Nuestros primos.

Los días pasaban lentamente. Para nosotros, cada día era una experiencia nueva y al paso que íbamos, nunca terminaríamos de aprender las reglas de la casa, pues me daba la impresión que todos los días las cambiaban, adecuándolas para que nosotros no podamos terminar nunca de adecuarnos a ellas.

Raúl, el mayor de los hijos de la tía Lucrecia, era campeón haciéndonos quedar mal, muchas veces tuvimos que pagar por las travesuras que él hacía y que terminaba culpando a algunos de los “huérfanos”, término que solía usar para refregarnos en la cara nuestra condición de alojados en su casa. La tía nunca nos perdonaba ninguna falta, por muy leve que fuera. Raúl sabía que su madre no dudaba de su palabra, por lo que disfrutaba y abusaba con ello.

José el segundo de los varones, era más callado, pero más rencoroso y peleador, siempre buscaba pleito al que se cruzase en su camino. Nosotros terminábamos muchas veces al día, atravesados en aquel negro destino por más que nos esforzábamos en no caer en su provocación. Cierto día Oswaldo se le fue encima, cansado de que constantemente lo patease. Le dio un empujón y como quiera que no se moviera, lo agarró a golpes. Suceso éste, que con tan mala suerte para nosotros, la tía se apareció justo cuando José cayó al suelo y ahí lo tenía apretado Oswaldo. El castigo que recibimos, fue que los tres deberíamos ir a dormir sin probar bocado de comida. Por la mañana nos levantaron temprano y nos obligaron a bañarnos desnudos con agua fría y a la intemperie. Miguelito lloraba, de sueño, de frío y de rabia. Para completar el castigo, Oswaldo limpiaría solo el gallinero hasta que a la tía le diera la gana. Esas fueron las palabras que empleo para la labor que antes la realizaba con la ayuda de Raúl.

Los días se tornaron tristes y muy fríos. Por las mañanas una neblina muy densa cubría las calles de Malabrigo. A media mañana aparecía una brisa que, cuando llegamos era fresca, ahora era helada. A la hora que yo salía para traer el pan, todavía era oscuro y el frió calaba hasta los huesos. El viento ordenaba, tirándolos para atrás, a mis desordenados cabellos. Intentaba hacer de éste inconveniente, un juego.

Una mañana me quedé dormido y no fui a la hora indicada por el pan. Un balde de agua me saco de un salto de entre las frazadas viejas que nos cubrían. Oswaldo no se dio por enterado y siguió dormido. Miguel lloró todo el día, el agua no solo había mojado nuestra cama, también mojó el costalito que contenía nuestras prendas de vestir. Miguel lloraba de frío y de hambre. No había ropa seca para cambiarnos y como castigo nos dejaron sin desayuno.

Antes de viajar, mi padre conversó con el director de la escuelita del lugar, para que Oswaldo asistiera a clases, como lo había venido haciendo en Trujillo. La tía, siempre encontraba una razón para que, como castigo, no vaya a clases.

Mi hermano, no decía nada, aceptaba las órdenes y los castigos siempre de buen ánimo. A José, no le quedó ganas de volver a fastidiarnos, a partir de esa fecha su trato fue más cordial y amable. Procuraba hacerse amigo de nosotros.


Néstor el hermano menor, era muy diferente a sus hermanos. Decía tener siete años y siete meses, él se encargaba de hacernos llegar la comida que no quería. Siempre era abundante, pues en realidad no había ninguna comida que le gustase. La hora de almuerzo, era para él un martirio. Cuando llegamos nosotros, nos vio como su salvación, su plato quedaba limpio, aún cuando no comía nada. Todo el día comía galletas de agua, duras y saladas, que le alcanzaba la cocinera.

La niña que salió a vernos cuando llegamos, era Ángela. La segunda hija de los tíos y por coincidencia, cumplía años en la misma fecha que mi hermano Oswaldo, ambos habían nacido el mismo día en el mismo año. Era indiferente con nosotros, nunca aceptó nuestros juegos. La mayor parte del tiempo la pasaba sentada en un banquito que tenía en la cocina, abrazando a una muñeca de trapo. Hablaba poco, solo lo necesario para expresar alguna necesidad.

La señora que se encargaba de la cocina era una persona ya entrada en canas y gorda. Verla caminar era como verla bailar, cojeaba al hacerlo, dando la impresión que una pierna era más chica que la otra. Tenía eso si, un carácter lindo. Con el tiempo aprendimos que no importase el castigo que recibiéramos, ella se encargaba de hacernos la vida más dulce. Dulce, por que eso era lo que siempre nos alcanzaba cuando nos veía llorar, masticando nuestra rabia y dolor. Cantaba y bailaba todo el día, siempre mostraba una linda sonrisa en la que se veía unos dientes muy blancos, aseados y ordenados. Ella nos decía que cuando muera iría de frente al cielo, ya que allí aceptan solo a las personas alegres. “Estoy segura que papá Dios nunca dejaría que esta linda criatura se fría en el infierno” dijo alguna vez, mientras daba un giro sobre su pierna más grande.

Los domingos eran días de fiesta. El tío Bernabé se acercaba a nosotros y preguntaba siempre lo mismo “y muchachos, ¿cómo están?...bien, supongo…” No esperaba respuesta y se retiraba. Ese día se tomaba desayuno en la mesa grande y se podía coger los panes que quisiéramos, procurábamos no encontrarnos con la mirada de la tía, pues con los ojos intentaba arrancárnoslo de las manos o talvez peor, cogernos del cuello. El almuerzo también era distinto a todos los demás, era abundante y la presencia del tío, nos garantizaba que podíamos quedarnos en la mesa hasta que quisiéramos.

Pasando un domingo, el tío nos llevaba al peluquero. En la peluquería había una banca de madera larga, donde el tío nos sentaba a esperar siempre en el mismo orden, primero Raúl, luego Oswaldo, continuaba José, yo iba entre éste y su hermano Néstor, al final quedaba Miguelito que era siempre el primero en ser atendido. “A todos, pelo y barba, por favor” decía siempre cuando todos estábamos sentados ordenadamente.

A la salida de la peluquería el tío nos llevaba a “estirar las piernas”, caminábamos en fila, a lo largo de la única callecita ordenada que tenía el pueblo. El iba adelante, saludando a cada una de las personas que encontraba, todos le correspondían el saludo amablemente, por lo que deduje siempre, que todo el pueblo lo quería mucho. Alguna de las veces nos presentaba a alguno de sus amigos, lo cual se convertía este momento en una ceremonia de estirar la mano correctamente y repetir la frase de “mucho gusto, señor” que él nos enseñó.

Cierta vez encontramos cerca del muelle un grupo de niños, pobres en extremo, decían ser hijos de los trabajadores. Nunca me había percatado de esto, hasta que el tío detuvo nuestro paseo dominical para que los observáramos detenidamente. Luego nos preguntó que veíamos. Respondimos que niños. “¿Qué clase de niños?”, repreguntó. Todos callamos y nos miramos las caras. No encontrábamos diferencia.

Nos dijo que esos niños eran desobedientes y malcriados. No tenían la suerte de tener una persona que los orienten y formen su carácter, que los conduzcan por el camino del bien y la superación, como lo hacia con mucho esmero la “mamá Lucrecia”. Nos miramos sorprendidos y boquiabiertos, por primera vez entendimos que los castigos crueles y despiadados que nos imponían, eran para nuestro bien.
De la Novela "Aprendiendo a Vivir"

Comentarios

Juanjo ha dicho que…
Pues me ha apetecido seguir leyendo la Novela "Aprendiendo a Vivir".

Gracias.
Fabia ha dicho que…
Muy ameno lo que escribes y como a mi tambien me gusta escribir espero compartir contigo nuestra mutua aficion.
Besinos desde el norte de España.
Sonia. ha dicho que…
esta muy interesante tu blog, la historia qe se dearrlla realmente lleva de la mano a querer conocer a los personajes, me gusta!.

he venido a conocerte un poquito mas.

un saludo muy grande!
sedemiuqse ha dicho que…
Un relato que llega, no se sabe si real o irreal....Volveré a leerlo. Besos y amor
je
PD

Gracias por seguirme.
Flor ha dicho que…
Gracias por tu visita a mi casa. Te gustó??
Me voy quedando por aqui.

Besitos
Flor
Sara ha dicho que…
He venido a saludarte y agradecer tu visita a mi blog. Nos seguiremos leyendo.
Un saludo desde Aragón, España.
Fete ha dicho que…
Como poco interesante!!!
Saludos.
Missbook asg ha dicho que…
hola pablo. quice pasar a slaudar y bueno, ha leer tambien. te sabes bueno en esto, los elogios subran, jaja.

Entradas populares de este blog

Toda una vida.

De madrugada

Amazonas