martes, 25 de agosto de 2009

Cachorrito triste


Los recuerdos más lejanos, los tengo desde siempre, ligados a ésta mi familia que supo darme cariño, aprecio, comida y un espacio donde poner mis huesos a estas alturas de mi vida. No muy cómodo, después de todo nunca lo fue, pero seguro, después les diré porque.
Llegué siendo muy pequeño, días de nacido talvez, y me adoptaron con un montón de caricias que por poco me quitan la vida. Todos querían acariciarme, tocarme y cargarme. En este proceso, más de una vez fui a parar al suelo y gracias al cielo que de donde caí, siempre fue de las más pequeñas de las manos; lo que significaba menos altura con respecto al piso.
Joel, el más travieso y cariñoso, se peleaba con todos los demás niños por querer tenerme y decía pertenecerlo. Así también lo creí siempre yo, hasta que un buen día le ordenaron que me sacara del interior de la casa, pues me había ganado una de mis necesidades fisiológicas. Fue divertido ver al grupo de personas, todas escandalizadas por un poco de caquita. Lo vi divertido y lo volví a repetir, lo malo que esta vez estaba sola la señora martica, quien de un patadón me sacó volando. Toda una furia contenida, desatada en segundos contra mis huesos, a la vez que me repetía palabras que no pude entender.
Mi caquita y el cariño de martica me llevaron al techo de la casa. Solamente por ratos subía Joel con algún otro niño para jugar conmigo. Los días eran calurosos y las noches frías. Daba vueltas por el pequeño espacio que disponía, rascaba la puerta con la esperanza que alguien viniera a sacarme de allí, pero nada. Nunca ocurría nada.
Aprendí a subirme sobre unos ladrillos y desde ahí ver lo que pasaba afuera. Escuchaba voces y ladraba; ladraba, porque era lo único que sabía hacer para expresarme, pero en mi mente mil ideas pasaban, mil cosas se me ocurrían; pero ninguna la podía ni expresar ni realizar. Tras dar muchas vueltas descubrí que tenía una cola y tratando de cogerla aprendí a jugar solo. Me volví huraño y cuando los niños subían para jugar conmigo ya no lo deseaba yo, me escondía y evitaba responder a las caricias. Tirado en el suelo solo abría las patas. Joel descubrió que me gustaba que me rascasen la barriga y siempre lo hacia, yo cerraba los ojos y disfrutaba de esa caricia sin moverme. Cuando se iban, trataba de salir con ellos. Siempre me lo impedían y quedaba muy triste. Joel se daba cuenta de eso, pues regresaba para darme una caricia más.
Cierto día que subieron al lugar donde estaba y donde también habían unos cordeles que de cuando en cuando los llenaban de ropa, se olvidaron cerrar la puerta mientras estaban en esa labor, oportunidad que la aproveché para salir lo más silencioso que pude y bajar las escaleras. El temor a ser descubierto y el miedo que descubrí en ese momento por las escaleras, hicieron que no pudiera contener mis orines. Literalmente me orine de miedo, cosa que no causó ninguna gracia a quien tendía la ropa al final de su labor. Al descender por las escaleras y no ver mis orines, por poco rueda con todo el peso de su gruesa humanidad.
¡El perro se escapó!, gritó con todas sus fuerzas. En ese momento salieron mil voluntarios para encontrarme. Yo me había escondido debajo del primer mueble que encontré. Temblaba de miedo, razón por la cual no fue muy difícil descubrirme.
¡Al techo! Así fue, de vuelta a la soledad, al frío y al calor. Lo peor de todo que no siempre había que comer ni que tomar. Se olvidaban cada vez más frecuentemente de mí y cuando subían, mi comida la arrojaban al piso. Sentía mucha pena y no podía comer, me echaba junto a la comida y observaba como un grupo de moscas revoloteaban primero y luego hacían fiesta sobre mis alimentos. No contentas con alimentarse de lo que era para mí, volaban hacia mi cuerpo para limpiarse las patas y descansar sobre mi suave pelaje. Con las orejas las espantaba, procurando no moverme, pues estaba muy molesto, sin embargo ellas insistían en molestarme aún más.