Gramalote

“Pomba” era una vaca negra, alta y de mirada fiera, su cola corta la mantenía siempre levantada; trotaba todo el tiempo y cuando algo la molestaba agachaba la cabeza para mostrar sus cuernos. “Maravilla” en cambio era baja, regordeta y muy amigable su larga cola arrastraba el suelo y la meneaba constantemente en forma suave y rítmica, tenía un pelaje amarillo con manchas marrones; su caminar era lento y cuando se retrasaba del grupo corría con pasitos cortos para no distanciarse mucho. Una solía ir delante, guiando al grupo, imponiendo el ritmo, abriendo camino; eventualmente corría al final para ahuyentar a algún palomilla que se atrevía a molestar al rebaño. La otra siempre iba al final, alentando a las crías que se retrasaban, recibiendo las muestras de cariño que los eventuales transeúntes les prodigaban; incluía esto, una que otra exquisitez al paladar que la gordita no desperdiciaba.
En medio, las demás vacas, vaquillonas, toros y toretes avanzaban mansamente al paso que les imponían. Cada una se acomodaba al salir del corral en el lugar en el que se sentía cómoda y en ese espacio avanzaba hasta llegar al verde prado donde pasarían la tarde. Los toretes eran los más juguetones y cambiaban constantemente de lugar, recibiendo a cambio de ello cabezazos y uno que otra cornada suave que los enviaba a su lugar.
El abuelo con su vara en la mano caminaba sin ningún apuro al final. Confiaba en el ganado, por lo que muy rara vez gritaba para dar alguna orden. Pero cuando lo hacía, su gruesa voz tronaba tan fuerte que no había res alguna que no lo entendiera. Esta vez iba yo a su lado con mi gorro grande que me cubría parte de los ojos y el paquetito que me encargara el abuelo, colgado en mi espalda para que no se perdiera.
Saliendo del corral, había unas cinco o seis cuadras pobladas. A doscientos metros, más o menos se tenía que cruzar una carretera poco transitada, pero en la que algunas veces, los vehículos tenían que detenerse para dar paso al corso diario. En este lugar “Pomba” solía quedarse parada en medio del camino hasta que pasaba todo el grupo, de vez en cuando agachaba la cabeza frente a los conductores que solían tocar sus bocinas, intentando apurar el suceso.
Antes de llegar llegar a un espacio abierto y cubierto de grama, estaba la cárcel de la ciudad. El paso del abuelo y su rebaño, era para los presos una distracción que formaba parte de sus largos y aburridos días encerrados en ese lugar. El guardia Siles dejaba la modorra que causaba el calor del medio día para salir a la puerta del establecimiento y saludar amicalmente al autor de este acontecimiento; con el quepí en la mano y la camisa a medio abotonar quedó parado junto a la puerta principal, delante de grandes barrotes de hierro forjado. Desde dentro, provenía una bulla inusitada causada por el alboroto que provocaba el paso de las vacas. Los reos gritaban el nombre de las vacas aprendidas, en las repetidas ocasiones que escuchaban al abuelo gritar. “Portuguesa” gritaba uno. El otro replicaba “Colorada”. Se escuchaban risotadas y murmullos, hasta que otro gritó “Pintada” mientras que alguien más vulgar dijo “Tumamá”. Las risas callaron para dar paso a insultos de grueso calibre. El guardia Siles sopló su silbato con fuerza, imponiendo moderación en las expresiones vertidas.
Pasando la cárcel las vacas se dispersaron en una amplia zona llena de hierba de varios tamaños, algunas de las cuales me sobrepasaban en tamaño. Casi a ciegas seguía al abuelo, recibiendo en la cara más de un golpe de las hojas del gramalote y uno que otro rasguño en los brazos, provocado por la filosa planta. Algunos metros más allá, se veía el campo en su magnitud y a las vacas disfrutando de la abundancia del pasto.
Nos sentamos sobre un tubo metálico, que resultó ser el oleoducto que transportaba el petróleo hasta la refinería. El abuelo había llevado una botella de agua que la compartió, al final vació lo que sobraba sobre mi cabeza. Luego de tan gratificante refresco, me animé a caminar haciendo equilibrio sobre el tubo, para luego descubrir que el tubo emitía un sonido agradable cuando se le golpeaba. Pasé gran parte de la tarde tratando de combinar los sonidos que provenían de él.
De pronto comenzó a oscurecerse la tarde, vi en la cara del abuelo preocupación y me pidió el bulto que hasta entonces llevaba en la espalda. Sacó de ahí un poncho plastificado que luego de sacudirlo me lo probó. Me llegaba hasta los tobillos, por lo que el abuelo bromeó diciéndome que parecía un duende. Parece que va a llover Paulo, dijo en el preciso momento que la sirena de la refinería emitía un prolongado sonido. Son las cinco, agregó. Unas gotas de lluvia cayerón sobre nosotros y un viento de regular intensidad movía el pasto como si fueran olas. Nos vamos, dijo finalmente el abuelo, a la vez que me pedía que no me separase de su lado.
“Pomba”, gritó y su voz retumbó el lugar como si fuera un trueno. Casi de inmediato apareció la vaca negra. “Pomba”, “Pomba” repitió el abuelo. La vaca mugió fuertemente y el ganado empezó a formar un grupo. “Pamplona” se escuchó llamar al ver que faltaba una vaca. Comenzó a caminar y tras de él, el rebaño entendió que era hora de regresar.
La amenaza de lluvia duró pocos minutos, el fuerte viento hizo que las nubes oscuras se alejaran y permitió que el sol nuevamente nos iluminara en un atardecer multicolor. Las vacas entendían que había que regresar pero sus estómagos les indicaban otra cosa, por lo que a paso lento continuaban recogiendo hierba, mientras caminaban.
Llegamos hasta donde se encontraban las primeras casitas y en una de ellas el abuelo conocía que había una bodega. Olvidándose de las vacas y dejándolas que recogieran sus últimas porciones de alimento, me invitó que tomase asiento sobre un tronco derrumbado que había en la puerta del local. Pidió una gaseosa y dos biscochos, uno me lo dio a mí y el otro comenzó a mordisquearlo él, con las mismas ganas que lo hacía yo. Sentí un gran placer compartir este refrigerio al final de la tarde. Doblando nuevamente el protector plástico contra la lluvia lo colocó en su bolsita respectiva y emprendimos el camino hasta la granja. Las vacas ya habían avanzado un buen tramo por lo que tuvimos que apurar el paso.

Comentarios

luciernaga_poeta ha dicho que…
Pablo, he disfrutado de comienzo a fin el relato. Viví años en el campo y llevo aun adheridos en mi sus aromas y bellezas.
Que conmovedora tarde la que nos compartes, me ha enternecido el niño y sus asombros, el abuelo y sus ternuras, y "Pompa", en fin.
He quedado con nostalgia de la hierba, del cielo limpio, de la tierra.
Un abrazo y gratitud
Cecy
Ardilla Roja ha dicho que…
Hola Pablo.

Me ha gustado mucho leerte. Este texto me ha recordado las tardes que salía con mi abuelo y las cabras. Sólo recuerdo el nombre de una. "Colorá" tenía el pelaje rojizo y la mala costumbre de ponerse en dos patas. Gustaba comer las hojas más verdes. Mi abuelo le ataba una pata delantera con una de atrás, con la cuerda floja para que caminase, pero suficiente para que no se levantara. Nos sentábamos bajo una higuera y cuando era temporada, me dejaba comer algunos higos.

Un placer haber pasado por aquí.
Un saludo
Cris ha dicho que…
Gracias por pasar por mi blog, eso me dio oportunidad de leer tu relato. Recorrí otras entradas y la verdad es que me gustaron mucho, ya nos veremos nuevamente, un cariñoso saludo
ADELFA MARTIN ha dicho que…
escribes maravillosamente, este ha sido un verdadero placer...


Cordialmente...

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