miércoles, 12 de agosto de 2009

Rebelde sin causa

Rebelde sin causa
Era el mes de julio cerca de fiestas patrias y mi tío estaba en la ciudad con su camión Ford plomo, estacionado en la puerta de la casa de mis abuelos. Siempre que veía el camión imaginaba muchas cosas, luego de escuchar parte de las charlas largas y llenas de risa que tenía con mi madre y mi abuela. Esta vez me pareció más grande el camión. Estaba más lindo, parecía haber rejuvenecido, pero la verdad era que únicamente estaba limpio, a diferencia de las veces anteriores que lo vi, lleno de tierra al llegar de un largo viaje. En la casa se reunieron mi abuela, mi madre, una tía y el marido de ésta, conversaban alegremente y brindaban con una botella de cerveza que daba vueltas en cada brindis.
Como pude me acomodé cerca de ellos, y procuraba no perderme detalle alguno de las anécdotas que contaba mi tío, lo miraba fijamente y aún cuando él simulaba no darse cuenta de mi presencia, yo sabía que no era así. La reunión que empezó a medio día se ponía más alegre conforme pasaban las horas y las botellas también, mi madre no tomaba y a media tarde se despidió con un fuerte abrazo de su hermano quien me dio una palmada en la cabeza. No escuché que conversó finalmente con mi madre, pero ella le agradecía diligentemente.
Al llegar a casa mi madre me trasmitió lo dicho por su hermano. No podía creer lo que escuchaba, me quedé absorto, no podía ser realidad. Mi madre alistó un poco de ropa y me pidió que durmiera temprano. Al amanecer partiría por unos días aprovechando el descanso escolar, recomendándome desde ya que me portará bien.
Por la mañana se haría realidad poder estar dentro del «Rebelde sin causa» y junto a él vivir mil aventuras.
«Rebelde sin causa», ese era el nombre que con caracteres grandes llevaba en la parte frontal superior, el camión Ford plomo que tantas veces lo había visto y que tantos sueños había despertado en mí.

Acuerdate Ramón

Acuérdate Ramón que tienes hijos, le decía Jimena al impetuoso hijo que regresaba a casa de su madre sin su familia y lleno de mil historias de sus últimos viajes.
Estos chicos te necesitan, no solo es cuestión de dinero. Tu presencia física es necesaria para formarlos, educarlos y encaminarlos. Están con su madre y además sus abuelos siempre velan por ellos. Tal vez Ramón, pero nunca renuncies al deber que Dios te dio de ser padre.
Ramón había estado en la frontera y había visto mil cosas. En un país de contrastes como el nuestro y repleto de conflictos. Nuestros vecinos se esmeran por dar lo mejor que tienen a sus pobladores mientras que nosotros maltratamos a nuestros paisanos. Es una pena se lamentaba. Seguramente Ramón pero más pena vas a dar si es que sigues alejándote de tu hogar. Es el trabajo. “Soy reportero”. Trabajo para uno de los diarios más importantes de la capital. Seguramente Ramón pero de que te sirve si pierdes a tus hijos.
Volaba como una mariposa, hoy aquí luego por allá, mientras sus larvas eran tratadas a su suerte. No tenían la dicha que el pensaba que les sonreía. Esas larvas eran maltratadas por la vida y pronto serian orugas que al salir a ver la luz se encontraron que no todo era color de rosa sino mas bien había mucho de gris. Aun así Ramón contaba sus anécdotas como si fuera lo mejor que estaba pasando en el mundo. Cuídate Ramón. Repetía la madre. Con muy poca cultura pero con mucho criterio esta humilde mujer quería que su hijo aquí presente, tratara de entenderla. Pero no era posible sentían y pensaban distinto. Tal vez porque ese hijo no era su sangre. No lo había parido, tal vez por eso no podía expresar todo su gran amor y ser éste correspondido.
Las orugas trataron de volar algún día y no pudieron, alguien les había arrancado las alas y se quedaron con forma de mariposas muy bellas pero solo dando pequeños saltos sin poder nunca volar. Pero Ramón, si volaba y cada vez más lejos.