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Mostrando entradas de 2009
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Las Navidades

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Eran los primeros días del mes de Diciembre y en uno de los desayunos dominicales, el tío Bernabé inició su monólogo acostumbrado diciendo: “en estos días se celebra el nacimiento de un hombre que viviendo poco en esta vida se le recuerda por sus palabras aunque nunca hizo nada…” sus palabras fueron cortadas por la tía Lucrecia. Era la primera vez que escuchaba que interrumpían su “análisis de la vida”, como acostumbraba llamar a sus pequeñas conferencias. “Mira Bernabé” dijo la tía dejando la taza que tenía en la mano. “Esto no es cuestión que tu quieras creer o no, las cosas simplemente son así y no quiero que influyas en los chicos con tus ideas ateas, en tu sindicato puedes exponer tus tertulias como quieras pero acá, ya tu ve”, noté que el tío perdía color en el rostro mientras que la cara de la tía se ponía morada por la fuerza que le ponía a sus palabras. “Te guste o no, el nacimiento se armará una vez más en la sala para adorar al niño Manuelito, la Navidad se celebrará siempr…

Chesman

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Era un lugar solitario pero lleno de vida, frente a la casa había una especie de pozo hecho con piedras rústicas, que era llenado constantemente por una corriente de agua cristalina que descendía por una ladera de regular pendiente, formando una quebrada agreste y pedregosa con muy poca vegetación y con signos de haber sufrido una avalancha muy recientemente. Luego de llenar el improvisado pozo, la corriente de agua continuaba su recorrido atravesando la carretera para desembocar en un riachuelo que estaba a unos metros de la casa, ésta a la vez era surtida por innumerables pequeñas quebradas que descendían por todas partes. Era como si todo este sitio estuviese atravesado por serpientes que se deslizaban con movimiento propio, cada una a la vez daba un sonido especial al lugar.

Las rocas que se veían eran de muy variado tamaño; algunas eran inmensas, redondas, pulidas y de variados colores. Mientras unas eran de color ocre, otras eran marrones o amarillas; la mayoría eran pequeñas o m…

La huida

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Desde que salimos de la ciudad por la avenida Mansiche, ya habíamos caminado varias horas. Mi padre cargaba a Miguel que iba dormido y adicionalmente llevaba un bulto grande en la espalda. La madrasta caminaba con dificultad, pues se había doblado un pie al saltar un canal de regadío que tuvimos que sortear en nuestro apresurado camino.


El cañaveral que atravesábamos era alto y estaba floreando, señal que ya estaba listo para la zafra. Esto era terrible para nosotros, pues al contacto nuestro las plantas nos bañaban con el polen que producían un escozor terrible en nuestros cuerpos. A pesar de su dolor, era la madrastra la que nos alentaba a que no nos detuviéramos, ella me cogió de la mano y me llevaba casi a rastras ya que me puse a llorar por el cansancio y por la picazón que sentía en todo el cuerpo. Rigoberto, mi hermano mayor, no perdía el paso y se mantenía junto a mi padre sin decir nada; sobre su cabeza llevaba un bulto voluminoso pero de escaso peso.


El anuncio de que en la pr…

Cavilando

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Estoy feliz. Si, creo que debería estarlo, así lo siento.

Acaba de nacer mi tercera hija y gracias al Altísimo, esta sanita.

No creo que sea el mismo sentimiento de la primera vez que fui padre.

Pero es mi sueño hecho realidad y estoy feliz con la llegada de mi bebé linda.

Es totalmente distinto. Junto a la felicidad la serenidad me embarga.

Tal vez valga, tratar de recordar lo que sentía cuando nació mi primera hija. No sabíamos que sexo tendría, y más que nada, pienso yo, la curiosidad provocaba ansiedad. Fue mujercita y me hizo muy feliz. Es mi niña bonita.

Cuando nació mi segundo hijo, la tecnología nos evitó la ansiedad y nos dijo el sexo, complementaba la dicha de ser padre por anticipado.

Este muchacho, es mi campeón y dice ser el rey.

Ahora que nace esta pequeñita, debo decir que preferí no saber el sexo. Sin embargo en una de las ecografías, se insinuó, sin confirmar que sería mujercita.

Brillante criterio médico de quitarnos la emoción, cuando nadie se lo preguntó.

Una vez más, gracia…

Agua a la sopa

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Llegó la noche, y con ella un frío que nunca recordaba haber sentido, había bastante humedad en el ambiente, en el parabrisas se formaban pequeñas gotas de agua, donde continuamente se estrellaban también algunos grillos, mariposas y otros insectos que se sentían atraídos por la luz de los faros del camión. Mi tío tocaba la bocina constantemente y se le veía sonriente, incluso trataba de darle alguna tonada a los sonidos. Me contó que siempre hacía esto al llegar a este lugar y que estábamos muy cerca de la casa de unos amigos donde pasaríamos la noche.

No recuerdo cuanto tiempo sonó la bocina pero a mí me pareció bastante, muchos minutos, horas tal vez; iba yo con la cabeza levantada, había pequeños charcos de agua en la carretera, señal de que había llovido algunas horas antes, procuraba mirar todo sin perderme ningún detalle. Ahora lo hacía muy pegado al conductor tanto así que cada vez que tenía que hacer un movimiento empujaba mi pierna que colgaba junto a la palanca de cambios; y…

Promotor de lectura

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CRONICAS DE LA CALLE

No sé si sea dicha o desdicha la que tenemos, los que viajamos frecuentemente en transporte público por las calles de la ciudad. Lo cierto es que nos permite, por lo menos a quienes agudizamos ciertos sentidos, ver diferentes cuadros humanos vivos y andando de lo que significa en parte el Perú.

Ayer viajaba absorbido por mis asuntos en uno de los asientos del microbus, cuando subió un “joven” ya no muy joven, que de inmediato comenzó a repartir a todos los que estábamos allí una copia de un recorte periodístico. Yo que ya lo había visto hace algún tiempo a este personaje trabajando, opté por no recibirle la copia a pesar de su insistencia.

Culminada esa tarea se ubicó detrás del chofer y con pose de maestro de escuela, con el cuello erguido y la mirada por encima de todos repetía la frase entre cortada y gangosa “ea”. Dos señoritas que subieron en ese trayecto también recibieron la copia respectiva y fueron instadas a obedecerle. Trataron de ignorarlo, pero él ins…

Nuestros primos.

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Los días pasaban lentamente. Para nosotros, cada día era una experiencia nueva y al paso que íbamos, nunca terminaríamos de aprender las reglas de la casa, pues me daba la impresión que todos los días las cambiaban, adecuándolas para que nosotros no podamos terminar nunca de adecuarnos a ellas.

Raúl, el mayor de los hijos de la tía Lucrecia, era campeón haciéndonos quedar mal, muchas veces tuvimos que pagar por las travesuras que él hacía y que terminaba culpando a algunos de los “huérfanos”, término que solía usar para refregarnos en la cara nuestra condición de alojados en su casa. La tía nunca nos perdonaba ninguna falta, por muy leve que fuera. Raúl sabía que su madre no dudaba de su palabra, por lo que disfrutaba y abusaba con ello.

José el segundo de los varones, era más callado, pero más rencoroso y peleador, siempre buscaba pleito al que se cruzase en su camino. Nosotros terminábamos muchas veces al día, atravesados en aquel negro destino por más que nos esforzábamos en no caer …

Quebrada Verde III

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El espectáculo que se podía ver a la salida de la cueva era impresionante. Había menos neblina, un verdor hermoso lo cubría todo. Un pequeño halcón pasó cerca de nosotros y luego una bandada de pequeños pajarillos. Mi pecho latía agitadamente por la emoción que causaba ver tanta belleza. El claro oscuro del interior contrastaba con el brillo que ingresaba entre las ramas de algunos arbustos que crecían en el lugar. A partir de allí encontramos un camino mucho mejor conservado, resbaloso sí, pero libre de maleza y claramente diseñado. En los descensos pronunciados habían construido escalones para facilitar el tránsito. Flor muy confiada en el estado del sendero, fue la primera que tras caer sentada continuó resbalando varios metros hacia abajo como si estuviera en un tobogán. Las risas fueron calladas por el grito que lanzó en su caída. Cuando logró pararse toda la ropa la tenía llena de barro.


Ya no nos deteníamos, Mirko se alejaba demasiado de los rezagados por lo que teníamos que apu…

Quebrada verde II

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En nuestro ascenso encontramos una explanada un poco amplia, donde una cabaña rústica albergaba a una familia en medio de la bruma. Un niño salió a saludarnos, su madre lo cogió para esconderlo tras unos muros de piedra. El olor a excremento de vacas llegó hasta nosotros, entonces supimos que eran pastores que llevaban su ganado hasta allí para aprovechar la vegetación del lugar. Una manada de cabras se alejó a nuestro paso y a las reses se las podían divisar ligeramente entre la niebla.

Conforme ascendíamos las bromas fueron desapareciendo para dar paso a un mutismo propio del cansancio. Cada vez era más empinada la montaña. Alguien dijo “ya no puedo, estoy cansada”, a lo que Pablito, que iba de la mano de la tía Raquel, respondió una frase escuchada a su hermana mayor: “nunca digan no se puede”; luego dirigiéndose a Gabriela le pidió que repitiese “si se puede” en forma pausada y enérgica. Esto fue como una inyección de optimismo para el grupo que celebró de buena gana la ocurrencia …