martes, 6 de octubre de 2009

Quebrada verde


Ya todos estábamos listos para partir como lo habíamos programado varios días antes. Sin embargo decidimos esperar un poco por un pequeño imprevisto. Dentro de la salita de mamá Carmen, grandes y chicos hablábamos en voz alta para poder entendernos en una especie de Torre de Babel. Las mochilas con el fiambre y suficiente agua para nuestra expedición esperaban el inicio de la aventura. ¡Cuidado con las frutas! Llegó a decir la tía Raquel en el preciso momento que uno de los chicos se sentaba sobre ellas.
Afuera el clima nos jugaba una broma, llovía con persistencia desde el amanecer. Para nuestros planes, esto representaba dificultades que ninguno de los adultos nos atrevimos a comentar. La lluvia limeña, que en realidad no es tal si no garua, ya no es usual verla por estos días de Octubre, mucho menos con la persistencia e intensidad que hoy la teníamos; en todo caso era para nosotros incrementar el grado de dificultad a nuestro reto que de por sí ya era bastante.

Nos habíamos propuesto escalar una de las montañas que estaban detrás del pueblo, llegar a la cumbre y de allí descender por el otro flanco hacía el distrito de Pachacamac, a la zona conocida como Las Lomas del Lúcumo (reserva natural, protegida por el INC) y finalizar en el poblado de Quebrada Verde. Estábamos premunidos de bastante entusiasmo como principal elemento en nuestro equipo de aventura. Contábamos con la experiencia de Mirko, que había escalado en más de una oportunidad esta mole, él haría de guía esta vez, y de la tía Raquel que también había vivido esta experiencia el año pasado. Marco Antonio y Milagros prudentemente no hacían mayor comentario sobre el recorrido. Flor, mi mujer; Mis hijos Nuria, Pablito y Gabriela la menor de apenas 4 años de edad, al igual que yo éramos novatos. Personalmente me vi seducido por las cosas lindas que contaban y ese deseo lo había trasmitido a mi familia y aquí estábamos listos para partir.

Diez y treinta, con más de dos horas de retraso partimos, la garua era casi imperceptible pero el frio era fuerte. En pocos minutos estábamos en las faldas del gigante. No se podía ver la cumbre, una intensa neblina lo cubría. Una colorida colina llena de flores silvestres nos daba la bienvenida. Sin embargo, serían precisamente estas delicadas plantas las que representarían nuestra mayor dificultad en el camino.

En pocos minutos ya se podía ver gran parte de la ciudad a nuestros pies, la neblina se movía constantemente, dando una visión alucinante y fantasmagórica a las casas. La primera caída la tuvo Nuria, pisó una de las pequeñas plantas que resultó siendo jabonosa y resbaladiza. El delgado sendero, en partes se perdía al ser cubierto por la tupida y liliputiense vegetación, lo cual dificultaba el ascenso cada vez más empinado.

Las caídas se sucedieron una tras otra y con ellas las risas y las bromas. El frio clima no lo sentíamos por el esfuerzo que hacíamos. Estábamos literalmente tocando las nubes o si se quiere metidos en ellas. Era difícil ver más allá de tres o cuatro metros, el sendero había desaparecido y solamente nos quedó confiar en Mirko, que constantemente era instado a no equivocarse a lo que respondía “No se preocupen, cuando desaparezcan las nubes encontraremos el camino”.

Continuará….