lunes, 28 de septiembre de 2009

Malabrigo


Mi padre se quedó con nosotros, dos días. Recorrimos el pueblecito y descubrimos muchas cosas lindas, o por lo menos nos parecieron así, al estar juntos con él.
Detrás de la casa, la tía tenía un corral en el que criaba un enorme cerdo y otros animales como gallinas, patos y dos cabritos, uno de los cuales fue servido en el almuerzo al día siguiente de nuestra llegada. Detrás del corral a pocos metros pasaban los rieles del tren. Un tren que llegaba todos los días muy temprano, en un horario fijo la primera vez, para luego volver a pasar por la tarde dependiendo de la velocidad con que se realizase la faena del primer viaje.
Los tres hermanos acompañados de mi padre, después del desayuno fuimos a caminar por los rieles y estos nos condujeron hasta un muelle, donde muchos hombres con el torso desnudo llevaban bultos en los hombros, mientras que otros empujaban un vagón repleto de costales, todos del mismo tamaño y color. Parecía un hormiguero, los obreros iban y venían al mismo tiempo en un trabajo esforzado y febril.
Sentados en la arena, mi padre nos pidió que calculásemos cuantas personas podíamos ver. Al azahar dimos números, Oswaldo dijo veinte, yo arriesgue a decir cincuenta.”No, no, no, así no, procuremos contarlos” dijo mi padre. “A ver ¿cuántos hay en los vagones del tren?” preguntó. Los contamos, eran seis quienes levantaban los costales desde dentro de uno de los vagones y eran otros seis quienes los recibían al pie de los mismos para luego depositarlos en la vagoneta que era empujada por dos hombres más. Pudimos ver que eran cuatro vagonetas, las que hacían el recorrido desde el tren hasta el borde más alejado del muelle donde eran descargados por seis hombres más, los que a la vez los alcanzaban a otra cantidad igual de personas que los acomodaban en una lancha en la que cabían el contenido de cuatro vagonetas. Esta lancha transportaba los costales hasta un barco que me pareció enorme. Pudimos ver que eran dos lanchas las que al llegar al barco eran descargadas con la misma velocidad que eran cargadas en el muelle. Aún cuando por la distancia no se podía distinguir muy bien, mi padre supuso que eran la misma cantidad de hombres de los que había en el muelle. “Resumamos entonces” dijo mi padre.
Oswaldo se levantó y salió corriendo. A pesar de los llamados que le hicimos, no se detenía, se alejaba cada vez más de nosotros. “Vamos” nos dijo mi padre, a la vez que cogía la mano de Miguel y trataba de correr a la velocidad que daban los pies de mi hermano menor. Sin entender bien que es lo que pasaba, corrí también detrás de él.
Luego de por lo menos dos kilómetros, Oswaldo se detuvo ante la insistencia de nuestros llamados. Yo fui el primero en llegar, mi hermano se cubría la cara con las manos a la vez que apoyaba la cabeza sobre sus rodillas. Sentado en la arena, estaba llorando. No pude preguntarle nada, me quedé mirándolo parado frente a él. El cansancio de la carrera me hacía jadear. Cuando llegó mi padre y mi hermano menor, Oswaldo se había secado las lágrimas con el borde de su camisa y parado mirando al mar nos dio la espalda a los que recién habían llegado.
Nunca supe si mi padre se dio cuenta que estaba llorando. “Si participas en una competencia de velocidad, te aseguró que puedes ganar” fue el comentario. Los cuatro nos quedamos parados frente al mar, mirando como las olas reventaban en la orilla. Miguel se acercó demasiado al agua y una ola le mojó los zapatos; le pareció gracioso y volvió a buscar la forma que las aguas le cubrieran los pies. Mi padre para sorpresa nuestra se quitó la ropa, quedándose en calzoncillos. Cogió a Miguel y luego de desnudarlo nos invitó a que lo imitásemos, se metió al mar saltando las primeras olas. Mientras corría fue acomodando a mi hermano en su espalda de manera tal que éste quedó asido fuerte de su cuello y comenzó a bracear. Muy pronto estuvo lejos de nuestra mirada, perdiéndose entre las olas que de cuando en cuando lo hacían desaparecer. Al retornar las olas los empujaban hacia el litoral, Miguel parecía un jinete montado sobre brioso y obediente corcel. Ambos en poco tiempo estuvieron de nuevo junto a nosotros.
Oswaldo quedó calato y se metió al mar, al verme solo en la playa, también saqué mi pantalón y boté la camisita que llevaba puesto. Pero al llegar al agua tuve miedo y no pude ingresar. Mi padre y mi hermano me llamaban, cuando se acercaban a mi yo me alejaba de ellos corriendo.
Fue un par de horas maravillosas, mi padre esperó un rato que escurrieran sus calzoncillos y se volvió a vestir, caminamos lentamente sin zapatos por la arena húmeda, nuestros pies se hundían dejando una dispareja fila de huellas a nuestro paso. Mi padre nos prometió que pronto cambiarían las cosas. Mañana tendría que marcharse y ninguno de los que estábamos ahí, sabíamos cuando volveríamos a juntarnos. Le pedí a mi papá que me cargase, así lo hizo, lo abrasé fuerte y por primera vez recuerdo que le pedí: “no me dejes papá, tengo miedo”, quería ir con él. “Pronto volveré para estar juntos por mucho más tiempo”, nos dijo una vez más.
De regreso a casa de la tía, tuvimos que cruzar la entrada del muelle, todo estaba en calma, el tren había partido y los obreros que antes trabajaban fatigosamente, ahora ya no estaban; el ruido de las olas al estrellarse en la playa, era el único ruido perceptible. Un señor que me pareció muy alto, encorvado y calvo, saludo a mi papá con una voz muy ronca. Lo quedé mirando, su piel estaba tostada por el sol y su cara llena de arrugas, en su cuello había dos enormes surcos, formados por piel que se desprendía flácida, llena de una barba mal afeitada. Fumaba un cigarro que botaba una enorme cantidad de humo, el olor que despedía no era agradable por lo que me tapé la nariz. Por el gesto que hizo, tuve la impresión que no le simpaticé. Me escondí detrás de las piernas de mi padre y me cogí fuertemente de sus pantalones. No pude entender que conversaban pero se referían al tío Bernabé. Al despedirse, mi papá nos dijo que ese señor trabajaba con el tío y que estaba orgulloso de conocernos. Mientras nos alejamos lo escuché toser persistentemente. Tiene tos de fumador, dijo mi padre.