. Lo cierto es que nos permite, por lo menos a quienes agudizamos ciertos sentidos, ver diferentes cuadros humanos vivos y andando de lo que significa en parte el Perú.

Ayer viajaba absorbido por mis asuntos en uno de los asientos del microbus, cuando subió un “joven” ya no muy joven, que de inmediato comenzó a repartir a todos los que estábamos allí una copia de un recorte periodístico. Yo que ya lo había visto hace algún tiempo a este personaje trabajando, opté por no recibirle la copia a pesar de su insistencia.

Culminada esa tarea se ubicó detrás del chofer y con pose de maestro de escuela, con el cuello erguido y la mirada por encima de todos repetía la frase entre cortada y gangosa “ea”. Dos señoritas que subieron en ese trayecto también recibieron la copia respectiva y fueron instadas a obedecerle. Trataron de ignorarlo, pero él insistió “ea”, se dio un paseo por toda la “combi” instando a todos con lo mismo “ea, ea”.

Me sorprendió bastante que la mayoría en realidad lo entendiera y obedeció. Todos se pusieron a leer. En realidad casi todos, pues si yo lo hubiera hecho talvez no se estaría escribiendo esta crónica ahora.

Me puse a pensar entonces. En un país donde somos flojos para la lectura, un hombre con estas limitaciones pone a leer a todo un grupo humano congregado circunstancial e indistintamente, imaginemos lo que podría suceder si alguna autoridad, supongo vinculada al sector educación, podría lograr si se promoviera o masificara este buen hábito, planificadamente. O simplemente, a los gobiernos que se van sucediendo uno tras otro dando la espalda a una realidad dolorosa como es el problema del Libro en el país, se les ocurriera como un acto piadoso con la cultura popular liberarlo de impuestos y aranceles, e incentivar que los jóvenes lean los libros y no solo los vean en escaparates de librerías. O en el caso que lo intente, solo tener acceso a leer las copias piratas, incompletas o mal impresas. En fin

Volviendo a nuestro cuadro humano representado durante este viaje, tras un tiempo prudente y calculando que todos ya habían terminado de leer, comenzó a recoger las hojitas y extender la mano con expresión lastimera de mendicidad.

El titular del recorte de un periódico de hacia muchos años atrás hacia referencia que el “joven” que nos acompañaba había quedado “mudo” en un accidente ocurrido en un vehículo de transporte público, precisamente. Las monedas que recibía eran ralas y pequeñas, de escaso valor. De repente, en un acto que no pude entender bien, un confuso incidente llevó a nuestro “promotor de lectura” rodando hacia la puerta del vehículo. Más de un acomedido pasajero lo ayudó a levantarse mientras emitía un sonido desafinado, a la vez que se sobaba el cráneo.

El asunto cambió radicalmente y quienes hacía solo unos minutos le mezquinaban monedas ahora eran generosos. Tres minutos después del incidente descendió este “joven” con un buen puñado de monedas de mucho más valor.

Un hombre destinado a sufrir accidentes en “combi” o teatro ensayado en la escuela de la calle. Cualquiera que haya sido el caso calculé que por lo menos bajo con 15 soles entre las manos luego de aproximadamente 10 minutos de “trabajo”. Si descontáramos el valor de las fotocopias y la crema para los golpes que tenga que comprar en la farmacia para el chichón, pensé, si este hombre hablara…caramba, seguro que no ganaría esa cantidad de dinero. Pero, tratando de ser razonables, talvez nuestra sociedad perdería la extraña y rara oportunidad de compartir unos minutos de lectura. Lo cual sería más cruel aún.

Así es la vida pues…