viernes, 7 de agosto de 2009

El último viaje

El último viaje

Ingresé corriendo para ver a mi papá, lo encontré arrodillado en la puerta de nuestro cuarto abrazando fuertemente a Oswaldo. Sintió que llegaba y sin voltearse siquiera, extendió uno de sus brazos y me cogió. Tenía la mirada perdida, dejó a mi hermano mayor para coger a Miguel que tropezó al llegar a su lado. Con los dos abrazados se levantó y como si volviese de un sueño, con la serenidad que lo caracterizaba, preguntó “¿y muchachos, como están?”.
Oswaldo quiso decir algo pero él se adelantó y nos dijo “vengan muchachos, quiero que vean lo que les traje”.
Y con la mayor simplicidad del mundo nos condujo hasta la cabina del camión. Soltó un ligero suspiro y comenzó a contarnos lo que le había pasado en su último viaje. Luego nos habló de lo que significaba la vida, de las vicisitudes y contrariedades, de las sorpresas que nos tiene reservadas, algunas agradables y otras no tanto. Nos pedía que a las cosas las tomemos como llegan, que debiéramos ser siempre fuertes, donde quiera que nos hallemos y ante las cosas que se nos presenten. “Ustedes están comenzando a vivir” nos decía. “No es dable, que a sus edades comiencen tan grande carrera por la vida, cargados de cosas que no les pueda servir.” “Aprendan a coger de la vida solamente lo más útil y lo demás deséchenlo”. “No vaya a ser que por estar cargando cosas inútiles, se vean dificultados de correr por el mundo.” “Aprendan a ser libres y no se sometan al yugo de los recuerdos ingratos”. “Guarden solo lo necesario, recuerden que en la vida hay un Ser supremo que a sus hijos siempre les provee de lo que necesitan”. “Vayan por caminos seguros que los conduzcan a la grandeza personal”. “Aléjense de las mezquindades y alienten siempre al desvalido”. “Sean compartidos y manténgase unidos”.
No podía entender lo que nos decía, si no hasta muchos años después, cuando Oswaldo volvería a repetirme palabra por palabra lo que él había escuchado. A mi hermano mayor, este momento lo marcó para toda su vida y siempre lo expresaría así.
Mi papá nos había traído ricos dulces de la sierra y fue lo primero que nos entregó. Miguel no quería desprenderse de los brazos que lo tenían alzado y desde allí procuraba adelantarse a nosotros en la repartición de las golosinas. Dentro del camión nos desnudó y nos puso ropa nueva a los tres. Se las ingenió, de manera tal que al bajar de allí, hasta Miguel lucía bien peinado y ordenado.
Ya parados en la puerta de la quinta, volvió a hincarse de rodillas para poder decirnos en voz baja, “sean fuertes ante las pruebas que nos pone la vida”. Nos recordó que no estábamos solos y que él siempre estaría con nosotros. “Se los prometo muchachos”, dijo finalmente muy quedo al oído.
Entramos por última vez al cuarto que nos había cobijado mucho tiempo. En una caja negra, rodeada de velas, se encontraba mi madre. Oswaldo se acercó primero y empinándose trataba de ver lo que había dentro. Mi padre nos tenía cargados a Miguel y a mí. Se acercó con nosotros hasta el borde del féretro y en silencio se quedó parado un buen rato. Una vecina se acercó con la intención de ayudarlo, pero él volteo y con una mirada dulce, sin decir palabra alguna, le dio a entender que nos dejase solos por un momento.
Ese momento mágico, donde sin mediar palabras, los cuatro nos encontrábamos muy unidos, fue roto por la bullanguera llegada de una señora regordeta y bajita, de voz chillona, que traía la cabeza cubierta por una pañoleta negra. Al ver a mi papá se abalanzó sobre él, tratando de darle un abrazo, cosa que consiguió a medias rodeando sus brazos alrededor de su cintura y apoyando su cabeza sobre la barriga y los pies de Miguel que mi padre lo tenía cargado. Venía acompañada de un señor delgado y cejijunto, que esperó pacientemente que mi papá logrará separarse de quien hasta ese entonces no la conocíamos y que parecía no darse por enterada de nuestra presencia. Finalmente pudieron acercarse y darse un fuerte apretón de manos, ambos se cogieron de los hombros y sin soltarse las manos se quedaron conversando un buen rato. Oswaldo había cogido a Miguel y me pedía que lo acompañe para ir afuera. Nuestra presencia no fue tomada en cuenta, para nada, por aquella pareja.
Al salir del cuarto, doña Hermelinda nos condujo a un lugar donde hervía en una enorme olla algo que olía agradable. Nos alcanzó una bandejita con agua y Oswaldo comenzó por lavar las manos de nuestro hermano menor. Al retirarse para secarlo, traté de hacer lo mismo yo, pero me quejé de que Miguel había ensuciado el agua. Complaciente doña Hermelinda, renovó el líquido con una sonrisa en la cara. “Niños, niños” repetía.
Cuando estuvimos sentados en la mesa, nos informaron que los señores que llegaron, eran nuestros tíos. A pesar que no recordábamos haberlos visto nunca, la señora Hermelinda nos dijo que el señor era hermano de nuestro padre y que eventualmente, posiblemente por encargo más que por ganas, se acercaba a nuestra vivienda para preguntar por nosotros. Recibía el informe de las vecinas y se retiraba.
Nos sirvieron un plato grande a cada uno, con una deliciosa y agradable sopa. Dentro de ella había menestras, queso, choclo y un trozo de carne tan suave que se deshacía en la boca. Estaba humeante, pero aún así traté de ganarle a mi hermano mayor. No lo logré, pero a los dos nos volvieron a servir otra porción. Miguelito comía lento y le alcanzaban los alimentos en la boca. Los tres estábamos contentos, en medio de tanta cara triste y llorosa. La presencia de nuestro padre nos cambiaba el ánimo siempre, en esta ocasión mucho más aún.
Ya son las once, dijo alguien y comenzó un movimiento inusitado que rompió la tranquilidad somnolienta de las personas que acompañaban y otras que hasta ese momento llegaban y se sentaban sigilosamente. Todos se pusieron en movimiento. Noté que habían traído un paquete grande de flores olorosas y coloridas, que una de las vecinas las repartía entre las damas concurrentes. El hermano de mi papá se quitó el saco y tras doblarlo cuidadosamente, lo colgó sobre el brazo que cruzó sobre su pecho, se acomodó el sombrero y se quedó quieto; su esposa, se movía de un lado para otro, dando instrucciones y opinando sobre todo. Más de uno de los presentes, hacía una mueca de incomodidad ante sus comentarios.
Mi padre se acercó a nosotros y cogió las manos de Miguel y las mías, comenzó a caminar hacia la calle, Oswaldo nos seguía pisándonos los talones. El camión que estaba estacionado a la entrada, fue retirado hacia el jirón Loreto, dejando la calle Arequipa libre hasta la calle Unión, por donde lentamente mi Padre siguió caminando sin volver para mirar atrás. Era una cuadra y media que caminamos tomados de la manos, como midiendo que todos los pasos sean iguales. Parecía una eternidad en la cual no se dijo una sola palabra. El sol brillaba con fuerza y quemaba de igual manera. Al llegar a la calle Unión, nos detuvimos, mi padre comenzó a contar la historia de unos pajaritos que vivieron mucho tiempo en el nido con su mamá, habían sido muy felices y nunca les faltó, ni cariño, ni alimentos, sin embargo llegó el momento que tenían que dejar el calor del nido que les había cobijado. Tenían que asumir el reto de una nueva vida, aprendieron pronto a volar y se fueron lejos, todo era distinto. Conocieron a otros pajaritos, y pajaritas también, con ellos jugaron bastante y con el juego aprendieron a vivir muy bien con lo que les daba la madre naturaleza, a quien todos los días agradecían por lo felices que eran.
Finalmente se arrodilló, nos abrazó y nos dijo que por unos días iríamos a casa de su hermano, el tío Bernabé. La tía Lucrecia cuidaría de nosotros. “Hay tres primos y una primita que esperan por ustedes”. “Van a estar muy bien cuidados” continuó diciendo. “Muy pronto las cosas cambiaran y estaremos juntos todo el tiempo” concluyó.