viernes, 4 de septiembre de 2009

El abuelo


Es medio día, lo acaba de anunciar la sirena de la Refinería petrolera “Ganso Azul” con dos largos y agudos sonidos. El abuelo debe aparecer en cualquier momento, como todos los días, a la mesa del comedor. De la sopa humeante, en un plato de fierro enlozado hondo, aflora una enorme papa entera y un pedazo de costilla de res. Otro plato contiene un trozo enorme de carne acompañada de dos papas medianas bañadas por un guiso rojo y un poco de arroz graneado al costado. La abuela me había invitado a almorzar y sentado en el otro extremo de la mesa esperaba que me sirvieran. Rogaba que mi porción fuera más pequeña que la que tenía ante mis ojos. Abuelita - dije- queriendo hacer mi recomendación, cuando por la puerta de la cocina aparecía mi plato conteniendo solamente el guiso; respire aliviado y ya no dije nada. Pero la abuela que era de pocas palabras, luego de dejar el plato junto a mí, dándome la espalda dijo: La sopa te la tomas después, se está enfriando.
El fuerte calor lo inundaba todo y el abuelo apareció con la camisa desabotonada y un pedazo de grasa reseca en la mano, miró su almuerzo sin prestar mayor importancia, se agacho y comenzó a frotar sus zapatos, con lo que él dio por llamar cebo de toro. Terminando de untarlos, los frotó con un trapo que traía colgado en uno de sus bolsillos posteriores. Se dirigió a la cocina a lavarse las manos mientras decía –Portuguesa, estabas aquí-. -Se enfría la sopa- fue la respuesta que recibió.
De vuelta en la mesa, jaló una cuchara y antes comenzar comer, preguntó -¿y tú por qué no comes, Paulo?-. Le dije que tenía permiso para acompañarlo toda la tarde, a lo que respondió –en ese caso te apuras, porque ya nos están llamando-. Apuró la sopa levantando el plato para que sea más fácil recoger lo que quedaba de un sorbo. La carne del guiso era tan blanda que prácticamente se deshacía al contacto con el tenedor, por lo que no era necesario usar el cuchillo.
Las que nos llamaban, eran un grupo de hermosas vacas, algunas vaquillonas y dos toretes - inexpertos en el arte de amar- según dijo el abuelo. Nos alistamos a salir con ellas a dar un paseo y proveerlas de alimento, esa tarde las llevaríamos a pastar. Mi abuelo era ganadero, criador de vacas lecheras y excelente pastor. Para mí, era un placer acompañarlo cada vez que podía en su faena diaria, –con lluvia, truenos o diluvio, las vacas tienen que salir a buscar alimento, si no mañana no hay leche- solía decir.
Terminado el almuerzo, me alcanzó un gorro, que me pidió que me lo pusiese y un paquetito muy bien doblado, me indicó que pase lo que pase no lo pierda. Él, se colocó un sombrero con ala corta, cogió una vara hecha de la rama de un árbol de guayaba y tras probar su resistencia golpeándola en el piso, me ordenó que lo siguiese. El paquete bien doblado estaba colocado en una bolsita de tela con una enorme cinta que lo coloque en uno de mis hombros y atravesé mi pecho, como si fuera una mochila de una sola asa. El abuelo al verlo, se rió de buena gana, mientras arreglaba mi gorro.